Los cuentos de una mañana y El último sueño de Edmond About, de Jean Giraudoux, en ebook

 


Ya es posible descargarse la edición digital de mi traducción de Los cuentos de una mañana y El último sueño de Edmond About, de Jean Giraudoux (1882-1994).
He añadido un subtítulo, Cuentos de humor y melancolía, que resume bien el contenido. Yo misma he rediseñado la portada. La ilustración de Le rêve (El sueño) del pintor naíf El Aduanero Henri Rousseau es perfecto como resumen onírico de uno de mis cuentos favoritos: «La carta».

A un precio más que razonable, se puede descargar aquí  ⇒

Ya he hablado de estos relatos en post anteriores. La presentación de la edición chilena en papel (quedan algunos ejemplares, que pueden comprarse desde su web).
Mientras estaba traduciendo, escribí para el Trujamán del Instituto Cervantes algunas reflexiones en torno al tipo de humor del autor de La guerra de Troya no tendrá lugar y La loca de Chaillot, entre otras, y las estrategias de traducción que pedía su estilo.

Me llamó la atención que un veinteañero acertara a combinar una observación de cariz político —la intromisión de la publicidad en los aspectos más íntimos de la vida y la tendencia a hacer espectáculo de ellos, los cambios morales que traía la incipiente revolución industrial— con un humor sin estridencias, que no pocas veces recuerda al de Charlot, un personaje que se daba a conocer precisamente en esos años.
Enlace a los artículos del Trujamán aquí ⇒


Le Rêve, 1910 – Henri Rousseau, de la serie de junglas exóticas

Tribuna sobre traducción con IA en Le Monde de Jörn Cambreleng

El pasado 20 de octubre el diario Le Monde publicó una tribuna redactada por el director de ATLAS, donde tiene su sede la casa de los Traductores de Arles (Provenza, Francia), Jörn Cambreleng, en torno a los peligros que entraña el desarrollo velocísimo de los sistemas de traducción mediante inteligencia artificial. Como todo el mundo sabe, las empresas utilizan para entrenar a sus programas textos de diversa procedencia y de todo género, sin pagar los pertinentes derechos de autor.
He traducido al español la tribuna para acercarla a los lectores que no entiendan francés. Justamente esta semana he recibido una propuesta desde una agencia de traducción para trabajar como ayudante en el desarrollo de uno de esos programas. Las condiciones laborales son las de los obreros en cadena. Esperan que el obrero dedique por lo menos 40 horas semanales a revisar y corregir las traducciones generadas por las máquinas. Se me ocurre que sería divertido introducir deliberadamente errores para enloquecer al programa forzándola a producir un idioma ficticio y sin sentido y solo en parte comprensible. 😀

Evidentemente, no se trata de rechazar por completo el avance que puede suponer para la traducción de textos de gran envergadura de, por ejemplo, carácter legal, donde se repiten continuamente frases, términos o nombres de leyes, ordenamientos, y donde este tipo de programas pueden funcionar como enorme glosario. El fondo de la cuestión es abaratar desde todos lados el trabajo y la creatividad implícita en la traducción, sobre todo literaria.

Cambreleng denuncia que algunos formadores se brinden a colaborar con las empresas en lugar de defender lo esencial de la formación del traductor.
Evidentemente, mi traducción no está hecha con IA. Consulto diccionarios en línea pero aunque solo sea para mantener musculada mi mente, traduzco yo y me equivoco yo 😉


Tribuna de Jörn Cambreleng, publicada en Le Monde
20 de octubr
e 2024

TRADUCCIÓN Y SIMULACRO

En los puestos de avanzadilla del debate sobre los usos de la inteligencia artificial (IA) se encuentran las traductoras y los traductores. No solamente porque son sensibles a la lengua y porque se sienten concernidos al respecto, sino también porque su profesión, y en particular la de quienes traducen literatura, fue designada hace mucho tiempo como un horizonte inalcanzable para la automatización, mientras el espectáculo pasmoso de los resultados producidos por los algoritmos fragiliza a día de hoy los cimientos de su economía.

Varias voces universitarias expresaban recientemente su optimismo en cuanto al futuro de los oficios de la traducción, mediante ciertas adaptaciones a la irrupción de la IA en el sector: un alegato pro domo para luchar contra la anunciada deserción de las diferentes formaciones en traducción universitarias, en un contexto de preocupación entre estudiantes y familias por el porvenir de la profesión. «Adaptación» funciona como palabra clave, imperativo categórico que aquí se tiñe de darwinismo social.

En mi condición de profesional de la traducción dedicado también a la formación (profesional y continua), creo útil replantear cuáles son los fines de una formación en traducción. Mejor que preparar, en nombre de un supuesto pragmatismo, para esos oficios según están siendo redefinidos y precarizados por el mercado, me parece importante reafirmar:

  • que la traducción literaria es un factor de emancipación, en cuanto enseña al que la ejerce el manejo de la lengua; que esta es un potente instrumento en la formación del espíritu, del que todos los estudiantes, sea cual sea la profesión que vayan a ejercer, pueden beneficiarse;

  • que dicho beneficio resulta en gran medida amputado cuando la actividad de la traducción se ve privada de esa dimensión creativa, cuando queda restringida a la tarea de supervisión de una norma decidida según el criterio de la mayor probabilidad;

  • que las estadísticas que sustentan los cálculos de los algoritmos tienden a reducir lo posible a lo probable, y que esto entra en contradicción con la singularidad de la lengua, que es condición de todo pensamiento auténtico.

Lo real y su simulacro
Los traductores y las traductoras literarios manejan idiomas. Esto les confiere una responsabilidad social importante, ya que la ética del uso de un idioma no puede quedar restringida a corregir los sesgos sexistas y racistas de los algoritmos. La gran mayoría de traductores y traductoras se opone a que sus textos sean utilizados como combustible para la creación de un gran modelo de lenguaje. Lejos de oponerse por principio a las innovaciones tecnológicas, conocen bien la diferencia ontológica entre un idioma y un simulacro de idioma, entre una subjetividad nutrida por la experiencia humana y un texto, por correcto que sea, desprovisto de toda responsabilidad. Compartir dicho saber supone permitir a los lectores mantener la distinción entre lo real y su simulacro.

En los debates de los últimos meses sobre la IA y sus usos aparecen convocados dos órdenes, el jurídico y el ético, complementarios para lograr una regulación de los usos de la IA en beneficio de la sociedad.
El problema de limitarse al orden jurídico es que a menudo solo apunta a proporcionar a los creadores que han sufrido el rastrillado ilegal de datos de sus obras una compensación económica. Esta, por mínima y a tanto alzado que pueda ser, supone en la práctica aportar una garantía moral a los fabricantes de IA. Este combate es posterior a la cuestión de la legitimidad. Otro problema del orden jurídico es que evoluciona lentamente. Las moratorias y otros llamamientos al principio de precaución suelen ser despreciados con el argumento de la competencia internacional en la carrera por la innovación.

Un algoritmo es en esencia amoral
El problema de limitarse al orden ético es que puede distorsionarse con suma facilidad. La ética emerge hoy profusamente en el debate, sin dejar de ser considerada impotente para poner coto a la codicia y a la voluntad de poder de algunos: una fruslería que se agita ante las mentalidades infantiles para divertirlas. Como significante equívoco, la «ética de la inteligencia artificial» comprende dos acepciones diferentes y a veces opuestas.

Numerosas empresas de la tech, por su parte, reivindican una ética y una autorregulación, con el argumento de un conocimiento prospectivo de la evolución tecnológica y de las competencias necesarias para la implementación técnica de dispositivos reguladores, situándose así en una perspectiva tecno-solucionista. En este punto, podría ser interesante recuperar una definición de la ética como principio de la acción y de la conducta moral, y señalar que un algoritmo es en esencia amoral: una «ética de la inteligencia artificial» es, por lo tanto, un oxímoron, un atajo perezoso para hablar de una ética de los usos.

La confusión se crea y se mantiene en el núcleo del vocabulario utilizado: «inteligencia artificial», «traducción neuronal», «postedición» (una mala traducción de postediting)… Son muchas las mal llamadas analogías y expresiones antropomórficas que han allanado el camino a consentir la sustitución de lo humano en el campo semántico que nos ocupa. Pretenden así hacernos olvidar que los algoritmos generativos no producen lenguaje sino una simulación de lenguaje. Como los simuladores de vuelo para los pilotos, colocan al usuario en una situación que imita la realidad (la altitud o el pensamiento), pero que no es la realidad.

La inteligencia humana, según el lingüista norteamericano Noam Chomsky [en una tribuna en el New York Times de mayo de 2023], es capaz de decir no solamente lo que es, lo que ha sido y lo que será, de ser descriptiva y predictiva, sino además lo que no es: «Lo que podría ser y lo que no podría ser». Chomsky hace de esta última capacidad una competencia estrictamente humana de la que una máquina es incapaz, por muy potente que sea en descripción y en predicción. Muy pronto serán necesarios ojos y oídos ejercitados en distinguir una lengua de su simulacro. Va siendo hora de ayudar al lector a diferenciarlos mediante una etiqueta con aval jurídico impuesta a los escritos que no hayan sido producidos por la carne y el hueso de lo real.

© Imagen tomada de “pantoglot.com”.

El diario de los Goncourt – El caso Lemoine en Jot Down

Prólogo a “Los cuentos de una mañana”, de Jean Giraudoux

Mistinguett
La actriz Mistinguette, ¿inspiración de Guiguitte?

Subo aquí el prólogo del libro de cuentos que en 2017 publicó la editorial chilena LOM.
Me dicen que aún quedan ejemplares; es posible comprar pasando por la web de la editorial, el precio en pesos es el equivalente a diez euros aprox.

Descargar el prólogo aquí

La peste en Venecia: El lienzo de Tintoretto

 

«El hombre mostró entonces una extraña máscara. Era de color blanco y estaba provista de un largo pico que inevitablemente recordaba el de un pájaro.

            –No sonriáis –prosiguió–, este pico ganchudo está destinado a recibir cierta cantidad de hierbas y esencias medicinales que, al inhalarlas su portador, evitará respirar el aire infectado.

            Luego fue señalando una a una las distintas piezas del traje.

            –Aquí tenemos los guantes y la larga túnica de lino, toda ella bañada en una capa de cera; y para terminar, una varita con la que se puede levantar las ropas del apestado, para examinarlo sin exponerse al contagio.»


Este extracto pertenece a la novela El lienzo de Tintoretto, una amena novela histórica protagonizada por el pintor Tintoretto, en la época antigua, y un investigador italiano que se cartea vía mail con un anciano norteamericano experto en la pintura del Renacimiento, en la época contemporánea. Fue la primera novela traducida al español del escritor provenzal Thierry Maugenest y tuvo un éxito nada desdeñable que dio pie a una edición de bolsillo.

Para leer un extracto, La peste en Venezia – EL LIENZO DEL TINTORETTO

Ciclo alta traición:Una leal conjura literaria

 

El traductor argentino Ariel Dilon está al frente de este proyecto -que puede seguirse por youtube– , Ciclo Alta Traición, un rico juego de palabras con los tópicos que acompañan la tarea de traducir. Traición, de acuerdo, ¡pero del más alto nivel!
Diferentes traductores eligen un texto que han traducido y explican los pormenores de su interés a cámara… Dilon presenta muy sucintamente el proyecto: BITÁCORAS DE TRADUCCIÓN // Una serie imperdible de registros // Del pasaje de lengua a la puesta en voz, cuerpo e imagen
Presento el de la traductora catalana Dolors Udina que habla de su entusiasmo por el libro de Mireille Gansel, Traduire comme transhumer (Calligrammes, 2012), presenta a la autora y conversa con ella. No está traducido a español, probablemente lo harán en Argentina donde muestran más interés que en España por la reflexión y las memorias de auto-creación literaria.
Leo que, entre los muchos galardones que ha recibido por su tarea, se cuenta el Esther Benítez por su versión del Slow Man de J.M. Coetzee, Home lent. Leí su traducción, también al catalán, del mayor éxito del mismo autor, Disgrace, Desgràcia, y es excepcional. El título en español suscitó alguna polémica, porque lo más próximo al sentido del argumento y de la experiencia del protagonista es deshonra o ignominia, e incluso vergüenza, pero está claro que no tienen una entrada tan fácil en la memoria del lector como la más habitual y literal desgracia

El joven Jean Giraudoux y el ejercicio del pastiche

Portada de la edición en español que traduje para LOM Ediciones en Chile
La influencia de la práctica  del pastiche durante los años estudiantiles es incontestable en los autores franceses de finales del siglo XIX y principios del XX. El caso de Jean Giraudoux resulta paradigmático. Su primer texto fue publicado el 27 de septiembre de 1908 en Le Matin con el pseudónimo de J.-E. Manière. Se trata de la reescriura de la historia homérica del cíclope: más que un pastiche, ya que no imita el estilo de Homero, se trata de una amplificación similares a las que aprendió a hacer cuando era un brillante becario  en el Lycée de Châteauroux; esta reescritura incorpora rasgos cómicos en el texto de modo que altera el estatus de los personajes (Ulises asume un carácter burlesco); Giraudoux mezcla asimismo en su texto alusiones pasticheantes a Píndaro, a Teocrito, a los filósofos presocráticos, a Claudel y al helenista Croisset, e incluso a Verlaine y a Franc-Nohain.  de Paul Aron, Univ. Libre de Bruselas.

 El cíclope
Le Matin, 27 de septiembre de 1908

A los veintiún días de travesía, Ulises y sus compañeros descubrieron que los víveres empezaban a escasear. Algunos marineros africanos se habían zampado hasta el pienso, lo cual los dejaba sin siquiera el recurso supremo de jugarse la suerte a la pajita más corta. Afortunadamente, el más favorable de los vientos empujó la nave hasta una isla donde se atiborraron de conchas, que regaron con deliciosa agua de manantial. Estaban fumando varechs resguardados por la única sombra que pudieron encontrar, la de una caverna, cuando un estruendo horrible los sobresaltó.

–¡Menuda suerte la mía! –exclamó el astuto Ulises–, por una vez en diez años que puedo fumarme mi pipa tranquilo, tengo que caer en una isla volcánica.

Hydrofonte, el médico del barco, lo tranquilizó.

–Astuto Ulises, no es la tos de un volcán sino el Cíclope –dijo–. Sería tan disparatado afirmar que esta isla está deshabitada porque no hay vegetación como creer desierto el cerebro del viejo Néstor porque no luce un solo pelo en la cabeza. En esta tierra vive una raza de gigantes a los que llaman Cíclopes, pues miden cuarenta pies de altura, tienen un solo ojo en mitad de la frente y se alimentan de leche y todo cuanto la leche produce, cuando la ocasión no les regala, como hoy, un cuarterón de griegos, famosos por su carne.

* * *

Así dijo, y un rebaño de ovejas gigantesco entró apresuradamente en la caverna, empujando por delante de sí un rebaño de sombras más estremecedor aún.

El gigante apareció en el vano de la puerta de peñascos. Imposible huir. El astuto Ulises dio un paso adelante y pronunció estas inspiradas palabras:

–¡Oh, Cíclope!, no son dos, no son cuatro, no son tampoco seis los ojos que deberán bastar para admirar El que tú colocaste, con tanto acierto, en medio de una frente que tal vez parecería desguarnecida, pues tus cabellos se baten en sabia retirada hacia la parte posterior de tu cabeza. Tu ojo es el escudo contra el cual rompen los rayos, flechas de Apolo.

»Tu ceja, mientras duermes, es el arco de ébano que tensa Astarté, diosa de la noche; las fuentes de cristal son los monóculos que dejaste caer despreocupado.

»Eres motivo de envidia para Tersites que, aun desde que quedó tuerto, continúa comiéndose con la vista a Juno, la de ojos bisojos. Y lo eres para el mismo Amor que, en su deseo de parecerse a ti, se colocó sobre el ojo derecho una venda que también le cae, al muy torpe, sobre el ojo izquierdo.

El Cíclope, halagado, se inclinó ante él y los marineros, agitando los brazos como un trirreme agita sus remos, exclamaron:

–¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra por el Cíclope! El Amor intenta imitarle. Pero es como pretender comer la sopa de Corinto con palillos. El Amor puede esconderse en los bosques de adelfas si lo desea.
El Cíclope guiñó su único ojo y habló entre borborigmos.
–Extranjero, eres un auténtico pico de oro. ¡Si contigo está permitido tener un solo ojo, no lo está tener una sola oreja!

Entonces los marineros aplaudieron y gesticularon, mirándose como figurantes en una representación de ópera cuando el tenor canta que su novia es más blanca que el armiño.
–No es miel lo que hay en los labios del Cíclope, como en los del viejo Néstor –exclamaron–; o es una miel en que la abeja olvidó su aguijón. ¡Tiene respuestas endiabladamente rápidas!
–Extranjeros, me gusta el ingenio de vuestras palabras  –dijo el Cíclope–. Lamentaría ocultaros que llegará un día en que me serviréis de forraje. Pero que esto no sea un obstáculo a nuestra amistad. La cocinera avispada matará a las gallinas y, aun así, cuando entra en el corral, la población alada le da la bienvenida piando alegremente.

 

* * *

A esto el astuto Ulises y sus compañeros respondieron entusiasmados:
–Tiene razón. ¡Piemos con ganas! Al hijo de troyano que diga que la cocinera avispada no es la mejor amiga de las gallinas le embucharemos a mazazos en su boca embustera una enorme remolacha de Esmirna.
El Cíclope acercó rodando varios peñascos delante de la puerta  y se sentó.

–Y tú, que tienes la lengua ágil como pitón colgada por la cola, ¿cuál es tu nombre? –preguntó,
–Mi nombre es Nadie –respondió Ulises.
El Cíclope se tendió en el heno y bebió varios toneles de vino en los que Hidrofonte había echado, por precaución, un potente somnífero.
–Es un nombre americano –afirmó–, pero me importa un bledo. Dime, amigo Nadie, dímelo entre tres ojos, ¿has amado alguna vez?
–Pues según –respondió el astuto Ulises.
–Por amar entiendo en amoroso fuego estar ardiendo, escribir su nombre en las ondas del mar con rocas de montaña, repartiéndolas con gracia y, según el día, la hora, el momento, sentirse dividido entre las ansias de estrujar al ser amado contra nuestro corazón o de un buen mazazo –repuso el Cíclope.

–Desde luego, el amor contiene todo lo bueno y su contrario –observó Ulises.
–El ser amado de que aquí se trata  –continuó el Cíclope– es la ninfa más encantadora que haya pisado nunca nuestra madre Tierra con sus pies traviesos. Pero yo no puedo insinuarle mi deseo haciéndole ojitos y cuando compongo versos, solo el primero me rima.
–Perdón, ¿pero la cosa va en serio? –preguntó Ulises.
–No puedo ir más en serio… –respondió el Cíclope–. Soy bígamo y me caso, si esa es una condición, con toda la familia. La madre está, ¡válgame el cielo!

– …Para hincarle el diente –susurró Ulises.
–No, la hermana es la que está para hincarle el diente –respondió el Cíclope–. Pero también me casaré con ella. Explica eso en los versos que compondrás para mí.

Los marineros, sin poder contenerse más tiempo, aullaron:
–¡Hurra! ¡Hurra por el Cíclope! La conoce desde todos los puntos de vista! Su ojo es el astro rey, ¡cómo orbitan las pupilas de todas las ninfas alrededor de él! Que la hermana apetitosa vaya con cuidado cuando salga a bañar en el mar sus piececillos preciosos, a huesecillos semejantes.

Pero el Cíclope, acostado en su lecho de heno, roncaba ya. Los diligentes marineros se pusieron a calentar al rojo vivo la punta de hierro de un enorme venablo. Las ovejas, adivinando una desgracia inminente, emitían quejumbrosas la segunda letra del alfabeto.
–¡Cuidado! –ordenó Ulises–. Tengamos ojo y que sea el bueno.
Seis vigorosos muchachotes levantaron la viga y a la de una, a la de dos y a la de tres, la clavaron en el ojo gigantesco, cerrado como un cepo sobre las bodegas del sueño. El ojo crujió, hirvió, enrojeció y rebosó como cuando en una sartén salteamos una anguila bañada en vino. El Cíclope se incorporó sobre sus posaderas, de un salto se puso en pie, luego dio otro salto en el aire y, entre alaridos, echó a correr en círculo. Los carneros, asustados, galopaban delante de él.

«El cabrito se ha despertado» se dijo el astuto Ulises. El herido profería tales bramidos que, en comparación, las arias de Andocides, actor nacional e intérprete de Sófocles, apenas son vagidos. Los griegos, por su parte, fingían una quietud de estatuas. «Sigue hablando, pensaba Ulises, me interesas.»

El Cíclope habló y dio vueltas en círculo durante seis horas y otras seis horas más. Luego, por miedo a pisotear a las ovejas que, fatigadas, se habían desplomado y jadeaban, se limitó a rugir, en cuclillas en el centro de la gruta, lanzando a ciegas sus manos a derecha e izquierda. Pero así solo conseguía atrapar los cangrejos que los compañeros de Ulises habían pescado en el río y que le ofrecían, con mucha chacota, pinchados en la punta de una caña. Atraídos por los alaridos, otros cíclopes llegaron a la puerta de la caverna.

Cabeza de Polifemo, cíclope en mármol de la isla de Thasos.

–¡Eh, Cíclope! ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás alborotando así a las personas? ¿Quién es el bandido que te ha hecho daño? –preguntaron.
–¿Quién queréis que sea? ¡Nadie! –aulló.
Pese al dolor que sentía, pronunció la palabra con acento americano y los que le rodeaban sacudían la cabeza sin parar de reír.
–¡Este Cíclope! ¡Siempre hemos dicho que tenía algo ahí! –exclamaban señalando con el dedo la zona de su frente donde los simples mortales no tienen ojo.
Y regresaron a sus cercados agasajando a sus compañeras.

«Por Zeus, pensaba Ulises, la gallinita ciega amenaza con caer cuan largo es. Confieso que preferiría un compañero de juegos más pícaro, me conformaría con Nausicaa. Se hace de noche. Nuestro anfitrión se toma demasiado en serio las leyes de la hospitalidad. Debería salir ya, es hora de sacar al rebaño.»

* * *

Entonces, las ovejas, que empezaban a tener hambre, balaron y el Cíclope, conmovido, se apiadó de ellas. Se arrastró hasta la puerta de la caverna, apartó algunas rocas con mil precauciones y las dejó salir. Escondido bajo la barriga de cada oveja, agarrado a la espesa mata de lana, iba un marinero, y así uno tras otro escaparon hacia la luz del día. Ulises iba escondido debajo del carnero, que cerraba la comitiva; el corazón se le paró en seco cuando el Cíclope quiso consolar su dolor unos minutos acariciando a su favorito.

–Querido carnero, desde ahora vas a ser tú y ningún otro mi ojo venerable –le decía–. Tráeme cada tarde tu rebaño como un rey que lleva a sus súbditos por delante, ¡y mata con tus cuernos, a los de Zeus semejantes, al lobo, al chacal y al lince, que Plutón maldiga!

Así dijo. El trirreme aparejaba ya y las filas de remos se alzaban lentamente, alternativamente, como las patas de una langosta al despertar. El Cíclope, alertado por el crujido de las velas y el gobernalle, llegó corriendo hasta la orilla y lanzó en la dirección del ruido varios peñascos de la montaña. Pero Zefiro empujaba ya la embarcación hacia el norte. El astuto Ulises colocó las manos en trompetilla delante de su boca y, como estaban ya en mar abierto, ordenó venir a diez hombres que pusieron delante de él sus manos como altavoz.

–¡Adiós Cíclope ! –gritó—. ¡Sin rencores! Ahora ya sabes que es prudente tener un segundo
ojo, aunque solo sea para llorar al primero. ¡Y teme a los griegos, también cuando no traigan regalos!

Incluso a ojos de los que veían, la nave había desaparecido. El Cíclope regresó entonces a su cueva tropezando con todo. Las ovejas que habían quedado sin ordeñar la víspera estaban arremolinadas delante de la entrada de la caverna y arrastraban por el suelo de guijarros sus ubres doloridas. El Cíclope las llamó una a una por su nombre y cumplió con su oficio de pastor. Gruesas lágrimas saladas caían en la leche cremosa, que al punto cuajaba. Ese día el Cíclope hizo el más delicioso de sus quesos.

J.-E. MANIÈRE.

© de la traducción: María-José Furió
© del texto original: Jean Giraudoux.

Jean Giraudoux: Los cuentos de una mañana & El último sueño de Edmond About se publica en Ediciones Lom, Chile

 


Este mes de octubre se publica por fin la colección de cuentos, inédita en español, de Jean Giradoux,  Los cuentos de una mañana y El último sueño de Edmond About. Hice la selección a partir de la edición de la editorial La Bibliothèque électronique du Québec, Canadá, y añadí un cuento inédito más que descubrí en la mediateca de la Casa del Traductor, Arles, mientras disfrutaba en febrero-marzo de 2016 de la beca que me concedió la CITL. El cuento en cuestión se titula La novia viuda, el tono y el estilo casaban bien con el conjunto, y el volumen adquiría mayor consistencia. Este título forma parte de la colección Cuentos en tono de humor —luego he visto que se ha incluido en la colección de Narrativa— dirigida por el poeta y traductor argentino Jorge Fondebrider, quien me invitó a hacer la propuesta con destino a las Ediciones Lom, de Chile.

Château Vaissier Blanc Seau

Château Vaissier Blanc Seau


Reproduzco el texto de presentación redactado por la editorial, que me parece muy acertado.

«Los cuentos de una mañana y El último sueño de Edmond About fueron rescatados de diarios franceses de principios del siglo XX, y estos textos juveniles ya anticipaban la genialidad del narrador y dramaturgo francés Jean Giraudoux.
Estas historias primerizas se internan en un mundo cambiante generado por una revolución industrial que, a su vez, provoca una revolución cultural, de las mentalidades, de la política, del trabajo, de las comunicaciones, y una nueva relación con el dinero y la publicidad, que regala tantos espacios ilusorios. Los personajes viven en esta vorágine y lo hacen con humor, desolación y estupor; extraña mezcla para enfrentar su tiempo. Así se parece consumar la actitud asumida por un personaje del cuento «Guiguitte y Poulet», de esta colección:

«Al día siguiente era domingo. Jacques estrenaba un sombrero de paja. Naturalmente, un chubasco hizo acto de presencia. Como había salido sin paraguas, cogió uno de un expositor. Alguien se dio cuenta del hurto. Jacques intentó ceder, le explicó al vendedor que, si ponía una denuncia, el objeto robado sería confiscado hasta el juicio, puede que hasta el invierno.»

Cuentos de juventud plenos de humor y sensibilidad; cuentos con una mirada aguda para descubrir la presencia edulcorada de una vida artificial que disfraza la explotación y el engaño de las clases populares; cuentos de un joven escritor que presagian el genio creativo y multifacético que desarrollará en la madurez de su vida y obra.»

Algunas imágenes que transmiten el estilo y ambiente de la época con el título del cuento que podrían ilustrar.

Mistinguett
La revista Mistinguett

 

Esencia de Congo perfume 1900
Esencia de Congo: Por un pelo

le_vrai_cake_walk
Baile Cake Walk: En el cine

Omnibus - Madeleine Bastille
Ómnibus Madeline-Bastille: Guiguitte y Poulet

“L’Outranspo et la traduction créative” par Santiago Artozqui

Dossier traduction Nadeau revista
Foto ©: En attendant Nadeau

 

Santiago Artozqui, traductor y animador cultural, presidente de la Asociación para la Promoción de la Traducción Literaria, es el autor de un interesante artículo en torno a la idea de “traducción creativa” en la revista de literatura En attendant Nadeau. El artículo forma parte de un dossier dedicado a la traducción.

Así arranca la presentación:

«Que se passe-t-il lorsqu’on s’attache à traduire les composantes d’un texte autres que le sens ? L’Outranspo est un OuXPo qui aborde, étudie et pratique diverses formes de traductions à contraintes regroupées sous le nom de traduction créative.»

y el núcleo de la reflexión se formula así:

«on peut adopter une définition de la traduction créative qui nous servira d’hypothèse de travail : Une traduction est dite créative lorsqu’elle vise prioritairement à rendre des composantes d’un texte autres que le sens. Par composantes, on entend ici la forme, le rythme, les références culturelles, bref, tout ce qu’en général le traducteur cherche à restituer en même temps que le sens. Cette dernière précision est importante, car il ne faudrait pas que l’on croie que la traduction se définit comme créative par rapport à d’autres qui ne le seraient pas. Toute traduction est, par essence, un acte de création, et, de même que les oiseaux n’ont pas attendu les ornithologues pour voler, les traducteurs n’ont pas attendu les tenants de la traduction créative pour être créatifs.»

Inspirado por el Oulipo, este movimiento presenta varios aspectos destacables, es un ejercicio creativo y, claro está, de liberación mental. Cuando se traduce asiduamente, se incurre en automatismos, incluso cuando se trata de textos exigentes que obligan a medir escrupulosamente rimas, sílabas, referencias externas o cruzadas, de modo que estas búsquedas de equivalencias abren horizontes. Por cierto que la llamada “sonotraducción” se practica en España, también con fines humorísticos (resultados hilarantes), en los programas de Javier Cadenas (muy chistosas sus traducciones del ruso o del griego) para la radio.

 

El encanto de las traducciones anticuadas: “Buenos días, tristeza”, de Françoise Sagan (y 2) en el Trujamán

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©El Trujamán & MJ  Furió

El estilo de Clarasó contiene rasgos que traen la atmósfera de la misma época en que tienen lugar los acontecimientos. A finales de los años 50, principios de los 60, cristalizó en Francia un cambio cultural en la percepción del individuo en sociedad. Se afirmó entonces que Sagan representaba a una nueva generación que invertía la filosofía del existencialismo por un hedonismo alérgico a las responsabilidades. Creo que a un lector culto no se le escaparán hoy los ecos de la literatura libertina francesa, en concreto, Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos, y recordará que la joven noble recién liberada del convento a la que Valmont instruye eróticamente se llama Cécile de Volanges. Buscando bibliografía sobre este particular, encuentro por fin una mención a este parentesco en el extenso prólogo de la editorial Cátedra, ya de 1996, con edición de Mª Luisa Guerrero y traducción de Pilar García.

Volviendo a Clarasó, el acierto general del tono de su versión no esconde los fallos que reclamaban una rigurosa corrección de estilo. Clarasó tradujo los nombres propios: Raymundo suena extraño; Ana y Cecilia no chirrían, mantuvo Elsa y Cyril pues seguro que Cirilo resultaba demasiado monacal. El vous usado por Anne, Cécile y Elsa al comunicarse entre ellas pasa al tuteo, como hacen el resto de traductores en las versiones posteriores; aunque el tratamiento de usted entre familiares no era insólito en España, exigiría justificarse en el contexto liberal de esta novela. Hay fallos por literalismos como «Hace de buen oír», o no traduce juegos de palabras, como ese «pescar maquereaux», quizá por censurar groserías, etc.

Con todo, los errores de traducción propiamente dichos son escasos. Uno altera significativamente la frase y parece un error de interpretación provocado por una errata. Hacia el final de la novela, Elsa, la joven abandonada por Raymond, pone a Cécile al corriente del éxito de la estratagema ideada por la adolescente en su afán de apartarlo de la estricta Anne. Por remordimiento, la precoz aprendiza de Madame de Merteuil desea que la ingenua modelo se calle. Sagan escribió: «Je déteste les dénouements»; Clarasó tradujo: «Detesto tener que mostrarme agradecida». Quizá hubo una confusión entre dénouement y dévouement, cuando la edición para imprenta utilizaba tipos móviles y el impresor invirtió la letra. En la versión de Cátedra se lee, justamente: «odio los desenlaces». Otras expresiones francesas tienen en su versión española una huella de época que, en mi opinión, adquieren al leerlas hoy el encanto de lo desusado porque, en los albores de los 60, el cambio de costumbres y de jerarquías empezó a reflejarse en los estándares de lengua y educación hasta eclosionar en esa década y la siguiente.

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Las versiones de 1995 y 1996 no solo corrigen errores obvios sino que actualizan el lenguaje, de modo que el «Salaud!» con que Cécile apostrofa a su padre, al descubrir las consecuencias del engaño que ella misma ha favorecido, se convierte en la de Albiñana en un vulgar «¡Cerdo!», mientras García redobla el golpe: «¡Cerdo, cerdo!», que sustituye al anticuado «¡Crápula!» elegido por Clarasó, con buen tino, pues significa precisamente lo que el viudo ha demostrado ser: «hombre de vida licenciosa», dado a la «disipación» y al «libertinaje». Pero ¿podía mantenerse esta expresión ya a finales del siglo XX?

El atractivo de las traducciones anticuadas –y naturalmente, del original al que remiten— obedecería a un léxico y a una sintaxis que combinan con acierto el pudor con la extrema precisión. Así, la modelo Elsa es una «entretenida» o una «mantenida», vocabulario que refleja la moral y prejuicios de la época.  

            Clarasó, célebre escritor de aforismos, debió de encontrarse en su salsa al traducir la desenvuelta respuesta de la protagonista a su futura madrastra, que transparenta la inspiración de Las relaciones peligrosas, donde la también llamada Cécile acaba de salir del convento cuando arranca la novela:

«—[…] Esas historias de líos, de juergas, de mujeres, ¿no te aburren?» pregunta la circunspecta y elegante Anne. «—Verás –le dije–; he permanecido diez años en un convento, y esas gentes sin principios todavía me divierten.» [p.118]

            Si se traduce couvent por «internado», aunque en definitiva sea eso, un internado religioso, la implícita referencia a Les liaisons… se disipa y también el contraste cómico entre las costumbres y moral del escenario religioso y el de la casa en la costa.

Clarasó, a quien el escritor Juan Poz dedicó una semblanza, es autor de aforismos como «No se comprende como las mujeres no triunfan todas, no teniendo en casa, como no tienen, a ninguna mujer que se lo impida» y «La mujer de otro, si nos gusta, tiene una ventaja: que ya es de otro. Y si no nos gusta, esta ventaja aparece mucho más clara.» Dos sentencias que casan bien con el temperamento de Raymond y Cécile, que el escritor barcelonés supo reflejar en español, pese a algunos literalismos y fallos, que habrían podido subsanarse con una corrección profesional ya en su momento.

 No hay duda que, apoyada por un prólogo no excesivamente académico que informara del contexto sociopolítico en que surgió la narración de Sagan y un perfil de la autora que aproveche los datos aportados por ella misma en textos autobiográficos, Buenos días, tristeza puede ser una buena lectura para adolescentes inteligentes y una puerta de salida de la estereotipada literatura juvenil que hoy día se les endilga.