“¡Esto no lo has traducido tú” Semblanza de Marie-Claire Solleville en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

Marie Claire Solleville joven
Imagen de Marie-Claire Solleville en su juventud  (foto de la revista)

Aquí va mi más reciente contribución al blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, una breve semblanza de la traductora franco-italiana Marie-Claire Solleville.

El número 3 de la revista L’Écran traduit, especializada en la traducción audiovisual estaba enteramente dedicado a las memorias de la traductora franco-italiana Marie-Claire Solleville (1927-1991). Su título marca el desenfadado tono general: «¿Tú has traducido esto? Breve aproximación insólita al cine italiano». Su lectura es recomendable tanto por la simpática personalidad de la protagonista como por la información acerca de los usos y costumbres en la traducción para el cine que estuvieron vigentes en Italia y en Francia entre las décadas del 50 y 80, antes de la implantación generalizada de la máquina de escribir electrónica y del ordenador.

Solleville era nieta de Luigi Campolongui, figura eminente del antifascismo, e hija de Lidia Campolongui, quien participó en la lucha política en los ambientes de la emigración italiana. Llegó a Italia después de la guerra acompañando a Claude Heymann y a Jean George Auriol* durante el rodaje de Fabiola, de Alessandro Blasetti [1949]. Pronto se introdujo en los ambientes del cine –tuvo por maridos al actor Fausto Tozzi y al pintor Sinko–, y fue ayudante de Renato Castellani. Cinéfila desde muy joven, colaboró ocasionalmente con las revistas Cahiers du cinéma y Arts, firmó guiones famosos, como Anche gli angeli mangiano fagioli (También los ángeles comen judías, 1973, dirigido por E.B. Clucher y protagonizada por Bud Spencer y Giulianno Gemma).

Pero fue la traducción de guiones para el cine, y al final de su carrera también para series de televisión, la actividad que la convirtió en una figura inolvidable para un impresionante elenco de directores durante la época dorada del cine italiano.

El nombre de los directores con los que Marie-Claire Solleville colaboró tira de espaldas: Roberto Rossellini, Federico Fellini, Dino Risi, Francesco Rosi, Ettore Scola, Gianni Amelio, Alberto Sordi, Costa-Gavras, los hermanos Taviani, Lina Wertmüller, Suso Cecchi d’Amico, etc. (Sí, qué envidia.) Aunque habla con afecto y humor de la mayoría de ellos, no disimula que siente debilidad por Rossellini, Rosi y Scola, sus apoyos más generosos –ahí tenemos la anécdota de Roberto Rossellini paseándola por la televisión, la RAI, y despidiéndose de ella con mucho teatro para que todos la vieran en su compañía, una especie de carta de presentación andante–. La traductora se ríe no poco de Federico Fellini y de la élite intelectual emergente en los años 60, pero no hay acidez en sus memorias, marcadas de principio a fin por una risueña picardía.

Traducía siempre al francés y sorprende su categórica afirmación de que no es posible ser enteramente bilingüe. Su materia de trabajo eran los guiones completos para el doblaje en Francia; también traducía los guiones que el productor utilizaría para buscar financiación mediante una coproducción, o los tratamientos de un guión para presentarlo en festivales como los de Cannes o Venecia, donde durante una semana se vive la mayor concentración de productores de cine y televisión por metro cuadrado del mundo. Aquí vale la pena saber que la versión francesa podía utilizarse para atraer al actor o actriz galos con que soñaban el director o el productor y, por último, para preparar los subtítulos de las películas llamadas “de arte y ensayo”.

Solleville ofrece un punto de vista privilegiado, al observar la industria del cine italiano en primera línea mientras con su trabajo construía el oficio de traductor audiovisual, que por entonces estaba en fase diría que artesanal: se trabajaba sin contratos, no había asociaciones de traductores ni un estatuto diferenciado; había que echar horas sin fin, las copias se hacían en papel carbón, y debía apoyarse en dactilógrafas cómplices, diccionarios y jergas construidos a medida por la propia traductora.

Scola escribe en la presentación del homenaje que su trabajo «sin fines de semana ni vacaciones, ni Seguridad Social ni pensión de jubilación la mantenía encadenada a su Olivetti Praxis 48 como una monja que no puede abandonar su convento»… Una monja que tenía que conocer los burdeles, comisarías y el habla de sus habituales como la palma de su mano. El director de La terraza y Una giornata particolare encarece el trabajo de la «irónica, generosa, testaruda» Solleville con interesantes reflexiones acerca del reto que entraña traducir la lengua italiana, una auténtica jungla léxica que se nutre de decenas de dialectos diferentes, a la que además se incorporaban en esas décadas de esplendor las jergas profesionales, juveniles y políticas, sin olvidar el idiolecto de cada personaje ni la contaminación del inglés, que aun siendo generalizada en los países latinos, son distintos los términos que cada país importa.

Varios son los buenos consejos de traducción que da Solleville, que ella resume en “la obligación de pensar” y obligar a pensar a los otros y, sobre todo, la obligación de estar despiertos. La suya no es una traducción automática, ni perezosa ni toma atajos, es una traducción alerta a las diferencias culturales entre los países vecinos, a las marcas de época (pone como ejemplos el uso del Voi mussoliniano contra el Lei; las camisas rojas garibaldinas, etc). Este tipo de traducción artesanal combina la creación de un lenguaje creíble para el cine, adaptado incluso al actor que interpretará el rol, con intervenciones sutiles en la adjetivación tanto para conformarse a la preferencia francesa por la síntesis como para ahorrarle a las actrices veteranas más bellas verse de golpe calificadas de viejas.

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Uno de los títulos más conocidos de Solleville, quien hizo exitosos pinitos como guionista

Sus observaciones irónicas sobre el cine erótico, en plena ola de destape, no tienen precio, como tampoco sus ardides para cobrar sí o sí las deudas que contraían con ella productores rácanos o cortos de fondos; nos cuenta el truco para evitar que ese joven director que nos ofrece traducir su primer guión tarde tres horas en ponernos al corriente de sus sutilezas y se extiende sobre la necesidad de recurrir a expertos en jergas carcelarias y en narcóticos.

Sin embargo, seguramente el consejo de Solleville más útil para los traductores, considerado el panorama hoy, es este: «No seáis estúpidamente honestos».

La traducción creativa: dos o tres cosas que sé, por Albert Bensoussan

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El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante

El reconocido traductor Albert Bensoussan publica en el dossier dedicado a la traducción de la revista En attendant Nadeau un artículo sobre su experiencia de traducir Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante. Una auténtica y gozosa lección.

Podéis leerlo (en francés) en este enlace: traducción creativa.

“L’Outranspo et la traduction créative” par Santiago Artozqui

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Foto ©: En attendant Nadeau

 

Santiago Artozqui, traductor y animador cultural, presidente de la Asociación para la Promoción de la Traducción Literaria, es el autor de un interesante artículo en torno a la idea de “traducción creativa” en la revista de literatura En attendant Nadeau. El artículo forma parte de un dossier dedicado a la traducción.

Así arranca la presentación:

«Que se passe-t-il lorsqu’on s’attache à traduire les composantes d’un texte autres que le sens ? L’Outranspo est un OuXPo qui aborde, étudie et pratique diverses formes de traductions à contraintes regroupées sous le nom de traduction créative.»

y el núcleo de la reflexión se formula así:

«on peut adopter une définition de la traduction créative qui nous servira d’hypothèse de travail : Une traduction est dite créative lorsqu’elle vise prioritairement à rendre des composantes d’un texte autres que le sens. Par composantes, on entend ici la forme, le rythme, les références culturelles, bref, tout ce qu’en général le traducteur cherche à restituer en même temps que le sens. Cette dernière précision est importante, car il ne faudrait pas que l’on croie que la traduction se définit comme créative par rapport à d’autres qui ne le seraient pas. Toute traduction est, par essence, un acte de création, et, de même que les oiseaux n’ont pas attendu les ornithologues pour voler, les traducteurs n’ont pas attendu les tenants de la traduction créative pour être créatifs.»

Inspirado por el Oulipo, este movimiento presenta varios aspectos destacables, es un ejercicio creativo y, claro está, de liberación mental. Cuando se traduce asiduamente, se incurre en automatismos, incluso cuando se trata de textos exigentes que obligan a medir escrupulosamente rimas, sílabas, referencias externas o cruzadas, de modo que estas búsquedas de equivalencias abren horizontes. Por cierto que la llamada “sonotraducción” se practica en España, también con fines humorísticos (resultados hilarantes), en los programas de Javier Cadenas (muy chistosas sus traducciones del ruso o del griego) para la radio.

 

Traducir en clave feminista (y 3)

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Más preguntas de Luise von Flotow desde Beginnings of a European Project: Feminism and Translations Studies.

  • ¿Qué queda por hacer en el área del género y estudios de la traducción en Europa? ¿Qué perspectivas hay en este campo? La Universidad de Córdoba, cuya primera licenciatura en Traducción e Interpretación data del curso 2005-6, incluye en el listado de “competencias básicas” que ha de adquirir el alumnado la «Capacidad para reunir e interpretar datos relevantes y para emitir juicios que incluyan una reflexión sobre diversidad de género, multiculturalidad y valores democráticos, adoptando un compromiso ético en el desarrollo de la profesión». Cabe deducir que la intención existe y que su puesta en práctica es progresiva incluso en las facultades de ciudades pequeñas.
  • ¿Qué papel han jugado las mujeres traductoras? No se puede responder concisamente sin ser superficial, pero algunas editoriales siguen equiparando género masculino a mayor autoridad intelectual y, en consecuencia, ofrecen los títulos de autores relevantes o recién consagrados por premios o grandes ventas a un varón. El Libro Blanco de la traducción en su edición de 2010 anotaba la progresiva feminización de la profesión y, en consecuencia,

«un relativo encuadramiento en los colectivos que obedecen al rótulo “filólogos,  intérpretes”, con el consiguiente etiquetado de “profesión más bien femenina”. El perfil de final de los noventa nos presentaba un constructo-tipo en el que los varones llevaban la voz cantante; en el presente, feminización de la traducción implica también atomización, tecnificación y etiquetado junto a la demanda y la oferta de intervenciones “no necesariamente literarias”». (p.47)

  • ¿Cómo les ha ido a las autoras en la traducción? En España, la literatura seria se considera en la práctica cosa de hombres y, en estos tiempos de crisis, salta a la vista que también la crítica literaria de publicaciones que pagan a los colaboradores está concentrada en sus manos y cuentas corrientes. La gran mayoría de escritores y críticos literarios –incluidos mujeres—demuestran no tener lecturas especializadas en estudios de género y así continúan transmitiendo una ideología desfasada, compensada apenas por su tono bienintencionado. Los grandes éxitos multitraducidos reflejan, casualmente, una ideología que sustituye el feminismo por un hedonismo consumista. No hay que olvidar tampoco que el Ministerio de Cultura paga mediante subvención la traducción de decenas de títulos españoles y que el jurado que decide los títulos a traducir también es mayoritariamente masculino.
  • ¿Cómo se ha traducido el concepto de género bajo determinada ideología, bajo determinados coerciones /limitaciones sociales y culturales?

En el apartado “Problemas contemporáneos” me hago eco de las preguntas de la ensayista canadiense esperando que se abran paso en nuestra reflexión en torno a la traducción en el contexto actual.

  • ¿Qué importancia tiene la investigación filosófica contemporánea para la teoría de la traducción? ¿Es la dicotomía del traductor “visible/invisible” útil para la toma de conciencia del género de los traductores?
  • ¿De qué modo se traslada la política feminista de los textos a culturas e idiomas diferentes / hostiles / receptivos –en literatura infantil, en literatura de adultos, en escritura popular, en periodismo?
  • ¿Qué estrategias de traducción se están usando para traducir los discursos experimentales feministas: juegos de palabras, asociación de sonidos, ironía, alusión? ¿Qué estrategias se usan para suplir las “pérdidas en traducción” de neologismos feministas, innovación sintáctica, metáforas o proverbios?
  • ¿Cómo se refleja la política feminista de los traductores en el texto meta? ¿Qué enfoques practican las traductoras para lidiar con textos que consideran política y culturalmente problemáticos?
  • ¿En qué medida el interés por el género ha creado un mercado para las traducciones? ¿Para qué tipo de textos? ¿Qué textos se traducen o se dejan de traducir en la Europa occidental, y en la Europa oriental?
  • ¿Hasta qué punto los diferentes enfoques del concepto de género se toman en consideración en la traducción de los medios audiovisuales en Europa?

Estas cuestiones representan el inicio del trabajo en torno a género y traducción en Europa según se planteaba a principios de los 90.

Vale la pena preguntarse si tiene sentido hablar de “traducir en clave feminista” cuando los medios de comunicación de masas no parecen capaces de traducir a palabras actos de reivindicación como los que practican las Femen. Las jóvenes FEMEN presentan su cuerpo semidesnudo como significante político, enfrentándose así a dos poderes que imponen una lectura y un sentido a sus cuerpos: el comercial del sistema capitalista ultraliberal y el represivo de los movimientos retrógrados religiosos, islamistas o cristianos. El filósofo y antropólogo Paul Ricoeur escribió que podemos «tomar el término traducción en el sentido estricto de transferencia/traslado de un mensaje verbal de un idioma a otro o bien tomarlo en sentido amplio, como sinónimo de la interpretación de todo conjunto significante dentro de la misma comunidad lingüística» («Le paradigme de la traduction», en Sur la traduction, ed. Bayard, p. 21). El cuerpo es, sin duda, un significante mayor y, como advertimos al leer noticias y críticas, en medios de masas y redes sociales, ni siquiera el conjunto de las destinatarias naturales del mensaje, las propias mujeres, interpretan el significado subversivo y emancipador que transmite el movimiento Femen. Entonces, ¿podemos esperar cambios en el panorama editorial que reflejen por fin lo que ya ocurre en la vida real?

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Femen en España

 

Carta abierta de la ATLF a los jurados de premios de literatura extranjera

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un jurado no especializado

El 14 de octubre, Livres Hebdo publicó en su Tribuna la Carta abierta de la Asociación de Traductores Literarios de Francia, de la que soy miembro desde hace varios años, a los jurados de los premios de literatura extranjera. Aquí va el texto, que he traducido al español:

Corinna Gepner, Presidenta de la Asociación de Traductores Literarios de Francia  (ATLF).

Todos los años, algunos de ustedes otorgan premios a obras literarias extranjeras traducidas al francés. Un trabajo previo de lectura y de discusión les habrá permitido apreciar el universo de sus autores, su imaginario, su inventiva estilística… Sin embargo, ninguno de estos aspectos les llega de manera directa. Para leerlos, necesitan la mediación de un traductor, que hace uso de todo su conocimiento y oficio y de todo su talento para dejar oír la voz de dichos autores. Pese a ello, los nombres de los traductores no aparecen –o lo hacen muy ocasionalmente— en sus comunicados de prensa, ya se trate de la lista de autores finalistas o del palmarés.

Nos parecería inconcebible hablar de una obra artística sin señalar el nombre de su autor. En cambio, es lo que ocurre cuando se omite el del traductor: aunque no es el autor del libro, sí lo es del texto traducido.

Que todo traductor es un autor es un hecho que recoge el código de la propiedad intelectual. Que sea reconocido como tal no es aún un hecho establecido. En la actualidad, muchas personas se interesan por el trabajo del traductor, por las particularidades de su contribución literaria y desean saber más para hacerle preguntas y escucharle.

No es una casualidad que recientemente se haya organizado un festival en Gif-sur-Yvette enteramente dedicado a la traducción VO/VF [Versión Original/Versión Francesa], todo un programa que atrae cada vez a un mayor número de curiosos y entusiastas de la literatura extranjera. Concedamos entonces a cada cual lo que le corresponde.

http://www.atlf.org/ https ://www.facebook.com/ATLF.association https ://twitter.com/atlftraducteurs #LesTraducteursExistent
Crédito imagen: Kent County (Michigan)

Traducciones remix de Chejov: ¿la crisis de la palabra? (1) en El Trujamán

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Chejov

Ver en Instituto Cervantes Virtual

Los traductores de obras teatrales se lamentan con cierta frecuencia de no ser tratados como autores porque su trabajo se toma como punto de partida, no de llegada, para la obra que se representará en el escenario, con las consecuencias que este desentendimiento tiene sobre sus ingresos y el control de la versión final. Protestan por la condición de proveedores de servicios que se les atribuye sin respeto a su autoría. A veces, surgen situaciones de apropiación de textos traducidos para el escenario que esclarecen la colisión entre formas opuestas de entender la construcción de personaje y hasta la importancia de la palabra.

Françoise Morvan y André Markowicz, dos traductores franceses que han trabajado conjuntamente en las versiones de Chejov para su publicación y para montaje teatral —La Gaviota; Tío Vania; Las tres hermanas; El jardín de los cerezos—, relataban la crónica de sus desventuras en torno a su versión al francés de La gaviota. Markowicz parece temperamental y prolijo; el detalle con que se explaya en la afrenta sufrida invita a reflexiones sobre el cambio de paradigma cultural entre la generación de los millennials.

Todo arranca cuando una actriz de teatro veinteañera escribe a Markowicz solicitando candorosamente que le aclare un pasaje relativo a Nina, protagonista de La gaviota, que no consigue comprender (por falta de cultura). Al traductor no le choca la duda de la joven sino que ella utilice para su ejercicio de composición del personaje varias traducciones a la vez, aunque «prefiera» la de Markowicz para Nina. La crónica contiene una reflexión del traductor, más ofendido conforme acumula argumentos encima de la mesa, sobre esta traducción suya preferida por la no del todo despistada joven actriz, en torno a la idea de propiedad intelectual de las traducciones porque él y Morvan realizaron un trabajo de edición en el que «reconstruyeron, frase a frase, según las variantes de la edición académica rusa, el texto en su versión original, tal como Chejov lo concibió antes de que fuera llevado al escenario; el resultado es una Gaviota aún inédita en cuanto tal en ruso».

Los estudiantes de interpretación —dos o tres por escena— hacen un remix de traducciones, incluyendo la de Antoine Vitez, porque el objetivo perseguido al elegir a Chejov es la interpretación interior —jeu intérieur— por sugerencia de los profesores. Aquí Markowicz pone el grito en el cielo preguntándose por el criterio que les guía para elegir la versión más conveniente. ¿El criterio del «yo, tal como soy, según mi vida»?, es decir, un enfoque de identificación más bien ingenua con el personaje. El traductor pide que transmita su «indignación» a los profesores, a los que acusa de ignorarlo todo del concepto de autoría de las versiones traducidas. La actriz alega que la escena o el pasaje elegido por los actores sirven de «material» para que éstos puedan vivir emociones intensas. Pretenden someter a prueba la interioridad del actor a través de Chejov, para ello se les pide que inventen un pasado ficticio al personaje, un recurso habitual de las escuelas de actores que al traductor enoja sobremanera. Según él, según Chejov, argumenta, no hay nada que inventar antes ni después ya que «todo está en el texto»:

Así que la traducción es un material de partida para qué, bueno, depende, para buscar emociones internas intensas, para ayudar a la actriz a construir su papel, un papel sin palabras, sin texto, sin idioma ya que, está claro, se sitúa en lo «sentido»…

Es el berrinche de un traductor celoso de su trabajo de preparación y fijación del material, pero también algo más interesante: la forma de entender el teatro sustentado en el texto y en unos actores que lo encarnan con precisión contrasta con otra visión que separa teatro y palabra, donde ésta llega a ser en ocasiones un estorbo. La biografía de Roland Barthes, de Tiphaine Samoyault, se refería a la experiencia de actor de teatro clásico de un joven Barthes que enfatizaba la función dominante de la voz. Según él, el actor era prácticamente una voz y se sometía a la cadencia de la frase: era sobre todo, y por encima de todo lo demás, un texto. Los jóvenes actores buscan esas emociones intensas que expresarán corporalmente, lo cual es situarse en la posición contraria de Barthes o de Markowicz, quien parece haberse formado en esta escuela que santifica la palabra y considera el texto un fin en sí mismo. Critica que, para los profesores de la escuela de teatro, existe una entidad, «una idea absoluta llamada Nina» cuando es solo y únicamente texto y, por ende, el que él ha elaborado a partir del ruso. Está indicando también que incluso el traductor más creativo tiene un límite y éste lo dicta el texto original.

Los diccionarios vivientes, en El Trujamán

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El Trujamán

Una de las inercias inevitables del traductor es confiar en los diccionarios de su lengua. Dada la variedad de documentación disponible, es raro que no consigamos resolver una duda de léxico. Cuando ocurre, la indecisión suele asaltarnos menos ante conceptos de las disciplinas más arduas que ante objetos concretos de la realidad donde se espera exactitud. El diccionario o la enciclopedia ofrecen varias acepciones, puede que ilustradas y, sin embargo, no conseguimos elegir el término adecuado porque, dado nuestro conocimiento superficial de la materia, todas las alternativas parecen convenir. Se trate de utensilios para repostería artesanal, vestuario del teatro raciniano, contratos matrimoniales del siglo xix, ingeniería de gas y petroquímica o, más a menudo, de armas, pornografía, peep-show y expresiones idiomáticas populares, no podemos tomar un atajo.

O bueno, sí, podemos atajar acudiendo a nuestro surtido de diccionarios vivientes, esto es, expertos en áreas muy acotadas de la realidad, lo cual incluye de entrada a todos los maridos expertos en márketing, motos o bienes raíces, esposas ceramistas, amantes doctorados en léxico de porno en todas sus modalidades, sobrinas lanzadoras de cuchillos, abuelos hortelanos e hijos expertos en videojuegos y acoso escolar. Romper la burbuja en que a veces vive el traductor obliga a salir a la calle y hacer trabajo de campo para elaborar un glosario o mejorarlo. Mientras traducía los amables recuerdos del historiador e hispanista francés Bartolomé Benassar, Memorias de un pescador de truchas, ni Jara y sedal me sacaba de un atasco, así que no me quedó otra que acercarme a la tienda de artículos de caza y pesca del barrio y preguntar por una pieza de la caña y resolver mis dudas. Mi experto se sintió muy halagado de colaborar, como también sucedió en la chocolatería del Barrio Gótico con ciertas especialidades para un recetario. No hay que decir que la consulta ha de ser breve y específica.

En ocasiones, la dificultad surge por cambios acaecidos en el tiempo: así ocurría con la nomenclatura de los tribunales franceses entre los años cincuenta y setenta según describía el prestigioso editor Jean-Jacques Pauvert en Las odiseas del libro. Las frecuentes denuncias por escándalo tras publicar a Sade le familiarizaron a la fuerza con los tribunales de París. Ciertos cambios administrativos provocaron que en la primera década del siglo XXI el nombre y numeración de los tribunales no correspondieran con los usados durante los acontecimientos. A la previsible necesidad de ser rigurosos con la terminología jurídica se sumaba la de ir verificando vía Google la nomenclatura de los departamentos y secciones del Ministerio de Justicia francés. Me habría venido bien conocer entonces y no dos años después al perito experto en derecho y arquitectura técnica que vivió en París en los sesenta.

En sus memorias a vuelapluma, publicadas en el número 3 de L’Écran traduit, Marie-Claire Solleville —cuya trayectoria profesional es anterior a Internet, los móviles y los canales de televisión internacionales— también propone, con su característico desenfado, salir de casa para confeccionar o mejorar glosarios. Así, para surtirse de insultos, imprecaciones, maldiciones y jerga delictiva prefería «no fiarse de los diccionarios y confeccionar un pequeño diccionario personal, que recomiendo no llevar encima en caso de pérdida o de cacheo, pues nos va a costar explicar que se trata de una herramienta de trabajo. Las colas en cualquier oficina de la administración pública están especialmente recomendadas». A diferencia de hoy, cuando la ficción no deja ningún territorio ni periodo histórico sin explorar, en las décadas de los cincuenta y setenta, el cine y la televisión se interesaban apenas por los ambientes y escenarios culturales mientras se vivía una eclosión del género policíaco y de denuncia; para hacer acopio de jergas y léxico probablemente muy ajenos a su hábitat y experiencia, el traductor podía despreocuparse de «la técnica de la iluminación del pergamino de la Edad Media, pero debe saberlo todo de las diferencias entre la mafia siciliana y el milieu marsellés». El rigor lingüístico, típico rasgo francés, combinado con los modos pasionales italianos explica otra de sus recetas: buscar la gresca donde surja, así sea un atasco, una colisión de tráfico, sin separarse de la grabadora, que ayudará luego a transcribir insultos y otras útiles florituras del idioma.

La pornografía, el rico vocabulario de las escenas de contenido sexual cada vez más explícito obligan a tomar en consideración variantes inesperadas, incluso locales, aunque la versión original utilice un léxico estándar y banal. De un tiempo a esta parte, con la comercialización de series de televisión en DVD, comprobamos las decisiones, sorprendentes a menudo, de los traductores españoles, con su afición a tirar la casa por la ventana optando por las expresiones más obscenas, decisión que reduce el conjunto de expresiones del personaje a un mismo nivel de intensidad.

Solleville flaqueaba por pudibundez. Las groserías, dice, suenan más contundentes por escrito que al oído, por lo que prefería suavizar los términos si el texto traducido iba para subtitulado. Tuvo que abandonar sus prejuicios y liberarse adaptándose a los nuevos tiempos, que traían a cineastas como Lina Wertmüller.

Hoy, a falta de pudor, convendría atenerse al contexto y a la psicología de los personajes.

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Entrevista a Olivier Mannoni, traductor de Mein Kampf al francés,

 

http://www.europe1.fr/emissions/l-interview-verite/mein-kampf-des-raisonnements-deviants-et-pervers-2642099

Olivier Mannoni, prestigioso traductor de alemán al francés, es el autor de la última versión del libro de Adolf Hitler, Mein Kampf (Mi lucha). La anterior versión era de 1934. De forma muy sintética, Mannoni establece la necesidad de esta nueva traducción, tanto sobre la terminología, el tipo de francés utilizado, sin olvidar las modernas formas de abordar un texto.

El proyecto ha causado cierto escándalo, el traductor defiende su interés para los historiadores, a lo que se añadirá un estudio anotado que añadirá contexto y cruce de textos y de reflexiones.

Considerando los últimos acontecimientos en Francia, el libro de Hitler puede contribuir a esclarecer el origen de los peligrosos titulares y manifestaciones de determinadas personas y grupos ligados a la extrema derecha.


 

La intérprete de la Utopía Ku, en El Trujamán del Instituto Cervantes

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Dirigida por Sidney Pollack

© María José  Furió para El Trujamán 2015

La intérprete es un moroso thriller dirigido por Sydney Pollack en 2005. Silvia Broome (Nicole Kidman) es intérprete de conferencia en la sede central de la ONU. Entre las lenguas que domina está la lengua africana ku, hablada en Matobo, de donde es originario el dictador que va a pronunciar una conferencia ante los representantes de todos los países. Los neoyorquinos le dispensan una tumultuosa protesta de bienvenida por su condición de genocida. Por casualidad, Broome oye una conversación entre dos africanos en torno al plan de asesinar al invitado; al ser detectada su presencia, su vida corre peligro por lo que se le asigna un agente del FBI (Sean Penn) para protegerla. Ciertos datos de su biografía despiertan la suspicacia de las autoridades —nacida en África, mantiene inexplicadas relaciones con personas vinculadas a la guerrilla en el país del dictador africano—, y la convierten en dinamizadora de la intriga hasta su resolución.

La ciudad de Nueva York es aquí un conglomerado de culturas del mundo entero, donde se escenifica un concepto que hoy parece pasado de moda, el melting-pot. Gente de todos los países coincide en espacios públicos como Central Park mientras la sede de la ONU parece una suerte de torre de Babel, domesticada gracias a los intérpretes de conferencia.

La película plantea un asunto interesante: cuál es el segmento mínimo que se puede «interpretar». El límite estaría en el susurro de equis decibelios, que permita identificar y reconocer una voz. Otro tema sugestivo es el papel de la lengua ficticia del país de origen de la intérprete, la República Democrática de Matobo. Existen unas montañas Matobo en la zona central de Botswana, frontera con Zimbawue, países ambos limítrofes con Sudáfrica, que servirían de inspiración del film. Percibimos enseguida que en la lengua ku abunda el fonema «k»: el presidente y líder exiliado se llama Kuman-Kuman (el de la Sudáfrica actual se llama Jacob Zuma). El líder genocida es Edmon Zuwanie. La pronunciación de sus nombres trae ecos del de dictadores famosos por acusaciones de genocidio, como Robert Mugabe.

No es la primera vez que en una película los personajes principales hablan o conocen un idioma inventado para la ficción. Al margen del estridente popurrí que a lo largo de la historia del cine de los sábados por la tarde han hablado todas las tribus caníbales made in Hollywood, la invención de un idioma para fines artísticos delata el contexto sociopolítico en que emerge. Así, el famoso klingon de Star Trek, serie norteamericana que arranca en 1966, parece tener su inspiración en el mutsun, lengua indígena de California. En los años sesenta y durante el periodo de eclosión del movimiento hippie, con la ciudad de San Francisco como centro neurálgico de la nueva cultura, nacieron corrientes de defensa y reivindicación de las minorías raciales; entre ellas, muy especialmente, de las olvidadas tribus indias. Como en La intérprete, el dominio por parte del protagonista, personaje positivo, de una lengua pequeña vinculada a los ancestros —los indios en América o las tribus condenadas por genocidas africanos— pretendería evocar en el espectador una nostalgia por un origen más puro ligado a una tierra madre.

Por lo que respecta a la lengua ku, fue construida, por Said el-Gheithy, director del londinense Centro para el Aprendizaje de Lenguas Africanas, por encargo de Sydney Pollack. Adapta como base distintos aspectos de los idiomas shona y swahili, hablados en el sur y el este de África, y se añadieron otros aspectos inventados pero coherentes. Además de contar con un diccionario propio, se ideó una cultura con tradiciones ancestrales, que en la película se traen a colación como tema de discusión del ideario moral de los protagonistas.

La conexión de La intérprete con los idealismos de los años setenta, hoy de moda, se plasma en la descripción de las costumbres de Matobo: no existe distinción de género, el idioma posee una elegancia poética. Basa su cultura en la edad y el género y son los mayores quienes saludan a los más jóvenes mientras las mujeres tienen preferencia sobre los hombres a la hora de romper el silencio; se saludan con palabras pero en ocasiones tocándose la frente y a estas costumbres se suman otras que sugieren la idea de lo exótico. Por contraste con las costumbres occidentales, plantean el concepto de relativismo teórico, que está en la base de la creación de la ONU.

Yo (no) estuve en Varsovia, en El Trujamán del Instituto Cervantes

selloVarsovia

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polaco11 -Sello dedicado a Varsovia
2- Soldado polaco:  «Sublevado polaco durante el Levantamiento de Varsovia el 1 de Agosto de 1944. En el brazo porta un brazalete con la bandera nacional polaca y en las manos maneja una metralleta Sten británica.»
3 -«Mujeres sublevadas del Servicio Militar Femenino para la defensa de Varsovia.»

© María José Furió para El Trujamán

Fotos y texto de los pies de foto extraídos del Levantamiento de Varsovia en 1944 :
http://www.eurasia1945.com/batallas/contienda/levantamiento-de-varsovia/

Uno de los temas de discusión frecuentes en listas de correos de traductores es el grado de intervención que puede permitirse el traductor cuando detecta un error en el original. Suele debatirse bizantinamente qué se considera error; para algunos, se limita a las erratas obvias o datos subsanables relativos a fechas, direcciones, nombres actualizados de ciudades, apellidos —en francés, no es raro que los autores ignoren el uso de los dos apellidos españoles y alteren su orden o destaquen el más sonoro o inusual—, etc. En tales debates pronto queda claro que el uso ha consagrado algunas reglas: en traducción técnica o de prensa, se corrigen todos los errores y antes o después se advierte al autor. En la traducción literaria, lo ideal parece consultar al autor, siempre que sea posible. Se da por seguro que éste agradecerá la corrección salvo que su error sea intencionado y, por ello, significativo. Pero si es involuntario, traducir un error no significativo puede interpretarse, como señalaba recientemente una colega, como un comentario «sobre la ignorancia del autor» y sería una marca más de la presencia del traductor donde el escritor ignoraba haber cometido un fallo.

Ya entrados en faena, algunos discuten si un texto de mala calidad, típico en los subgéneros de fantasy y novela negra de kiosco —gramática y sintaxis dudosa, estilo desaliñado o falta de estilo, adjetivación lacia, etc.—, ha de traducirse fielmente o conviene embellecerlo. En este punto, entran en consideración los conceptos de traducción literal y oblicua, y la noción ya ampliamente establecida de «traducir como amigo». La principal ventaja de esta solución es preservar la imagen de solvencia del traductor profesional, a quien se le atribuirá sin dudar la autoría del resultado desastroso; esta decisión también explicaría por qué algunos títulos alcanzan un éxito sorprendente en sus versiones traducidas, tras pasar sin pena ni gloria la versión original.

A veces, el traductor opta por mostrarse discreto y señalar el error en nota a pie de página —lo cual puede considerarse una manera hipocritona de quedar bien con todo el mundo sin dejar de lucirse al señalar confidencialmente, como al oído, el traspié—. En la literatura española contemporánea quizá sea Ramón Buenaventura, excelente novelista y traductor, quien ha hecho un uso más irónico de esta «industria» de la nota a pie de página, corrigiendo y anotando su propia obra, haciendo decir y desdiciendo luego en nota al pie a sus personajes, poniendo así en solfa las nociones de autoría y de texto cerrado.

Por lo general, encontramos una u otra pauta de corrección de errores. Pero ¿qué ocurre cuando el traductor decide corregir al autor incluso en sus notas al pie? Que a la editorial se le presenta un formidable trabajo de editing. Sucedió años atrás, cuando un editor de No-Ficción de una gran editorial me encargó la corrección de estilo y el editing de un ensayo que, visiblemente, se le había ido de las manos al traductor. El original inglés era un voluminoso ensayo histórico —más de 700 páginas— dedicado al alzamiento de la ciudad de Varsovia, que arrancó en agosto de 1944 mientras se esperaba la llegada de los soviéticos. «Stalin se negó a ayudar a los polacos y permitió que los alemanes actuaran libremente», reza la solapa, que añade: «Hitler ordenó destruir la ciudad y acabar con sus habitantes». La copia impresa con las notas del traductor, incluidas las notas a las notas a pie de página del historiador, superaba, si no recuerdo mal, los mil folios.

La versión española del alzamiento de Varsovia contra los nazis era como un jardín que ha crecido desordenadamente y en todas direcciones, fruto no del abandono sino de algún fertilizante peculiar generosamente esparcido por el traductor: ¿Erudición escrupulosa? ¿Aburrimiento? ¿Locura?

(Continuará…)

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