El encanto de las traducciones anticuadas: “Buenos días, tristeza”, de Françoise Sagan (y 2) en el Trujamán

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©El Trujamán & MJ  Furió

El estilo de Clarasó contiene rasgos que traen la atmósfera de la misma época en que tienen lugar los acontecimientos. A finales de los años 50, principios de los 60, cristalizó en Francia un cambio cultural en la percepción del individuo en sociedad. Se afirmó entonces que Sagan representaba a una nueva generación que invertía la filosofía del existencialismo por un hedonismo alérgico a las responsabilidades. Creo que a un lector culto no se le escaparán hoy los ecos de la literatura libertina francesa, en concreto, Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos, y recordará que la joven noble recién liberada del convento a la que Valmont instruye eróticamente se llama Cécile de Volanges. Buscando bibliografía sobre este particular, encuentro por fin una mención a este parentesco en el extenso prólogo de la editorial Cátedra, ya de 1996, con edición de Mª Luisa Guerrero y traducción de Pilar García.

Volviendo a Clarasó, el acierto general del tono de su versión no esconde los fallos que reclamaban una rigurosa corrección de estilo. Clarasó tradujo los nombres propios: Raymundo suena extraño; Ana y Cecilia no chirrían, mantuvo Elsa y Cyril pues seguro que Cirilo resultaba demasiado monacal. El vous usado por Anne, Cécile y Elsa al comunicarse entre ellas pasa al tuteo, como hacen el resto de traductores en las versiones posteriores; aunque el tratamiento de usted entre familiares no era insólito en España, exigiría justificarse en el contexto liberal de esta novela. Hay fallos por literalismos como «Hace de buen oír», o no traduce juegos de palabras, como ese «pescar maquereaux», quizá por censurar groserías, etc.

Con todo, los errores de traducción propiamente dichos son escasos. Uno altera significativamente la frase y parece un error de interpretación provocado por una errata. Hacia el final de la novela, Elsa, la joven abandonada por Raymond, pone a Cécile al corriente del éxito de la estratagema ideada por la adolescente en su afán de apartarlo de la estricta Anne. Por remordimiento, la precoz aprendiza de Madame de Merteuil desea que la ingenua modelo se calle. Sagan escribió: «Je déteste les dénouements»; Clarasó tradujo: «Detesto tener que mostrarme agradecida». Quizá hubo una confusión entre dénouement y dévouement, cuando la edición para imprenta utilizaba tipos móviles y el impresor invirtió la letra. En la versión de Cátedra se lee, justamente: «odio los desenlaces». Otras expresiones francesas tienen en su versión española una huella de época que, en mi opinión, adquieren al leerlas hoy el encanto de lo desusado porque, en los albores de los 60, el cambio de costumbres y de jerarquías empezó a reflejarse en los estándares de lengua y educación hasta eclosionar en esa década y la siguiente.

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Las versiones de 1995 y 1996 no solo corrigen errores obvios sino que actualizan el lenguaje, de modo que el «Salaud!» con que Cécile apostrofa a su padre, al descubrir las consecuencias del engaño que ella misma ha favorecido, se convierte en la de Albiñana en un vulgar «¡Cerdo!», mientras García redobla el golpe: «¡Cerdo, cerdo!», que sustituye al anticuado «¡Crápula!» elegido por Clarasó, con buen tino, pues significa precisamente lo que el viudo ha demostrado ser: «hombre de vida licenciosa», dado a la «disipación» y al «libertinaje». Pero ¿podía mantenerse esta expresión ya a finales del siglo XX?

El atractivo de las traducciones anticuadas –y naturalmente, del original al que remiten— obedecería a un léxico y a una sintaxis que combinan con acierto el pudor con la extrema precisión. Así, la modelo Elsa es una «entretenida» o una «mantenida», vocabulario que refleja la moral y prejuicios de la época.  

            Clarasó, célebre escritor de aforismos, debió de encontrarse en su salsa al traducir la desenvuelta respuesta de la protagonista a su futura madrastra, que transparenta la inspiración de Las relaciones peligrosas, donde la también llamada Cécile acaba de salir del convento cuando arranca la novela:

«—[…] Esas historias de líos, de juergas, de mujeres, ¿no te aburren?» pregunta la circunspecta y elegante Anne. «—Verás –le dije–; he permanecido diez años en un convento, y esas gentes sin principios todavía me divierten.» [p.118]

            Si se traduce couvent por «internado», aunque en definitiva sea eso, un internado religioso, la implícita referencia a Les liaisons… se disipa y también el contraste cómico entre las costumbres y moral del escenario religioso y el de la casa en la costa.

Clarasó, a quien el escritor Juan Poz dedicó una semblanza, es autor de aforismos como «No se comprende como las mujeres no triunfan todas, no teniendo en casa, como no tienen, a ninguna mujer que se lo impida» y «La mujer de otro, si nos gusta, tiene una ventaja: que ya es de otro. Y si no nos gusta, esta ventaja aparece mucho más clara.» Dos sentencias que casan bien con el temperamento de Raymond y Cécile, que el escritor barcelonés supo reflejar en español, pese a algunos literalismos y fallos, que habrían podido subsanarse con una corrección profesional ya en su momento.

 No hay duda que, apoyada por un prólogo no excesivamente académico que informara del contexto sociopolítico en que surgió la narración de Sagan y un perfil de la autora que aproveche los datos aportados por ella misma en textos autobiográficos, Buenos días, tristeza puede ser una buena lectura para adolescentes inteligentes y una puerta de salida de la estereotipada literatura juvenil que hoy día se les endilga.

Traducir narrativa para niños, en El Trujamán del Instituto Cervantes

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Ilustración en Dragones cariñosos, de S. Chausse y Philippe-Henri Turin

El Trujamán

Traducir narrativa destinada a niños pequeños —de entre cuatro y siete años— seguramente es hoy distinto de lo que fue cuando la cultura visual no había cobrado la importancia que tiene actualmente hasta desplazar la primacía de la cultura verbal, y también cuando la composición digital permite unos juegos de tipografía que antes no eran fáciles. Con frecuencia, los cuentos están destinados a ser leídos en voz alta —o interpretados por el adulto con tanta gracia como pueda—, por lo que el aspecto musical de la frase es tan relevante como la adecuación del vocabulario a la comprensión del niño.

Por ceñirme a mi experiencia, podría diferenciar entre las traducciones de audiolibros para los más pequeños con ilustraciones muy esmeradas a todo color y aquellas donde el texto podía considerarse un acompañamiento de la ilustración, a la que se supeditaba.

El texto de los audiolibros tenía que ser apto para ser doblado por actores, de modo que, además de encontrar el nombre equivalente en español de las leyendas tradicionales que se relataban y traducir los juegos de palabras que sugerían los nombres propios, había que crear el ritmo y el tono de la frase en español que resultara más atractivo al oído infantil. Como los cuentos destinados a los pequeños están concebidos para releerse una y otra vez, y luego ellos los repiten en voz alta, el aspecto musical que ayuda a memorizarlos no puede descuidarse.

La literatura infantil que he traducido para distintas editoriales y países tiene en común, casualmente, el gusto por la leyenda clásica y los ambientes exóticos. En la adaptación de los Viajes de Gulliver el vocabulario y la complejidad sintáctica se rebajaron para acceder a niños de primaria. Sin embargo, la historia es lo bastante sorprendente y fantástica para animar su inteligencia y su umbral de aceptación de lo raro y extraordinario. Así como los audiolibros para los más pequeños siempre transmiten una moraleja y los aleccionan, a la vez que se introducen conceptos que consolidan la enseñanza que reciben en la escuela, para la franja de edad entre ocho y doce años la afición a la aventura, las geografías y faunas exóticas y las costumbres de zonas remotas abren un punto de fuga respecto a la rutina escolar. Aunque por la extensión del texto y su ubicación queda claramente subordinado a la imagen, la precisión del vocabulario que se refiere a culturas exóticas, con la introducción de vocabulario nuevo, es un detalle que conviene defender, así como el tono propio de la fábula, que crea una continuidad a lo largo del relato.

Como señalan algunos expertos en traducción para niños y jóvenes, en las narraciones ilustradas la combinación imagen-texto ha de entenderse como una unidad. El niño recibe y asimila el estímulo visual de manera inmediata, según unos códigos culturales establecidos, pero la abstracción del idioma requiere más madurez y el apoyo de los mayores. A veces tropezamos con que el corrector quiere meter la cuchara para que se note su paso y se dedica a borrar la musicalidad de la frase, que ha de estar en armonía con el texto en su conjunto, o juzga que tal palabra es demasiado culta para un libro infantil y la sustituye por otra más trivial que significa algo distinto. Un texto chato, sin ritmo ni color, puede parecerle correcto al editor medio, que lo juega todo a las ilustraciones, pero no ha de extrañarnos si esas versiones pasan desapercibidas y se saldan pronto.

Existe otro tipo de libro para niños a partir de diez años, que en realidad es, como rezaba la vieja publicidad, «para niños de diez a noventa y nueve años y más». Son los volúmenes de leyendas maravillosamente ilustrados por artistas que dan el do de pecho en cada página, con la explicación clásica salpicada de alusiones a nuestros tiempos, tanto en vocabulario como en guiños humorísticos que el lector adulto capta sin problema. La mayor dificultad que presenta su traducción es encontrar el equivalente nacional o regional de los mitos, monstruos y santos del lugar. Estas recopilaciones de leyendas universales tienen cierto carácter enciclopédico y es fundamental el rigor histórico y cultural, donde no caben matices ni aproximaciones.

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Contraportada de Dragones cariñosos, Oniro, 2008