«El hombre mostró entonces una extraña máscara. Era de color blanco y estaba provista de un largo pico que inevitablemente recordaba el de un pájaro.
–No sonriáis –prosiguió–, este pico ganchudo está destinado a recibir cierta cantidad de hierbas y esencias medicinales que, al inhalarlas su portador, evitará respirar el aire infectado.
Luego fue señalando una a una las distintas piezas del traje.
–Aquí tenemos los guantes y la larga túnica de lino, toda ella bañada en una capa de cera; y para terminar, una varita con la que se puede levantar las ropas del apestado, para examinarlo sin exponerse al contagio.»
Este extracto pertenece a la novela El lienzo de Tintoretto, una amena novela histórica protagonizada por el pintor Tintoretto, en la época antigua, y un investigador italiano que se cartea vía mail con un anciano norteamericano experto en la pintura del Renacimiento, en la época contemporánea. Fue la primera novela traducida al español del escritor provenzal Thierry Maugenest y tuvo un éxito nada desdeñable que dio pie a una edición de bolsillo.
La influencia de la práctica del pastiche durante los años estudiantiles es incontestable en los autores franceses de finales del siglo XIX y principios del XX. El caso de Jean Giraudoux resulta paradigmático. Su primer texto fue publicado el 27 de septiembre de 1908 en Le Matin con el pseudónimo de J.-E. Manière. Se trata de la reescriura de la historia homérica del cíclope: más que un pastiche, ya que no imita el estilo de Homero, se trata de una amplificación similares a las que aprendió a hacer cuando era un brillante becario en el Lycée de Châteauroux; esta reescritura incorpora rasgos cómicos en el texto de modo que altera el estatus de los personajes (Ulises asume un carácter burlesco); Giraudoux mezcla asimismo en su texto alusiones pasticheantes a Píndaro, a Teocrito, a los filósofos presocráticos, a Claudel y al helenista Croisset, e incluso a Verlaine y a Franc-Nohain. de Paul Aron, Univ. Libre de Bruselas.
El cíclope Le Matin, 27 de septiembre de 1908
A los veintiún días de travesía, Ulises y sus compañeros descubrieron que los víveres empezaban a escasear. Algunos marineros africanos se habían zampado hasta el pienso, lo cual los dejaba sin siquiera el recurso supremo de jugarse la suerte a la pajita más corta. Afortunadamente, el más favorable de los vientos empujó la nave hasta una isla donde se atiborraron de conchas, que regaron con deliciosa agua de manantial. Estaban fumando varechs resguardados por la única sombra que pudieron encontrar, la de una caverna, cuando un estruendo horrible los sobresaltó.
–¡Menuda suerte la mía! –exclamó el astuto Ulises–, por una vez en diez años que puedo fumarme mi pipa tranquilo, tengo que caer en una isla volcánica.
Hydrofonte, el médico del barco, lo tranquilizó.
–Astuto Ulises, no es la tos de un volcán sino el Cíclope –dijo–. Sería tan disparatado afirmar que esta isla está deshabitada porque no hay vegetación como creer desierto el cerebro del viejo Néstor porque no luce un solo pelo en la cabeza. En esta tierra vive una raza de gigantes a los que llaman Cíclopes, pues miden cuarenta pies de altura, tienen un solo ojo en mitad de la frente y se alimentan de leche y todo cuanto la leche produce, cuando la ocasión no les regala, como hoy, un cuarterón de griegos, famosos por su carne.
* * *
Así dijo, y un rebaño de ovejas gigantesco entró apresuradamente en la caverna, empujando por delante de sí un rebaño de sombras más estremecedor aún.
El gigante apareció en el vano de la puerta de peñascos. Imposible huir. El astuto Ulises dio un paso adelante y pronunció estas inspiradas palabras:
–¡Oh, Cíclope!, no son dos, no son cuatro, no son tampoco seis los ojos que deberán bastar para admirar El que tú colocaste, con tanto acierto, en medio de una frente que tal vez parecería desguarnecida, pues tus cabellos se baten en sabia retirada hacia la parte posterior de tu cabeza. Tu ojo es el escudo contra el cual rompen los rayos, flechas de Apolo.
»Tu ceja, mientras duermes, es el arco de ébano que tensa Astarté, diosa de la noche; las fuentes de cristal son los monóculos que dejaste caer despreocupado.
»Eres motivo de envidia para Tersites que, aun desde que quedó tuerto, continúa comiéndose con la vista a Juno, la de ojos bisojos. Y lo eres para el mismo Amor que, en su deseo de parecerse a ti, se colocó sobre el ojo derecho una venda que también le cae, al muy torpe, sobre el ojo izquierdo.
El Cíclope, halagado, se inclinó ante él y los marineros, agitando los brazos como un trirreme agita sus remos, exclamaron:
–¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra por el Cíclope! El Amor intenta imitarle. Pero es como pretender comer la sopa de Corinto con palillos. El Amor puede esconderse en los bosques de adelfas si lo desea. El Cíclope guiñó su único ojo y habló entre borborigmos. –Extranjero, eres un auténtico pico de oro. ¡Si contigo está permitido tener un solo ojo, no lo está tener una sola oreja!
Entonces los marineros aplaudieron y gesticularon, mirándose como figurantes en una representación de ópera cuando el tenor canta que su novia es más blanca que el armiño. –No es miel lo que hay en los labios del Cíclope, como en los del viejo Néstor –exclamaron–; o es una miel en que la abeja olvidó su aguijón. ¡Tiene respuestas endiabladamente rápidas! –Extranjeros, me gusta el ingenio de vuestras palabras –dijo el Cíclope–. Lamentaría ocultaros que llegará un día en que me serviréis de forraje. Pero que esto no sea un obstáculo a nuestra amistad. La cocinera avispada matará a las gallinas y, aun así, cuando entra en el corral, la población alada le da la bienvenida piando alegremente.
* * *
A esto el astuto Ulises y sus compañeros respondieron entusiasmados: –Tiene razón. ¡Piemos con ganas! Al hijo de troyano que diga que la cocinera avispada no es la mejor amiga de las gallinas le embucharemos a mazazos en su boca embustera una enorme remolacha de Esmirna. El Cíclope acercó rodando varios peñascos delante de la puerta y se sentó.
–Y tú, que tienes la lengua ágil como pitón colgada por la cola, ¿cuál es tu nombre? –preguntó, –Mi nombre es Nadie –respondió Ulises. El Cíclope se tendió en el heno y bebió varios toneles de vino en los que Hidrofonte había echado, por precaución, un potente somnífero. –Es un nombre americano –afirmó–, pero me importa un bledo. Dime, amigo Nadie, dímelo entre tres ojos, ¿has amado alguna vez? –Pues según –respondió el astuto Ulises. –Por amar entiendo en amoroso fuego estar ardiendo, escribir su nombre en las ondas del mar con rocas de montaña, repartiéndolas con gracia y, según el día, la hora, el momento, sentirse dividido entre las ansias de estrujar al ser amado contra nuestro corazón o de un buen mazazo –repuso el Cíclope.
–Desde luego, el amor contiene todo lo bueno y su contrario –observó Ulises. –El ser amado de que aquí se trata –continuó el Cíclope– es la ninfa más encantadora que haya pisado nunca nuestra madre Tierra con sus pies traviesos. Pero yo no puedo insinuarle mi deseo haciéndole ojitos y cuando compongo versos, solo el primero me rima. –Perdón, ¿pero la cosa va en serio? –preguntó Ulises. –No puedo ir más en serio… –respondió el Cíclope–. Soy bígamo y me caso, si esa es una condición, con toda la familia. La madre está, ¡válgame el cielo!
– …Para hincarle el diente –susurró Ulises. –No, la hermana es la que está para hincarle el diente –respondió el Cíclope–. Pero también me casaré con ella. Explica eso en los versos que compondrás para mí.
Los marineros, sin poder contenerse más tiempo, aullaron: –¡Hurra! ¡Hurra por el Cíclope! La conoce desde todos los puntos de vista! Su ojo es el astro rey, ¡cómo orbitan las pupilas de todas las ninfas alrededor de él! Que la hermana apetitosa vaya con cuidado cuando salga a bañar en el mar sus piececillos preciosos, a huesecillos semejantes.
Pero el Cíclope, acostado en su lecho de heno, roncaba ya. Los diligentes marineros se pusieron a calentar al rojo vivo la punta de hierro de un enorme venablo. Las ovejas, adivinando una desgracia inminente, emitían quejumbrosas la segunda letra del alfabeto. –¡Cuidado! –ordenó Ulises–. Tengamos ojo y que sea el bueno. Seis vigorosos muchachotes levantaron la viga y a la de una, a la de dos y a la de tres, la clavaron en el ojo gigantesco, cerrado como un cepo sobre las bodegas del sueño. El ojo crujió, hirvió, enrojeció y rebosó como cuando en una sartén salteamos una anguila bañada en vino. El Cíclope se incorporó sobre sus posaderas, de un salto se puso en pie, luego dio otro salto en el aire y, entre alaridos, echó a correr en círculo. Los carneros, asustados, galopaban delante de él.
«El cabrito se ha despertado» se dijo el astuto Ulises. El herido profería tales bramidos que, en comparación, las arias de Andocides, actor nacional e intérprete de Sófocles, apenas son vagidos. Los griegos, por su parte, fingían una quietud de estatuas. «Sigue hablando, pensaba Ulises, me interesas.»
El Cíclope habló y dio vueltas en círculo durante seis horas y otras seis horas más. Luego, por miedo a pisotear a las ovejas que, fatigadas, se habían desplomado y jadeaban, se limitó a rugir, en cuclillas en el centro de la gruta, lanzando a ciegas sus manos a derecha e izquierda. Pero así solo conseguía atrapar los cangrejos que los compañeros de Ulises habían pescado en el río y que le ofrecían, con mucha chacota, pinchados en la punta de una caña. Atraídos por los alaridos, otros cíclopes llegaron a la puerta de la caverna.
Cabeza de Polifemo, cíclope en mármol de la isla de Thasos.
–¡Eh, Cíclope! ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás alborotando así a las personas? ¿Quién es el bandido que te ha hecho daño? –preguntaron. –¿Quién queréis que sea? ¡Nadie! –aulló. Pese al dolor que sentía, pronunció la palabra con acento americano y los que le rodeaban sacudían la cabeza sin parar de reír. –¡Este Cíclope! ¡Siempre hemos dicho que tenía algo ahí! –exclamaban señalando con el dedo la zona de su frente donde los simples mortales no tienen ojo. Y regresaron a sus cercados agasajando a sus compañeras.
«Por Zeus, pensaba Ulises, la gallinita ciega amenaza con caer cuan largo es. Confieso que preferiría un compañero de juegos más pícaro, me conformaría con Nausicaa. Se hace de noche. Nuestro anfitrión se toma demasiado en serio las leyes de la hospitalidad. Debería salir ya, es hora de sacar al rebaño.»
* * *
Entonces, las ovejas, que empezaban a tener hambre, balaron y el Cíclope, conmovido, se apiadó de ellas. Se arrastró hasta la puerta de la caverna, apartó algunas rocas con mil precauciones y las dejó salir. Escondido bajo la barriga de cada oveja, agarrado a la espesa mata de lana, iba un marinero, y así uno tras otro escaparon hacia la luz del día. Ulises iba escondido debajo del carnero, que cerraba la comitiva; el corazón se le paró en seco cuando el Cíclope quiso consolar su dolor unos minutos acariciando a su favorito.
–Querido carnero, desde ahora vas a ser tú y ningún otro mi ojo venerable –le decía–. Tráeme cada tarde tu rebaño como un rey que lleva a sus súbditos por delante, ¡y mata con tus cuernos, a los de Zeus semejantes, al lobo, al chacal y al lince, que Plutón maldiga!
Así dijo. El trirreme aparejaba ya y las filas de remos se alzaban lentamente, alternativamente, como las patas de una langosta al despertar. El Cíclope, alertado por el crujido de las velas y el gobernalle, llegó corriendo hasta la orilla y lanzó en la dirección del ruido varios peñascos de la montaña. Pero Zefiro empujaba ya la embarcación hacia el norte. El astuto Ulises colocó las manos en trompetilla delante de su boca y, como estaban ya en mar abierto, ordenó venir a diez hombres que pusieron delante de él sus manos como altavoz.
–¡Adiós Cíclope ! –gritó—. ¡Sin rencores! Ahora ya sabes que es prudente tener un segundo ojo, aunque solo sea para llorar al primero. ¡Y teme a los griegos, también cuando no traigan regalos!
Incluso a ojos de los que veían, la nave había desaparecido. El Cíclope regresó entonces a su cueva tropezando con todo. Las ovejas que habían quedado sin ordeñar la víspera estaban arremolinadas delante de la entrada de la caverna y arrastraban por el suelo de guijarros sus ubres doloridas. El Cíclope las llamó una a una por su nombre y cumplió con su oficio de pastor. Gruesas lágrimas saladas caían en la leche cremosa, que al punto cuajaba. Ese día el Cíclope hizo el más delicioso de sus quesos.
El estilo de Clarasó contiene rasgos que traen la atmósfera de la misma época en que tienen lugar los acontecimientos. A finales de los años 50, principios de los 60, cristalizó en Francia un cambio cultural en la percepción del individuo en sociedad. Se afirmó entonces que Sagan representaba a una nueva generación que invertía la filosofía del existencialismo por un hedonismo alérgico a las responsabilidades. Creo que a un lector culto no se le escaparán hoy los ecos de la literatura libertina francesa, en concreto, Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos, y recordará que la joven noble recién liberada del convento a la que Valmont instruye eróticamente se llama Cécile de Volanges. Buscando bibliografía sobre este particular, encuentro por fin una mención a este parentesco en el extenso prólogo de la editorial Cátedra, ya de 1996, con edición de Mª Luisa Guerrero y traducción de Pilar García.
Volviendo a Clarasó, el acierto general del tono de su versión no esconde los fallos que reclamaban una rigurosa corrección de estilo. Clarasó tradujo los nombres propios: Raymundo suena extraño; Ana y Cecilia no chirrían, mantuvo Elsa y Cyril pues seguro que Cirilo resultaba demasiado monacal. El vous usado por Anne, Cécile y Elsa al comunicarse entre ellas pasa al tuteo, como hacen el resto de traductores en las versiones posteriores; aunque el tratamiento de usted entre familiares no era insólito en España, exigiría justificarse en el contexto liberal de esta novela. Hay fallos por literalismos como «Hace de buen oír», o no traduce juegos de palabras, como ese «pescar maquereaux», quizá por censurar groserías, etc.
Con todo, los errores de traducción propiamente dichos son escasos. Uno altera significativamente la frase y parece un error de interpretación provocado por una errata. Hacia el final de la novela, Elsa, la joven abandonada por Raymond, pone a Cécile al corriente del éxito de la estratagema ideada por la adolescente en su afán de apartarlo de la estricta Anne. Por remordimiento, la precoz aprendiza de Madame de Merteuil desea que la ingenua modelo se calle. Sagan escribió: «Je déteste les dénouements»; Clarasó tradujo: «Detesto tener que mostrarme agradecida». Quizá hubo una confusión entre dénouement y dévouement, cuando la edición para imprenta utilizaba tipos móviles y el impresor invirtió la letra. En la versión de Cátedra se lee, justamente: «odio los desenlaces». Otras expresiones francesas tienen en su versión española una huella de época que, en mi opinión, adquieren al leerlas hoy el encanto de lo desusado porque, en los albores de los 60, el cambio de costumbres y de jerarquías empezó a reflejarse en los estándares de lengua y educación hasta eclosionar en esa década y la siguiente.
Las versiones de 1995 y 1996 no solo corrigen errores obvios sino que actualizan el lenguaje, de modo que el «Salaud!» con que Cécile apostrofa a su padre, al descubrir las consecuencias del engaño que ella misma ha favorecido, se convierte en la de Albiñana en un vulgar «¡Cerdo!», mientras García redobla el golpe: «¡Cerdo, cerdo!», que sustituye al anticuado «¡Crápula!» elegido por Clarasó, con buen tino, pues significa precisamente lo que el viudo ha demostrado ser: «hombre de vida licenciosa», dado a la «disipación» y al «libertinaje». Pero ¿podía mantenerse esta expresión ya a finales del siglo XX?
El atractivo de las traducciones anticuadas –y naturalmente, del original al que remiten— obedecería a un léxico y a una sintaxis que combinan con acierto el pudor con la extrema precisión. Así, la modelo Elsa es una «entretenida» o una «mantenida», vocabulario que refleja la moral y prejuicios de la época.
Clarasó, célebre escritor de aforismos, debió de encontrarse en su salsa al traducir la desenvuelta respuesta de la protagonista a su futura madrastra, que transparenta la inspiración de Las relaciones peligrosas, donde la también llamada Cécile acaba de salir del convento cuando arranca la novela:
«—[…] Esas historias de líos, de juergas, de mujeres, ¿no te aburren?» pregunta la circunspecta y elegante Anne. «—Verás –le dije–; he permanecido diez años en un convento, y esas gentes sin principios todavía me divierten.» [p.118]
Si se traduce couvent por «internado», aunque en definitiva sea eso, un internado religioso, la implícita referencia a Les liaisons… se disipa y también el contraste cómico entre las costumbres y moral del escenario religioso y el de la casa en la costa.
Clarasó, a quien el escritor Juan Poz dedicó una semblanza, es autor de aforismos como «No se comprende como las mujeres no triunfan todas, no teniendo en casa, como no tienen, a ninguna mujer que se lo impida» y «La mujer de otro, si nos gusta, tiene una ventaja: que ya es de otro. Y si no nos gusta, esta ventaja aparece mucho más clara.» Dos sentencias que casan bien con el temperamento de Raymond y Cécile, que el escritor barcelonés supo reflejar en español, pese a algunos literalismos y fallos, que habrían podido subsanarse con una corrección profesional ya en su momento.
No hay duda que, apoyada por un prólogo no excesivamente académico que informara del contexto sociopolítico en que surgió la narración de Sagan y un perfil de la autora que aproveche los datos aportados por ella misma en textos autobiográficos, Buenos días, tristeza puede ser una buena lectura para adolescentes inteligentes y una puerta de salida de la estereotipada literatura juvenil que hoy día se les endilga.
Valgan unos ejemplos para ilustrar lo que decía en el trujamán anterior. El contexto histórico está naturalmente implícito en la narración de La puja cuando su joven protagonista norteamericano decide matarse tras perder su fortuna en la bolsa. Si el relato es de 1910, no se está refiriéndose a la Gran Depresión del 29 sino, seguramente, a la del último tercio del siglo xix. También la cultura colonial está presente en la alusión a la fragancia Congo, tan famosa en la época que el autor solo menciona la marca, en la burlesca parodia de las investigaciones de Sherlock Holmes titulada Por un pelo.
En el primer cuento de la colección, El cíclope, tenemos al «astuto Ulises» con su tropa de marineros en la isla volcánica habitada por este gigantesco pastor. Al poco de entablar conversación con el griego, comprobando por sus agudezas y zalamerías que los dioses le concedieron los dos ojos de rigor y un pico de oro, el Cíclope decide aprovechar tal virtud reclamándole que le componga unos versos con que ablandar el corazón de una ninfa que le ha sorbido el seso, favor que espera pagarle en su momento zampándoselo junto con toda la marinería.
Giraudoux recrea una escena famosa de la Odisea —la derrota del Cíclope a manos de Nadie— y la adorna con la peripecia del gigante enamorado, sacando un partido fácil a la figura del personaje mítico en expresiones como «hacer ojitos», «andar con ojo», «estar ojo avizor», «tener ojo», «las niñas de su ojo», etc. La parodia del texto clásico se sostiene conservando expresiones y clichés de la obra original: «así dijo» como nexo narrativo entre escenas es uno de ellos. Los famosos personajes actúan y hablan aquí como personajes de historieta cómica: «Al hijo de troyano que diga que la cocinera avispada no es la mejor amiga de las gallinas le embucharemos a mazazos en su boca embustera una enorme remolacha de Esmirna». Las parodias más conocidas del mundo clásico —como Golfus de Roma y La vida de Brian, de los Monty Python— tienen demasiada sal gruesa y no sirven de referencia.
El intríngulis de este relato surge, creo, durante el intercambio de cortesías, cuando el Cíclope pregunta a Ulises si ha amado alguna vez, a lo que el astuto responde «pues según». Embriagado por el vino, el gigante aprovecha para soltar un lírico resumen del concepto, siempre fiel a su naturaleza bestial:
Par aimer, reprit le Cyclope, j’entends être brûlé jusqu’aux moelles, écrire son nom dans la mer avec des quartiers de montagne habilement disposés, et, selon les circonstances, être partagé par l’envie de broyer l’objet aimé soit sur son coeur, soit sous un bon coup de massue.
Estas frases con los verbos en infinitivo me recordaron el famoso soneto amoroso de Lope de Vega que empieza con el cuarteto: «Desmayarse, atreverse, estar furioso, / áspero, tierno, liberal, esquivo, / alentado, mortal, difunto, vivo, / leal, traidor, cobarde y animoso;»… y termina con el terceto: «creer que un cielo en un infierno cabe, dar la vida y el alma a un desengaño; esto es amor, quien lo probó lo sabe». Me hizo gracia imaginar al Cíclope recitando entre peñascos un soneto amoroso de Lope de Vega o, al menos, parafraseando un verso de Garcilaso ante la imagen del mar. Si buscamos inspiración en esa onda, también están los versos de Quevedo: «Osar, temer, amar y aborrecerse…». Por supuesto, surgía el tema del anacronismo, pero este aspecto ya está dentro del cuento, cuando el gigante asegura que Nadie «es un nombre americano». Con esta tentadora posibilidad, ¿nos acercábamos o nos alejábamos del sainete tontorrón? Consulté desde la lista de correos con los colegas franceses, más aficionados a las traducciones no literales. Preguntaron qué pintaba Lope de Vega en las islas donde habitan los cíclopes; respondí: «Nadie es un nombre americano». Siguieron varias disertaciones sobre la necesidad de «atreverse» al traducir, la obligación de la audacia, etc. Ay, con lo fácil que es traducir a Foucault, con sus citas eruditas en griego.
Un último ejemplo de cómo un dato biográfico permite contener o guiar la inventiva del traductor corresponde a la nota recogida en Cahiers Jean Giraudoux n.º 15 que menciona la acusada miopía del autor. Entonces cobra todo su sentido la divertida escena, de La guerra de Troya no tendrá lugar, en que la bella Helena responde a Héctor que ve los colores pero no las formas de esto y aquello que el guerrero señala. El rasgo desmitificador humorístico —la célebre cautiva es cegata— se combina con una de las originales reflexiones del autor francés para sugerir que se ve aquello que se desea, tema que con el pacifismo militante conforma una de las tres claves de su universo literario
60 fábulas para introducirse de manera sorprendente en el mundo de la filosofía.
Sofíos es un anciano maestro filósofo que inventa infinidad de fábulas cargadas de humor para sus jóvenes pupilos. Impregnadas del sabor de distintas culturas, estas sesenta historias inéditas hacen que nos planteemos qué sentido damos en la actualidad a las nociones de libertad, de respeto a las leyes, de amistad, de diferencia o del destino.
Ficha técnica: Fecha de publicación: 07/09/2010
128 páginas
ISBN: 978-84-9754-465-8
Código: 39011
Formato: 15 x 19,5 cm. Tomo 1
Encuadernación: Rústica sin solapas
Colección: ONIRO – LA BIBLIOTECA DEL SABER
You must be logged in to post a comment.