“La lógica de las palabras” en la guerra de Ucrania

mapa Ucrania y países vecinos

Un artículo de Patrick Sériot (París, 1949) lingüista franco-suizo, profesor honorario (emérito) de Lingüística eslava de la Universidad de Lausana, Suiza, que ha circulado en nuestro fórum de traductores francófonos. Permite comprender, sin necesidad de compartirlos, los argumentos de Putin sobre Ucrania.

LA LÓGICA DE LAS PALABRAS

¿Qué tiene que ver el idioma en la geopolítica? Comprender la visión del mundo de Vladimir Putin supone interesarse por esta cuestión, que, con la excepción de Cataluña, apenas despierta interés en Europa.

El ruso y el ucraniano son idiomas diferentes pero cercanos, como el español y el italiano, aunque menos que el checo y el eslovaco, idiomas oficiales de dos estados diferentes, y menos aún que el serbio y el croata, prácticamente idénticos.

Después de siglos de prohibición y de represión del idioma ucraniano en la Rusia zarista, y tras la rusificación de las normas del ucraniano bajo Stalin, la inmensa mayoría de ciudadanos ucranios son bilingües, o por lo menos comprenden perfectamente el otro idioma.

Muchos de ellos hablan una mezcla de ambos idiomas, llamado surzhyk, o pasan de una lengua a otra en función de los interlocutores o de la situación. Por lo tanto, es imposible realizar estadísticas fiables sobre la distribución de lenguas, aun cuando la cuestión del idioma es un dato integrado en el censo de población. El gobierno ucraniano tal vez ha sido algo torpe al imponer el ucraniano como único idioma oficial y convertir el ruso en idioma extranjero al mismo nivel que el inglés, hecho que la demagogia putiniana ha aprovechado en su argumentario sobre la «represión» de la que serían víctimas los «rusos» en Ucrania.

Ahora bien, «los rusos» en Ucrania no son «rusos». Conviene tener en cuenta un matiz semántico fundamental: en Europa oriental, algunos países distinguen entre «nacionalidad» y «ciudadanía». La ciudadanía es la pertenencia a un Estado (definición política, no esencial), mientras la nacionalidad es una identidad étnica (esencial, inalienable).

La nacionalidad se define, entre otras cosas, por la lengua. En los documentos de identidad soviéticos se anotaba la «nacionalidad»: rusa, uzbeka, letona, judía, ucrania… En 1975, Aleksandr Solzhenitsyn se vio privado de su ciudadanía soviética, pero a los esbirros del KGB no se les habría ocurrido nunca privarlo de su nacionalidad rusa, una idea carente de sentido.

Esta doble pertenencia subsiste en la Rusia postsoviética (aun cuando no se mencione en los documentos de identidad), pero no en Ucrania, donde todos los ciudadanos son ucranianos al igual que los que tienen como lengua materna el húngaro o el rumano.

Desde la lógica del punto de vista ruso, los suizos romanches, por ser francófonos son ciudadanos helvéticos de nacionalidad francesa, que soñarían con reintegrarse un día en la madre patria, igual que los habitantes del Tesino son ciudadanos helvéticos de nacionalidad italiana, injustamente separados de la madre patria, lógica irredentista [Movimiento político italiano surgido hacia 1878, que se proponía incorporar a Italia varias regiones de población italiana sometidas al dominio extranjero.] Al contrario, los bretones, vascos y alsacianos son, siempre desde ese punto de vista, ciudadanos franceses de nacionalidad bretona, vasca o alsaciana.

Esta definición de la identidad, o pertenencia de un individuo a un grupo se remonta a la oposición entre la definición francesa jacobina, política, de la nación, y la definición alemana, romántica, cultural, de donde surge la diferencia entre Gemeinschaft (esencial, natural) y Gesellschaft (superficial, no esencial) (un tema recurrente de la ideología völkisch a principios del siglo XX).

Aunque toda comparación exige cautela, aquí se impone la siguiente: en 1938, para Hitler los ciudadanos checoslovacos de lengua alemana eran «alemanes» cuyo territorio (los Sudetes) debía retornar al seno de la nación. Para Putin, los ciudadanos ucranios de lengua materna (o principal) rusa son «rusos» antes que ciudadanos ucranios. Por lo tanto es lógico, dentro de esta ideología determinista, que el territorio donde son mayoría retorne a la madre patria, de la que nunca deberían haber sido separados. Sin embargo, esta lógica tiene un precio: el desprecio completo a la elección democrática, a toda autodeterminación, ya que en tales condiciones, el individuo no existe fuera del grupo al que supuestamente pertenece: la «nación» en sentido étnico.

El discurso de Putin no es racista (en el sentido biológico), sino etnicista. Ahora bien, en último extremo, la diferencia no es grande, ya que para él la democracia no es más que una debilidad decadente, un factor de división, y lo único que cuenta es el determinismo étnico. Chauvinismo, xenofobia y desprecio del derecho son la expresión más evidente de esta convicción.

Cuando Putin pretende defender a los que él llama «nuestros conciudadanos» o «nuestros compatriotas» oprimidos por Ucrania, es indispensable descodificar estas expresiones demagógicas cuyo sentido inicial ha sido tergiversado. Considerar que la pertenencia étnica prima sobre la pertenencia ciudadana es una ideología política peligrosa, que reposa en la idea de pseudonaturalismo, a saber, que todo rusófono, sea cual sea su ciudadanía, es al mismo tiempo deudor en su ser profundo al Estado ruso.

¿Será Letonia, miembro de la UE, donde reside una importante minoría rusófona, el próximo objetivo de la reconstrucción del imperio soviético? ¿Y la frágil Moldavia, casi bilingüe, ha dejado de correr peligro?


El artículo en versión francesa ha sido publicado en: Le Temps  © Patrick Sériot
Traducción del francés: MJ Furió

Traducir en clave feminista 1

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Angela Davis, Icono del feminismo y de la emancipación de los negros en Estados Unidos

La cuestión que da título a este trujamán surgió mientras leía una entrevista de 1985 a la filósofa Julia Kristeva, firmada por Françoise Collin, titulada Sobre el amor. Kristeva declara que uno de los aspectos de la crisis de Occidente es que no existe un discurso amoroso homogéneo.

 

«Quedan ecos de antiguos códigos amorosos que se encuentran con frecuencia en la literatura de señoras y que seducen a las lectoras. Esos códigos no son simplemente elementos arcaicos en la sociedad, también representan una especie de memoria que puede depositarse de manera más o menos armónica en ciertos lugares de calma de la sociedad, que son precisamente las mujeres fuera de su trabajo o las mujeres que no entran en el circuito del mismo.»

 

Me pareció interesante cómo dignifica una literatura menor, que es consciente de serlo aunque mueve mucho dinero, por la función y el efecto psicológico que tiene en sus consumidoras y me pregunté cómo cambiaría la edición si los editores tuviesen conocimientos al margen de magnitudes económicas, porcentaje de beneficios, modas y tendencias literarias extranjeras, y tomasen conciencia de la función de mayor calado que tiene la literatura en la reelaboración de la experiencia personal. Collins observa que se trata de «una literatura que conmueve mucho a las trabajadoras» y menciona una colección de novelitas rosas de quiosco. Kristeva responde que este clase de lectura les proporciona un refugio imaginario que forma parte del pasado y solo puede existir de manera estable en la medida que las lectoras se sitúan «fuera del proceso de contradicción propio de la producción, propio de los lugares de interés profesional, de los choques eróticos, de los dramas de la procreación, de todas las crisis que viven las “trabajadoras”, como usted las llama». Es decir, cuando se conciben a sí mismas al margen del valor comercial que les atribuye el mercado de la realidad.

En el saco del «¿Qué ocurriría si…?» puse la reciente retraducción de un clásico popular de los 70 en Estados Unidos, Sheila Levine is Dead and Living in New York, de Gail Parent –el título español de  la edición de 1974, del Círculo de Lectores y traducción de Gregorio Vlastelica, era Sh.L. ha muerto y vive en Nueva York; en la edición de 2015, de Zulema Couso, es Sh. L. está muerta y vive… –. Trata, como se sabe, de una joven judía con cierto sobrepeso que se traslada desde los suburbios de clase media a Nueva York, decidida a vivir la emancipación al estilo de las películas de Doris Day y a encontrar marido. Dado que el Nueva York de los 70 era un nido de mugre, violencia y ultramodernidad, se produce el inevitable choque cultural entre las expectativas de Sheila y la realidad de su baja cotización sexual, subrayada por el éxito de su compañera de piso. Cuando la leí a los dieciséis años me pareció hilarante; al releerla hoy me pareció algo triste y a ratos aburrida. No he podido comparar traducciones por no estar disponible la de los 70; me habría gustado averiguar si las decisiones de estilo, tono, léxico, etc., de la traductora –en un castellano sin tacha– son la causa de mi desapego o, sencillamente, ahora veo que es una tragicomedia.

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Escribir una leyenda

El mismo ejercicio podría aplicarse a la saga de las 50 sombras de Grey, de E.L. James. La editorial española estuvo alardeando del éxito de este best seller mundial –porno para mamás, decían condescendientes– con noticias publicitarias en torno al (ridículo) porcentaje de sus lectoras que aseguraban que su vida sexual había mejorado después de leer la novela. Cuando prestigiosas revistas universitarias norteamericanas publicaron análisis demoledores sobre la ideología del maltrato femenino que subyace en esta obra, y lectores de ambos sexos dieron a conocer sus burlones comentarios en los foros, los editores cerraron la boca y continuaron sumando royalties.

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trama súperfeminista

            ¿De qué modo puede o debe intervenir el traductor (pues no faltan los feministas) para propiciar una nueva perspectiva del mercado literario? ¿Qué más le da a la traductora –siendo lo fundamental vivir de nuestro trabajo– que un texto sea alienante o no, cuando uno de los mantras de la profesión es nuestra condición de simples mediadores entre el autor original y el lector en el idioma de llegada? Esta cuestión parecería una pérdida de tiempo y, sin embargo, la reciente publicación de la versión francesa de Mi lucha, de Adolf Hitler, obra de Olivier Mannoni, provocó un debate en medios y en foros que consideré una sobreactuación política e intelectual hasta que surgieron temas controvertidos que dejaron a la vista algunas de las tensiones en las que se encalla este país.

¿Qué tensiones estaríamos ocultando o esquivando los traductores españoles al eludir una posible controversia sobre la traducción abordada desde una perspectiva feminista?

Entrevista a Olivier Mannoni, traductor de Mein Kampf al francés,

Mannoni - portrait

http://www.europe1.fr/emissions/l-interview-verite/mein-kampf-des-raisonnements-deviants-et-pervers-2642099

Olivier Mannoni, prestigioso traductor de alemán al francés, es el autor de la última versión del libro de Adolf Hitler, Mein Kampf (Mi lucha). La anterior versión era de 1934. De forma muy sintética, Mannoni establece la necesidad de esta nueva traducción, tanto sobre la terminología, el tipo de francés utilizado, sin olvidar las modernas formas de abordar un texto.

El proyecto ha causado cierto escándalo, el traductor defiende su interés para los historiadores, a lo que se añadirá un estudio anotado que añadirá contexto y cruce de textos y de reflexiones.

Considerando los últimos acontecimientos en Francia, el libro de Hitler puede contribuir a esclarecer el origen de los peligrosos titulares y manifestaciones de determinadas personas y grupos ligados a la extrema derecha.

Un francés al que es mejor no conocer: Marc Saint-Upéry


un par de páginas con mis correcciones sobre el texto publicado y MAL REVISADO por el autor de El sueño de Bolívar
No puedo robarle el título a Volpi, La pesadilla de Bolívar, para titular este post y la experiencia que ha sido esta traducción de El sueño de Bolívar, para la editorial Paidós.
Pero sí responder con él a la observación que hacen Carlos Maiques y Miette sobre los franceses en mi otro blog. El autor de este ensayo, que se atribuye un conocimiento del español superior al mío por haber vivido diez años en Latinoamérica, decidió, ni corto ni perezoso, que mi traducción de su libro no le gustaba. Saltándose las cláusulas de la ley de propiedad intelectual, por la que en la editorial están obligados a hacerme saber su posible (pero improbable) disconformidad con el resultado, y a consultarme las correcciones que decidan introducir, el señor se arremangó y se puso a la tarea de enmendarme la plana.
Cuando Elisabet Navarro, joven editora de Paidós desde que pasó a manos del Grupo Planeta, me hizo saber con retintín –con mucho retintín– que igual no merecía que aparecieran mis datos en los créditos del libro, me dejó extrañada, pues no recordaba haberlo traducido con prisas ni haber quedado demasiado dudosa del resultado final. Sí esperaba que quien se ocupara de la corrección se detuviera en resolver algunos datos de terminología económica. Demasiado fastidiada por lo sucedido, me guardé las ganas de hacerle saber al autor que en su país, Francia, un traductor habría cobrado por la misma tarea más del doble de lo que yo cobré.
No fue hasta septiembre –baja obligada por el médico– cuando decidí echarle un vistazo a las correcciones de monsieur Saint-Upéry. Os digo solo que, de las 50 páginas que llevo revisadas, ha cambiado a su antojo lo que estaba bien, sin escrúpulo en empeorar frases hasta volverlas incomprensibles. Cuando había varios párrafos seguidos en los que no encuentra dónde meter la cuchara, se limita a cambiar palabras correctas por sus sinónimos.
Si yo escribo “generalmente”, él me enmienda con un “en general”; si yo elijo “con frecuencia” o “a menudo”, él invierte mis decisiones, de modo que mi “con frecuencia” se convierte en “a menudo” y viceversa. Si opto por “sobreevaluación de la moneda”, él corrige: “sobrevaloración”, siendo ambas correctas. Sin embargo, porque no sabe tanto español como cree saber, comete con arrojo errores como estos: un “se consigue” se convierte en “lo logro”; la “economía sumergida” es bajo su bolígrafo rojo “trabajo sumergido”, que no es exactamente lo mismo. Un “sin embargo” es para él un “no obstante”. Etc.

Hay frases que tras su paso avasallador resultan un puro galimatías. De modo que deduzco que solo entre un 5 y un 7% de sus correcciones están justificadas.

El lector está advertido. Me reservo mis derechos de reclamación a la editorial.

(Esto, que puede sonar como una rotunda amenaza, es lo contrario: aunque el abogado de la ACETT, Mario Sepúlveda, sugiere como cuando en estos casos el traductor puede ver lesionada moralmente la naturaleza de su trabajo, por mi parte prefiero esperar. La editorial a estas alturas solo puede haber entendido que no le conviene creer a pies juntillas lo que a un autor extranjero le dé por afirmar.)