Recursos del Portal del Hispanismo

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La página Portal del Hispanismo, que publica el Instituto Cervantes, contiene recursos que pueden interesar a traductores  y a profesores de español para extranjeros o especialistas en lenguas y literaturas (del ámbito hispano).

Por mi experiencia en lo que se refiere a revistas literarias, puedo decir que se trata de un recurso que no solo puede ayudar a enriquecer el currículo sino que, por la gran diversidad de publicaciones y organismos que se anuncian, permite desarrollar nuestras reflexiones con toda la libertad de la que seamos capaces y encontrar posteriormente la revista –o congreso– que mejor encaje con el tema que tratamos.


Adjunto  un par de ofertas que publica esta semana.

ß Plaza de profesor de traducción inglés-español (University of Bristol). Ir al enlace

Hay más ofertas de trabajo y solicitud de contribuciones a revistas, que pueden corresponder a los intereses de diferentes especialidades. También es interesante buscar en convocatorias pasadas y averiguar cuáles siguen en vigor.

ß – Plaza de profesor de Estudios Latinoamericanos (Universidad de Minesota)

El Department of Spanish and Portuguese Studies de Minnesota University (EE. UU.) oferta esta plaza de profesor de Estudios Latinoamericanos. La fecha límite de solicitud permanecerá abierta hasta que se cubra la plaza.

El encanto de las traducciones anticuadas: “Buenos días, tristeza”, de Françoise Sagan (y 2) en el Trujamán

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©El Trujamán & MJ  Furió

El estilo de Clarasó contiene rasgos que traen la atmósfera de la misma época en que tienen lugar los acontecimientos. A finales de los años 50, principios de los 60, cristalizó en Francia un cambio cultural en la percepción del individuo en sociedad. Se afirmó entonces que Sagan representaba a una nueva generación que invertía la filosofía del existencialismo por un hedonismo alérgico a las responsabilidades. Creo que a un lector culto no se le escaparán hoy los ecos de la literatura libertina francesa, en concreto, Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos, y recordará que la joven noble recién liberada del convento a la que Valmont instruye eróticamente se llama Cécile de Volanges. Buscando bibliografía sobre este particular, encuentro por fin una mención a este parentesco en el extenso prólogo de la editorial Cátedra, ya de 1996, con edición de Mª Luisa Guerrero y traducción de Pilar García.

Volviendo a Clarasó, el acierto general del tono de su versión no esconde los fallos que reclamaban una rigurosa corrección de estilo. Clarasó tradujo los nombres propios: Raymundo suena extraño; Ana y Cecilia no chirrían, mantuvo Elsa y Cyril pues seguro que Cirilo resultaba demasiado monacal. El vous usado por Anne, Cécile y Elsa al comunicarse entre ellas pasa al tuteo, como hacen el resto de traductores en las versiones posteriores; aunque el tratamiento de usted entre familiares no era insólito en España, exigiría justificarse en el contexto liberal de esta novela. Hay fallos por literalismos como «Hace de buen oír», o no traduce juegos de palabras, como ese «pescar maquereaux», quizá por censurar groserías, etc.

Con todo, los errores de traducción propiamente dichos son escasos. Uno altera significativamente la frase y parece un error de interpretación provocado por una errata. Hacia el final de la novela, Elsa, la joven abandonada por Raymond, pone a Cécile al corriente del éxito de la estratagema ideada por la adolescente en su afán de apartarlo de la estricta Anne. Por remordimiento, la precoz aprendiza de Madame de Merteuil desea que la ingenua modelo se calle. Sagan escribió: «Je déteste les dénouements»; Clarasó tradujo: «Detesto tener que mostrarme agradecida». Quizá hubo una confusión entre dénouement y dévouement, cuando la edición para imprenta utilizaba tipos móviles y el impresor invirtió la letra. En la versión de Cátedra se lee, justamente: «odio los desenlaces». Otras expresiones francesas tienen en su versión española una huella de época que, en mi opinión, adquieren al leerlas hoy el encanto de lo desusado porque, en los albores de los 60, el cambio de costumbres y de jerarquías empezó a reflejarse en los estándares de lengua y educación hasta eclosionar en esa década y la siguiente.

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Las versiones de 1995 y 1996 no solo corrigen errores obvios sino que actualizan el lenguaje, de modo que el «Salaud!» con que Cécile apostrofa a su padre, al descubrir las consecuencias del engaño que ella misma ha favorecido, se convierte en la de Albiñana en un vulgar «¡Cerdo!», mientras García redobla el golpe: «¡Cerdo, cerdo!», que sustituye al anticuado «¡Crápula!» elegido por Clarasó, con buen tino, pues significa precisamente lo que el viudo ha demostrado ser: «hombre de vida licenciosa», dado a la «disipación» y al «libertinaje». Pero ¿podía mantenerse esta expresión ya a finales del siglo XX?

El atractivo de las traducciones anticuadas –y naturalmente, del original al que remiten— obedecería a un léxico y a una sintaxis que combinan con acierto el pudor con la extrema precisión. Así, la modelo Elsa es una «entretenida» o una «mantenida», vocabulario que refleja la moral y prejuicios de la época.  

            Clarasó, célebre escritor de aforismos, debió de encontrarse en su salsa al traducir la desenvuelta respuesta de la protagonista a su futura madrastra, que transparenta la inspiración de Las relaciones peligrosas, donde la también llamada Cécile acaba de salir del convento cuando arranca la novela:

«—[…] Esas historias de líos, de juergas, de mujeres, ¿no te aburren?» pregunta la circunspecta y elegante Anne. «—Verás –le dije–; he permanecido diez años en un convento, y esas gentes sin principios todavía me divierten.» [p.118]

            Si se traduce couvent por «internado», aunque en definitiva sea eso, un internado religioso, la implícita referencia a Les liaisons… se disipa y también el contraste cómico entre las costumbres y moral del escenario religioso y el de la casa en la costa.

Clarasó, a quien el escritor Juan Poz dedicó una semblanza, es autor de aforismos como «No se comprende como las mujeres no triunfan todas, no teniendo en casa, como no tienen, a ninguna mujer que se lo impida» y «La mujer de otro, si nos gusta, tiene una ventaja: que ya es de otro. Y si no nos gusta, esta ventaja aparece mucho más clara.» Dos sentencias que casan bien con el temperamento de Raymond y Cécile, que el escritor barcelonés supo reflejar en español, pese a algunos literalismos y fallos, que habrían podido subsanarse con una corrección profesional ya en su momento.

 No hay duda que, apoyada por un prólogo no excesivamente académico que informara del contexto sociopolítico en que surgió la narración de Sagan y un perfil de la autora que aproveche los datos aportados por ella misma en textos autobiográficos, Buenos días, tristeza puede ser una buena lectura para adolescentes inteligentes y una puerta de salida de la estereotipada literatura juvenil que hoy día se les endilga.

Traducir en clave feminista 1

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Angela Davis, Icono del feminismo y de la emancipación de los negros en Estados Unidos

La cuestión que da título a este trujamán surgió mientras leía una entrevista de 1985 a la filósofa Julia Kristeva, firmada por Françoise Collin, titulada Sobre el amor. Kristeva declara que uno de los aspectos de la crisis de Occidente es que no existe un discurso amoroso homogéneo.

 

«Quedan ecos de antiguos códigos amorosos que se encuentran con frecuencia en la literatura de señoras y que seducen a las lectoras. Esos códigos no son simplemente elementos arcaicos en la sociedad, también representan una especie de memoria que puede depositarse de manera más o menos armónica en ciertos lugares de calma de la sociedad, que son precisamente las mujeres fuera de su trabajo o las mujeres que no entran en el circuito del mismo.»

 

Me pareció interesante cómo dignifica una literatura menor, que es consciente de serlo aunque mueve mucho dinero, por la función y el efecto psicológico que tiene en sus consumidoras y me pregunté cómo cambiaría la edición si los editores tuviesen conocimientos al margen de magnitudes económicas, porcentaje de beneficios, modas y tendencias literarias extranjeras, y tomasen conciencia de la función de mayor calado que tiene la literatura en la reelaboración de la experiencia personal. Collins observa que se trata de «una literatura que conmueve mucho a las trabajadoras» y menciona una colección de novelitas rosas de quiosco. Kristeva responde que este clase de lectura les proporciona un refugio imaginario que forma parte del pasado y solo puede existir de manera estable en la medida que las lectoras se sitúan «fuera del proceso de contradicción propio de la producción, propio de los lugares de interés profesional, de los choques eróticos, de los dramas de la procreación, de todas las crisis que viven las “trabajadoras”, como usted las llama». Es decir, cuando se conciben a sí mismas al margen del valor comercial que les atribuye el mercado de la realidad.

En el saco del «¿Qué ocurriría si…?» puse la reciente retraducción de un clásico popular de los 70 en Estados Unidos, Sheila Levine is Dead and Living in New York, de Gail Parent –el título español de  la edición de 1974, del Círculo de Lectores y traducción de Gregorio Vlastelica, era Sh.L. ha muerto y vive en Nueva York; en la edición de 2015, de Zulema Couso, es Sh. L. está muerta y vive… –. Trata, como se sabe, de una joven judía con cierto sobrepeso que se traslada desde los suburbios de clase media a Nueva York, decidida a vivir la emancipación al estilo de las películas de Doris Day y a encontrar marido. Dado que el Nueva York de los 70 era un nido de mugre, violencia y ultramodernidad, se produce el inevitable choque cultural entre las expectativas de Sheila y la realidad de su baja cotización sexual, subrayada por el éxito de su compañera de piso. Cuando la leí a los dieciséis años me pareció hilarante; al releerla hoy me pareció algo triste y a ratos aburrida. No he podido comparar traducciones por no estar disponible la de los 70; me habría gustado averiguar si las decisiones de estilo, tono, léxico, etc., de la traductora –en un castellano sin tacha– son la causa de mi desapego o, sencillamente, ahora veo que es una tragicomedia.

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Escribir una leyenda

El mismo ejercicio podría aplicarse a la saga de las 50 sombras de Grey, de E.L. James. La editorial española estuvo alardeando del éxito de este best seller mundial –porno para mamás, decían condescendientes– con noticias publicitarias en torno al (ridículo) porcentaje de sus lectoras que aseguraban que su vida sexual había mejorado después de leer la novela. Cuando prestigiosas revistas universitarias norteamericanas publicaron análisis demoledores sobre la ideología del maltrato femenino que subyace en esta obra, y lectores de ambos sexos dieron a conocer sus burlones comentarios en los foros, los editores cerraron la boca y continuaron sumando royalties.

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trama súperfeminista

            ¿De qué modo puede o debe intervenir el traductor (pues no faltan los feministas) para propiciar una nueva perspectiva del mercado literario? ¿Qué más le da a la traductora –siendo lo fundamental vivir de nuestro trabajo– que un texto sea alienante o no, cuando uno de los mantras de la profesión es nuestra condición de simples mediadores entre el autor original y el lector en el idioma de llegada? Esta cuestión parecería una pérdida de tiempo y, sin embargo, la reciente publicación de la versión francesa de Mi lucha, de Adolf Hitler, obra de Olivier Mannoni, provocó un debate en medios y en foros que consideré una sobreactuación política e intelectual hasta que surgieron temas controvertidos que dejaron a la vista algunas de las tensiones en las que se encalla este país.

¿Qué tensiones estaríamos ocultando o esquivando los traductores españoles al eludir una posible controversia sobre la traducción abordada desde una perspectiva feminista?

Traducir humor blanco, traducir a Jean Giraudoux (1) en El Trujamán


A una escritora que acaba de publicar una novela con profusión de referencias a la actualidad española, varios periodistas le preguntaron si no le preocupaba que dentro de pocos años el lector no sepa a quién se refiere ni qué acontecimientos están implícitos en determinados pasajes. Ella respondió que no, porque quiere llegar a sus lectores hoy. Podría haber añadido que ni los periodistas ni los lectores en general pueden temer que se esfume Internet y, con la red, los billones de datos acumulados.

La pregunta de marras quizá tuvo sentido en tiempos de Balzac y de Proust, y aun entonces pudieron responder que no contemplaban la posibilidad de ver arder todas las bibliotecas de Occidente y los periódicos con sus correspondientes hemerotecas. Dicho de otro modo, la pérdida de referencias históricas al leer un texto que vamos a traducir es un dato que hay que tomar en consideración, pero si la ficción que tenemos entre manos resulta casi incomprensible por falta de tales referencias y datos, se nos plantea la necesidad de una edición erudita, con el fárrago de notas que imaginamos, o bien una edición tan elaborada que incluya una selección de las notas imprescindibles e incorpore el resto de datos dentro del texto.

Los cuentos de juventud de Jean Giraudoux (Bellac, Limousin, 1882 – París, 1944), recogidos bajo el título Cuentos de las mil y una mañanas, plantean esta disyuntiva. Los pocos datos biográficos de la presentación mencionan su condición de becario en Alemania (1905), su experiencia de lector de francés en la Universidad de Harvard en 1906, con las exitosas conferencias que impartió acerca de la cultura de su país, su participación en la primera guerra mundial y la posterior carrera diplomática, que combinó con una exitosa trayectoria de dramaturgo y escritor, con títulos como La guerra de Troya no tendrá lugar (1935) y La loca de Chaillot (1943).

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Póster de la adaptación al cine de La loca de Chaillot, una versión muy libre del original que se actualiza con los valores pacifistas de los años 70.

El desafío que plantean los relatos juveniles —inéditos en español— escritos durante la Belle Époque surge, en parte, de los cambios que trajo el siglo xx: no sólo la retórica del idioma sino también el vocabulario que designa objetos hoy desaparecidos, especialmente de los medios de transporte y de comunicación, la indumentaria y ajuar y el contexto político. Sin embargo, la cuestión clave está en conservar o no el espíritu, el tono, la atmósfera evocada por el lenguaje de la época sin que resulte cursi, desfasado y disuasorio para un lector de hoy. Un rasgo esencial de los relatos de Giraudoux es su particular humor, suave, blanco, un humor de situación nada estrepitoso.

¿Qué quiere decir «humor blanco» aquí? Aun tratando de temas adultos, como engaños, adulterios, suicidios, amor pasión, alienación del hombre moderno o accidentes fatales —en algunos casos inspirados por noticias de diarios de la época—, nunca es escabroso ni estridente y las situaciones humorísticas provocan antes esa risa baja sostenida de las comedias de situación que la carcajada.

Son cuentos muy cortos, publicados en los diarios Le Matin y Paris-Journal entre 1908 y 1912, algunos firmados con los seudónimos de Jean Grénier o J. E. Manière; aunque primerizos, el talento es indudable y la coherencia de estilo llamativa como también la finura de algunas reflexiones y, sobre todo, las imágenes poéticas que definirán el estilo maduro del autor. Sin embargo, llegado cierto punto, es de temer que no haya un solo lector de entre 15 y 99 años dispuesto a comprar, o siquiera a leer, una colección de estas características.

¿Qué estrategia de traducción debería seguirse para interesar a un público de hoy? Aunque recuerda a Jardiel Poncela (más joven que Giraudoux) en la sagacidad de las reflexiones que atribuye a los personajes, en las imágenes surrealistas y en su inclinación a la imagen poética, no es tan rompedor como el dramaturgo español, aficionado a la acumulación y al absurdo, por lo que no vale «subir» el tono para sugerir al lector español un parentesco inexistente. El autor de La loca de Chaillot no presenta más escenas ni más información que las que se propone desarrollar sin aturdir al lector. Conviene entonces adentrarse en la biografía y la obra del francés para descubrir que ciertas constantes pueden servir de guía al decantarnos por tal o cual solución dentro del registro característico del autor; subrayaremos su imaginación poética diseminada en frases breves y la plasticidad de paisajes apenas apuntados tras comprobar en su obra posterior que son marcas de su estilo.

También se hace imprescindible informarnos sobre la Belle Époque, lo cual nos lleva a reconocer la influencia del humor chaplinesco en concretos episodios, y cómo la crítica a los tiempos modernos, que trajeron consigo la reconversión de los individuos y de sus tristes avatares en mercancía destinada al espectáculo de masas, se inspira antes en las películas de Charlot que en El capital de Marx.

Traducciones remix de Chejov: ¿la crisis de la palabra? (y 2) en El Trujamán

Chejov leyendo La Gaviota a los artistas del Teatro de Arte Moscú 1898
Anton Chejov leyendo La gaviota a los artistas del Teatro del Arte, Moscú, 1898

Instituto Cervantes Virtual

La importancia dada a lo «sentido» por el intérprete desbarata la idea de una visión de conjunto coherente, de un estilo —el del autor traducido, el del traductor como autor—: una frase de una versión, otra frase de otra versión y se prepara un remix sin estilo. Enorme error, no solo pensando en lo que puede inventar una joven de veinte años a partir de su experiencia para atribuírselo a la Nina de Chejov, también por lo obvio: ¿qué sentimientos puede recrear el actor sino los que puede sugerirle el texto concreto? «¿Qué es leer un texto sino relacionar una lectura de las palabras, una atención constante a los diferentes registros de lenguaje y a la vida que hay detrás?».

Markowicz detecta el yo, las querencias del yo, en todas partes y ese yo caprichoso que toma y deja del texto según le place y le conviene es, a su juicio, propio de una sociedad consumista. Ahora bien, creer en la unidad de estilo de un texto original, de una versión traducida, no significa que sea inmutable, pues en sucesivas reediciones se introducen cambios, como también suele hacerse durante la puesta en escena. En los ensayos se toman en consideración las sugerencias de los actores o del director de la obra, y esto es viable porque todos están conformes en trabajar en una misma dirección, sin perder nunca de vista la estructura, las líneas de fuerza de la obra.

A fin de cuentas, la puesta en escena es otra traducción, una orquestación, defiende Markowicz, de las traducciones subordinadas —la de los actores, por ejemplo, sin limitarse a ellos—, pero todas derivan de la comprensión cabal de la materialidad de las palabras. El remix de versiones no transmitirá una idea o, quizá ideas mal conectadas entre sí, no tendrá vida. Lo peor de los remix es que significa «abrir la puerta al plagio que prolifera en estos tiempos de consumismo; el plagio es solo un robo y un insulto».

El plagio de las versiones teatrales —de obras llevadas al escenario con algo de texto, sea poema o canción— es otro lamento repetido. No siempre hay mala fe cuando un director que toma una versión preexistente de un traductor profesional desconocido cambia pasajes o párrafos y termina firmando la versión, pero siempre hay desconocimiento de la Ley de Propiedad Intelectual y perjuicio para el traductor «versionado», es decir, pirateado, plagiado. Un ejemplo lo brinda otra vez el tándem Markowicz-Morvan, también con Chejov, en El jardín de los cerezos. El director de la puesta en escena, con el que habían colaborado anteriormente, les advierte que no montará la obra cuyos derechos había adquirido y les informa que había «retrabajado» el texto. Así suele empezar la tragicomedia de los traductores teatrales, cuando el director y uno o más actores, que creen saber algo de ruso, o del idioma de la versión original, firman al alimón el remix hecho a partir de la de Morvan-Markiowicz, o de otro. Aquí, al cotejar ambas versiones descubren un plagio clásico: solo se han cambiado algunas palabras, y algunos de los cambios mayores son también resultado de reflexiones previas de los traductores con la compañía. En conjunto, el 70 % les pertenece y el 30 % restante está lejos de ser creación del trío de flamantes traductores pues procede de la versión de otra traductora. La moda del remix musical se extiende fatalmente a las versiones traducidas para teatro. El director de escena no olvidará, sin embargo, firmar ufanamente su «creación» ni cobrar los derechos de autor correspondientes.

Como traductores, sostiene Markowicz, tardaron años en comprender la puntuación de Chejov, en advertirla y «respetarla». Los re-traductores aplastan la versión porque eliminan la respiración original, dada por la puntuación. Markowicz dará una de esas lecciones de por qué puso tal palabra fundamental, explicación que tarde o temprano da todo el que sufre un plagio y que es como la escena de la  madre que descubre al hijo robado por una marca en la piel que solo ella conoce.

Destapado el remix, hay que llegar, pese a todo, a un acuerdo que no perjudique a terceros —actores, técnicos, personal diverso— embarcados en el montaje de la compañía plagiaria, por lo que ni se pide la retirada de la obra ni un proceso urgente. El creador plagiado se encuentra, como es habitual, en la ingrata posición de aguafiestas, incluido ante las eminencias de la crítica que, conocedoras de la moda del remix, miran al cielo y silban. Con todo, el traductor persevera hasta obtener un reconocimiento de su trabajo y expone su teoría sobre la autoría precisa del traductor. El que en un montaje el director intervenga en ocasiones sobre la estructura de la obra, asigne a actores varones la interpretación de personajes femeninos, cambie escenas, prácticas a las que el teatro moderno nos ha acostumbrado, no le convierte en autor de la obra. Sin embargo, todo aquel que altera el texto, sin que los cambios supongan una aportación significativa, no vacila en presentarse como autor. La pedagogía vehemente del tándem Markowicz-Morvan tiene el interés de poner a cada autor en su sitio.

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Traducciones remix de Chejov: ¿la crisis de la palabra? (1) en El Trujamán

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Chejov

Ver en Instituto Cervantes Virtual

Los traductores de obras teatrales se lamentan con cierta frecuencia de no ser tratados como autores porque su trabajo se toma como punto de partida, no de llegada, para la obra que se representará en el escenario, con las consecuencias que este desentendimiento tiene sobre sus ingresos y el control de la versión final. Protestan por la condición de proveedores de servicios que se les atribuye sin respeto a su autoría. A veces, surgen situaciones de apropiación de textos traducidos para el escenario que esclarecen la colisión entre formas opuestas de entender la construcción de personaje y hasta la importancia de la palabra.

Françoise Morvan y André Markowicz, dos traductores franceses que han trabajado conjuntamente en las versiones de Chejov para su publicación y para montaje teatral —La Gaviota; Tío Vania; Las tres hermanas; El jardín de los cerezos—, relataban la crónica de sus desventuras en torno a su versión al francés de La gaviota. Markowicz parece temperamental y prolijo; el detalle con que se explaya en la afrenta sufrida invita a reflexiones sobre el cambio de paradigma cultural entre la generación de los millennials.

Todo arranca cuando una actriz de teatro veinteañera escribe a Markowicz solicitando candorosamente que le aclare un pasaje relativo a Nina, protagonista de La gaviota, que no consigue comprender (por falta de cultura). Al traductor no le choca la duda de la joven sino que ella utilice para su ejercicio de composición del personaje varias traducciones a la vez, aunque «prefiera» la de Markowicz para Nina. La crónica contiene una reflexión del traductor, más ofendido conforme acumula argumentos encima de la mesa, sobre esta traducción suya preferida por la no del todo despistada joven actriz, en torno a la idea de propiedad intelectual de las traducciones porque él y Morvan realizaron un trabajo de edición en el que «reconstruyeron, frase a frase, según las variantes de la edición académica rusa, el texto en su versión original, tal como Chejov lo concibió antes de que fuera llevado al escenario; el resultado es una Gaviota aún inédita en cuanto tal en ruso».

Los estudiantes de interpretación —dos o tres por escena— hacen un remix de traducciones, incluyendo la de Antoine Vitez, porque el objetivo perseguido al elegir a Chejov es la interpretación interior —jeu intérieur— por sugerencia de los profesores. Aquí Markowicz pone el grito en el cielo preguntándose por el criterio que les guía para elegir la versión más conveniente. ¿El criterio del «yo, tal como soy, según mi vida»?, es decir, un enfoque de identificación más bien ingenua con el personaje. El traductor pide que transmita su «indignación» a los profesores, a los que acusa de ignorarlo todo del concepto de autoría de las versiones traducidas. La actriz alega que la escena o el pasaje elegido por los actores sirven de «material» para que éstos puedan vivir emociones intensas. Pretenden someter a prueba la interioridad del actor a través de Chejov, para ello se les pide que inventen un pasado ficticio al personaje, un recurso habitual de las escuelas de actores que al traductor enoja sobremanera. Según él, según Chejov, argumenta, no hay nada que inventar antes ni después ya que «todo está en el texto»:

Así que la traducción es un material de partida para qué, bueno, depende, para buscar emociones internas intensas, para ayudar a la actriz a construir su papel, un papel sin palabras, sin texto, sin idioma ya que, está claro, se sitúa en lo «sentido»…

Es el berrinche de un traductor celoso de su trabajo de preparación y fijación del material, pero también algo más interesante: la forma de entender el teatro sustentado en el texto y en unos actores que lo encarnan con precisión contrasta con otra visión que separa teatro y palabra, donde ésta llega a ser en ocasiones un estorbo. La biografía de Roland Barthes, de Tiphaine Samoyault, se refería a la experiencia de actor de teatro clásico de un joven Barthes que enfatizaba la función dominante de la voz. Según él, el actor era prácticamente una voz y se sometía a la cadencia de la frase: era sobre todo, y por encima de todo lo demás, un texto. Los jóvenes actores buscan esas emociones intensas que expresarán corporalmente, lo cual es situarse en la posición contraria de Barthes o de Markowicz, quien parece haberse formado en esta escuela que santifica la palabra y considera el texto un fin en sí mismo. Critica que, para los profesores de la escuela de teatro, existe una entidad, «una idea absoluta llamada Nina» cuando es solo y únicamente texto y, por ende, el que él ha elaborado a partir del ruso. Está indicando también que incluso el traductor más creativo tiene un límite y éste lo dicta el texto original.

Los diccionarios vivientes, en El Trujamán

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El Trujamán

Una de las inercias inevitables del traductor es confiar en los diccionarios de su lengua. Dada la variedad de documentación disponible, es raro que no consigamos resolver una duda de léxico. Cuando ocurre, la indecisión suele asaltarnos menos ante conceptos de las disciplinas más arduas que ante objetos concretos de la realidad donde se espera exactitud. El diccionario o la enciclopedia ofrecen varias acepciones, puede que ilustradas y, sin embargo, no conseguimos elegir el término adecuado porque, dado nuestro conocimiento superficial de la materia, todas las alternativas parecen convenir. Se trate de utensilios para repostería artesanal, vestuario del teatro raciniano, contratos matrimoniales del siglo xix, ingeniería de gas y petroquímica o, más a menudo, de armas, pornografía, peep-show y expresiones idiomáticas populares, no podemos tomar un atajo.

O bueno, sí, podemos atajar acudiendo a nuestro surtido de diccionarios vivientes, esto es, expertos en áreas muy acotadas de la realidad, lo cual incluye de entrada a todos los maridos expertos en márketing, motos o bienes raíces, esposas ceramistas, amantes doctorados en léxico de porno en todas sus modalidades, sobrinas lanzadoras de cuchillos, abuelos hortelanos e hijos expertos en videojuegos y acoso escolar. Romper la burbuja en que a veces vive el traductor obliga a salir a la calle y hacer trabajo de campo para elaborar un glosario o mejorarlo. Mientras traducía los amables recuerdos del historiador e hispanista francés Bartolomé Benassar, Memorias de un pescador de truchas, ni Jara y sedal me sacaba de un atasco, así que no me quedó otra que acercarme a la tienda de artículos de caza y pesca del barrio y preguntar por una pieza de la caña y resolver mis dudas. Mi experto se sintió muy halagado de colaborar, como también sucedió en la chocolatería del Barrio Gótico con ciertas especialidades para un recetario. No hay que decir que la consulta ha de ser breve y específica.

En ocasiones, la dificultad surge por cambios acaecidos en el tiempo: así ocurría con la nomenclatura de los tribunales franceses entre los años cincuenta y setenta según describía el prestigioso editor Jean-Jacques Pauvert en Las odiseas del libro. Las frecuentes denuncias por escándalo tras publicar a Sade le familiarizaron a la fuerza con los tribunales de París. Ciertos cambios administrativos provocaron que en la primera década del siglo XXI el nombre y numeración de los tribunales no correspondieran con los usados durante los acontecimientos. A la previsible necesidad de ser rigurosos con la terminología jurídica se sumaba la de ir verificando vía Google la nomenclatura de los departamentos y secciones del Ministerio de Justicia francés. Me habría venido bien conocer entonces y no dos años después al perito experto en derecho y arquitectura técnica que vivió en París en los sesenta.

En sus memorias a vuelapluma, publicadas en el número 3 de L’Écran traduit, Marie-Claire Solleville —cuya trayectoria profesional es anterior a Internet, los móviles y los canales de televisión internacionales— también propone, con su característico desenfado, salir de casa para confeccionar o mejorar glosarios. Así, para surtirse de insultos, imprecaciones, maldiciones y jerga delictiva prefería «no fiarse de los diccionarios y confeccionar un pequeño diccionario personal, que recomiendo no llevar encima en caso de pérdida o de cacheo, pues nos va a costar explicar que se trata de una herramienta de trabajo. Las colas en cualquier oficina de la administración pública están especialmente recomendadas». A diferencia de hoy, cuando la ficción no deja ningún territorio ni periodo histórico sin explorar, en las décadas de los cincuenta y setenta, el cine y la televisión se interesaban apenas por los ambientes y escenarios culturales mientras se vivía una eclosión del género policíaco y de denuncia; para hacer acopio de jergas y léxico probablemente muy ajenos a su hábitat y experiencia, el traductor podía despreocuparse de «la técnica de la iluminación del pergamino de la Edad Media, pero debe saberlo todo de las diferencias entre la mafia siciliana y el milieu marsellés». El rigor lingüístico, típico rasgo francés, combinado con los modos pasionales italianos explica otra de sus recetas: buscar la gresca donde surja, así sea un atasco, una colisión de tráfico, sin separarse de la grabadora, que ayudará luego a transcribir insultos y otras útiles florituras del idioma.

La pornografía, el rico vocabulario de las escenas de contenido sexual cada vez más explícito obligan a tomar en consideración variantes inesperadas, incluso locales, aunque la versión original utilice un léxico estándar y banal. De un tiempo a esta parte, con la comercialización de series de televisión en DVD, comprobamos las decisiones, sorprendentes a menudo, de los traductores españoles, con su afición a tirar la casa por la ventana optando por las expresiones más obscenas, decisión que reduce el conjunto de expresiones del personaje a un mismo nivel de intensidad.

Solleville flaqueaba por pudibundez. Las groserías, dice, suenan más contundentes por escrito que al oído, por lo que prefería suavizar los términos si el texto traducido iba para subtitulado. Tuvo que abandonar sus prejuicios y liberarse adaptándose a los nuevos tiempos, que traían a cineastas como Lina Wertmüller.

Hoy, a falta de pudor, convendría atenerse al contexto y a la psicología de los personajes.

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Traducir narrativa para adolescentes, en El Trujamán

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Portada del original en francés El diablo en el cuerpo, de Raymond Radiguet

El Trujamán

Hace un par de veranos pasé unos días en un pueblecito lejos de Barcelona que contaba con pocos lugares donde conectarse a Internet. Uno de esos lugares era la biblioteca, que solo abría algunas tardes. Los ordenadores eran viejos y la conexión tan lenta que me dediqué a curiosear en el ambiente. El público lo componían sobre todo chiquillos de alrededor de diez o doce años: los niños competían entre sí con videojuegos y las niñas hacían sus pinitos como diseñadoras y estilistas. La segunda vez que fui a leer el correo, se colocaron a mi lado tres chavales, uno de ellos marroquí, trastearon en un ordenador con soltura y lo orientaron de modo que yo pudiera ver la pantalla: tres ancianos ¿suecos? desnudos dentro de una ducha con jacuzzi ejecutaban un porno casero con más intención que resultados. Sin subtítulos. Lo consideré un saludo de parte de los niños y conseguí no reírme. Si me planteo el tema de la traducción de narrativa para adolescentes, me acuerdo del descarado saludo de bienvenida de estos estudiantes de secundaria porque ponían en solfa los contenidos que la narrativa para jóvenes acostumbra a destinarles, desde sagas de vampiros o hadas, aventuras en lugares exóticos o complejas tramas conspiranoicas que solo un hacker menor de edad logrará desenredar.

Aunque podemos estar convencidos de que no hay diferencia entre traducir para un lector adulto y hacerlo para adolescentes porque el traductor se limita a reflejar con fidelidad el texto original, lo cierto es que los adolescentes conforman una franja de edad específica, pero no homogénea, y que hay varios aspectos a tomar en consideración para que el texto traducido suscite y mantenga su interés.

Es raro pensar que los adolescentes de épocas recientes leían a Jean-Paul Sartre o novelas como El diablo en el cuerpo, y a los quinceañeros de hoy se les destinan historietas blancas sobre sus avatares escolares o sentimentales. Al menos el lenguaje debería retarlos.

El tono y el nivel de lengua son dos aspectos clave. Si el argumento es interesante, con acción a raudales y héroes fornidos que reparten mandobles a diestro y siniestro, estupendo, pero si el original inglés puede funcionar en su expresión más llana, es casi seguro que habrá que adaptar el texto castellano a los usos narrativos a los que el lector español está acostumbrado. Años atrás tuve que reescribir una serie de acción y mamporros destinada a adolescentes y a jóvenes adultos y, mientras corregía página tras página, me di cuenta de que parte del dinamismo y de la «dignidad» de esas novelitas de acción derivaba de sustituir todos y cada uno de los «dijo» que el narrador inglés atribuía a los personajes por el correspondiente verbo con la carga afectiva que se derivaba de la frase, desde «replicó» y «respondió» a «protestó» o «vociferó», «susurró», etc. Algunos traductores son fieros partidarios de mantener intocado el verbo alegando que si Cheever ha escrito diecisiete veces seguidas «dijo», ellos no van a corregirle. Estoy de acuerdo cuando existe una presencia de autor, pero en las novelas de gran consumo —y rápido olvido— casi la única baza que las hace rentables y competitivas es la corrección gramatical.

A diferencia de la literatura para niños, que transmite conocimientos, moralejas, introduce vocabulario y entretiene, en la narrativa para adolescentes importa el factor de su identificación con el grupo. A veces asombra que se escriban y traduzcan edulcoradas historias protagonizadas por preciosas hadas de dieciséis años, destinadas a lectoras de entre diez y dieciséis años, pero resulta ser el tipo de fantasía que puede transmitirse desde sectores sociales acomodados donde la urgencia por enfrentarse a la «dura realidad» es menor que entre niños de clases medias y bajas.

Portada de una novelita destinada a adolescentes que traduje para el grupo Mondadori RH: historias edulcoradas e histéricas para jovencitas de clases medias aún muy apegadas a papá y mamá. Traducción del italiano que había sido traducido del original inglés.

Aquí importa que la sintaxis tenga una cierta complejidad sin ser embrollada —salvo si el original impone estrictamente lo contrario—. Los nombres propios no se traducen excepto si tienen algún significado simbólico. Los diálogos, o la narración que reproduce el típico diario íntimo en primera persona, tienden a buscar la mayor expresividad, con exclamaciones, expresiones hechas, argot, jergas de grupo, frases entrecortadas. Ninguno de estos ingredientes impone la infantilización del lector joven. Hacer fácil la lectura no significa achatar el vocabulario sino elegir el pertinente para esta franja de edad.

Considero importante que la narración se perciba como literatura, es decir, un acto de lengua determinado y, por lo tanto, un artificio. El escritor ha tomado decisiones no solo sobre el contenido sino también sobre el idioma. Los lectores jóvenes consideran gratificante superar obstáculos, y el desafío de un cierto nivel de vocabulario o dramático sirve para sancionar etapas superadas de la infancia o la adolescencia.


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Se ha adaptado en formato de serie televisiva la saga de las Winx. Traduje un volumen a partir del original italiano. Fue un buen ejercicio para cultivar el registro juvenil, aunque en ningún momento de mi adolescencia me pasó por la cabeza leer este tipo de pseudoliteratura. Supongo que cuando crías a una niña con los tópicos más caducos de la feminidad llenándole la cabeza con cuentos de hadas y princesas, con vestiditos para parecer una muñeca de plástico, luego necesitas arreglársela con ideas de “empoderamiento”, y así surge esta clase de productos.
La web de la Asociación cinematográfica La Dolce Vita, especializada en cine y tv, asegura que no es demasiado interesante, a quién puede extrañarle. El tema de los “superpoderes” tienen gran éxito entre los adolescentes porque encaja bien con la psicología de este periodo de crecimiento. Aseguran algunos psicológos que han estudiado el fenómeno que les resulta fácil identificarse con estos monstruos, raros pero dotados de los más curiosos poderes porque es así como se sienten, con las hormonas desatadas y los cambios físicos –en la estructura del cuerpo y mental, además del ultradesarrollo de ciertas capacidades– que se experimentan hasta los veintipocos años–.
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Ficha de Winx Club. Vacaciones mágicas
Colección:WINX CLUB
Editorial: Montena
EAN: 9788484412748
ISBN: 978-84-8441-274-8
Año de edición: 2005
Materia: LITERATURA INFANTIL: DE 0 A 12 AÑOS
Idioma:CASTELLANO
Ancho: 200 Alto: 300
Disponibilidad:Descatalogado

Traducir narrativa para niños, en El Trujamán del Instituto Cervantes

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Ilustración en Dragones cariñosos, de S. Chausse y Philippe-Henri Turin

El Trujamán

Traducir narrativa destinada a niños pequeños —de entre cuatro y siete años— seguramente es hoy distinto de lo que fue cuando la cultura visual no había cobrado la importancia que tiene actualmente hasta desplazar la primacía de la cultura verbal, y también cuando la composición digital permite unos juegos de tipografía que antes no eran fáciles. Con frecuencia, los cuentos están destinados a ser leídos en voz alta —o interpretados por el adulto con tanta gracia como pueda—, por lo que el aspecto musical de la frase es tan relevante como la adecuación del vocabulario a la comprensión del niño.

Por ceñirme a mi experiencia, podría diferenciar entre las traducciones de audiolibros para los más pequeños con ilustraciones muy esmeradas a todo color y aquellas donde el texto podía considerarse un acompañamiento de la ilustración, a la que se supeditaba.

El texto de los audiolibros tenía que ser apto para ser doblado por actores, de modo que, además de encontrar el nombre equivalente en español de las leyendas tradicionales que se relataban y traducir los juegos de palabras que sugerían los nombres propios, había que crear el ritmo y el tono de la frase en español que resultara más atractivo al oído infantil. Como los cuentos destinados a los pequeños están concebidos para releerse una y otra vez, y luego ellos los repiten en voz alta, el aspecto musical que ayuda a memorizarlos no puede descuidarse.

La literatura infantil que he traducido para distintas editoriales y países tiene en común, casualmente, el gusto por la leyenda clásica y los ambientes exóticos. En la adaptación de los Viajes de Gulliver el vocabulario y la complejidad sintáctica se rebajaron para acceder a niños de primaria. Sin embargo, la historia es lo bastante sorprendente y fantástica para animar su inteligencia y su umbral de aceptación de lo raro y extraordinario. Así como los audiolibros para los más pequeños siempre transmiten una moraleja y los aleccionan, a la vez que se introducen conceptos que consolidan la enseñanza que reciben en la escuela, para la franja de edad entre ocho y doce años la afición a la aventura, las geografías y faunas exóticas y las costumbres de zonas remotas abren un punto de fuga respecto a la rutina escolar. Aunque por la extensión del texto y su ubicación queda claramente subordinado a la imagen, la precisión del vocabulario que se refiere a culturas exóticas, con la introducción de vocabulario nuevo, es un detalle que conviene defender, así como el tono propio de la fábula, que crea una continuidad a lo largo del relato.

Como señalan algunos expertos en traducción para niños y jóvenes, en las narraciones ilustradas la combinación imagen-texto ha de entenderse como una unidad. El niño recibe y asimila el estímulo visual de manera inmediata, según unos códigos culturales establecidos, pero la abstracción del idioma requiere más madurez y el apoyo de los mayores. A veces tropezamos con que el corrector quiere meter la cuchara para que se note su paso y se dedica a borrar la musicalidad de la frase, que ha de estar en armonía con el texto en su conjunto, o juzga que tal palabra es demasiado culta para un libro infantil y la sustituye por otra más trivial que significa algo distinto. Un texto chato, sin ritmo ni color, puede parecerle correcto al editor medio, que lo juega todo a las ilustraciones, pero no ha de extrañarnos si esas versiones pasan desapercibidas y se saldan pronto.

Existe otro tipo de libro para niños a partir de diez años, que en realidad es, como rezaba la vieja publicidad, «para niños de diez a noventa y nueve años y más». Son los volúmenes de leyendas maravillosamente ilustrados por artistas que dan el do de pecho en cada página, con la explicación clásica salpicada de alusiones a nuestros tiempos, tanto en vocabulario como en guiños humorísticos que el lector adulto capta sin problema. La mayor dificultad que presenta su traducción es encontrar el equivalente nacional o regional de los mitos, monstruos y santos del lugar. Estas recopilaciones de leyendas universales tienen cierto carácter enciclopédico y es fundamental el rigor histórico y cultural, donde no caben matices ni aproximaciones.

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Contraportada de Dragones cariñosos, Oniro, 2008

Pero ¿se puede saber qué está diciendo?, en El Trujamán del Instituto Cervantes

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El Trujamán

Cuando vemos una película o serie de televisión en versión original con subtítulos, o asistimos a una conferencia con intérprete, o cuando leemos un libro en edición bilingüe, por poco que la versión original sea de un idioma con el que estemos familiarizados, los traductores tendemos a comparar la traducción con la que vamos componiendo mentalmente. Nos «hiere» más el error cuando se parte de idiomas occidentales con millones de hablantes y aparece en películas o documentos destinados a un público amplio. En definitiva, cuando esperamos un tratamiento profesional y sabemos que abundan los traductores expertos.

El traductor que yerra calamitosamente puede cubrirse la espalda de mil maneras —y a estas alturas todos conocemos mil excusas improbables—. En una película de espías pasmosamente aburrida de tópica trama internacional, en cierto momento el Servicio de Inteligencia británico recurre a un intérprete para traducir las palabras de los villanos rusos, que tienen retenida a la «chica» en un salón de un palazzo veneciano delante de una caja fuerte por abrir. Son las tantas de la noche cuando el intérprete italiano llega, despeinado y con la lengua fuera, al vaporetto donde los británicos tienen instalada su central de control. Aunque todas las pantallas repiten la misma escena: los elegantones mastodontes rusos apuntan con sus armas a la bella espía mientras ladran sus amenazas señalando con sus mandíbulas a la puerta cerrada de la caja fuerte, el intérprete pregunta: «¿Me podrían dar algo de contexto?». No sé si su guionista tiene amigos o enemigos traductores, pero yo salvaría la película solo por ese chiste.

Ningún traductor mínimamente informado echa en falta el «contexto» en el cine francés de los sesenta. ¿Cómo se explica entonces el surrealista subtitulado de una película emblemática de la nouvelle vague, Cléo de 5 à 7 (1962), de Agnès Varda, que circula por videotecas y bibliotecas? En 2015, el Festival de Cannes le concede la Palma de Oro honorífica, situando su filmografía de nuevo en primera línea de interés. Varda narra dos horas en la vida de una famosa cantante que espera los resultados de unos análisis clínicos con un temido pronóstico de cáncer luego de consultar a una tarotista. La directora presenta los ambientes de un París espléndido en el primer día de verano y a la nueva generación que ella misma representa, en el despertar a un futuro que deja atrás las sombras de la posguerra pero encara el sinsentido de la guerra de Argelia. La protagonista, Corinne Marchand, y sus compañeros de reparto hablan —como buenos franceses— por los codos, pero los subtítulos no reproducen fielmente ni sus palabras ni su intención. La culpa no es aquí de ningún traductor automático sino de una versión que inventa un español imposible a partir ¡del portugués y del italiano!

Les cartes parlent si la consultante sort queda en «las cartas hablan mejor si usted aparecer».

Alors, ça ne va pas, ma petite dame? se traduce como «¿Qué acontece con ella?».

Faites-moi un petit sourire [vamos, una sonrisita] queda en «nos de un sorriso».

Las omisiones son significativas —aunque sepamos que el subtitulado debe adecuarse a la velocidad de lectura del espectador medio—, ya que pasan por alto el tono y los comentarios con que los diferentes personajes intentan rebajar las reacciones melodramáticas de la protagonista. A veces se omite información significativa o los guiños que un espectador español puede entender perfectamente, como cuando la madura asistente de la cantante conversa con el dueño del bar sobre la llantina de la joven. La mujer explica Je suis corse [soy corsa] antes de contar una historieta ejemplar sobre los azares de la salud, para sugerir que su origen la predispone a ser más firme y menos emotiva que Cléo.

La única explicación plausible es que en este subtitulado, obra de un extranjero, no se atiene a las reglas de concisión y adaptación para la lectura en pantalla sino que trataron de solventar el trámite de traducción porque se contrató para su distribución en un área lingüística determinada.

En el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires se hicieron eco de mi artículo.