Traducir humor blanco, traducir a Jean Giraudoux (y 2) en El Trujamán

Contes matin Giraudoux GallimardNRF
Publicado por Gallimard, inédito en español

© Instituto Cervantes Virtual

Valgan unos ejemplos para ilustrar lo que decía en el trujamán anterior. El contexto histórico está naturalmente implícito en la narración de La puja cuando su joven protagonista norteamericano decide matarse tras perder su fortuna en la bolsa. Si el relato es de 1910, no se está refiriéndose a la Gran Depresión del 29 sino, seguramente, a la del último tercio del siglo xix. También la cultura colonial está presente en la alusión a la fragancia Congo, tan famosa en la época que el autor solo menciona la marca, en la burlesca parodia de las investigaciones de Sherlock Holmes titulada Por un pelo.

En el primer cuento de la colección, El cíclope, tenemos al «astuto Ulises» con su tropa de marineros en la isla volcánica habitada por este gigantesco pastor. Al poco de entablar conversación con el griego, comprobando por sus agudezas y zalamerías que los dioses le concedieron los dos ojos de rigor y un pico de oro, el Cíclope decide aprovechar tal virtud reclamándole que le componga unos versos con que ablandar el corazón de una ninfa que le ha sorbido el seso, favor que espera pagarle en su momento zampándoselo junto con toda la marinería.

Giraudoux recrea una escena famosa de la Odisea —la derrota del Cíclope a manos de Nadie— y la adorna con la peripecia del gigante enamorado, sacando un partido fácil a la figura del personaje mítico en expresiones como «hacer ojitos», «andar con ojo», «estar ojo avizor», «tener ojo», «las niñas de su ojo», etc. La parodia del texto clásico se sostiene conservando expresiones y clichés de la obra original: «así dijo» como nexo narrativo entre escenas es uno de ellos. Los famosos personajes actúan y hablan aquí como personajes de historieta cómica: «Al hijo de troyano que diga que la cocinera avispada no es la mejor amiga de las gallinas le embucharemos a mazazos en su boca embustera una enorme remolacha de Esmirna». Las parodias más conocidas del mundo clásico —como Golfus de Roma y La vida de Brian, de los Monty Python— tienen demasiada sal gruesa y no sirven de referencia.

El intríngulis de este relato surge, creo, durante el intercambio de cortesías, cuando el Cíclope pregunta a Ulises si ha amado alguna vez, a lo que el astuto responde «pues según». Embriagado por el vino, el gigante aprovecha para soltar un lírico resumen del concepto, siempre fiel a su naturaleza bestial:

Par aimer, reprit le Cyclope, j’entends être brûlé jusqu’aux moelles, écrire son nom dans la mer avec des quartiers de montagne habilement disposés, et, selon les circonstances, être partagé par l’envie de broyer l’objet aimé soit sur son coeur, soit sous un bon coup de massue.

Estas frases con los verbos en infinitivo me recordaron el famoso soneto amoroso de Lope de Vega que empieza con el cuarteto: «Desmayarse, atreverse, estar furioso, / áspero, tierno, liberal, esquivo, / alentado, mortal, difunto, vivo, / leal, traidor, cobarde y animoso;»… y termina con el terceto: «creer que un cielo en un infierno cabe, dar la vida y el alma a un desengaño; esto es amor, quien lo probó lo sabe». Me hizo gracia imaginar al Cíclope recitando entre peñascos un soneto amoroso de Lope de Vega o, al menos, parafraseando un verso de Garcilaso ante la imagen del mar. Si buscamos inspiración en esa onda, también están los versos de Quevedo: «Osar, temer, amar y aborrecerse…». Por supuesto, surgía el tema del anacronismo, pero este aspecto ya está dentro del cuento, cuando el gigante asegura que Nadie «es un nombre americano». Con esta tentadora posibilidad, ¿nos acercábamos o nos alejábamos del sainete tontorrón? Consulté desde la lista de correos con los colegas franceses, más aficionados a las traducciones no literales. Preguntaron qué pintaba Lope de Vega en las islas donde habitan los cíclopes; respondí: «Nadie es un nombre americano». Siguieron varias disertaciones sobre la necesidad de «atreverse» al traducir, la obligación de la audacia, etc. Ay, con lo fácil que es traducir a Foucault, con sus citas eruditas en griego.

Un último ejemplo de cómo un dato biográfico permite contener o guiar la inventiva del traductor corresponde a la nota recogida en Cahiers Jean Giraudoux n.º 15 que menciona la acusada miopía del autor. Entonces cobra todo su sentido la divertida escena, de La guerra de Troya no tendrá lugar, en que la bella Helena responde a Héctor que ve los colores pero no las formas de esto y aquello que el guerrero señala. El rasgo desmitificador humorístico —la célebre cautiva es cegata— se combina con una de las originales reflexiones del autor francés para sugerir que se ve aquello que se desea, tema que con el pacifismo militante conforma una de las tres claves de su universo literario

Guardar

Traducir humor blanco, traducir a Jean Giraudoux (1) en El Trujamán

Contes matin Giraudoux GallimardNRF
Portada de la edición francesa en la editorial Gallimard

A una escritora que acaba de publicar una novela con profusión de referencias a la actualidad española, varios periodistas le preguntaron si no le preocupaba que dentro de pocos años el lector no sepa a quién se refiere ni qué acontecimientos están implícitos en determinados pasajes. Ella respondió que no, porque quiere llegar a sus lectores hoy. Podría haber añadido que ni los periodistas ni los lectores en general pueden temer que se esfume Internet y, con la red, los billones de datos acumulados.

La pregunta de marras quizá tuvo sentido en tiempos de Balzac y de Proust, y aun entonces pudieron responder que no contemplaban la posibilidad de ver arder todas las bibliotecas de Occidente y los periódicos con sus correspondientes hemerotecas. Dicho de otro modo, la pérdida de referencias históricas al leer un texto que vamos a traducir es un dato que hay que tomar en consideración, pero si la ficción que tenemos entre manos resulta casi incomprensible por falta de tales referencias y datos, se nos plantea la necesidad de una edición erudita, con el fárrago de notas que imaginamos, o bien una edición tan elaborada que incluya una selección de las notas imprescindibles e incorpore el resto de datos dentro del texto.

Los cuentos de juventud de Jean Giraudoux (Bellac, Limousin, 1882 – París, 1944), recogidos bajo el título Cuentos de las mil y una mañanas, plantean esta disyuntiva. Los pocos datos biográficos de la presentación mencionan su condición de becario en Alemania (1905), su experiencia de lector de francés en la Universidad de Harvard en 1906, con las exitosas conferencias que impartió acerca de la cultura de su país, su participación en la primera guerra mundial y la posterior carrera diplomática, que combinó con una exitosa trayectoria de dramaturgo y escritor, con títulos como La guerra de Troya no tendrá lugar (1935) y La loca de Chaillot (1943).

chaillot poster
Póster de la adaptación al cine de La loca de Chaillot, una versión muy libre del original que se actualiza con los valores pacifistas de los años 70.

El desafío que plantean los relatos juveniles —inéditos en español— escritos durante la belle époque surge, en parte, de los cambios que trajo el siglo xx: no sólo la retórica del idioma sino también el vocabulario que designa objetos hoy desaparecidos, especialmente de los medios de transporte y de comunicación, la indumentaria y ajuar y el contexto político. Sin embargo, la cuestión clave está en conservar o no el espíritu, el tono, la atmósfera evocada por el lenguaje de la época sin que resulte cursi, desfasado y disuasorio para un lector de hoy. Un rasgo esencial de los relatos de Giraudoux es su particular humor, suave, blanco, un humor de situación nada estrepitoso.

¿Qué quiere decir «humor blanco» aquí? Aun tratando de temas adultos, como engaños, adulterios, suicidios, amor pasión, alienación del hombre moderno o accidentes fatales —en algunos casos inspirados por noticias de diarios de la época—, nunca es escabroso ni estridente y las situaciones humorísticas provocan antes esa risa baja sostenida de las comedias de situación que la carcajada.

Son cuentos muy cortos, publicados en los diarios Le Matin y Paris-Journal entre 1908 y 1912, algunos firmados con los seudónimos de Jean Grénier o J. E. Manière; aunque primerizos, el talento es indudable y la coherencia de estilo llamativa como también la finura de algunas reflexiones y, sobre todo, las imágenes poéticas que definirán el estilo maduro del autor. Sin embargo, llegado cierto punto, es de temer que no haya un solo lector de entre 15 y 75 años dispuesto a comprar, o siquiera a leer, una colección de estas características.

¿Qué estrategia de traducción debería seguirse para interesar a un público de hoy? Aunque recuerda a Jardiel Poncela (más joven que Giraudoux) en la sagacidad de las reflexiones que atribuye a los personajes, en las imágenes surrealistas y en su inclinación a la imagen poética, no es tan rompedor como el dramaturgo español, aficionado a la acumulación y al absurdo, por lo que no vale «subir» el tono para sugerir al lector español un parentesco inexistente. El autor de La loca de Chaillot no presenta más escenas ni más información que las que se propone desarrollar sin aturdir al lector. Conviene entonces adentrarse en la biografía y la obra del francés para descubrir que ciertas constantes pueden servir de guía al decantarnos por tal o cual solución dentro del registro característico del autor; subrayaremos su imaginación poética diseminada en frases breves y la plasticidad de paisajes apenas apuntados tras comprobar en su obra posterior que son marcas de su estilo.

También se hace imprescindible informarnos sobre la belle époque, lo cual nos lleva a reconocer la influencia del humor chaplinesco en concretos episodios, y cómo la crítica a los tiempos modernos, que trajeron consigo la reconversión de los individuos y de sus tristes avatares en mercancía destinada al espectáculo de masas, se inspira antes en las películas de Charlot que en El capital de Marx.

Traducir narrativa para niños, en El Trujamán del Instituto Cervantes

tendresdragons-
Ilustración en Dragones cariñosos, de S. Chausse y Philippe-Henri Turin

El Trujamán

Traducir narrativa destinada a niños pequeños —de entre cuatro y siete años— seguramente es hoy distinto de lo que fue cuando la cultura visual no había cobrado la importancia que tiene actualmente hasta desplazar la primacía de la cultura verbal, y también cuando la composición digital permite unos juegos de tipografía que antes no eran fáciles. Con frecuencia, los cuentos están destinados a ser leídos en voz alta —o interpretados por el adulto con tanta gracia como pueda—, por lo que el aspecto musical de la frase es tan relevante como la adecuación del vocabulario a la comprensión del niño.

Por ceñirme a mi experiencia, podría diferenciar entre las traducciones de audiolibros para los más pequeños con ilustraciones muy esmeradas a todo color y aquellas donde el texto podía considerarse un acompañamiento de la ilustración, a la que se supeditaba.

El texto de los audiolibros tenía que ser apto para ser doblado por actores, de modo que, además de encontrar el nombre equivalente en español de las leyendas tradicionales que se relataban y traducir los juegos de palabras que sugerían los nombres propios, había que crear el ritmo y el tono de la frase en español que resultara más atractivo al oído infantil. Como los cuentos destinados a los pequeños están concebidos para releerse una y otra vez, y luego ellos los repiten en voz alta, el aspecto musical que ayuda a memorizarlos no puede descuidarse.

La literatura infantil que he traducido para distintas editoriales y países tiene en común, casualmente, el gusto por la leyenda clásica y los ambientes exóticos. En la adaptación de los Viajes de Gulliver el vocabulario y la complejidad sintáctica se rebajaron para acceder a niños de primaria. Sin embargo, la historia es lo bastante sorprendente y fantástica para animar su inteligencia y su umbral de aceptación de lo raro y extraordinario. Así como los audiolibros para los más pequeños siempre transmiten una moraleja y los aleccionan, a la vez que se introducen conceptos que consolidan la enseñanza que reciben en la escuela, para la franja de edad entre ocho y doce años la afición a la aventura, las geografías y faunas exóticas y las costumbres de zonas remotas abren un punto de fuga respecto a la rutina escolar. Aunque por la extensión del texto y su ubicación queda claramente subordinado a la imagen, la precisión del vocabulario que se refiere a culturas exóticas, con la introducción de vocabulario nuevo, es un detalle que conviene defender, así como el tono propio de la fábula, que crea una continuidad a lo largo del relato.

Como señalan algunos expertos en traducción para niños y jóvenes, en las narraciones ilustradas la combinación imagen-texto ha de entenderse como una unidad. El niño recibe y asimila el estímulo visual de manera inmediata, según unos códigos culturales establecidos, pero la abstracción del idioma requiere más madurez y el apoyo de los mayores. A veces tropezamos con que el corrector quiere meter la cuchara para que se note su paso y se dedica a borrar la musicalidad de la frase, que ha de estar en armonía con el texto en su conjunto, o juzga que tal palabra es demasiado culta para un libro infantil y la sustituye por otra más trivial que significa algo distinto. Un texto chato, sin ritmo ni color, puede parecerle correcto al editor medio, que lo juega todo a las ilustraciones, pero no ha de extrañarnos si esas versiones pasan desapercibidas y se saldan pronto.

Existe otro tipo de libro para niños a partir de diez años, que en realidad es, como rezaba la vieja publicidad, «para niños de diez a noventa y nueve años y más». Son los volúmenes de leyendas maravillosamente ilustrados por artistas que dan el do de pecho en cada página, con la explicación clásica salpicada de alusiones a nuestros tiempos, tanto en vocabulario como en guiños humorísticos que el lector adulto capta sin problema. La mayor dificultad que presenta su traducción es encontrar el equivalente nacional o regional de los mitos, monstruos y santos del lugar. Estas recopilaciones de leyendas universales tienen cierto carácter enciclopédico y es fundamental el rigor histórico y cultural, donde no caben matices ni aproximaciones.

dragones-cariñosos-contraportada
Contraportada de Dragones cariñosos, Oniro, 2008

Góngora parmi les ombres – Góngora entre las sombras. Edición bilingüe. Con 5 dibujos de T.W. Margue

Falempin- portada-credito MJF
Portada original de la versión bilingüe

Texto muy complejo del escritor Michel Falempin, inspirado por el estilo del poeta cordobés Luis de Góngora, que traduje con el editor de la colección D. Coste, impulsor y director también de la Fundación Noesis, de Calaceite (Teruel, España). La traducción tuvo sus vicisitudes –que relataré con algún detalle próximamente–, de las que son un indicio ese «Traducción colectiva» que aparece en las páginas del interior, contradiciendo la portada, donde, justicia poética, consta mi nombre.

Datos técnicos: Calaceite, Teruel, Noesis, 1994. 4to. alargado; 76 pp., 1 h. y cinco dibujos a toda plana de T.W. Margue.
Edición limitada de 400 ejemplares numerados.
Cubiertas originales.

Quedan algunos ejemplares a la venta. Aquí por ejemplo: http://www.uniliber.com/ficha.php?id=1124734

Guardar

Del éxito y rentabilidad de las traducciones, en El Trujamán

Del éxito y rentabilidad de las traducciones

© María José Furió
El Trujamán. Instituto Cervantes

Emmanuel-Goujon-Un-dimanche-a-la-piscine-de-Kigali

En julio recibí un e-mail desde California firmado por una estudiante española de traducción interesándose por la recepción que había tenido desde su publicación en 2003 una novela que yo traduje, Un domingo en la piscina en Kigali, de autor quebequés, Gil Courtemanche. Me contaba que realiza un estudio en el que analiza en profundidad, desde una perspectiva sociológica, la narrativa quebequesa traducida en España en español y en catalán, entre 1975 y 2012, con especial interés por la circulación y recepción de estas traducciones en América Latina y Estados Unidos.

Aunque cuando se solicita un favor solemos mostrarnos aduladores queriendo asegurarnos la ayuda del interlocutor, me chocó que calificara mi trabajo de «magnífico». Es decir, si atribuía el 50% del aplauso en la cuenta de la captatio benevolentiae, el resto continuaba dando una traducción solvente. Bueno es saberlo. De esa traducción yo recordaba sobre todo el tira y afloja con las editoras a cuenta del conteo de palabras por el programa Word y, en consecuencia, la discusión sobre la cifra exacta que debería abonarme la editorial. El encargo me llegó como es habitual con nota de urgencia máxima y en la reunión con la editora, ésta presentó la novela como la última sensación en Canadá, donde tuvo ventas millonarias. La acción, como sabrán algunos lectores, tiene lugar en Ruanda en los momentos previos a la matanza de tutsis a manos de los hutus y sus protagonistas son un reportero canadiense ya maduro y una bella y muy joven hutu de rasgos tutsis. El terror durante la limpieza étnica y los estragos del sida son el marco de la historia amorosa y, como suele decirse, la historia alcanza a los personajes. La joven editora calificó la novela de «muy bonita», no habló de incremento de tarifa por entrega urgente, ni yo me arriesgué a exigirla, y empecé la traducción en tanto ellos preparaban el contrato.

courtemanche
Gil Courtemanche

Al cabo de unos días, cuando la sangre de la matanza ruandesa desbordaba las páginas de la traducción, la llamé para preguntarle qué entendía exactamente por una «historia bonita», le puse al corriente del desarrollo argumental de la novela y acordamos día de entrega. El día D+1, con la traducción impresa y entregada, me sorprendió su nota con la ridícula cantidad para cobrar resultante, que podía resumirse en «lo comido por lo servido». Comprobé que había contabilizado con el programa Word «caracteres sin espacios», lo cual era una novedad. En páginas especializadas de traducción francesas, siempre más avanzados que las españolas en lo tocante a reivindicación y logros, ya habían realizado un estudio acerca de esta tendencia, nefasta para la profesión, que las editoriales trataban de imponer y que suponía una pérdida de ingresos en torno al 20%. Recomendaban a los traductores pedir entre un 20 y un 25% más sobre el total de contar «caracteres más espacios».

Dado que la editora no aceptaba la evidencia —el conteo hecho por un editor tradicional del mismo grupo editorial, la copia de las páginas francesas, etc.—, y como la urgencia era tanta que la traducción se entregó mientras llegaba el contrato, dije que me negaba a firmarlo si no se atendía mi reclamación. Encontramos un punto medio y firmé. A un amigo que me sugería dar mi brazo a torcer, pues no encontraría más trabajo, le expliqué que trabajar en esas condiciones equivale a hacerlo gratis pues no se cubren gastos, mientras los empleados de la editorial cuentan con todas las ventajas del convenio; la editora me aseguró al entregar el texto que no tenían buenos traductores de francés, y resultaba ya absurdo preguntarse por qué razón.

dimanche kigali film
Photo : Stéphane Najman, photoman.ca
Fatou N’Diaye (actriz) & Luc Picard

La recepción de la novela no alcanzó ni de lejos las cifras de Canadá. La estudiante de doctorado pareció sorprendida cuando atribuí su mitigado éxito a la abundante información que los medios españoles dieron de la matanza ruandesa, así que el recuerdo de la espeluznante tragedia no se compensaba con la presencia de la bella hutu-tutsi, pues en España el mito de la nynfette no ha cuajado como en la cultura francófona. Son estos detalles de cultura, creo, los que determinan la rentabilidad y el éxito de una traducción, más que chuparle al traductor unos cuantos euros.

Guardar

Traducir el folletín, en El Trujamán, del Instituto Cervantes

TRADUCIR EL FOLLETÍN: emboscadas y puntos de fuga

 Cervantes – El Trujamán, 29/10/2013

Fantômas_-_Juan_Gris
“FANTOMAS”, Juan Gris, 1915

A finales del siglo pasado –ya que voy a hablar del folletín, creo adecuado recrear la atmósfera de intriga y exageración–, el editor que me había publicado una novela comentó que no tenía traductor para el primer Fantômas. Con una acuciante urgencia de ingresos, yo me sentía dispuesta a traducir cualquier cosa. Sobre la novela, el editor no dio más pistas que las obvias sobre el éxito que tuvo en las primeras décadas del siglo XX entre los surrealistas, tampoco apuntó, como más tarde han hecho otros editores, a qué tipo de lector quería captar ni el registro o nivel de lengua más recomendable para conseguirlo.

Apenas leídas las primeras páginas de Fantomas vi que el estilo era anticuado y desaliñado a la vez, pero me lancé a la tarea con la temeridad de los profesionales autónomos novatos. En esa misma época me contactaron desde Anagrama para ofrecerme una novela francesa de una autora punk y, creo, lesbiana que era el fenómeno del momento. La traductora que debía ocuparse en principio había rechazado el proyecto porque el texto, cargado de argot sexual, le pareció demasiado escabroso. Admiré que pudiera darse el lujo de rechazar un encargo de Anagrama y de nuevo me lancé a la tarea. Comprobé pronto, oh decepción, que la novela era un bodrio trash –el editor la calificó de “divertida”–. Suele decirse que la primera crítica literaria de una obra extranjera es obra del traductor. En esta novela punk, las protagonistas terminan como Thelma y Louise al cabo de 200 páginas de fatigosos avatares. Haciendo buena la premisa del traductor como primer crítico, si de mí dependiera las protagonistas se habrían estrellado en el primer capítulo. Y aquí paz y después gloria.

            La decepción era tal, para alguien que creía y cree en la gran tradición literaria francesa, que, contaminada del tono folletinesco de ambas novelas, vi ante mí un desolador e inacabable horizonte de novelas malas. Espantosas, horribles, terribles, insufribles (por mantener el vocabulario del género) malas novelas exitosas. En las Ramblas veía, igual que el detective Juve busca a Fantomas bajo todos sus disfraces, a los paseantes como cómplices necesarios de este atentado a la Literatura. Igual que su joven ayudante, Fandor, que en su desesperada urgencia de escapar del criminal Gurn, uno de los avatares de Fantomas, se reinventa como periodista y detective, me planteaba cómo salir de la emboscada.

            Naturalmente, ambos editores quedaron defraudados con mis traducciones y de nada habría servido que yo argumentase que tal vez esas novelas no se deberían haber escrito, luego no deberían haberse publicado y, por último, no deberían haberse traducido, pues para un editor no existen los malos libros sino las malas traducciones. Corregí meticulosamente Fantomas hasta que quedó apañada, pero el corrector de la novela punk metió la cuchara hasta borrar mi versión casi por entero… y diría que casi el original.

            Este verano me escribió una profesora universitaria de literatura francesa interesada en conseguir un ejemplar en español de ese Fantomas, ya descatalogado. Le comenté que esa versión no era muy lucida pero que tiempo después, por quitarme el mal sabor de boca, tomé la iniciativa de preparar una versión modernizada pensando en un lector de hoy. Por estas fechas, en Francia se está publicando la “integral” de Fantomas, de forma que los fans de Pierre Souvestre y Marcel Allain tienen a su alcance 32 títulos con un muy interesante prólogo que contextualiza el surgimiento y desarrollo del folletín francés. Gracias a internet, yo disponía ahora de una cantidad abrumadora de información sobre la gestación y éxito de este fenómeno, y también accedí a las opiniones de los fans, a la recreación de su figura por artistas como Magritte o los poetas Cendrars y Apollinaire, adaptaciones al cine o la radio, y, lo que resultó más importante, datos sobre la Belle Époque, periodo en que transcurre la acción.

Se dirá que son datos tangenciales pero no es cierto. El entusiasmo de los fans subraya los puntos fuertes del folletín que no conviene perder: la violencia inmotivada del villano Fantomas, el erotismo démodé, los ambientes urbanos y la velocidad de la acción. Llegué a la conclusión de que modernizar el folletín sin que pierda sabor de época es una labor de subrayar aquí y difuminar allá. El tono melodramático más un lenguaje pasado de moda con muchas redundancias resulta hoy indigesto, por lo que es mejor recortar adjetivos y matizar las exclamaciones, controlar el ritmo de los diálogos para que tengan la agilidad de una versión cinematográfica. Dado que el folletín resulta de la combinación de ingredientes como tono, léxico y ritmo, modernizarlo implica dar con la dosis adecuada para que no resulte una simple curiosidad arqueológica.

 © María José Furió

La muerte del editor: Echenoz & Lindon, por J.L. Cornille

El nº 10 de la revista Trama y Texturas. Una revista que trata en profundidad el mundo de la edición y que va a más con cada número. Sus editores principales son Manuel Ortuño y José María Barandiarán.En la sección de Revistas de Arce han reproducido mi traducción de “La muerte del editor“:

“¿La muerte de la edición? ¿El ocaso del libro? Hablemos. Pese a la irrupción de los nuevos grandes medios de comunicación, bien puede decirse que el mercado del libro en Francia nunca ha funcionado mejor desde que la importancia de la literatura se ha atenuado. Al margen del zumbido de las empresas multicolosales, si hemos de creer lo que la prensa dice, nunca ha existido mayor entendimiento entre pequeños editores y escritores nimios, o microautores más minúsculos aún, e incluso indiscernibles del todo. Unos y otros se entienden como ladrones en feria de libro. Y me contentaré para demostrarlo con un artículo estándar elegido al azar en un semanario de gran difusión, como es L’Express, donde leo esta afirmación en boca de Yves Michalon, editor de Buenos días, pereza, libro de una tal Corinne Maier: «En este caso, algunos dirán que es un milagro. Yo prefiero verlo como el fruto de nuestra tenacidad, de nuestro compromiso. Corinne llegó en el momento idóneo, respondiendo a las preocupaciones de un público muy amplio» [ 1 ] . En pocas palabras, si la saga literaria parece continuar en nuestros días, en todo caso lo hace en un tono íntimo, muy de amigo-amiga (atención al uso del nombre propio) y por un simple juego de alusiones literarias: se da el pego con una Sagan de segunda, quien en su momento ya daba el pego como una Colette de segunda.

Igual de llamativa es la innegable feminización de los espacios de la edición, algo de lo que el autor del artículo no parece haberse percatado siquiera. Muy a la moda de nuestros días, la editora, por lo general la hija o la nieta de un gran editor ya fallecido, es una figura cada vez más en primer plano; la editora forma con el autor-estrella de la casa una asociación que invariablemente se nos presenta según el modelo de una pareja de novios. Lo refleja el pie de página que acompaña una de las fotos publicadas por L’Express: «Anne-Marie Métaillé, con Luis Sepúlveda. Gracias a El viejo que leía novelas de amor, ella demostró que era capaz de promocionar un libro a gran escala» [ 2 ] . En la imagen, la editora y el autor se miran a los ojos, mientras con la mano izquierda ella acaricia afectuosamente el rostro barbudo. Son, con muy pocos cambios, los mismos titulares que encontramos en la prensa people (pronúnciese peephole), como corrobora el pie de página de esta otra fotografía también publicada por L’Express: «Anne Carrière con Paulo Coelho. Aunque él acaba de dejarla por Flammarion, Coelho ha contribuido a la consolidación financiera de la editora» [ 3 ] . El divorcio perfecto. Otros, al contrario, nos ofrecen la imagen de una pareja que goza de una plácida felicidad y de una fidelidad conyugal a toda prueba: «Joëlle Losfeld con Michel Quint. Antes de Effroyables jardins [Los jardines de la memoria], Losfeld llevaba diez años publicando a este autor en medio de la indiferencia de los lectores» [ 4 ] .

En cuanto el editor, hace algún tiempo que murió, o que se manifiesta exclusivamente como último ejemplar de una especie en vías de completa extinción. Es fácil comprender la angustia de cierto autor, miembro de una de las contadas editoriales de reputación literaria que aún quedan, ante el vacío dejado por la muerte de quien lo edita. Me refiero a la desaparición, en abril de 2001, de uno de los últimos mastodontes de la edición literaria, Jérôme Lindon. Su muerte causó una impresión lo bastante profunda en uno de sus protegidos como para que éste dedicara a la muerte de su editor un breve libro en el que queda expresada la perfecta circularidad del proceso de edición. El libro, publicado por Éditions de Minuit, se titula precisamente Jérôme Lindon [ 5 ] . El único objeto del libro, su auténtico tema podríamos decir, es la persona que lo edita, y me gustaría demostrar hasta qué extremo esta tesis está extendida.

Por más triste que pueda estar el autor, Jean Echenoz, no deja de hallar consuelo en la idea de que hay alguien dispuesto a retomar las riendas. Sí, hace algún tiempo que la hija de Lindon se incorporó al equipo para apoyarlo en su trabajo: «Su hija Irène, quien se va a hacer cargo junto a él de mi libro, quien se ocupará cada vez más de los próximos y de las demás cosas en general» (JL 24). El relevo está garantizado y el protegido a salvo, desde antes incluso de la desaparición del editor.”

continúa en : http://www.revistasculturales.com/articulos/127/trama-and-texturas/1190/1/la-muerte-del-editor-echenoz-y-lindon.html