La traducción de crítica de arte contemporáneo, código secreto, en El Trujamán

Jean-Dubuffet - portraits
Jean Dubuffet – Portraits

“La traducción de crítica de arte contemporáneo, código secreto“, El Trujamán del Instituto Cervantes

El arte contemporáneo posee un léxico específico, como la mayoría de disciplinas artísticas; puede que no esté establecido definitivamente, ya que con frecuencia se crean neologismos o se incorporan términos de otros idiomas tras haberse generalizado su uso en su ámbito de actuación, mientras otros términos caen en desuso y quedan para el archivo a la par que los objetos y las técnicas a los que designan quedan obsoletos. El traductor encuentra en los glosarios y diccionarios especializados ayuda para sacar adelante su texto. Sin embargo, la dificultad más llamativa no se refiere al léxico del arte, que en textos descriptivos puede afinar hasta el detalle indiferenciable a ojo del profano; la mayor dificultad está en la jerga y, muchas veces, en la sintaxis de la crítica del arte contemporáneo (que incluiría la pintura, el videoarte, el cine documental de última generación, la fotografía de desnudo…).

Si no se está familiarizado con la materia, es fácil creer que ciertos textos de presentación de exposiciones, de crítica o de reflexión universitaria son puros galimatías escritos por un petulante, o un texto en código secreto cuya clave ignoramos. En tales textos una cantidad no pequeña de palabras cultas aparece transformada mediante sufijos o prefijos en otra palabra que parece arcaica o extranjera, verbos muy usuales ven multiplicado el número de sílabas y hasta siguen complementos verbales que no mantienen la concordancia. Este mejunje va sazonado con adjetivos calificativos insólitos que invitan a creer que el arte contemporáneo está más cerca del esoterismo y del misticismo que de cualquier filosofía del arte accesible a un lector instruido medio.

Lo fácil ha sido atribuir a la escuela estructuralista y a semiólogos como Umberto Eco la invención de esa indigesta sopa de letras que un editor nos pide que traduzcamos. La teoría de la crítica de arte posee reglas definidas; «Prospettive di una semiotica delle arte visive», artículo de Eco recogido en Teorie e pratiche della critica d’arte, encontró un traductor que navegó con soltura por la terminología semiótica del italiano quien, razonando sus palabras dentro de la misma exposición, explica por qué el lenguaje del arte contemporáneo se hace complejo: es un «ejercicio metalingüístico», un «laboratorio semiótico», y por ello, en conclusión, elabora una gramática y unos códigos propios.

Artistas como David Hockney emplean para describir los resultados de su trabajo, sus motivaciones y su técnica, un lenguaje que combina la precisión terminológica con la inspiración poética. Algo similar hacían Jean Dubuffet o Zao Wou-ki, quien manejaba códigos de la cultura china y del expresionismo abstracto de principios del siglo xx, que cuentan con glosarios y diccionarios.

Vamos, que la culpa no la tiene Eco ni la inefabilidad del arte contemporáneo. Sin embargo, qué hacer cuando leemos, literalmente, esto: «Microespacios que manifiestan un extraño misterio con múltiples enigmas, en el sentido de qué hay detrás aunque sepamos su inexistencia en cada cuadro» (ilustrados con fotografías en blanco y negro de desnudo artístico). Cómo traducir «abordaje cognitivo de la obra de arte contemporánea» o «referencia demostrativa» (vemos un objeto horroroso elaborado con hilos y madera que cuelga del techo en una sala sin público). Cómo traducir una redacción contaminada, además, de catalanismos: «un condensado de respuestas desiguales a la contemplación de un vacío, que se le personaliza en la propia e inmensa Naturaleza, en la misma potencialidad de su hábitat materno». Intuimos, y verificamos al terminar la lectura, que el autor ha juntado palabras que estrictamente no significan nada pero evocan diversos códigos vigentes en el ámbito artístico. Ya que lo poco y mal que se entienda el texto parecerá responsabilidad de un traductor inútil o vago, procede corregir a fondo el estilo, tras plantear (dramáticamente) la necesidad a los editores, especialmente si el esoterismo abstracto del arte contemporáneo incluye errores gramaticales de diverso calibre.

Como resume el profesor Ovidi Carbonell, al referirse a La estandarización de la terminología especializada en el arte contemporáneo, el discurso artístico y de la crítica de arte «presenta los mismos problemas de sistematización que podemos encontrar, en mayor o menor grado, en cualquier otra área de especialidad: inexactitud terminológica, impropiedad léxica, sinonimia, etc. La traducción al castellano refleja tales problemas a la vez que añade la cuestión sociolingüística de la aceptación de extranjerismos». Teniendo presentes estas premisas y dificultades, el traductor debería ofrecer una versión lo más diáfana posible, discerniendo entre la mala redacción y la terminología especializada de público minoritario; debería asimismo buscar la coherencia del conjunto articulando el sentido más plausible, considerada la ambigüedad de los discursos de la crítica de arte comparados con los de otras disciplinas técnicas, pero sin renunciar al vocabulario consolidado ni simplificar el texto a un nivel meramente divulgativo.

© María José Furió

“Cláusulas de contrato enigmáticas”, en El Trujamán del Instituto Cervantes

contrato-dibujo

Enlace a El Trujamán

Cada editorial puede tener su propio modelo de contrato, por eso prestamos atención a su redacción para no descubrir, si surge alguna situación imprevista, que hemos firmado un contrato con cláusulas en las que no habíamos reparado y que podrían dejarnos sin poder de decisión o de negociación sobre el destino de nuestras traducciones. Algunas cláusulas están redactadas de modo tan enigmático, planteando supuestos no desarrollados, que despiertan la perplejidad o la intriga del profesional y se discuten en las listas de correos. En tales casos se trata de discernir a quién se pretende proteger y de qué, y las hipótesis dibujan el juego de fuerzas, de sospecha mutua, entre editor y traductor. Una de las cláusulas que recientemente presentaba un traductor francés —que es también profesor universitario— decía:

3. 5. En el caso de que el Editor debiera someter la traducción a la aprobación del autor de la obra original, y en el caso de que este último rechazara su publicación, por un motivo distinto de la calidad, las cantidades previstas en el contrato en concepto de anticipo le serán íntegramente abonadas al Traductor, y el Editor podrá utilizar libremente su trabajo en vista a la elaboración de una nueva traducción.

El desconcertado traductor se preguntaba qué cabía entender de esta cláusula, sospechando que el editor podría firmar (o hacer firmar) la traducción rechazada, haciéndola pasar como propia aun siendo él el autor de esa versión previa a cualquier reajuste. Veterano en el oficio, le costaba creer que un autor llegara a rechazar una traducción suya por «baja calidad», aunque, tal como andan las cosas, no podría ya asegurarlo.

Otro veterano traductor, muy aficionado a las historias de misterio, señalaba lo extraño que le parecía el texto, ya que se desprendía que el editor se reservaba un «derecho de plagio»; como dudaba que tal derecho exista, le sugería eliminar sin contemplaciones la frase «el editor podrá utilizar libremente su trabajo en vista a la elaboración de una nueva traducción». Se preguntaba qué otro motivo sino la mala calidad de una traducción justificaría que un autor llegue a vetar su publicación: quizá no quiera que se publique en tal país o, añadía irónicamente, porque al autor no le guste la cara del traductor. Entonces, la versión rechazada sería utilizada como base para una traducción en otro idioma.

Un tercero deducía de la frase «en el caso de que el Editor debiera someter la traducción a la aprobación del autor de la obra original» que el editor se planteaba publicar una versión abreviada. De modo que, si el autor rechazara tales recortes, podrían recuperar la primera traducción para contrastar.

Otra traductora intervenía para responder que el capricho del autor original poco tenía que hacer aquí, y que probablemente el editor buscaba protegerse de antemano después de haberse encontrado antes con este problema: un autor que lee la lengua de llegada y que, sin discutir la calidad de la traducción, se opone a su publicación porque el resultado no es fiel a su estilo; o el editor se las tiene con un autor quisquilloso o, simplemente, el autor o su agente han pedido que dicha cláusula se incluya por defecto en todos los contratos de traducción.

Según esta traductora, el editor estaba ofreciendo una solución de compromiso al pagar íntegramente el anticipo, pero reservándose la libertad de utilizar el texto traducido para reelaborarlo según los requerimientos del autor hasta la completa satisfacción de éste. Un anticipo íntegro más un trabajo de reescritura resulta más barato para la editorial que pagar solo un tercio al primer traductor (conviene señalar que el autor del original se reserva siempre el derecho por contrato de intervenir y de detener la publicación de la traducción) y encargar una nueva traducción; esta última opción implicaría sumar el tercio pagado y la nueva versión. En definitiva, el editor estaría ganando tiempo, pues tenía la garantía de publicar dentro de los plazos marcados por el contrato y, tal vez, obtener dinero para él; además, garantizaba al traductor cobrar la totalidad de su trabajo.

Otro motivo de rechazo podía ser de carácter político, acotado a países en contextos muy concretos, donde el autor puede pedir que se suavicen o adapten ciertos pasajes para no herir susceptibilidades de las minorías, costumbres, etc.

Teniendo encima de la mesa este conjunto de opciones para interpretar la enigmática cláusula, era buena idea hablar con el editor para aclarar definitivamente los términos del contrato y resolver la situación.

Crédito imagen: http://www.compracloud.com/noticias/5-clausulas-clave-de-un-contrato-de-cloud-computing

Yo (no) estuve en Varsovia, en El Trujamán del Instituto Cervantes

selloVarsovia

mujer-polaca1

polaco11 -Sello dedicado a Varsovia
2- Soldado polaco:  «Sublevado polaco durante el Levantamiento de Varsovia el 1 de Agosto de 1944. En el brazo porta un brazalete con la bandera nacional polaca y en las manos maneja una metralleta Sten británica.»
3 -«Mujeres sublevadas del Servicio Militar Femenino para la defensa de Varsovia.»

© María José Furió para El Trujamán

Fotos y texto de los pies de foto extraídos del Levantamiento de Varsovia en 1944 :
http://www.eurasia1945.com/batallas/contienda/levantamiento-de-varsovia/

Uno de los temas de discusión frecuentes en listas de correos de traductores es el grado de intervención que puede permitirse el traductor cuando detecta un error en el original. Suele debatirse bizantinamente qué se considera error; para algunos, se limita a las erratas obvias o datos subsanables relativos a fechas, direcciones, nombres actualizados de ciudades, apellidos —en francés, no es raro que los autores ignoren el uso de los dos apellidos españoles y alteren su orden o destaquen el más sonoro o inusual—, etc. En tales debates pronto queda claro que el uso ha consagrado algunas reglas: en traducción técnica o de prensa, se corrigen todos los errores y antes o después se advierte al autor. En la traducción literaria, lo ideal parece consultar al autor, siempre que sea posible. Se da por seguro que éste agradecerá la corrección salvo que su error sea intencionado y, por ello, significativo. Pero si es involuntario, traducir un error no significativo puede interpretarse, como señalaba recientemente una colega, como un comentario «sobre la ignorancia del autor» y sería una marca más de la presencia del traductor donde el escritor ignoraba haber cometido un fallo.

Ya entrados en faena, algunos discuten si un texto de mala calidad, típico en los subgéneros de fantasy y novela negra de kiosco —gramática y sintaxis dudosa, estilo desaliñado o falta de estilo, adjetivación lacia, etc.—, ha de traducirse fielmente o conviene embellecerlo. En este punto, entran en consideración los conceptos de traducción literal y oblicua, y la noción ya ampliamente establecida de «traducir como amigo». La principal ventaja de esta solución es preservar la imagen de solvencia del traductor profesional, a quien se le atribuirá sin dudar la autoría del resultado desastroso; esta decisión también explicaría por qué algunos títulos alcanzan un éxito sorprendente en sus versiones traducidas, tras pasar sin pena ni gloria la versión original.

A veces, el traductor opta por mostrarse discreto y señalar el error en nota a pie de página —lo cual puede considerarse una manera hipocritona de quedar bien con todo el mundo sin dejar de lucirse al señalar confidencialmente, como al oído, el traspié—. En la literatura española contemporánea quizá sea Ramón Buenaventura, excelente novelista y traductor, quien ha hecho un uso más irónico de esta «industria» de la nota a pie de página, corrigiendo y anotando su propia obra, haciendo decir y desdiciendo luego en nota al pie a sus personajes, poniendo así en solfa las nociones de autoría y de texto cerrado.

Por lo general, encontramos una u otra pauta de corrección de errores. Pero ¿qué ocurre cuando el traductor decide corregir al autor incluso en sus notas al pie? Que a la editorial se le presenta un formidable trabajo de editing. Sucedió años atrás, cuando un editor de No-Ficción de una gran editorial me encargó la corrección de estilo y el editing de un ensayo que, visiblemente, se le había ido de las manos al traductor. El original inglés era un voluminoso ensayo histórico —más de 700 páginas— dedicado al alzamiento de la ciudad de Varsovia, que arrancó en agosto de 1944 mientras se esperaba la llegada de los soviéticos. «Stalin se negó a ayudar a los polacos y permitió que los alemanes actuaran libremente», reza la solapa, que añade: «Hitler ordenó destruir la ciudad y acabar con sus habitantes». La copia impresa con las notas del traductor, incluidas las notas a las notas a pie de página del historiador, superaba, si no recuerdo mal, los mil folios.

La versión española del alzamiento de Varsovia contra los nazis era como un jardín que ha crecido desordenadamente y en todas direcciones, fruto no del abandono sino de algún fertilizante peculiar generosamente esparcido por el traductor: ¿Erudición escrupulosa? ¿Aburrimiento? ¿Locura?

(Continuará…)

Guardar

Traducir con máquinas, traducir como máquinas, en El Trujamán

alfabeto-cirilico-russo-grande
Alfabeto cirílico

Instituto Cervantes, El Trujamán, 29-05-2014

Decidida a encontrar una descripción cabal de las llamadas memorias de traducción y del término «localizar» cuando no significa ubicar o dar con el paradero de alguien, leí Les tecnologies de la traducció, de Antoni Oliver, J. Moré y S. Climent. Por esos días, recibí un par de mails que trataban justamente del peliagudo asunto de los programas de traducción asistida —Trados, etc.— y de las exigencias variopintas que pretenden imponer algunas agencias y grandes compañías en su intento de abaratar costes.

En el primer correo, una agencia italiana enviaba una circular en inglés señalando que, para pasar al fichero definitivo de sus colaboradores en activo, era requisito indispensable acreditar el conocimiento y experiencia en el uso de programas de traducción asistida. Su argumento apelaba a la modernidad, al trabajo en equipo y a la necesidad de tomar en consideración a los diferentes eslabones de la cadena para mantener bajo control el flujo de trabajo. En fotografía, el concepto «flujo de trabajo» alude a las rutinas que el profesional idea y establece para rentabilizar su tiempo ante la pantalla porque debe manejar un gran volumen de imágenes; los programas de retoque fotográfico han incorporado distintos menús que ofrecen métodos rápidos de archivo, clasificación, etc., de cientos de imágenes a la vez. No parece que los tratamientos de texto habituales ofrezcan similares prestaciones ni que las tecnologías de ¿apoyo? a la traducción tipo Trados o Wordfast sean gratuitas o baratas ni puedan aprenderse de forma intuitiva o baste un sencillo manual de instrucciones. Con todo, lo más destacable me pareció el énfasis en la idea del trabajo en serie; la circular recordaba que el traductor debía comprometerse a asumir que la fluidez de su trabajo condicionaría el ritmo de los otros miembros. Imaginé —¡adiós a la bohème y a la absenta para desayunar!— una cadena de producción en el mejor estilo fábrica de automóviles filmada por Chaplin… y como creo que no se pueden plantear estas exigencias sin la contrapartida de un volumen de ingresos garantizado, no respondí al mail.

Poco después, en respuesta a la consulta de una colega francesa tras recibir un correo de AmazonCrossing, la Asociación de Traductores Literarios de Francia emitía una circular definiendo su posición oficial frente a los movimientos de captación de traductores profesionales por parte de grandes compañías —aquí Amazon, tal vez pronto, Google, etc.— y de agencias de representación de traductores literarios.

La asociación francesa apelaba a la prudencia subrayando que AmazonCrossing pretende saltarse a la torera el código de usos establecido en países europeos como Italia, Alemania y la misma Francia —allá donde la compañía americana ha ido a pescar profesionales con el anzuelo nada apetitoso de renunciar a todos sus derechos y aceptar tarifas tres veces inferiores a las vigentes en el país—. Las llamadas agencias de representación de traductores, copiando el sistema de las agencias literarias, apunta la asociación, no van a la zaga en propuestas ruinosas.

En Por qué la traducción importa, la prestigiosa Edith Grossman, traductora al inglés de Cervantes, Neruda y otros clásicos, afirma que las agencias literarias nunca se han interesado por representar a traductores por los irrisorios beneficios que rinden sus libros. Si ahora surgen estas nuevas empresas no es porque crean que los traductores de best sellers caerán rendidos en sus brazos para que lleven la cuenta de sus ventas a cambio de un suculento porcentaje —hasta un 40 %—; a los traductores conocidos tampoco interesará que la agencia sea el único interlocutor con la editorial ni que les reclame exclusiva; surgen porque la globalización e internet les permite captar traductores en países con un bajo nivel de renta y ofrecerlos a agencias y empresas del primer mundo manteniendo las tarifas bajas que éste requiere pero que en países emergentes resultan fantásticas. El grado de implicación de las asociaciones de traductores literarios defendiendo activamente los logros alcanzados dibuja el perfil profesional de cada país. Me pregunto qué respuestas activas están dando las asociaciones en España.

Guardar

El traductor impasible: “Corazón tan blanco” de Javier Marías, en El Trujamán

Javier Marías en 1989. Foto de C. Vallvé

Ayer, día 9 de abril, El Trujamán publicaba este artículo dedicado a la gran novela de Javier Marías, Corazón tan blanco, dentro de la serie que dedico a la figura del traductor en distintas novelas y relatos. La de Marías, pude comprobarlo este verano pasado, gana con los años. El capítulo en que pone en escena una siniestra relación erótica por video le da mil vueltas en sagacidad a tantas reflexiones sobre la función de la cámara con que pretenden impresionarnos los posmodernos.
Hasta la fecha han publicado la dedicada a Justo Navarro, El espía, y al relato de Julio Cortázar Las babas del diablo. Espero que os interese:

Corazón tan blanco, de Javier Marías. El traductor impasible

Por María José Furió

En 1992 se publicó Corazón tan blanco, la novela que hizo famoso al escritor madrileño Javier Marías. Uno de sus elementos atractivos, además de la laberíntica narración de los hechos, es cómo la profesión de traductor de su protagonista, Juan, condiciona el desarrollo de la intriga.

Arranca con un impacto: una joven recién casada se suicida de un disparo en el corazón porque ha sabido algo que le lleva a preferir la muerte. Algo le ha dicho el hombre llamado Ranz, que tiempo después será padre del que narra para nosotros. En cierto momento Juan escribe:

Yo hablo y entiendo y leo cuatro lenguas incluyendo la mía, y por eso, supongo, me he dedicado parcialmente a ser traductor e intérprete […] Supongo que por eso tengo la tendencia a querer comprenderlo todo, cuanto se dice y llega a mis oídos.

La interpretación de los hechos resulta de la interpretación de las palabras, pero no solo, y así ocurre en una escena clave cuando, durante su viaje de luna de miel a La Habana, el protagonista es confundido por una mulata con su amante español, y él, el protagonista, inmerso en melancólicas cavilaciones sobre la hipótesis de futuro que es todo matrimonio —hipótesis de desastre incluido— se identifica, por esa confesión de la mujer, con la pareja adúltera, que casualmente ocupa el cuarto contiguo del hotel. La cubana insta a su amante a poner fin a su matrimonio y, ya desquiciada, a que mate a su rival, supuestamente enferma en Madrid.

Juan, «con el oído puesto», discurre sobre su compulsiva curiosidad, por la cual se siente inclinado a interpretar todos los signos:

A menudo traduzco hasta los gestos, las miradas y los movimientos, es un sucedáneo y una costumbre, y aun los objetos me parece que dicen algo cuando entran en contacto con esos movimientos, miradas y gestos.

Rellena los vacíos de palabras con imágenes, supone -o presupone- gestos y movimientos y en ellos unas intenciones concretas, aunque especialmente revelador es el tarareo de la mujer. Como intérprete, establece relaciones asociativas; una palabra es sinónimo de otra mientras el tarareo de la cubana es sinónimo del canturreo de su abuela, que cantaba por distraerse «con desgana y desentendimiento».

La escena en Cuba se convierte en gozne entre el pasado vivido por el padre del narrador y su novia suicida, y el futuro, fantaseado, en que el matrimonio que ahora celebra su luna de miel habrá de romperse. Su flamante esposa, Luisa, también traductora, finge dormir «en el convencimiento o superstición de que no existe lo que no se dice. Y es verdad que sólo lo que no se dice ni expresa es lo que no traducimos nunca».

La escena del hotel quizá sea real, pero ante todo es una escena sobreinterpretada. A lo largo de Corazón tan blanco, él afirma que preferiría «no saber» porque saber implica una responsabilidad. La profesión de traductor con su fantasía de objetividad parece la ocupación ideal para este hombre, que en el transcurso de la novela muestra que su no querer saber expreso se contradice a cada minuto por un estado de alerta en que él no deja de interpretarlo todo. La imposible objetividad ante el texto literario tiene su equivalente en la falsa pasividad ante el sentido y las consecuencias de los actos con que su padre labró su fortuna, que el protagonista aspira a heredar sin miramientos. Y ahí aparece la clave de Corazón tan blanco, una reflexión sobre las huellas de la culpa y la responsabilidad del que sabe de ella. El narrador refiere los negocios de su padre, no solo durante el franquismo sino también en la Latinoamérica de las dictaduras militares, y desvela de manera brillante por qué se mató la recién casada, en una confesión que Ranz hace a Luisa, mientras Juan escucha, como los intérpretes de conferencia, sin ser visto por quien habla.

Guardar

“El espía” Justo Navarro y sus heterónimos, en El Trujamán

El 7 de febrero, El Trujamán, la revista de Traducción del Instituto Cervantes publicó mi artículo dedicado a El espía, del novelista, traductor y poeta Justo Navarro (Anagrama, 2011).

Ilustración : Pablo García

Empieza así:

«La biografía del poeta norteamericano Ezra Pound está marcada por el estigma de su fascinación y apoyo al fascismo mussoliniano, de sus manifestaciones antisemitas y un aura de enloquecida genialidad, de tal modo que su figura es, en parte, tabú. Suele salvarse el escollo separando cuidadosamente su obra poética de sus extravíos políticos. Por qué, habiendo sido detenido y acusado de traicionar a su país, no fue Pound ejecutado es el detalle intrigante y detonador de El espía. Justo Navarro fabula con la posibilidad de que el poeta de Rapallo fuese un agente doble y que sus extravagantes alocuciones a través de la radio italiana en tiempo de guerra contuviesen mensajes cifrados para los aliados. Unos mensajes que traían de cabeza a los nazis, incapaces de obtener ninguna certeza tras aplicarles todas las claves de interpretación de códigos secretos disponibles. Las peroratas del poeta americano eran intraducibles al idioma convencional del contraespionaje.

Sin embargo, como no se trata de una típica novela de espías, Navarro rompe el hilo de la narración y, reconstruyéndola por fragmentos de fuerte densidad poética, presenta a Pound en facetas que confirman y refutan esa supuesta condición suya de espía, de loco, de traidor, de leal ciudadano.»

Justo Navarro

Guardar

Los falsos amigos: “Las babas del diablo” de Julio Cortázar en el Trujamán

Un artículo sobre asuntos de Traducción y literatura evocando a Julio Cortázar y su impresionante relato, Las babas del diablo.

Lo publican en EL TRUJAMÁN, del Instituto Cervantes, hoy 23 de enero. Dice así:

Cortázar y el Sena

«Como sabemos, la definición de falso amigo en traducción alude al error inducido sobre el significado de una palabra parecida en su forma —el significante— a otra del idioma de llegada, que significa algo distinto. Típico ejemplo es el vocablo francés constipation (estreñimiento) y el español constipado. La incongruencia de la frase resultante alerta al traductor del error cometido. Así sucede en el famoso cuento de Julio Cortázar, Las babas del diablo, donde Michel, fotógrafo y traductor franco-chileno afincado en París, sale un 7 de noviembre a callejear con la cámara de fotos. Paseando junto al Sena sorprende en una placita a una pareja desigual —un chico apenas adolescente, una mujer adulta seduciéndolo—, que le inspirará el deseo de fotografiarlos. Habituado a considerar con minucia los detalles, a encajarlos para que signifiquen dentro de un conjunto y lo equilibren, Michel deduce que la escena no corresponde a un encuentro atrevido pero casual entre la mujer atractiva y el chico asustado. Tiene tiempo para observar y sacar conclusiones —«se podía adivinar sin mucho trabajo lo que acababa de ocurrir pocos minutos antes»—, para contrastar su experiencia con lo que ven sus ojos, pero no deja de sospechar de sus sentidos y espera que la cámara Contax confirme o niegue el aura inquietante que él atribuye a la escena. Esa vacilación sobre la autoría del relato —la escena como texto descifrable, como imagen significativa—, y sobre la posibilidad de reproducir fielmente la realidad, articula el cuento, en el que Cortázar despliega una reflexión sobre la traducción y la fotografía, como actividades mediadoras que trabajan con el tiempo, sobre el tiempo, y alteran la realidad.

La desconcertante frase inicial parece introducir al lector en el género fantástico —«Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada»—. Pero conforme avanza el cuento creemos, con Michel, que la cámara se disputa la autoría con el fotógrafo, que ese intrigante «estoy muerto» y esas nubes que «siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros» nos dice que tan imposible resulta una perfecta objetividad —la de la lente— como una total subjetividad, pues la técnica elegida condiciona el resultado.

Michel está traduciendo al francés un «tratado sobre recusaciones y recursos» del profesor José Norberto Allende, un texto que a veces se le resiste y entonces distrae la vista en la imagen de la pareja que ha pinchado en la pared. La máquina de escribir Remington, como la cámara Contax, no pueden por sí solas ni traducir, ni contar lo que sucedió y sucede, ni traducir a Allende. Si quiere ser fiel a la emoción de la imagen o decir tan bien en francés lo que el otro dijo tan bien en castellano, ha de retorcer el lenguaje, ha de subvertirlo: «sus ojos que caían sobre las cosas […] dos ráfagas de fango verde. No describo nada, trato más bien de entender. Y he dicho dos ráfagas de fango verde».

La idea del falso amigo está en el argumento —el hombre del coche negro orquesta «la comedia» para atraer al chico; cuando irrumpe en escena, trastoca su significado—, y también está en el título: los hilos de la Virgen —la solución afortunada: el chico escapa— se llaman también babas del diablo: el desenlace fatal.

La imagen fotográfica y el texto para traducir son umbrales. Con la traducción lleva al presente un texto del pasado, lo multiplica. Y en la foto se petrifica un instante, un pasado que se eterniza en presente. Cortázar pone esos dos tiempos y trabajos en paralelo, y con la intervención del fotógrafo Michel y del hombre del coche escenifica, además, la disputa simbólica entre el traductor y el autor del texto original.

blow-up-babas-del-diablo
Fotograma de Blow Up, de Michelangelo Antonioni, inspirada en el relato de Cortázar

Guardar