La traducción de crítica de arte contemporáneo, código secreto, en El Trujamán

Jean-Dubuffet - portraits
Jean Dubuffet – Portraits

“La traducción de crítica de arte contemporáneo, código secreto“, El Trujamán del Instituto Cervantes

El arte contemporáneo posee un léxico específico, como la mayoría de disciplinas artísticas; puede que no esté establecido definitivamente, ya que con frecuencia se crean neologismos o se incorporan términos de otros idiomas tras haberse generalizado su uso en su ámbito de actuación, mientras otros términos caen en desuso y quedan para el archivo a la par que los objetos y las técnicas a los que designan quedan obsoletos. El traductor encuentra en los glosarios y diccionarios especializados ayuda para sacar adelante su texto. Sin embargo, la dificultad más llamativa no se refiere al léxico del arte, que en textos descriptivos puede afinar hasta el detalle indiferenciable a ojo del profano; la mayor dificultad está en la jerga y, muchas veces, en la sintaxis de la crítica del arte contemporáneo (que incluiría la pintura, el videoarte, el cine documental de última generación, la fotografía de desnudo…).

Si no se está familiarizado con la materia, es fácil creer que ciertos textos de presentación de exposiciones, de crítica o de reflexión universitaria son puros galimatías escritos por un petulante, o un texto en código secreto cuya clave ignoramos. En tales textos una cantidad no pequeña de palabras cultas aparece transformada mediante sufijos o prefijos en otra palabra que parece arcaica o extranjera, verbos muy usuales ven multiplicado el número de sílabas y hasta siguen complementos verbales que no mantienen la concordancia. Este mejunje va sazonado con adjetivos calificativos insólitos que invitan a creer que el arte contemporáneo está más cerca del esoterismo y del misticismo que de cualquier filosofía del arte accesible a un lector instruido medio.

Lo fácil ha sido atribuir a la escuela estructuralista y a semiólogos como Umberto Eco la invención de esa indigesta sopa de letras que un editor nos pide que traduzcamos. La teoría de la crítica de arte posee reglas definidas; «Prospettive di una semiotica delle arte visive», artículo de Eco recogido en Teorie e pratiche della critica d’arte, encontró un traductor que navegó con soltura por la terminología semiótica del italiano quien, razonando sus palabras dentro de la misma exposición, explica por qué el lenguaje del arte contemporáneo se hace complejo: es un «ejercicio metalingüístico», un «laboratorio semiótico», y por ello, en conclusión, elabora una gramática y unos códigos propios.

Artistas como David Hockney emplean para describir los resultados de su trabajo, sus motivaciones y su técnica, un lenguaje que combina la precisión terminológica con la inspiración poética. Algo similar hacían Jean Dubuffet o Zao Wou-ki, quien manejaba códigos de la cultura china y del expresionismo abstracto de principios del siglo xx, que cuentan con glosarios y diccionarios.

Vamos, que la culpa no la tiene Eco ni la inefabilidad del arte contemporáneo. Sin embargo, qué hacer cuando leemos, literalmente, esto: «Microespacios que manifiestan un extraño misterio con múltiples enigmas, en el sentido de qué hay detrás aunque sepamos su inexistencia en cada cuadro» (ilustrados con fotografías en blanco y negro de desnudo artístico). Cómo traducir «abordaje cognitivo de la obra de arte contemporánea» o «referencia demostrativa» (vemos un objeto horroroso elaborado con hilos y madera que cuelga del techo en una sala sin público). Cómo traducir una redacción contaminada, además, de catalanismos: «un condensado de respuestas desiguales a la contemplación de un vacío, que se le personaliza en la propia e inmensa Naturaleza, en la misma potencialidad de su hábitat materno». Intuimos, y verificamos al terminar la lectura, que el autor ha juntado palabras que estrictamente no significan nada pero evocan diversos códigos vigentes en el ámbito artístico. Ya que lo poco y mal que se entienda el texto parecerá responsabilidad de un traductor inútil o vago, procede corregir a fondo el estilo, tras plantear (dramáticamente) la necesidad a los editores, especialmente si el esoterismo abstracto del arte contemporáneo incluye errores gramaticales de diverso calibre.

Como resume el profesor Ovidi Carbonell, al referirse a La estandarización de la terminología especializada en el arte contemporáneo, el discurso artístico y de la crítica de arte «presenta los mismos problemas de sistematización que podemos encontrar, en mayor o menor grado, en cualquier otra área de especialidad: inexactitud terminológica, impropiedad léxica, sinonimia, etc. La traducción al castellano refleja tales problemas a la vez que añade la cuestión sociolingüística de la aceptación de extranjerismos». Teniendo presentes estas premisas y dificultades, el traductor debería ofrecer una versión lo más diáfana posible, discerniendo entre la mala redacción y la terminología especializada de público minoritario; debería asimismo buscar la coherencia del conjunto articulando el sentido más plausible, considerada la ambigüedad de los discursos de la crítica de arte comparados con los de otras disciplinas técnicas, pero sin renunciar al vocabulario consolidado ni simplificar el texto a un nivel meramente divulgativo.

© María José Furió

Traducir el folletín, en El Trujamán, del Instituto Cervantes

TRADUCIR EL FOLLETÍN: emboscadas y puntos de fuga

 Cervantes – El Trujamán, 29/10/2013

Fantômas_-_Juan_Gris
“FANTOMAS”, Juan Gris, 1915

A finales del siglo pasado –ya que voy a hablar del folletín, creo adecuado recrear la atmósfera de intriga y exageración–, el editor que me había publicado una novela comentó que no tenía traductor para el primer Fantômas. Con una acuciante urgencia de ingresos, yo me sentía dispuesta a traducir cualquier cosa. Sobre la novela, el editor no dio más pistas que las obvias sobre el éxito que tuvo en las primeras décadas del siglo XX entre los surrealistas, tampoco apuntó, como más tarde han hecho otros editores, a qué tipo de lector quería captar ni el registro o nivel de lengua más recomendable para conseguirlo.

Apenas leídas las primeras páginas de Fantomas vi que el estilo era anticuado y desaliñado a la vez, pero me lancé a la tarea con la temeridad de los profesionales autónomos novatos. En esa misma época me contactaron desde Anagrama para ofrecerme una novela francesa de una autora punk y, creo, lesbiana que era el fenómeno del momento. La traductora que debía ocuparse en principio había rechazado el proyecto porque el texto, cargado de argot sexual, le pareció demasiado escabroso. Admiré que pudiera darse el lujo de rechazar un encargo de Anagrama y de nuevo me lancé a la tarea. Comprobé pronto, oh decepción, que la novela era un bodrio trash –el editor la calificó de “divertida”–. Suele decirse que la primera crítica literaria de una obra extranjera es obra del traductor. En esta novela punk, las protagonistas terminan como Thelma y Louise al cabo de 200 páginas de fatigosos avatares. Haciendo buena la premisa del traductor como primer crítico, si de mí dependiera las protagonistas se habrían estrellado en el primer capítulo. Y aquí paz y después gloria.

            La decepción era tal, para alguien que creía y cree en la gran tradición literaria francesa, que, contaminada del tono folletinesco de ambas novelas, vi ante mí un desolador e inacabable horizonte de novelas malas. Espantosas, horribles, terribles, insufribles (por mantener el vocabulario del género) malas novelas exitosas. En las Ramblas veía, igual que el detective Juve busca a Fantomas bajo todos sus disfraces, a los paseantes como cómplices necesarios de este atentado a la Literatura. Igual que su joven ayudante, Fandor, que en su desesperada urgencia de escapar del criminal Gurn, uno de los avatares de Fantomas, se reinventa como periodista y detective, me planteaba cómo salir de la emboscada.

            Naturalmente, ambos editores quedaron defraudados con mis traducciones y de nada habría servido que yo argumentase que tal vez esas novelas no se deberían haber escrito, luego no deberían haberse publicado y, por último, no deberían haberse traducido, pues para un editor no existen los malos libros sino las malas traducciones. Corregí meticulosamente Fantomas hasta que quedó apañada, pero el corrector de la novela punk metió la cuchara hasta borrar mi versión casi por entero… y diría que casi el original.

            Este verano me escribió una profesora universitaria de literatura francesa interesada en conseguir un ejemplar en español de ese Fantomas, ya descatalogado. Le comenté que esa versión no era muy lucida pero que tiempo después, por quitarme el mal sabor de boca, tomé la iniciativa de preparar una versión modernizada pensando en un lector de hoy. Por estas fechas, en Francia se está publicando la “integral” de Fantomas, de forma que los fans de Pierre Souvestre y Marcel Allain tienen a su alcance 32 títulos con un muy interesante prólogo que contextualiza el surgimiento y desarrollo del folletín francés. Gracias a internet, yo disponía ahora de una cantidad abrumadora de información sobre la gestación y éxito de este fenómeno, y también accedí a las opiniones de los fans, a la recreación de su figura por artistas como Magritte o los poetas Cendrars y Apollinaire, adaptaciones al cine o la radio, y, lo que resultó más importante, datos sobre la Belle Époque, periodo en que transcurre la acción.

Se dirá que son datos tangenciales pero no es cierto. El entusiasmo de los fans subraya los puntos fuertes del folletín que no conviene perder: la violencia inmotivada del villano Fantomas, el erotismo démodé, los ambientes urbanos y la velocidad de la acción. Llegué a la conclusión de que modernizar el folletín sin que pierda sabor de época es una labor de subrayar aquí y difuminar allá. El tono melodramático más un lenguaje pasado de moda con muchas redundancias resulta hoy indigesto, por lo que es mejor recortar adjetivos y matizar las exclamaciones, controlar el ritmo de los diálogos para que tengan la agilidad de una versión cinematográfica. Dado que el folletín resulta de la combinación de ingredientes como tono, léxico y ritmo, modernizarlo implica dar con la dosis adecuada para que no resulte una simple curiosidad arqueológica.

 © María José Furió

MOEBIUS & JODOROWSKI: LES YEUX DU CHAT

Les Yeux du Chat – Jodorowski y Moebius

De nuevo por encargo de Les Humanoïdes Associés, he traducido el prólogo que Alejandro Jodorowski ha redactado para una nueva edición de su mítica colaboración con Moebius en LOS OJOS DEL GATO. Esta vez, y de forma excepcional, he hecho la versión al francés, con la impagable ayuda en la revisión de Alex Grine, colega en la ATLF.

 

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Guía de casas embrujadas del mundo, Francesco Dimitri

En ALBA EDITORIAL

Guía de las casas embrujadas del mundo Y de todos los lugares donde (no) te gustaría pasar la noche, de Dimitri, Francesco

Un texto francamente divertido. Las rarezas de la gente no se agotan… o puede que los marcianos habiten entre nosotros.
Sinopsis:
Cuando uno viaja suele querer conocer los monumentos, los barrios pintorescos, los restaurantes, los bares de copas, los mercadillos. Pero quizá algunos viajeros quieran algo más. ¿Por qué no visitar también las casas encantadas, los castillos habitados por aparecidos y espectros, los lugares donde se manifiestan el mayor número de poltergeist, y conocer la ocasión idónea para tener una experiencia paranormal?

Colección: Freak
Número colección: 2
ISBN: 84-84283208
Año: octubre 2006

Traducción de Mª José Furió
PVP: 18,50 €