La actriz Mistinguette, ¿inspiración de Guiguitte?
Subo aquí el prólogo del libro de cuentos que en 2017 publicó la editorial chilena LOM. Me dicen que aún quedan ejemplares; es posible comprar pasando por la web de la editorial, el precio en pesos es el equivalente a diez euros aprox.
«El hombre mostró entonces una extraña máscara. Era de color blanco y estaba provista de un largo pico que inevitablemente recordaba el de un pájaro.
–No sonriáis –prosiguió–, este pico ganchudo está destinado a recibir cierta cantidad de hierbas y esencias medicinales que, al inhalarlas su portador, evitará respirar el aire infectado.
Luego fue señalando una a una las distintas piezas del traje.
–Aquí tenemos los guantes y la larga túnica de lino, toda ella bañada en una capa de cera; y para terminar, una varita con la que se puede levantar las ropas del apestado, para examinarlo sin exponerse al contagio.»
Este extracto pertenece a la novela El lienzo de Tintoretto, una amena novela histórica protagonizada por el pintor Tintoretto, en la época antigua, y un investigador italiano que se cartea vía mail con un anciano norteamericano experto en la pintura del Renacimiento, en la época contemporánea. Fue la primera novela traducida al español del escritor provenzal Thierry Maugenest y tuvo un éxito nada desdeñable que dio pie a una edición de bolsillo.
El traductor argentino Ariel Dilon está al frente de este proyecto -que puede seguirse por youtube– , Ciclo Alta Traición, un rico juego de palabras con los tópicos que acompañan la tarea de traducir. Traición, de acuerdo, ¡pero del más alto nivel! Diferentes traductores eligen un texto que han traducido y explican los pormenores de su interés a cámara… Dilon presenta muy sucintamente el proyecto: BITÁCORAS DE TRADUCCIÓN // Una serie imperdible de registros // Del pasaje de lengua a la puesta en voz, cuerpo e imagen Presento el de la traductora catalana Dolors Udina que habla de su entusiasmo por el libro de Mireille Gansel, Traduire comme transhumer (Calligrammes, 2012), presenta a la autora y conversa con ella. No está traducido a español, probablemente lo harán en Argentina donde muestran más interés que en España por la reflexión y las memorias de auto-creación literaria. Leo que, entre los muchos galardones que ha recibido por su tarea, se cuenta el Esther Benítez por su versión del Slow Mande J.M. Coetzee, Home lent. Leí su traducción, también al catalán, del mayor éxito del mismo autor, Disgrace, Desgràcia, y es excepcional. El título en español suscitó alguna polémica, porque lo más próximo al sentido del argumento y de la experiencia del protagonista es deshonrao ignominia, e incluso vergüenza, pero está claro que no tienen una entrada tan fácil en la memoria del lector como la más habitual y literal desgracia
La influencia de la práctica del pastiche durante los años estudiantiles es incontestable en los autores franceses de finales del siglo XIX y principios del XX. El caso de Jean Giraudoux resulta paradigmático. Su primer texto fue publicado el 27 de septiembre de 1908 en Le Matin con el pseudónimo de J.-E. Manière. Se trata de la reescriura de la historia homérica del cíclope: más que un pastiche, ya que no imita el estilo de Homero, se trata de una amplificación similares a las que aprendió a hacer cuando era un brillante becario en el Lycée de Châteauroux; esta reescritura incorpora rasgos cómicos en el texto de modo que altera el estatus de los personajes (Ulises asume un carácter burlesco); Giraudoux mezcla asimismo en su texto alusiones pasticheantes a Píndaro, a Teocrito, a los filósofos presocráticos, a Claudel y al helenista Croisset, e incluso a Verlaine y a Franc-Nohain. de Paul Aron, Univ. Libre de Bruselas.
El cíclope Le Matin, 27 de septiembre de 1908
A los veintiún días de travesía, Ulises y sus compañeros descubrieron que los víveres empezaban a escasear. Algunos marineros africanos se habían zampado hasta el pienso, lo cual los dejaba sin siquiera el recurso supremo de jugarse la suerte a la pajita más corta. Afortunadamente, el más favorable de los vientos empujó la nave hasta una isla donde se atiborraron de conchas, que regaron con deliciosa agua de manantial. Estaban fumando varechs resguardados por la única sombra que pudieron encontrar, la de una caverna, cuando un estruendo horrible los sobresaltó.
–¡Menuda suerte la mía! –exclamó el astuto Ulises–, por una vez en diez años que puedo fumarme mi pipa tranquilo, tengo que caer en una isla volcánica.
Hydrofonte, el médico del barco, lo tranquilizó.
–Astuto Ulises, no es la tos de un volcán sino el Cíclope –dijo–. Sería tan disparatado afirmar que esta isla está deshabitada porque no hay vegetación como creer desierto el cerebro del viejo Néstor porque no luce un solo pelo en la cabeza. En esta tierra vive una raza de gigantes a los que llaman Cíclopes, pues miden cuarenta pies de altura, tienen un solo ojo en mitad de la frente y se alimentan de leche y todo cuanto la leche produce, cuando la ocasión no les regala, como hoy, un cuarterón de griegos, famosos por su carne.
* * *
Así dijo, y un rebaño de ovejas gigantesco entró apresuradamente en la caverna, empujando por delante de sí un rebaño de sombras más estremecedor aún.
El gigante apareció en el vano de la puerta de peñascos. Imposible huir. El astuto Ulises dio un paso adelante y pronunció estas inspiradas palabras:
–¡Oh, Cíclope!, no son dos, no son cuatro, no son tampoco seis los ojos que deberán bastar para admirar El que tú colocaste, con tanto acierto, en medio de una frente que tal vez parecería desguarnecida, pues tus cabellos se baten en sabia retirada hacia la parte posterior de tu cabeza. Tu ojo es el escudo contra el cual rompen los rayos, flechas de Apolo.
»Tu ceja, mientras duermes, es el arco de ébano que tensa Astarté, diosa de la noche; las fuentes de cristal son los monóculos que dejaste caer despreocupado.
»Eres motivo de envidia para Tersites que, aun desde que quedó tuerto, continúa comiéndose con la vista a Juno, la de ojos bisojos. Y lo eres para el mismo Amor que, en su deseo de parecerse a ti, se colocó sobre el ojo derecho una venda que también le cae, al muy torpe, sobre el ojo izquierdo.
El Cíclope, halagado, se inclinó ante él y los marineros, agitando los brazos como un trirreme agita sus remos, exclamaron:
–¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra por el Cíclope! El Amor intenta imitarle. Pero es como pretender comer la sopa de Corinto con palillos. El Amor puede esconderse en los bosques de adelfas si lo desea. El Cíclope guiñó su único ojo y habló entre borborigmos. –Extranjero, eres un auténtico pico de oro. ¡Si contigo está permitido tener un solo ojo, no lo está tener una sola oreja!
Entonces los marineros aplaudieron y gesticularon, mirándose como figurantes en una representación de ópera cuando el tenor canta que su novia es más blanca que el armiño. –No es miel lo que hay en los labios del Cíclope, como en los del viejo Néstor –exclamaron–; o es una miel en que la abeja olvidó su aguijón. ¡Tiene respuestas endiabladamente rápidas! –Extranjeros, me gusta el ingenio de vuestras palabras –dijo el Cíclope–. Lamentaría ocultaros que llegará un día en que me serviréis de forraje. Pero que esto no sea un obstáculo a nuestra amistad. La cocinera avispada matará a las gallinas y, aun así, cuando entra en el corral, la población alada le da la bienvenida piando alegremente.
* * *
A esto el astuto Ulises y sus compañeros respondieron entusiasmados: –Tiene razón. ¡Piemos con ganas! Al hijo de troyano que diga que la cocinera avispada no es la mejor amiga de las gallinas le embucharemos a mazazos en su boca embustera una enorme remolacha de Esmirna. El Cíclope acercó rodando varios peñascos delante de la puerta y se sentó.
–Y tú, que tienes la lengua ágil como pitón colgada por la cola, ¿cuál es tu nombre? –preguntó, –Mi nombre es Nadie –respondió Ulises. El Cíclope se tendió en el heno y bebió varios toneles de vino en los que Hidrofonte había echado, por precaución, un potente somnífero. –Es un nombre americano –afirmó–, pero me importa un bledo. Dime, amigo Nadie, dímelo entre tres ojos, ¿has amado alguna vez? –Pues según –respondió el astuto Ulises. –Por amar entiendo en amoroso fuego estar ardiendo, escribir su nombre en las ondas del mar con rocas de montaña, repartiéndolas con gracia y, según el día, la hora, el momento, sentirse dividido entre las ansias de estrujar al ser amado contra nuestro corazón o de un buen mazazo –repuso el Cíclope.
–Desde luego, el amor contiene todo lo bueno y su contrario –observó Ulises. –El ser amado de que aquí se trata –continuó el Cíclope– es la ninfa más encantadora que haya pisado nunca nuestra madre Tierra con sus pies traviesos. Pero yo no puedo insinuarle mi deseo haciéndole ojitos y cuando compongo versos, solo el primero me rima. –Perdón, ¿pero la cosa va en serio? –preguntó Ulises. –No puedo ir más en serio… –respondió el Cíclope–. Soy bígamo y me caso, si esa es una condición, con toda la familia. La madre está, ¡válgame el cielo!
– …Para hincarle el diente –susurró Ulises. –No, la hermana es la que está para hincarle el diente –respondió el Cíclope–. Pero también me casaré con ella. Explica eso en los versos que compondrás para mí.
Los marineros, sin poder contenerse más tiempo, aullaron: –¡Hurra! ¡Hurra por el Cíclope! La conoce desde todos los puntos de vista! Su ojo es el astro rey, ¡cómo orbitan las pupilas de todas las ninfas alrededor de él! Que la hermana apetitosa vaya con cuidado cuando salga a bañar en el mar sus piececillos preciosos, a huesecillos semejantes.
Pero el Cíclope, acostado en su lecho de heno, roncaba ya. Los diligentes marineros se pusieron a calentar al rojo vivo la punta de hierro de un enorme venablo. Las ovejas, adivinando una desgracia inminente, emitían quejumbrosas la segunda letra del alfabeto. –¡Cuidado! –ordenó Ulises–. Tengamos ojo y que sea el bueno. Seis vigorosos muchachotes levantaron la viga y a la de una, a la de dos y a la de tres, la clavaron en el ojo gigantesco, cerrado como un cepo sobre las bodegas del sueño. El ojo crujió, hirvió, enrojeció y rebosó como cuando en una sartén salteamos una anguila bañada en vino. El Cíclope se incorporó sobre sus posaderas, de un salto se puso en pie, luego dio otro salto en el aire y, entre alaridos, echó a correr en círculo. Los carneros, asustados, galopaban delante de él.
«El cabrito se ha despertado» se dijo el astuto Ulises. El herido profería tales bramidos que, en comparación, las arias de Andocides, actor nacional e intérprete de Sófocles, apenas son vagidos. Los griegos, por su parte, fingían una quietud de estatuas. «Sigue hablando, pensaba Ulises, me interesas.»
El Cíclope habló y dio vueltas en círculo durante seis horas y otras seis horas más. Luego, por miedo a pisotear a las ovejas que, fatigadas, se habían desplomado y jadeaban, se limitó a rugir, en cuclillas en el centro de la gruta, lanzando a ciegas sus manos a derecha e izquierda. Pero así solo conseguía atrapar los cangrejos que los compañeros de Ulises habían pescado en el río y que le ofrecían, con mucha chacota, pinchados en la punta de una caña. Atraídos por los alaridos, otros cíclopes llegaron a la puerta de la caverna.
Cabeza de Polifemo, cíclope en mármol de la isla de Thasos.
–¡Eh, Cíclope! ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás alborotando así a las personas? ¿Quién es el bandido que te ha hecho daño? –preguntaron. –¿Quién queréis que sea? ¡Nadie! –aulló. Pese al dolor que sentía, pronunció la palabra con acento americano y los que le rodeaban sacudían la cabeza sin parar de reír. –¡Este Cíclope! ¡Siempre hemos dicho que tenía algo ahí! –exclamaban señalando con el dedo la zona de su frente donde los simples mortales no tienen ojo. Y regresaron a sus cercados agasajando a sus compañeras.
«Por Zeus, pensaba Ulises, la gallinita ciega amenaza con caer cuan largo es. Confieso que preferiría un compañero de juegos más pícaro, me conformaría con Nausicaa. Se hace de noche. Nuestro anfitrión se toma demasiado en serio las leyes de la hospitalidad. Debería salir ya, es hora de sacar al rebaño.»
* * *
Entonces, las ovejas, que empezaban a tener hambre, balaron y el Cíclope, conmovido, se apiadó de ellas. Se arrastró hasta la puerta de la caverna, apartó algunas rocas con mil precauciones y las dejó salir. Escondido bajo la barriga de cada oveja, agarrado a la espesa mata de lana, iba un marinero, y así uno tras otro escaparon hacia la luz del día. Ulises iba escondido debajo del carnero, que cerraba la comitiva; el corazón se le paró en seco cuando el Cíclope quiso consolar su dolor unos minutos acariciando a su favorito.
–Querido carnero, desde ahora vas a ser tú y ningún otro mi ojo venerable –le decía–. Tráeme cada tarde tu rebaño como un rey que lleva a sus súbditos por delante, ¡y mata con tus cuernos, a los de Zeus semejantes, al lobo, al chacal y al lince, que Plutón maldiga!
Así dijo. El trirreme aparejaba ya y las filas de remos se alzaban lentamente, alternativamente, como las patas de una langosta al despertar. El Cíclope, alertado por el crujido de las velas y el gobernalle, llegó corriendo hasta la orilla y lanzó en la dirección del ruido varios peñascos de la montaña. Pero Zefiro empujaba ya la embarcación hacia el norte. El astuto Ulises colocó las manos en trompetilla delante de su boca y, como estaban ya en mar abierto, ordenó venir a diez hombres que pusieron delante de él sus manos como altavoz.
–¡Adiós Cíclope ! –gritó—. ¡Sin rencores! Ahora ya sabes que es prudente tener un segundo ojo, aunque solo sea para llorar al primero. ¡Y teme a los griegos, también cuando no traigan regalos!
Incluso a ojos de los que veían, la nave había desaparecido. El Cíclope regresó entonces a su cueva tropezando con todo. Las ovejas que habían quedado sin ordeñar la víspera estaban arremolinadas delante de la entrada de la caverna y arrastraban por el suelo de guijarros sus ubres doloridas. El Cíclope las llamó una a una por su nombre y cumplió con su oficio de pastor. Gruesas lágrimas saladas caían en la leche cremosa, que al punto cuajaba. Ese día el Cíclope hizo el más delicioso de sus quesos.
Este mes de octubre se publica por fin la colección de cuentos, inédita en español, de Jean Giradoux, Los cuentos de una mañana y El último sueño de Edmond About. Hice la selección a partir de la edición de la editorial La Bibliothèque électronique du Québec, Canadá, y añadí un cuento inédito más que descubrí en la mediateca de la Casa del Traductor, Arles, mientras disfrutaba en febrero-marzo de 2016 de la beca que me concedió la CITL. El cuento en cuestión se titula La novia viuda, el tono y el estilo casaban bien con el conjunto, y el volumen adquiría mayor consistencia. Este título forma parte de la colección Cuentos en tono de humor, –luego he visto que se ha incluído en la colección de Narrativa– dirigida por el poeta y traductor argentino Jorge Fondebrider, quien me invitó a hacer la propuesta con destino a las Ediciones Lom, de Chile.
Château Vaissier Blanc Seau
Reproduzco el texto de presentación redactado por la editorial, que me parece muy acertado.
«Los cuentos de una mañana y El último sueño de Edmond About fueron rescatados de diarios franceses de principios del siglo XX, y estos textos juveniles ya anticipaban la genialidad del narrador y dramaturgo francés Jean Giraudoux.
Estas historias primerizas se internan en un mundo cambiante generado por una revolución industrial que, a su vez, provoca una revolución cultural, de las mentalidades, de la política, del trabajo, de las comunicaciones, y una nueva relación con el dinero y la publicidad, que regala tantos espacios ilusorios. Los personajes viven en esta vorágine y lo hacen con humor, desolación y estupor; extraña mezcla para enfrentar su tiempo. Así se parece consumar la actitud asumida por un personaje del cuento «Guiguitte y Poulet», de esta colección:
«Al día siguiente era domingo. Jacques estrenaba un sombrero de paja. Naturalmente, un chubasco hizo acto de presencia. Como había salido sin paraguas, cogió uno de un expositor. Alguien se dio cuenta del hurto. Jacques intentó ceder, le explicó al vendedor que, si ponía una denuncia, el objeto robado sería confiscado hasta el juicio, puede que hasta el invierno.»
Cuentos de juventud plenos de humor y sensibilidad; cuentos con una mirada aguda para descubrir la presencia edulcorada de una vida artificial que disfraza la explotación y el engaño de las clases populares; cuentos de un joven escritor que presagian el genio creativo y multifacético que desarrollará en la madurez de su vida y obra.»
Jean Giraudoux
Algunas imágenes que transmiten el estilo y ambiente de la época con el título del cuento que podrían ilustrar.
El pasado mes de julio, en el diario The Guardian Rachel Cooke firmaba un interesante reportaje, The subtle art of translating foreign fiction, donde se hacía eco de la eclosión del interés por la literatura traducida en el Reino Unido, presa de la «fiebre Elena Ferrante», moda que atribuye a un apetito de exotismo. El artículo arranca recordando su decepción al leer una nueva traducción de Buenos días, tristeza, el bombazo literario que en 1954 lanzó a la fama a una jovencísima francesa, Françoise Sagan (1935-2004). Cooke recordaba la musicalidad de las primeras líneas, grabadas aún en su memoria.
Con curiosidad por recordar cómo resolvió el emblemático inicio su primer traductor español –o de los primeros–, Noel Clarasó (1899-1985), busqué mi ejemplar, una edición de Plaza y Janés de 1976 cuya portada lleva en medallón una fotografía de la película, dirigida en 1958 por Otto Preminger, con el abrazo de los dos adolescentes, Cécile y Cyril, interpretados por Jean Seberg y Geoffrey Horne.
La primera frase del original francés reza:
«Sur ce sentiment inconnu dont l’ennui, la douceur m’obsèdent, j’hésite à apposer le nom, le beau nom grave de tristesse.»
Clarasó tradujo:
«Dudo al llamar con el nombre bello y serio de tristeza, a este sentimien-to desconocido cuya dulzura y cuyo dolor me tienen obsesionada».
La coma sobra, aunque marque una pausa en la respiración de la frase. Traduce ennui por «dolor», eligiendo sustantivos de un registro más estándar o neutro, porque la marca literaria la da la prosodia. Abatimiento o desazón o tedio, significados más precisos de ennui, quizá sonarían demasiado elevados de entrada, cuando la madurez de este texto juvenil radica en la coherencia de las reflexiones de su protagonista, de un lado, y de otro, en los distintos perfiles psicológicos que reflejan a una clase social, ociosa y hedonista, así como en el eco de la literatura francesa libertina y de introspección.
Con la distancia que el tiempo impone, me ha parecido al releer la novela, con el texto francés cerca, que la versión castellana de Noel Clarasó tenía lo necesario para marcar el paso a traducciones posteriores. No me extrañó descubrir que en su versión, Javier Albiñana, de 1995, puso todo el empeño en distanciarse de la versión de Clarasó. Arranca con una traducción fidelísima al original en lo que hace a la estructura de la frase:
«A ese sentimiento desconocido cuyo tedio, cuya dulzura, me obsesionan, dudo en darle el nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza»,
Idéntica opción tomó la traductora inglesa de la versión de Penguin, que inspiró el artículo de Rachel Cooke:
«This strange new feeling of mine, obsessing me by its sweet languor, is such that I am reluctant to dignify it with the fine, solemn name of ‘sadness’».
Mientras la antigua y memorizada versión reza:
«A strange melancholy pervades me to which I hesitate to give the grave and beautiful name of sadness».
El tono y el ritmo de la frase de Clarasó pautan la recepción que espera del lector. Antepone el verbo indicando así que se trata de una narración en primera persona, mientras Sagan evitaba el omnipresente pronombre personal francés desplazando el sujeto a la segunda mitad de la frase.
Varias veces los traductores que realizan una versión moderna de títulos clásicos nos han informado de qué aspectos de su intervención mejoraban versiones previas. La pregunta también podría ser la contraria, según se lamentaba la periodista inglesa, subrayando lo fría que le pareció la versión moderna de Sagan en Penguin Classics.
Raymon, Elsa y Cécile en la adaptación cinematográfica de Preminger
Buenos días, tristeza es, como sabe la mayoría, una novela que se inscribe en el subgénero llamado coming on age, o de iniciación a la vida adulta. Habitualmente protagonizada por un adolescente que experimenta una maduración de su planteamientos vitales que será determinante para su edad adulta, a tenor de los acontecimientos relatados en la acción, muchas ofrecen un contenido iniciático –El guardián entre el centeno, Las aventuras de Tom Sawyer, Retrato del artista adolescente…–, y una dosis variable de moralidad, como aquí sucede. La heroína, Cécile, descubre que la omnipotencia que caracteriza la infancia, definida por la relación simbiótica con su padre –Raymond, un viudo y seductor publicista cuarentón que, en el curso del veraneo en la Costa Azul, cambia a la joven modelo, Elsa, por la elegante diseñadora Anne, mejor amiga de la madre de la adolescente protagonista, con la que planea casarse—, no resulta, al cabo del tiempo, tan gratificante si excluye aceptar a personalidades distintas cuya experiencia aporta una fricción a la realidad, enriqueciéndola.
Garden of Love, Marcus Malte – un policiaco con notas al pie que iban dirigidas al corrector
La gama de errores que se pueden cometer al traducir es muy amplia, los errores que otros cometen en nuestro nombre no van a la zaga, aunque no siempre despiertan al killer que todo traductor concienzudo lleva dentro. Algunas pifias son de lo más mortificantes y se explican porque en la industria editorial no siempre se respeta la cláusula del contrato que exige que el traductor revise las correcciones.
En un texto de no hace tanto años —por suerte ya saldaron el libro—, un policiaco francés con ínfulas literarias, descubrí cuando me llegó el ejemplar justificativo una nota al pie en la última página. Se supone que la había instalado yo. Para más inri, aclaraba un término de la penúltima línea sobre el «azul de metileno» —usado en cirugía para tintar partes del cuerpo—. La nota, como otras tres que quedaron impresas, iba dirigida al corrector o correctora para que me hiciera el favor de no cambiar las palabras o la expresión marcada, justificando su origen o su sentido de manera pedagógica. (Y si no recuerdo mal, las puse en bocadillo en el margen derecho de la página). Al ver el desaguisado me eché a reír: ¿una nota al final de un policiaco? Cuando ya se ha resuelto el misterio y el narrador está haciendo solemne mutis por el foro, ¿aún hay algo que añadir y además a pie de página? ¿Qué somos?, ¿intelectuales?, ¿estructuralistas? No me quedó otra que morderme la lengua, como hice más veces en lo sucesivo al trabajar para esta editorial, donde insistí repetidamente en revisar la corrección sin conseguirlo.
Sería tremendismo afirmar que la novela no repitió el éxito cosechado en Francia a causa de la nota al pie. Aunque el éxito de un libro no solo se viene abajo por una traducción mediocre, por la proliferación de erratas o por una edición del texto mal entendida, para determinados contenidos cada vez me parece más necesario que el editor sepa qué quiere y comente con el traductor sus objetivos. Porque no siempre es obvio. Los gustos literarios y culturales pueden variar mucho de un país al vecino; el clásico polar francés a la marsellesa, que hizo furor en la época del cine negro de los cuarenta y hasta los años setenta, hasta donde sé, prácticamente ha desaparecido y lo han sustituido otros argumentos, otros escenarios y otra filosofía del noir que no hallan el mismo eco en España. Recientemente en Francia redescubrieron el filón argumental que tenían en esa zona del Mediterráneo, que en los setenta fue la vía de enlace con el norte de África y con Estados Unidos —la French Connection— para el transporte ilegal de enormes alijos de droga. Sin embargo, la parsimonia en el desarrollo del argumento y lo que parece excesiva autoconciencia en el tratamiento de este tema emblemático dieron por resultado un producto sin brío. No creo que pueda «editarse», como se hace con otra información al trasladar el original al español, el grado de violencia física o la dosis de encuentros sexuales para ajustarlo al gusto de cada país sin que pase por simple censura.
De otro lado, los editores, si son más jóvenes que los traductores, a menudo pretenden afirmar su autoridad negándose a aceptar toda sugerencia que venga del traductor, por mejor argumentada que esté y aunque esa última revisión mejore el texto (un contrato estándar incluye una cláusula por la cual los cambios sobre la revisión no pueden superar un 10 % del conjunto). Otras veces es cierto que el calendario se echa encima y los editores confían en un equipo bien organizado para resolver las distintas etapas. No siempre los correctores dominan la lengua original del texto que revisan —ya conocemos la primacía del inglés— pero no me cabe duda de que siempre que hay un error de bulto es porque la cadena de comunicación editor-traductor-corrector no funcionó como debería haberlo hecho.
Este texto lo escribí para publicarlo en una página de traducción, pero como la cabra siempre tira al monte, lo narrado le llevó la palma a lo reflexionado.
En una entrevista, una “joven-ya-no-tan-joven” escritora española, actualmente residente en Estados Unidos, observaba que en su convivencia con sus nuevos colegas –ese sector que alarga la juventud estudiantil de máster en máster hasta los cuarenta y tantos años– se había planteado lo ventajoso que es aprender idiomas desde que se cursa la secundaria, o incluso desde primaria. Una ventaja que al parecer ella no tuvo y que cuesta dinero, añadía.
A bote pronto no supe si darle la razón o no ya que cuando por cualquier motivo no se puede asistir a una academia, siempre queda el recurso de las clases particulares. Me acordé entonces de la primera (y única) clase de español para extranjeros que he dado en mi vida. En los años cincuenta y hasta principios de los setenta del siglo XX, un aluvión de españoles emigró por motivos económicos a Francia y otros países europeos… capitalistas. Una porción significativa de mi familia valenciana emigró a París –por motivos de trabajo, también conoció con cierto detalle zonas pintorescas como la Costa Azul, la Riviera italiana y algún cantón suizo, de lo que dejaron constancia enviando a diestro y siniestro postales debidamente selladas, por si sus andanzas pudieran interesar a la Interpol—, y allí contactó e intimó con otros españoles, algunos exiliados e hijos de exiliados tras la guerra civil.
En el verano del 70, contando ocho años y varios dientes de leche caídos, nos llevaron a mi gemela y a mí a pasarlo con ellos en la Ciudad de la Luz. París en verano me entusiasmó. Si de mí dependiera, me habría quedado para siempre, por lo que aprender el idioma me pareció imprescindible y me puse a chapurrearlo con fervor de converso. Antes de que la televisión se apoderara del ocio del mundo civilizado, ir a visitar a la familia y a los amigos por las tardes y los fines de semana, hacer turismo, dar paseos en coche, tomar refrescos en los bares y apostar al tiercé[1], quarté y quinté en el hipódromo eran, como acreditan las películas de la nouvelle vague, opciones modernas. (Los amores existencialistas y el estrago del colaboracionismo estaban en fase de rodaje por lo que aún no habían impregnado el estilo de vida nacional.) Cierta tarde tocaba visitar a unos tíos, ella era hija de un exiliado catalán, casada con un guapo pied noir –tan guapo que aún recuerdo bien su cara, su complexión, sus nickis– y dueña de una boutique de modas en un barrio populoso. La hija mayor, de diez años, bilingüe, nos llevó a mi hermana y a mí muy excitada a la trastienda donde, dijo, nos esperaban dos amigas suyas francesas que querían aprender algo de español de cara al inminente agosto, que pasarían en la Costa Brava. Para presentarnos, nuestra prima franco-española-argelina exclamó señalándonos con admiración: «Voilà. ¡Ellas saben pronunciar la jota!». Apuntó a una gran fuente rebosante de palomitas: ese era el generoso pago por enseñarle a ella y a sus rubias amigas, que ya estaban zampándose la rara merienda.
Mi hermana gemela y yo dimos un paso al frente. Aquello era pan comido. «¡Jota!» saludamos muy risueñas, demostrando que nuestra prima extranjera les había dado información veraz. A lo que ellas respondieron con un entusiasta: «¡Gota!». Uy. «Jota» canturreamos a dúo antes de embutirnos la boca de palomitas dando tiempo a nuestras alumnas a hacerse con el temario.
Siguieron varios minutos de «Jotas» y de «Ggggotttas» durante los cuales dejamos medio vacía la fuente de palomitas y se agotó mi entusiasmo. «No son muy listas» medité compasiva, retrocediendo hacia la puerta para observarlas con sus lenguas enredadas entre el paladar y los dientes mientras mi hermana, que acababa de descubrir las delicias de las relaciones masoquistas traspasando fronteras familiares, redoblaba su ardor pedagógico: «¡Jota!». «No os vais a comeggg un ggosco este veggano», pronostiqué para mis adentros marchándome a curiosear en la tienda la moda de la temporada, que no se vería en Valencia ni por asomo.
Que yo recuerde, fue la única vez que cobré un salario sin trabajar. De haber tenido la formación mínima para impartir español, que se adquiere en la asignatura de Historia de la Lengua de primero de Filología, les habría transmitido algunos rudimentos a partir de la formación del fonema, para que fueran aproximándose al sonido español hasta conseguir una jota decorosa, desde la llamada «i longa» o «i larga» hasta la «fricativa, velar, sorda» o jota, ahorrándoles, en consideración a la edad, la ardua teoría fonética.
[1] Le tiercé : Paris (mutuel) tiercé et, p. ell., tiercé. Pari mutuel consistant à désigner les trois premiers chevaux d’une course.
En busca del tiempo perdido, la obra maestra de Marcel Proust, ha oscurecido con razón su obra breve, Pastiches et Mélanges [Pastiches y misceláneas], publicada en 1919. En España, sus textos menores se han traducido habitualmente por separado de la obra magna. Merece rescatarse, por lo ameno de su lectura y exhibición de genio de Proust, la colección de Pastiches dedicados al conocido como L’affaire Lemoine, un divertidísimo enredo protagonizado en 1905 por Henri Lemoine, un técnico electricista que aseguraba haber inventado el modo de fabricar diamantes a partir de carbón e intentó vender su invento nada menos que al director de la mayor sociedad de explotación de minas de diamantes, la De Beer’s. Descubierta la audaz estafa, que calculaba la caída en Bolsa de las acciones diamantíferas y el enriquecimiento del rufián una vez comprara los valores rebajados –perjudicando de paso al propio Proust, que poseía acciones de este negocio–, en 1908 se convirtió en la comidilla del tout–Paris cuando la prensa aireó los detalles y el nombre de los implicados.
Según relata el biógrafo de Proust, Georges Painter, el escritor vio la ocasión de sacarle punta al escándalo a través de unos pastiches que remedarían la manera de algunos de los escritores más conocidos de la época:
El «caso de los diamantes» le parecía, tal como había dicho Madame Straus con respecto al affaire Dreyfus, un fragmento de Balzac. En realidad, parecía un fragmento de Flaubert, de Michelet, del Journal de los Goncourt, o de casi cualquier escritor. (Painter)
Su intención era a la vez divertirse y divertir a sus lectores y hacer lo que llamó “crítica en acción”, pues la exageración requerida por la parodia pondría de relieve los vicios de estilo de los autores imitados, mientras el humor amortiguaría el daño sin ocultar su afecto y admiración por escritores como Balzac. Atribuía al pastiche una virtud purgativa: «es preciso que hagamos una parodia a plena conciencia, para evitar malgastar el resto de nuestras vidas escribiendo parodias involuntarias». En definitiva, los ejercicios de estilo le preparaban para la obra maestra por la que sería recordado. Los pastiches se publicaron, con enorme éxito, primero en el Suplemento literario de Le Figaro y luego en volumen en 1919.
El primer grupo de autores imitados estaba formado por Balzac, Émile Faguet, Michelet y Edmond de Goncourt, y la colaboración fue publicada en un suplemento literario de Le Figaro, el 22 de febrero de 1908; en el segundo grupo se encontraban Flaubert y Sainte-Beuve, y el artículo apareció el 14 de marzo; y la tercera colaboración, aparecida el 28 de marzo, estaba dedicada a Renan[1].
Honoré de Balzac, autor de La Comedia Humana
En España existen un par de traducciones recientes, publicadas por Funambulista (El asunto Lemoine; Ascensión Cuesta, 2013) y por Ático de los Libros (El escándalo Lemoine, Laura Naranjo y Carmen Torres, 2010), que no he consultado para ocuparme de mi versión. Deduzco por las reseñas leídas en google –positivas— que son ediciones sin notas∞. No sé qué repercusión han tenido, aunque este tipo de títulos son, cuando la edición es buena, como el fondo de armario para un adicto a la moda, un imprescindible que tarde o temprano verá la calle.
Sin embargo, creo que el interés de un librito con los pastiches proustianos no se justifica exclusivamente por la gracia de la anécdota y el humorismo que practica el genial escritor. ¿La prueba? Goodreads recoge los comentarios de los lectores de los miles de títulos registrados en su página. En Estados Unidos se hizo una edición popular –The Lemoine Affair, Charlotte Mandell–, entiendo que “a cuerpo gentil”, sin presentación o tan somera que lectores que pensaban entrar así en el universo proustiano no pudieron disfrutar plenamente por falta de referencias históricas, literarias, culturales, etc. La frustración de estos lectores es comprensible. La pregunta (que supongo deben compartir y responder editor y traductor en cada país) es qué cantidad de información suplementaria conviene integrar en la traducción, en forma de prólogo y/o notas, para que el lector disfrute de este genial tour de force humorístico.
Los hermanos Goncourt fotografiados por Nadar
Los pastiches de Proust II
El género pastiche puede entenderse como género derivado de otro: es la parodia de un texto o de un autor preexistente, la gracia para el lector no existe si no conoce la referencia de base. Afortunadamente, la mayoría de los autores imitados por Proust han sido traducidos al español, al menos sus obras principales –Balzac, Flaubert, Saint-Simon, los Goncourt y hasta Ernest Renan–; por lo tanto, si no es posible acceder a los originales franceses, ahí encontraremos pistas de sus argumentos, estilo, ideología, inflexiones, motivos recurrentes, etc. El éxito de la imitación deriva de la agudeza con que Proust detecta y destaca los rasgos de cada autor donde se concentran las cualidades y vicios de su estilo. Siendo como son simultáneamente una crítica y un homenaje, conforme el lector moderno va leyendo los sucesivos pastiches descubre que tiene en sus manos una Historia Exagerada de la Literatura francesa y, seguro, una obra distintiva de Proust. Así, en los Pastiches el diamante es, además de la piedra preciosa, una figura estilística que hemos visto ampliamente explotada a lo largo de los siglos en todos los estilos literarios, sobre todo en el Renacimiento y el Barroco, sin desaparecer nunca y por eso aquí es la sonrisa radiante de una mujer y las gotas de agua al chispear de una fuente; su brillo equivale a la mirada ardiente de una bella, la gota de rocío o… un rastro de moco en la solapa.
Henri de Regnier: «De son nez qu’il oubliait de moucher, un peu de morve avait tombé sur le rabat et sur l’habit. Son noyau visqueux et tiède avait glissé sur le linge de l’un, mais avait adhéré au drap de l’autre et tenait en suspens au-dessus du vide la frange argentée et fluente qui en dégouttait.»
«De su nariz, que olvidaba sonarse, un poco de moco había caído en la solapa y en el traje. Su núcleo viscoso y tibio había patinado por el paño de uno, pero se había adherido a la tela del otro y mantenía en suspenso sobre el vacío el fleco argénteo y fluido que de él goteaba.»
Renan: «l’éternel mirage de ces belles eaux que le soleil à midi vient vraiment diamanter.» // «el eterno espejismo de estas aguas preciosas que el sol a mediodía viene verdaderamente a diamantar.»
La traducción plantea problemas de distinto orden. Empiezo preguntándome si la versión de Balzac debe mantenerse fiel también a las versiones españolas, especialmente en el tratamiento de los personajes, en los títulos entre paréntesis que insertaba el autor de La Comedia Humana en su obra, remitiendo constantemente a sus lectores a novelas suyas, un detalle que al acumularse en la brevedad del pastiche resulta muy cómico. Lo mismo sobre los nombres de los personajes de la nobleza. ¿Estos apellidos, Négrepelisse, Béauseant y Grandlieu, no parecen pedir a gritos ser dichos en español? Pero el de Sérisy apenas es una modificación del Sérizy y Lucien va a ser siempre Lucien.
Hay alusiones que no se entienden de ningún modo sin nota –salvo si el lector es profesor de francés y entonces qué estamos haciendo–, como lo del «tigre del finado Beaudenord” tomado del original Los secretos de la princesa de Cadignan. Hay referencias históricas en el pastiche que retoman las que Balzac hace en la Comedia, es el caso del mariscal de Montcornet, que aparece en Los decadentes y en Los campesinos y la gracia es reproducir la tendencia de Balzac a llenar de figuras ilustres sus novelas. Con la parodia de Proust, el pastiche de Balzac parece el camarote de los hermanos Marx pero rebosando de nobles y celebridades de la época. En una edición digital, la nota podría sustituirse por un enlace a los nombres, expresiones o referencias que pueden suscitar dudas, curiosidad o confusión.
Los pastiches de Proust y III
Duque de Saint-Simon
Delante de determinados detalles de información técnica conviene ser prudentes antes de lanzarnos como locos a escribir la nota correspondiente, si no queremos ganarnos el odio eterno del lector. ¿Hay que explicar qué es el second brévet d’imprimeur, la segunda patente de impresor? ¿le contamos qué es una mazagranera y cómo se usaba? A fin de cuentas, he tenido que buscar la información y le regalo la nota gratis, pero imagino al enfurruñado lector pensando: «podría vivir el resto de mi vida sin este precioso dato».
Pronto empiezo a ver fantasmas, en concreto el de Gustave Flaubert, que como fantasma no es peccata minuta. En el inicio de su pastiche encuentro esta frase:
«Il était vieux, avec un visage de pitre, une robe trop étroite pour sa corpulence, des prétentions à l’esprit».
¿Eso no es una alucinación, digo una aliteración? Por suerte, es imposible conservarla, pero da idea de lo mucho que se divirtió Proust escribiendo esta parodia del gran Flaubert, subrayando el ritmo y la melodía de sus frases llevándolas aquí a un absurdo hilarante por la nimiedad del contenido y la solemne melodía de la frase. Como la siguiente parodia está protagonizada por el crítico Sainte-Beuve, que pone el texto de Flaubert a caer de un burro –«¡pero si creíamos que aún estaba en Cartago!»–, seguramente le convendría al lector, esta vez sí, saber que era el crítico literario más conocido del momento y que Proust lo consideraba, efectivamente, muy burro, al punto que le dedicó todo un libro, Contra Sainte-Beuve. Si el pastiche proustiano puede considerarse, en su feliz definición, un «antídoto contra las toxinas de la admiración», cuando el genio no admiraba necesitaba un libro entero para exponer sus razones.
El tema de los diamantes falsos es un pretexto, de ahí que cada pastiche aborde el escándalo de modo diferente, incluso muy tangencialmente como en el de Saint-Simon, y según géneros literarios diversos, novela, diario, reseña, crítica teatral. En conjunto exponen la creencia de Proust enque la «imitación satírica implica un ideal de estilo» (Genette). El del diario de Edmond Goncourt es de los más disfrutables –¡«esta historia de diamantes y suicidio»!–, pues no solo subraya con mucha gracia la mezcla de estilo relamido, susceptibilidad y autopromoción del protagonista, sino el contenido a veces picantón que debió de ser un aliciente para los lectores de la época. Mantener el peculiar tono de los diarios de los Goncourt permite encajar el relato falso. Es el de Saint-Simon, sin embargo, el que plantea en mi opinión más dificultades por la cantidad de información histórica –parvulo, merli, nombres propios, rango social— y literaria, pero no conviene nunca perder comba con las varias trampas que el bromista Proust tiende a lo largo de los pastiches: los anacronismos, los datos equivocados adrede y sus cameos.
Cuando llegue al final, las dudas, las certezas, los errores y los logros deberían alcanzar la dosis justa en mi reinvención de un estilo neoproustiano que seguramente será un pastiche de posibilidades.
[1] «Purificación mediante la parodia», en Marcel Proust. Biografía, Barcelona, Lumen, 1989, pp. 457-472. ∞ – La traducción de Ascensión Cuesta en Funambulista sí se acompaña de un breve número de notas.
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