“J’en avais assez”

«En 1922, Jean Lavigne, fils du physicien Étienne Lavigne, avait abattu, au cours d’une réception officielle, deux hautes personnalités. Au Président du tribunal qui lui demandait les raisons de son acte, il avait répondu: J’en avais assez.»

«En 1922, Jean Lavigne, hijo del físico Étiene Lavigne, abatió, en una recepción oficial, a dos altos cargos. Al presidente del tribunal que le preguntó sobre las razones de sus actos, él respondió: Ya tenía bastante.»


Trato de ponerme al día de clásicos del cine francés e italiano de los años ’60 y ’70 con mis actores favoritos de esa década -Piccoli, Romy Schneider, Delon- y los directores emblemáticos. Naturalmente, a veces me desvío del camino, del idioma o de la década y termino en Suecia (Bergman y De la vida de las marionetas, 1981) o en California (lo peor de Clint Eastwood siempre incluye paisajes fabulosos y excelente jazz: Play Misty for me, 1971).

Pero centrémonos.
En Filmin es posible organizar una programación personalizada y así he podido ver películas como Una vida de mujer (Une histoire simple, 1978), de Claude Sautet. Volví a ver Max y los chatarreros (1971), con mi adorado Piccoli; repetían él y Romy Schneider como pareja protagonista después de Las cosas de la vida (1970), películas que cosecharon un éxito enorme entonces y que hoy atraen a espectadores más jóvenes y a cinéfilos. Por cierto que en Las cosas de la vida el papel de la mujer de la que está divorciado lo interpreta Lea Massari, que murió con 91 años el pasado 23 de junio. Me faltaba por ver Mado (1976), que reúne de nuevo a Piccoli y a Schneider, esta vez como matrimonio distanciado por el comportamiento egoísta de él. Piccoli es aquí un empresario de altos vuelos con problemas debido a la crisis económica —la famosa primera crisis del petróleo y sus secuelas—, agarra el toro de la quiebra por los cuernos y utiliza a una joven prostituta, la Mado del título (una muy convincente Ottavia Piccolo), para sus fines, mientras el cantante y actor Jacques Dutronc presta su buena apariencia a un lacónico contable y mano derecha del empresario en apuros.
Animada por las alegrías que me habían procurado estas películas, interesantes en tantos aspectos —guion, intención de reflejar los cambios sociales y culturales, especialmente en el papel de la mujer tanto en las grandes ciudades como en capitales de provincia, diálogos elaborados, una fotografía atenta a las innovaciones formales del nuevo cine americano, por ejemplo—, quise ponerme al día con Delon en películas que no lo presentaran como policía, gángster o galán romántico.
Creyendo acertar, elegí La viuda Couderc, de la que había leído opiniones muy positivas a cuenta de la buena química entre dos grandes estrellas, Simone Signoret y Delon. La película es una adaptación de una novela del prolífico Georges Simenon y fue dirigida por otro director de culto para los franceses, Pierre Granier-Deferre. La acción transcurre en los años 30, dato importante para valorar la falta de medios de la policía a la  hora de detectar la presencia de un fugitivo de la justicia y la ambientación física de la granja y los campos, más que lo psicológico y las relaciones interpersonales, que reflejan mejor la década en que se rodó.

El argumento: De regreso a su granja en autobús, la señora Couderc, una mujer de unos 60 años, gruesa y de bellos ojos claros, conocida como la viuda Couderc, coincide en el camino con un desconocido de muy buena planta, de unos treinta y tantos años, que se ofrece a llevarle su pesado equipaje (incluido lo que resulta ser una incubadora para huevos). Ella acepta. Una vez en la casa le ofrece un vino y le pregunta si busca trabajo. Aunque su aspecto no es el de un vagabundo o un jornalero, o seguramente por eso, y además su documentación resulta más falsa que un billete de 4 euros, le propone contratarlo por 3 días. Tiempo que él aprovecha para hacerse valer como hombre de muchos recursos, además de calibrar el conflicto que enfrenta a la viuda con su familia política, a cuenta precisamente de la granja. Los otros personajes son el matrimonio que ambiciona quedarse la propiedad, el anciano padre de la mujer, que prefiere a la viuda, y la joven Felicie, hija de la pareja litigante, siempre con un bebé en brazos, fruto de un encuentro más o menos casual con algún marinero de los que atraviesan en barcazas el río que separa las dos propiedades. A modo de protección, Jean alarga su estancia y de noche complace a la madura dueña más que a sí mismo. Cuando le pregunta por su pasado, él explica apenas que dejó los estudios de medicina, y la viuda, que no se chupa el dedo,  deduce en voz alta que ha escapado de la cárcel. Tampoco tarda en darse cuenta de que su bonita, joven, casquivana y algo boba sobrina resulta un plato mucho más apetecible para el fugitivo, pese a los planes a cuenta del beneficio que puede procurarles la venta de huevos madurados en la incubadora. Los padres de Felicie encuentran la manera de perjudicar a la viuda y al improbable jornalero denunciándolo a la policía. Si el espectador piensa en lo que está viendo, parece claro que Jean hace mejor negocio al liarse con la joven madre, ya que de emplear su astucia como viene haciendo podría terminar como propietario tanto de la granja como de la finca de los potenciales suegros. La denuncia gafa cualquier ambición, pues si en el medio rural carecen de recursos para realizar las pesquisas pertinentes, en París enseguida identifican al tal Jean: un asesino con dos muertes en su haber. Advertido por la muchacha, Jean huye pero la batida policial no le da respiro y el emboscado busca refugio de nuevo en la granja, donde la viuda trata de ayudarle a escapar. Por supuesto, como tantas películas de los años 70, el final feliz se ha borrado del proyecto y la cosa acaba mal, ambos bajo el fuego de la policía. Él sale al encuentro de sus ejecutores. Su muerte presenta la inesperada originalidad de no sacar una gota de sangre de su cuerpo acribillado mientras la Signoret deja un rastro de sangre en la pared a medida que su cabeza, herida de mortal disparo, se desplaza hacia abajo hasta el suspiro final.
La cámara cierra con una plano en picado de Delon-Jean tendido en la hierba, el color se deshace en un sepia —que me recordó al Lucky Luciano de mi admirado Francesco Rosi, que es posterior, de 1973: así juega con nosotros la memoria—, mientras en pantalla aparece sobreimpreso el texto que abre este artículo.



La pareja protagonista al principio de la trama


La película me pareció decepcionante, sobre todo por la interpretación de Delon, escasamente creíble, como si no hubiese llegado a entrar en el personaje, limitándose a ofrecer una gestualidad sin profundidad. Por supuesto, que el guion guarde para el final revelar la naturaleza de su crimen, me parece una debilidad añadida al conjunto en una película tan elogiada. De revelarlo al principio, el público no iba a simpatizar con este Jean y el director, por poco hábil o experimentado en su arte que fuese, habría comprendido que debería jugar “la carta Ripley”, es decir exigir una actuación más sutil y sacar partido de lo que se conoce del sujeto con diálogos más intrigantes, en lugar de convertirlo en un romance a tres bandas en medio de un conflicto por la propiedad de la granja.

La traducción de los subtítulos finales contiene algunos errores importantes al ser excesivamente literal.
A lo largo del metraje se advierte que parece traducida por y para Hispanoamérica, pero no detecté errores de bulto, solo las omisiones que solemos atribuir a la falta de espacio. Traduce “physicien” por “físico”, cuando lo correcto es “médico”; el término se considera anticuado, pero por eso mismo aparece datado en diccionarios como el TLFi, como sinónimo de médecin y docteur. La pista se daba, por cierto, en un diálogo con la viuda, cuando Jean explica que abandonó la carrera de Medicina. “Abatió” por “abattu” simplifica en términos de espacio el trabajo de los subtituladores, pero lo más adecuado es “mató” e incluso “mató a tiros“. Es curioso que si las decisiones se basaban en simplificar el significado para llegar a la mayoría de espectadores —a una mayoría de espectadores con sordera, posiblemente, el tipo de público que en aquellos años prefería leer subtítulos en lugar de la  versión doblada en películas consideradas comerciales—, se opte por un verbo poco empleado en español antes de que los atentados del 2017 generalizaran el eufemismo cuando la policía ejecutó a terroristas y otros fugados y el uso de este verbo generó una notable polémica.
En cuanto a los “dos altos cargos” como traducción de “deux hautes personnalités” resulta más aproximado que preciso. Altos cargos en qué y en dónde. En cambio “dos notables”, “dos personalidades” o “dos altas personalidades” son opciones más cercanas al sentido original.

Tampoco es muy acertado traducir “son acte” por “sus actos”, cuando el presidente del tribunal en cuestión le pregunta por su crimen. Lo peor, incluso si en los minutos finales la mayoría de espectadores estaría rumiando la escena de la persecución y el sacrificio de la viuda, es traducir literalmente “j’en avais assez” por “tenía bastante”, en lugar del más expresivo “porque ya estaba harto”, que transmite la impresión de hartazgo o  hastío que cualquier francés comprende al oír o leer esta frase. A favor de esta última alternativa tenemos que permite sugerir la carga política del gesto, en el contexto del fascismo rampante en toda el mundo, y en Francia de manera particular precisamente entre la élite, mientras que “ya tenía bastante” o “ya tenía suficiente” era y es infrecuente en español y uno se pregunta “bastante qué o de qué”.
En todo caso, el acto de disparar sin motivo aparente y responder ante la ley con una frase que no explica nada entronca con la gran novela francesa de Albert Camus, L’étranger y su “acto absurdo”, que conviene recordar se integra en la corriente filosófica y literaria que siguió a la segunda guerra mundial. En cambio, si se sugiere un sentido político, el personaje enlaza con el presente de la década de los ’70 y el elogio del outsider, que es el núcleo sólido de lo mejor de su cine. Si simplemente se sugiere que el joven estudiante de medicina, hijo de un eminente médico que ofrecía recepciones a personas de alto rango, estaba harto de la comedia social y se cargó a dos invitados, su acto es fruto del mero capricho y lo convierte en candidato idóneo a la guillotina, más que a la ejecución al amanecer que finalmente obtiene. Me parece esta ambigüedad una de las varias —si no muchas— debilidades de un guion y de una película elogiada más allá de sus verdaderos méritos.


Acerca del uso eufemístico de “abatir”, en lugar de “ejecutar”, “asesinar” o “matar a quemarropa”, resulta interesante la polémica que provocó en su momento, que dio lugar a varios artículos, entre los más beligerantes se cuenta el que publicó Javier Lucas en Ctxt: (https://ctxt.es/es/20170830/Firmas/14656/Abatir-Javier-de-Lucas-terrorismo-Barcelona-CTXT.htm)

Omisiones y errores significativos en doblajes: “Gifted”, en Big Little Lies

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Primera temporada de Big Little Lies: la niña acosada se resiste a contar a sus padres el nombre del niño que le ha dado un mordisco.

Estuve viendo en dvd la primera temporada de la serie Big Little Lies, que había visto antes en una plataforma por internet. Configuré la versión original en inglés con subtítulos en español. No sé si la versión en dvd es la misma que se emitió en España o se hizo a propósito para este tipo de comercialización. Como es habitual, los subtítulos no traducen todo lo que dicen los personajes, aunque en esta serie sí se traducen las letras de las canciones, que suelen sintetizar el sentimiento de los protagonistas; por eso, me llamó la atención cómo tradujeron un término concreto y las implicaciones de esta traducción, no solo para la comprensión del episodio y de la intriga, sino también del perfil psicológico de los personajes.

Se trata del episodio en que la volcánica RenataLaura Dern— discute con su marido sobre los ataques que está sufriendo su hija, que soporta arañazos y mordiscos de un compañero de su clase, dentro de un colegio con fama de ser fantástico, que sigue una pedagogía avanzada, y donde se espera que no se produzcan comportamientos sórdidos. El padre trata de resituar el problema mientras la madre ve criminalidad por doquier. En cierto momento, dice sobre su hija: “She’s gifted!“, y el subtítulo reza: “Tiene un don“. Las frases que salen a continuación de boca de la madre refieren una serie de rasgos de la personalidad de la niña, destacando que es reservada y se guarda para sí sus pensamientos. La traducción de “gifted” sería, si quisiéramos ir rápido, “superdotada”, y si quisiéramos afinar un poco “fue detectada como una niña de altas capacidades”, o según el coeficiente, efectivamente superdotada; los rasgos que la madre enumera son precisamente los que habitualmente identifican la personalidad de este tipo de perfiles. Si se traduce por “tiene un don”, sencillamente se rellena el tiempo de pantalla, pero no dice nada dramáticamente eficaz. En cambio, al afirmar que la niña es “gifted“, por un lado se justifica que guarde silencio –pues, siendo una niña “de altas capacidades” tendrá reacciones más elaboradas que las de una niña normal, que correría a llorar en brazos de su madre para contárselo todo con pelos y señales, con mucha lágrima y mucho puchero… y, claro, así no hay serie que valga, [a menos que los padres se armaran con un par de pistolas, se cargasen a este y aquel y al otro… y tendríamos una serie televisiva de otro género [más o menos] artístico].

De otro lado, los niños superdotados o de altas capacidades –que se diferencian de los “talentos” por rasgos concretos–, a veces suscitan animadversión entre sus compañeros, por lo que, una vez mmás, el carácter gifted de la niña va en favor de la lógica de la intriga: es la candidata ideal a ser atacada. Por último, corresponde bien al carácter que encarna Laura Dern, la yuppie adicta al éxito, que lo exhibe en todas las facetas: desde el vestuario y la gestualidad hasta el lenguaje. Una mujer así, una pareja así, sólo puede tener una niña superdotada –y en la medida que la superdotación y las altas capacidades son, según los expertos, hereditarias, ¿vamos a preguntarnos a quién puede haber salido la criatura?

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Laura Dern en el papel de Renata, con la niña que interpreta el de su hija

Lo significativo de que los traductores y correctores de los subtítulos no conozcan el significado del término tiene implicaciones diferentes y, por supuesto, explica el vacío no solo sobre el conocimiento del concepto sino sobre su importancia en la dinámica de nuestra sociedad.

Hay páginas especializadas que también traducen “raro” el término inglés : gifted, como si el inglés fuese la exclusiva vara de medir. También ellos hablan de “don” y hasta de “niños-regalo”, buscando un equivalente literal, dado que en la raíz de la palabra está “gift” = regalo. Sin embargo, capacidad y dotación parecen términos más adecuados dentro del campo semántico de la inteligencia, por descriptivos. Y a ellos se les añade la cuantificación: altas, super-, lo cual también parece lógico si son características que se identifican en relación a unas cifras de “normalidad”. En Francia, donde el tema levanta pasiones, hasta el extremo de cierta trivialización, se habla de haut potentiel, que se distingue de surdoué; en este último vocablo parece obvio que no se han confundido entre dotación y don.

Evidentemente, el error se debe a que no es habitual en España abordar el tema de la inteligencia superior de manera rigurosa –no digo en su vertiente coloquial ni en departamentos especializados de psicología–: apenas se menciona un par de veces al año, pese a ser un asunto que determina el destino de las personas en función no solo de si están “identificadas” sino, sobre todo, si una vez identificadas sus altas capacidades, y las problemáticas que muchas veces implican –de los que la niña de la serie refleja una parte–, se ofrece una enseñanza adaptada y un seguimiento regular con objeto de evitar uno de los desenlaces más llamativos, y escandalosos, –aunque suele destacarse la naturaleza resiliente de este perfil–, como es el fracaso vital, llegando en algunos casos al completo aislamiento.

“¡Esto no lo has traducido tú” Semblanza de Marie-Claire Solleville en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

Marie Claire Solleville joven
Imagen de Marie-Claire Solleville en su juventud  (foto de la revista)

Aquí va mi más reciente contribución al blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, una breve semblanza de la traductora franco-italiana Marie-Claire Solleville.

El número 3 de la revista L’Écran traduit, especializada en la traducción audiovisual estaba enteramente dedicado a las memorias de la traductora franco-italiana Marie-Claire Solleville (1927-1991). Su título marca el desenfadado tono general: «¿Tú has traducido esto? Breve aproximación insólita al cine italiano». Su lectura es recomendable tanto por la simpática personalidad de la protagonista como por la información acerca de los usos y costumbres en la traducción para el cine que estuvieron vigentes en Italia y en Francia entre las décadas del 50 y 80, antes de la implantación generalizada de la máquina de escribir electrónica y del ordenador.

Solleville era nieta de Luigi Campolongui, figura eminente del antifascismo, e hija de Lidia Campolongui, quien participó en la lucha política en los ambientes de la emigración italiana. Llegó a Italia después de la guerra acompañando a Claude Heymann y a Jean George Auriol* durante el rodaje de Fabiola, de Alessandro Blasetti [1949]. Pronto se introdujo en los ambientes del cine –tuvo por maridos al actor Fausto Tozzi y al pintor Sinko–, y fue ayudante de Renato Castellani. Cinéfila desde muy joven, colaboró ocasionalmente con las revistas Cahiers du cinéma y Arts, firmó guiones famosos, como Anche gli angeli mangiano fagioli (También los ángeles comen judías, 1973, dirigido por E.B. Clucher y protagonizada por Bud Spencer y Giulianno Gemma).

Pero fue la traducción de guiones para el cine, y al final de su carrera también para series de televisión, la actividad que la convirtió en una figura inolvidable para un impresionante elenco de directores durante la época dorada del cine italiano.

El nombre de los directores con los que Marie-Claire Solleville colaboró tira de espaldas: Roberto Rossellini, Federico Fellini, Dino Risi, Francesco Rosi, Ettore Scola, Gianni Amelio, Alberto Sordi, Costa-Gavras, los hermanos Taviani, Lina Wertmüller, Suso Cecchi d’Amico, etc. (Sí, qué envidia.) Aunque habla con afecto y humor de la mayoría de ellos, no disimula que siente debilidad por Rossellini, Rosi y Scola, sus apoyos más generosos –ahí tenemos la anécdota de Roberto Rossellini paseándola por la televisión, la RAI, y despidiéndose de ella con mucho teatro para que todos la vieran en su compañía, una especie de carta de presentación andante–. La traductora se ríe no poco de Federico Fellini y de la élite intelectual emergente en los años 60, pero no hay acidez en sus memorias, marcadas de principio a fin por una risueña picardía.

Traducía siempre al francés y sorprende su categórica afirmación de que no es posible ser enteramente bilingüe. Su materia de trabajo eran los guiones completos para el doblaje en Francia; también traducía los guiones que el productor utilizaría para buscar financiación mediante una coproducción, o los tratamientos de un guión para presentarlo en festivales como los de Cannes o Venecia, donde durante una semana se vive la mayor concentración de productores de cine y televisión por metro cuadrado del mundo. Aquí vale la pena saber que la versión francesa podía utilizarse para atraer al actor o actriz galos con que soñaban el director o el productor y, por último, para preparar los subtítulos de las películas llamadas “de arte y ensayo”.

Solleville ofrece un punto de vista privilegiado, al observar la industria del cine italiano en primera línea mientras con su trabajo construía el oficio de traductor audiovisual, que por entonces estaba en fase diría que artesanal: se trabajaba sin contratos, no había asociaciones de traductores ni un estatuto diferenciado; había que echar horas sin fin, las copias se hacían en papel carbón, y debía apoyarse en dactilógrafas cómplices, diccionarios y jergas construidos a medida por la propia traductora.

Scola escribe en la presentación del homenaje que su trabajo «sin fines de semana ni vacaciones, ni Seguridad Social ni pensión de jubilación la mantenía encadenada a su Olivetti Praxis 48 como una monja que no puede abandonar su convento»… Una monja que tenía que conocer los burdeles, comisarías y el habla de sus habituales como la palma de su mano. El director de La terraza y Una giornata particolare encarece el trabajo de la «irónica, generosa, testaruda» Solleville con interesantes reflexiones acerca del reto que entraña traducir la lengua italiana, una auténtica jungla léxica que se nutre de decenas de dialectos diferentes, a la que además se incorporaban en esas décadas de esplendor las jergas profesionales, juveniles y políticas, sin olvidar el idiolecto de cada personaje ni la contaminación del inglés, que aun siendo generalizada en los países latinos, son distintos los términos que cada país importa.

Varios son los buenos consejos de traducción que da Solleville, que ella resume en “la obligación de pensar” y obligar a pensar a los otros y, sobre todo, la obligación de estar despiertos. La suya no es una traducción automática, ni perezosa ni toma atajos, es una traducción alerta a las diferencias culturales entre los países vecinos, a las marcas de época (pone como ejemplos el uso del Voi mussoliniano contra el Lei; las camisas rojas garibaldinas, etc). Este tipo de traducción artesanal combina la creación de un lenguaje creíble para el cine, adaptado incluso al actor que interpretará el rol, con intervenciones sutiles en la adjetivación tanto para conformarse a la preferencia francesa por la síntesis como para ahorrarle a las actrices veteranas más bellas verse de golpe calificadas de viejas.

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Uno de los títulos más conocidos de Solleville, quien hizo exitosos pinitos como guionista

Sus observaciones irónicas sobre el cine erótico, en plena ola de destape, no tienen precio, como tampoco sus ardides para cobrar sí o sí las deudas que contraían con ella productores rácanos o cortos de fondos; nos cuenta el truco para evitar que ese joven director que nos ofrece traducir su primer guión tarde tres horas en ponernos al corriente de sus sutilezas y se extiende sobre la necesidad de recurrir a expertos en jergas carcelarias y en narcóticos.

Sin embargo, seguramente el consejo de Solleville más útil para los traductores, considerado el panorama hoy, es este: «No seáis estúpidamente honestos».

Pero ¿se puede saber qué está diciendo?, en El Trujamán del Instituto Cervantes

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El Trujamán

Cuando vemos una película o serie de televisión en versión original con subtítulos, o asistimos a una conferencia con intérprete, o cuando leemos un libro en edición bilingüe, por poco que la versión original sea de un idioma con el que estemos familiarizados, los traductores tendemos a comparar la traducción con la que vamos componiendo mentalmente. Nos «hiere» más el error cuando se parte de idiomas occidentales con millones de hablantes y aparece en películas o documentos destinados a un público amplio. En definitiva, cuando esperamos un tratamiento profesional y sabemos que abundan los traductores expertos.

El traductor que yerra calamitosamente puede cubrirse la espalda de mil maneras —y a estas alturas todos conocemos mil excusas improbables—. En una película de espías pasmosamente aburrida de tópica trama internacional, en cierto momento el Servicio de Inteligencia británico recurre a un intérprete para traducir las palabras de los villanos rusos, que tienen retenida a la «chica» en un salón de un palazzo veneciano delante de una caja fuerte por abrir. Son las tantas de la noche cuando el intérprete italiano llega, despeinado y con la lengua fuera, al vaporetto donde los británicos tienen instalada su central de control. Aunque todas las pantallas repiten la misma escena: los elegantones mastodontes rusos apuntan con sus armas a la bella espía mientras ladran sus amenazas señalando con sus mandíbulas a la puerta cerrada de la caja fuerte, el intérprete pregunta: «¿Me podrían dar algo de contexto?». No sé si su guionista tiene amigos o enemigos traductores, pero yo salvaría la película solo por ese chiste.

Ningún traductor mínimamente informado echa en falta el «contexto» en el cine francés de los sesenta. ¿Cómo se explica entonces el surrealista subtitulado de una película emblemática de la nouvelle vague, Cléo de 5 à 7 (1962), de Agnès Varda, que circula por videotecas y bibliotecas? En 2015, el Festival de Cannes le concede la Palma de Oro honorífica, situando su filmografía de nuevo en primera línea de interés. Varda narra dos horas en la vida de una famosa cantante que espera los resultados de unos análisis clínicos con un temido pronóstico de cáncer luego de consultar a una tarotista. La directora presenta los ambientes de un París espléndido en el primer día de verano y a la nueva generación que ella misma representa, en el despertar a un futuro que deja atrás las sombras de la posguerra pero encara el sinsentido de la guerra de Argelia. La protagonista, Corinne Marchand, y sus compañeros de reparto hablan —como buenos franceses— por los codos, pero los subtítulos no reproducen fielmente ni sus palabras ni su intención. La culpa no es aquí de ningún traductor automático sino de una versión que inventa un español imposible a partir ¡del portugués y del italiano!

Les cartes parlent si la consultante sort queda en «las cartas hablan mejor si usted aparecer».

Alors, ça ne va pas, ma petite dame? se traduce como «¿Qué acontece con ella?».

Faites-moi un petit sourire [vamos, una sonrisita] queda en «nos de un sorriso».

Las omisiones son significativas —aunque sepamos que el subtitulado debe adecuarse a la velocidad de lectura del espectador medio—, ya que pasan por alto el tono y los comentarios con que los diferentes personajes intentan rebajar las reacciones melodramáticas de la protagonista. A veces se omite información significativa o los guiños que un espectador español puede entender perfectamente, como cuando la madura asistente de la cantante conversa con el dueño del bar sobre la llantina de la joven. La mujer explica Je suis corse [soy corsa] antes de contar una historieta ejemplar sobre los azares de la salud, para sugerir que su origen la predispone a ser más firme y menos emotiva que Cléo.

La única explicación plausible es que en este subtitulado, obra de un extranjero, no se atiene a las reglas de concisión y adaptación para la lectura en pantalla sino que trataron de solventar el trámite de traducción porque se contrató para su distribución en un área lingüística determinada.

En el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires se hicieron eco de mi artículo.

Traducir con máquinas, traducir como máquinas, en El Trujamán

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Alfabeto cirílico

Instituto Cervantes, El Trujamán, 29-05-2014

Decidida a encontrar una descripción cabal de las llamadas memorias de traducción y del término «localizar» cuando no significa ubicar o dar con el paradero de alguien, leí Les tecnologies de la traducció, de Antoni Oliver, J. Moré y S. Climent. Por esos días, recibí un par de mails que trataban justamente del peliagudo asunto de los programas de traducción asistida —Trados, etc.— y de las exigencias variopintas que pretenden imponer algunas agencias y grandes compañías en su intento de abaratar costes.

En el primer correo, una agencia italiana enviaba una circular en inglés señalando que, para pasar al fichero definitivo de sus colaboradores en activo, era requisito indispensable acreditar el conocimiento y experiencia en el uso de programas de traducción asistida. Su argumento apelaba a la modernidad, al trabajo en equipo y a la necesidad de tomar en consideración a los diferentes eslabones de la cadena para mantener bajo control el flujo de trabajo. En fotografía, el concepto «flujo de trabajo» alude a las rutinas que el profesional idea y establece para rentabilizar su tiempo ante la pantalla porque debe manejar un gran volumen de imágenes; los programas de retoque fotográfico han incorporado distintos menús que ofrecen métodos rápidos de archivo, clasificación, etc., de cientos de imágenes a la vez. No parece que los tratamientos de texto habituales ofrezcan similares prestaciones ni que las tecnologías de ¿apoyo? a la traducción tipo Trados o Wordfast sean gratuitas o baratas ni puedan aprenderse de forma intuitiva o baste un sencillo manual de instrucciones. Con todo, lo más destacable me pareció el énfasis en la idea del trabajo en serie; la circular recordaba que el traductor debía comprometerse a asumir que la fluidez de su trabajo condicionaría el ritmo de los otros miembros. Imaginé —¡adiós a la bohème y a la absenta para desayunar!— una cadena de producción en el mejor estilo fábrica de automóviles filmada por Chaplin… y como creo que no se pueden plantear estas exigencias sin la contrapartida de un volumen de ingresos garantizado, no respondí al mail.

Poco después, en respuesta a la consulta de una colega francesa tras recibir un correo de AmazonCrossing, la Asociación de Traductores Literarios de Francia emitía una circular definiendo su posición oficial frente a los movimientos de captación de traductores profesionales por parte de grandes compañías —aquí Amazon, tal vez pronto, Google, etc.— y de agencias de representación de traductores literarios.

La asociación francesa apelaba a la prudencia subrayando que AmazonCrossing pretende saltarse a la torera el código de usos establecido en países europeos como Italia, Alemania y la misma Francia —allá donde la compañía americana ha ido a pescar profesionales con el anzuelo nada apetitoso de renunciar a todos sus derechos y aceptar tarifas tres veces inferiores a las vigentes en el país—. Las llamadas agencias de representación de traductores, copiando el sistema de las agencias literarias, apunta la asociación, no van a la zaga en propuestas ruinosas.

En Por qué la traducción importa, la prestigiosa Edith Grossman, traductora al inglés de Cervantes, Neruda y otros clásicos, afirma que las agencias literarias nunca se han interesado por representar a traductores por los irrisorios beneficios que rinden sus libros. Si ahora surgen estas nuevas empresas no es porque crean que los traductores de best sellers caerán rendidos en sus brazos para que lleven la cuenta de sus ventas a cambio de un suculento porcentaje —hasta un 40 %—; a los traductores conocidos tampoco interesará que la agencia sea el único interlocutor con la editorial ni que les reclame exclusiva; surgen porque la globalización e internet les permite captar traductores en países con un bajo nivel de renta y ofrecerlos a agencias y empresas del primer mundo manteniendo las tarifas bajas que éste requiere pero que en países emergentes resultan fantásticas. El grado de implicación de las asociaciones de traductores literarios defendiendo activamente los logros alcanzados dibuja el perfil profesional de cada país. Me pregunto qué respuestas activas están dando las asociaciones en España.

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