“Cláusulas de contrato enigmáticas”, en El Trujamán del Instituto Cervantes

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Cada editorial puede tener su propio modelo de contrato, por eso prestamos atención a su redacción para no descubrir, si surge alguna situación imprevista, que hemos firmado un contrato con cláusulas en las que no habíamos reparado y que podrían dejarnos sin poder de decisión o de negociación sobre el destino de nuestras traducciones. Algunas cláusulas están redactadas de modo tan enigmático, planteando supuestos no desarrollados, que despiertan la perplejidad o la intriga del profesional y se discuten en las listas de correos. En tales casos se trata de discernir a quién se pretende proteger y de qué, y las hipótesis dibujan el juego de fuerzas, de sospecha mutua, entre editor y traductor. Una de las cláusulas que recientemente presentaba un traductor francés —que es también profesor universitario— decía:

3. 5. En el caso de que el Editor debiera someter la traducción a la aprobación del autor de la obra original, y en el caso de que este último rechazara su publicación, por un motivo distinto de la calidad, las cantidades previstas en el contrato en concepto de anticipo le serán íntegramente abonadas al Traductor, y el Editor podrá utilizar libremente su trabajo en vista a la elaboración de una nueva traducción.

El desconcertado traductor se preguntaba qué cabía entender de esta cláusula, sospechando que el editor podría firmar (o hacer firmar) la traducción rechazada, haciéndola pasar como propia aun siendo él el autor de esa versión previa a cualquier reajuste. Veterano en el oficio, le costaba creer que un autor llegara a rechazar una traducción suya por «baja calidad», aunque, tal como andan las cosas, no podría ya asegurarlo.

Otro veterano traductor, muy aficionado a las historias de misterio, señalaba lo extraño que le parecía el texto, ya que se desprendía que el editor se reservaba un «derecho de plagio»; como dudaba que tal derecho exista, le sugería eliminar sin contemplaciones la frase «el editor podrá utilizar libremente su trabajo en vista a la elaboración de una nueva traducción». Se preguntaba qué otro motivo sino la mala calidad de una traducción justificaría que un autor llegue a vetar su publicación: quizá no quiera que se publique en tal país o, añadía irónicamente, porque al autor no le guste la cara del traductor. Entonces, la versión rechazada sería utilizada como base para una traducción en otro idioma.

Un tercero deducía de la frase «en el caso de que el Editor debiera someter la traducción a la aprobación del autor de la obra original» que el editor se planteaba publicar una versión abreviada. De modo que, si el autor rechazara tales recortes, podrían recuperar la primera traducción para contrastar.

Otra traductora intervenía para responder que el capricho del autor original poco tenía que hacer aquí, y que probablemente el editor buscaba protegerse de antemano después de haberse encontrado antes con este problema: un autor que lee la lengua de llegada y que, sin discutir la calidad de la traducción, se opone a su publicación porque el resultado no es fiel a su estilo; o el editor se las tiene con un autor quisquilloso o, simplemente, el autor o su agente han pedido que dicha cláusula se incluya por defecto en todos los contratos de traducción.

Según esta traductora, el editor estaba ofreciendo una solución de compromiso al pagar íntegramente el anticipo, pero reservándose la libertad de utilizar el texto traducido para reelaborarlo según los requerimientos del autor hasta la completa satisfacción de éste. Un anticipo íntegro más un trabajo de reescritura resulta más barato para la editorial que pagar solo un tercio al primer traductor (conviene señalar que el autor del original se reserva siempre el derecho por contrato de intervenir y de detener la publicación de la traducción) y encargar una nueva traducción; esta última opción implicaría sumar el tercio pagado y la nueva versión. En definitiva, el editor estaría ganando tiempo, pues tenía la garantía de publicar dentro de los plazos marcados por el contrato y, tal vez, obtener dinero para él; además, garantizaba al traductor cobrar la totalidad de su trabajo.

Otro motivo de rechazo podía ser de carácter político, acotado a países en contextos muy concretos, donde el autor puede pedir que se suavicen o adapten ciertos pasajes para no herir susceptibilidades de las minorías, costumbres, etc.

Teniendo encima de la mesa este conjunto de opciones para interpretar la enigmática cláusula, era buena idea hablar con el editor para aclarar definitivamente los términos del contrato y resolver la situación.

Crédito imagen: http://www.compracloud.com/noticias/5-clausulas-clave-de-un-contrato-de-cloud-computing

Books in Italy – Nueva base de datos

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imagen: http://ognimaledettopost.blogspot.com.es/2011/03/1861-2011-litalia-dei-libri-dimenticati.html

Ha nacido una nueva página dedicada al mundo editorial de Italia: Books in Italy.

Contiene diversas bases de datos diferenciadas por sectores profesionales: Agentes literarios y editores, autores, traductores, Institutos italianos de Cultura y enlaces a páginas de ayuda a la traducción (premios, promoción, etc.)

Más información sobre el proyecto y su origen en este enlace.

Mi ficha de traductora en la base de datos se encuentra aquí.

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Nivel de lengua, registro lingüístico, idiosincrasia nacional en El Trujamán, del Instituto Cervantes

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Guía de casas embrujadas del mundo, Francesco Dimitri

Nivel de lengua, registro lingüístico, idiosincrasia nacional

© María José Furió

Como traductores tomamos determinadas decisiones que parecen más «trascendentes» según la calidad de la obra original. Los traductores de los grandes clásicos que han compartido aquí sus experiencias nos han detallado sus dudas, sus cavilaciones al comparar las versiones previas y las decisiones que finalmente han adoptado para componer una versión que pueda calificarse de moderna y que resista al tiempo.

En obras no literarias, como ensayos, crónicas periodísticas y obras de divulgación el registro de lengua parece marcado de antemano y entendemos que no cabe cambiar ni innovar mucho al traducir, por poco que el léxico esté establecido. Sin embargo, estamos cansados de comprobar que textos que han funcionado muy bien en sus países no calan en español. Más de una vez me han dado a traducir libros que yo sabía, al acabar de leer el original, que no funcionarían en el mercado hispano a menos que se organizara una —muy improbable— machacona campaña de publicidad decidida a destacar unas virtudes invisibles para nuestro gusto. Me refiero a novelas con fuerte contenido sexual o policíacas exóticas. Esto es así porque se ha acostumbrado al lector al modelo anglosajón, y especialmente norteamericano, modelo que no vale la pena describir aquí.

Hay otros géneros, como la literatura juvenil, la autoayuda-cool —luego explico en qué consiste—, la de viajes, el humor e incluso ciertas autobiografías que pueden interesar al lector español, al punto de conseguir que el libro sea un éxito, a condición de introducir algunos cambios, y no hablo solo de editar y suprimir párrafos o capítulos con información pertinente en el país de origen pero no aquí, donde el lector carece de suficientes referencias. El cambio que introducimos de manera intuitiva afecta al registro lingüístico. El lenguaje coloquial a veces puede considerarse un registro culto o literario, porque es un lenguaje elaborado, homogéneo a lo largo de todo el libro; registro que el autor mantiene para ganarse la complicidad del lector. Es frecuente en temas de autoayuda-cool con su combinación de marujeo (esoterismos, autoayuda, saberes exóticos, salud, divulgación de disciplinas especializadas como economía) y de guiños culturales (incluido el no traducir dummies, por ejemplo).

Pero, aparte de las veces en que el editor pide que rebajemos el nivel de lengua porque el público de destino de la versión traducida no es el mismo al que se dirigía el autor —i. e., para chavales que cursan la ESO un texto sobre filosofía originalmente publicado en las páginas de cultura de un diario francés—, podemos decidir por nuestra cuenta que, para que la versión española quede redonda, conviene enfatizar el tono si no humorístico, al menos risueño y desenfadado del original y rebajar las construcciones sintácticas más propias de un ensayo que de una guía de viajes novelada.

Y es que cada género tiene lo que llamaría unas «marcas de convicción», que son aquellas que el lector acepta, asumiendo que «es así como se habla» en tal género o así se dirige uno a una franja de edad concreta para tratar de tal tema. Romper estas reglas implícitas para ganarse a una franja distinta de lectores —aunque quizá de la misma edad— explica el éxito de la serie de títulos tipo Economía para dummies(estúpidos, idiotas), donde se da por seguro que hasta los más «estúpidos» saben inglés y cuándo son los destinatarios de un mensaje.

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El tiempo material, de Giorgio Vasta. Traductor César Palma

Yo (no) estuve en Varsovia (y 2) en El Trujamán del Instituto Cervantes

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Héroes polacos del levantamiento de Varsovia, 1944

El Trujamán, 15 de julio de 2014

Me llamó la atención que el traductor se dirigiera al editor haciéndole notar esto y aquello y aquello, dando por descontado no solo que leería sus notas, comentarios y correcciones sino que las apreciaría y determinaría personalmente su pertinencia. El editor me pasó la patata caliente pidiendo que considerara los comentarios del traductor y eliminara sin escrúpulos las notas y correcciones más peregrinas, sin olvidar que el volumen final del libro debía ser manejable, aun cuando el formato de tapa dura tolera los tochos.

No presentaba dificultades importantes de estilo ni de interpretación, pues el traductor era un profesional veterano y experto. El problema era que intervenía no solo para corregir errores que justificaba en nota al pie, sino que además discutía puntillosamente fechas y hechos a tal punto que, alcanzado el ápice del asombro, me pregunté cómo podía tener conocimiento de unos acontecimientos que, según aseguraba el original, constituían la novedad y razón del ensayo. ¿Acaso estuvo en Varsovia en 1944? Hice cábalas: aunque por esas fechas nuestro traductor ya pisara este mundo, ni siquiera vestiría pantalones largos si debía seguir profesionalmente activo a principios del siglo xxi.

Dado que el uso de Google no estaba tan generalizado como hoy ni la cantidad de datos subidos a la red alcanzaba la magnitud, variedad y desmesura que conocemos, debía confiar en enciclopedias y diccionarios de toda suerte para dirimir entre el autor y su traductor. En ciertos puntos, la razón recaía impepinablemente en el autor, pues es quien firma y tiene autoridad sobre su ensayo. Otras correcciones, sin embargo, eran plausibles pero indecidibles… salvo por un historiador especialista al que habría que pagar por verificar datos exclusivamente.

Sin duda, mi traductor llevó la intervención a su paroxismo. Era fácil suponer que «enloqueció», que la larga convivencia con un texto de tal extensión le hizo perder el norte en su afán de ser preciso y honesto con los lectores. Pero creo que en realidad esta situación es más frecuente de lo que parece. Aquí, elevada a la enésima potencia, subrayaba el enfrentamiento ideológico que no pocas veces opone al traductor con el original a traducir, del que dependen sus ingresos. Otros trujamanes han tratado de las versiones adaptadas por la censura franquista, pero ¿qué decir de la censura que impone el llamado Pensamiento Único? Cuántas veces nos hemos encontrado tecleando rítmicamente y piropeando a nuestro autor con un «patán», «caradura», en tono cómplice, sí… o no siempre, y comentando sobre la marcha el progreso del texto: «qué estilo desastrado», «¡así se reescribe la historia de la literatura!», etc.

Quizá un traductor erudito que tiene entre manos un ensayo dedicado a un periodo de la historia que conoce bien no renuncie a luchar a brazo partido hasta la última página, la última coma, la última nota para defender oblicuamente su propio enfoque de ese periodo histórico.

Ahora que tenemos a un tiro de tecla información muy especializada, cuesta menos averiguar si tal autor extranjero cojea ideológicamente de tal pie y tal traductor del otro, por lo que la prolija intervención que aquí comento también pudo ser una forma apasionada de defender otra memoria histórica.
Quizá lo más destacable de esta peripecia no sea que a la pasión del historiador inglés se le enfrentara la pasión del traductor, ni que mediara entre ambos la pasión filológica —si la ecuanimidad y el trabajo bien hecho que se esperan del responsable del editing son variantes de la pasión—, sino que todo se supeditara a la pasión autoritaria de los editores, que decidieron posponer la publicación del libro, seguramente menos por desconfianza ante mi edición que por recelo ante cualquier edición de «fuera de la casa». Por si fuera poco, el editor decidió castigarme posponiendo un mes el pago de la abultada factura —quizá también al traductor—. De modo que cuando supe que al cabo de unos años este editor fue despedido, me pareció que el traductor llevaba razón al defender sus posiciones dentro del texto traducido,el único campo de batalla donde tenía (tenemos) opciones de ganar.

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Crédito foto: http://www.sppw1944.org/index_es.html
Crédito foto: http://www.sppw1944.org/index_es.html

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Traducir con máquinas, traducir como máquinas, en El Trujamán

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Alfabeto cirílico

Instituto Cervantes, El Trujamán, 29-05-2014

Decidida a encontrar una descripción cabal de las llamadas memorias de traducción y del término «localizar» cuando no significa ubicar o dar con el paradero de alguien, leí Les tecnologies de la traducció, de Antoni Oliver, J. Moré y S. Climent. Por esos días, recibí un par de mails que trataban justamente del peliagudo asunto de los programas de traducción asistida —Trados, etc.— y de las exigencias variopintas que pretenden imponer algunas agencias y grandes compañías en su intento de abaratar costes.

En el primer correo, una agencia italiana enviaba una circular en inglés señalando que, para pasar al fichero definitivo de sus colaboradores en activo, era requisito indispensable acreditar el conocimiento y experiencia en el uso de programas de traducción asistida. Su argumento apelaba a la modernidad, al trabajo en equipo y a la necesidad de tomar en consideración a los diferentes eslabones de la cadena para mantener bajo control el flujo de trabajo. En fotografía, el concepto «flujo de trabajo» alude a las rutinas que el profesional idea y establece para rentabilizar su tiempo ante la pantalla porque debe manejar un gran volumen de imágenes; los programas de retoque fotográfico han incorporado distintos menús que ofrecen métodos rápidos de archivo, clasificación, etc., de cientos de imágenes a la vez. No parece que los tratamientos de texto habituales ofrezcan similares prestaciones ni que las tecnologías de ¿apoyo? a la traducción tipo Trados o Wordfast sean gratuitas o baratas ni puedan aprenderse de forma intuitiva o baste un sencillo manual de instrucciones. Con todo, lo más destacable me pareció el énfasis en la idea del trabajo en serie; la circular recordaba que el traductor debía comprometerse a asumir que la fluidez de su trabajo condicionaría el ritmo de los otros miembros. Imaginé —¡adiós a la bohème y a la absenta para desayunar!— una cadena de producción en el mejor estilo fábrica de automóviles filmada por Chaplin… y como creo que no se pueden plantear estas exigencias sin la contrapartida de un volumen de ingresos garantizado, no respondí al mail.

Poco después, en respuesta a la consulta de una colega francesa tras recibir un correo de AmazonCrossing, la Asociación de Traductores Literarios de Francia emitía una circular definiendo su posición oficial frente a los movimientos de captación de traductores profesionales por parte de grandes compañías —aquí Amazon, tal vez pronto, Google, etc.— y de agencias de representación de traductores literarios.

La asociación francesa apelaba a la prudencia subrayando que AmazonCrossing pretende saltarse a la torera el código de usos establecido en países europeos como Italia, Alemania y la misma Francia —allá donde la compañía americana ha ido a pescar profesionales con el anzuelo nada apetitoso de renunciar a todos sus derechos y aceptar tarifas tres veces inferiores a las vigentes en el país—. Las llamadas agencias de representación de traductores, copiando el sistema de las agencias literarias, apunta la asociación, no van a la zaga en propuestas ruinosas.

En Por qué la traducción importa, la prestigiosa Edith Grossman, traductora al inglés de Cervantes, Neruda y otros clásicos, afirma que las agencias literarias nunca se han interesado por representar a traductores por los irrisorios beneficios que rinden sus libros. Si ahora surgen estas nuevas empresas no es porque crean que los traductores de best sellers caerán rendidos en sus brazos para que lleven la cuenta de sus ventas a cambio de un suculento porcentaje —hasta un 40 %—; a los traductores conocidos tampoco interesará que la agencia sea el único interlocutor con la editorial ni que les reclame exclusiva; surgen porque la globalización e internet les permite captar traductores en países con un bajo nivel de renta y ofrecerlos a agencias y empresas del primer mundo manteniendo las tarifas bajas que éste requiere pero que en países emergentes resultan fantásticas. El grado de implicación de las asociaciones de traductores literarios defendiendo activamente los logros alcanzados dibuja el perfil profesional de cada país. Me pregunto qué respuestas activas están dando las asociaciones en España.

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“Dale aire…” en El Trujamán del Instituto Cervantes

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Man Ray, 1934, por Carl Van Vechten.

El Trujamán, 8 de mayo de 2014

No es habitual, pero tampoco insólito que el editor pida al traductor que engorde el texto. El original consiste en una larga entrevista realizada en varias sesiones —no, corrige el protagonista, «esto es una charla»—, durante la cual un célebre pintor y fotógrafo se explaya sobre su vida y logros con un reconocido escritor francés, amigo e interlocutor discreto. A esta primera parte, muy amena por la vivacidad del diálogo, le sigue una parte bisagra con imágenes e ilustraciones, previa a la serie de documentos reflexivos sobre arte, presentaciones de exposiciones y biografía del artista. Siendo la entrevista el bocado original, la editora me explica que interesa que el conjunto alcance una extensión concreta para encajarlo en la colección donde van a publicarlo, por lo que conviene que las frases cojan aire, lo cual significa elegir la versión más larga de las distintas opciones… sin perder la compostura con rodeos y circunloquios absurdos.

La entrevista tiene lugar en París, a principios de los años setenta, de manera que el lenguaje es actual con algo demodé por las constantes referencias a las primeras décadas del siglo xx —surrealistas y dadaístas—. El reto resulta más interesante de lo que en principio parece por el tono coloquial y cómplice de la conversación entre el artista y el escritor, pero también por la mezcla de anécdotas y rememoraciones, que piden un cierto suspense, y las explicaciones técnicas de un quehacer artístico en el que fue pionero. En la conversación conviven, pues, varios registros. Por lo que hace a la expresión y vocabulario, deben sonar actuales, pero no tiene sentido poner en boca de dos señores entrados en años y cultos exclamaciones propias de otra edad o clase social.

Escoger la versión más larga de la frase traducida es un desafío como, salvando todas las distancias, lo son las formas fijas para los poetas. Sin embargo, esponjar el texto no tiene que ver con que a una extensión concreta de palabras le corresponda otro número de palabras concreto más el correspondiente coeficiente de incremento, que es el aumento o disminución del número de palabras entre distintos idiomas; si bien esta diferencia depende del género y del idioma, del francés al castellano la diferencia gira en torno al 10 %. Aquí se trataba de una recreación donde entre concisión o amplificación prevalecía la última alternativa.

En definitiva, la traducción de una charla, o entrevista, se parece a construir una conversación entre dos personajes de novela, pues contamos con los mismos ingredientes: dos personalidades caracterizadas por sus palabras y diferencias de edad y de rango y uno o varios temas de interés, de los que tienen distinto grado de conocimiento. El aire que le damos a la frase debe compensarse con un ritmo ágil, justamente para que el mayor número de palabras no suponga pesadez y el lector perciba el resultado como artificioso; para ello nos fijamos en la sintaxis, sabiendo que en español tenemos a nuestro favor la libertad para distribuir las partes de la oración. Intentamos que las frases suenen naturales como las habrían pronunciado los dos interlocutores.

Al final, el resultado consigue diferenciar las dos partes del libro, conservando en sus palabras, como se ve también en la parte ensayística a cargo de otra traductora, el característico tono provocador y alegre del artista.

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Traducir el folletín, en El Trujamán, del Instituto Cervantes

TRADUCIR EL FOLLETÍN: emboscadas y puntos de fuga

 Cervantes – El Trujamán, 29/10/2013

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“FANTOMAS”, Juan Gris, 1915

A finales del siglo pasado –ya que voy a hablar del folletín, creo adecuado recrear la atmósfera de intriga y exageración–, el editor que me había publicado una novela comentó que no tenía traductor para el primer Fantômas. Con una acuciante urgencia de ingresos, yo me sentía dispuesta a traducir cualquier cosa. Sobre la novela, el editor no dio más pistas que las obvias sobre el éxito que tuvo en las primeras décadas del siglo XX entre los surrealistas, tampoco apuntó, como más tarde han hecho otros editores, a qué tipo de lector quería captar ni el registro o nivel de lengua más recomendable para conseguirlo.

Apenas leídas las primeras páginas de Fantomas vi que el estilo era anticuado y desaliñado a la vez, pero me lancé a la tarea con la temeridad de los profesionales autónomos novatos. En esa misma época me contactaron desde Anagrama para ofrecerme una novela francesa de una autora punk y, creo, lesbiana que era el fenómeno del momento. La traductora que debía ocuparse en principio había rechazado el proyecto porque el texto, cargado de argot sexual, le pareció demasiado escabroso. Admiré que pudiera darse el lujo de rechazar un encargo de Anagrama y de nuevo me lancé a la tarea. Comprobé pronto, oh decepción, que la novela era un bodrio trash –el editor la calificó de “divertida”–. Suele decirse que la primera crítica literaria de una obra extranjera es obra del traductor. En esta novela punk, las protagonistas terminan como Thelma y Louise al cabo de 200 páginas de fatigosos avatares. Haciendo buena la premisa del traductor como primer crítico, si de mí dependiera las protagonistas se habrían estrellado en el primer capítulo. Y aquí paz y después gloria.

            La decepción era tal, para alguien que creía y cree en la gran tradición literaria francesa, que, contaminada del tono folletinesco de ambas novelas, vi ante mí un desolador e inacabable horizonte de novelas malas. Espantosas, horribles, terribles, insufribles (por mantener el vocabulario del género) malas novelas exitosas. En las Ramblas veía, igual que el detective Juve busca a Fantomas bajo todos sus disfraces, a los paseantes como cómplices necesarios de este atentado a la Literatura. Igual que su joven ayudante, Fandor, que en su desesperada urgencia de escapar del criminal Gurn, uno de los avatares de Fantomas, se reinventa como periodista y detective, me planteaba cómo salir de la emboscada.

            Naturalmente, ambos editores quedaron defraudados con mis traducciones y de nada habría servido que yo argumentase que tal vez esas novelas no se deberían haber escrito, luego no deberían haberse publicado y, por último, no deberían haberse traducido, pues para un editor no existen los malos libros sino las malas traducciones. Corregí meticulosamente Fantomas hasta que quedó apañada, pero el corrector de la novela punk metió la cuchara hasta borrar mi versión casi por entero… y diría que casi el original.

            Este verano me escribió una profesora universitaria de literatura francesa interesada en conseguir un ejemplar en español de ese Fantomas, ya descatalogado. Le comenté que esa versión no era muy lucida pero que tiempo después, por quitarme el mal sabor de boca, tomé la iniciativa de preparar una versión modernizada pensando en un lector de hoy. Por estas fechas, en Francia se está publicando la “integral” de Fantomas, de forma que los fans de Pierre Souvestre y Marcel Allain tienen a su alcance 32 títulos con un muy interesante prólogo que contextualiza el surgimiento y desarrollo del folletín francés. Gracias a internet, yo disponía ahora de una cantidad abrumadora de información sobre la gestación y éxito de este fenómeno, y también accedí a las opiniones de los fans, a la recreación de su figura por artistas como Magritte o los poetas Cendrars y Apollinaire, adaptaciones al cine o la radio, y, lo que resultó más importante, datos sobre la Belle Époque, periodo en que transcurre la acción.

Se dirá que son datos tangenciales pero no es cierto. El entusiasmo de los fans subraya los puntos fuertes del folletín que no conviene perder: la violencia inmotivada del villano Fantomas, el erotismo démodé, los ambientes urbanos y la velocidad de la acción. Llegué a la conclusión de que modernizar el folletín sin que pierda sabor de época es una labor de subrayar aquí y difuminar allá. El tono melodramático más un lenguaje pasado de moda con muchas redundancias resulta hoy indigesto, por lo que es mejor recortar adjetivos y matizar las exclamaciones, controlar el ritmo de los diálogos para que tengan la agilidad de una versión cinematográfica. Dado que el folletín resulta de la combinación de ingredientes como tono, léxico y ritmo, modernizarlo implica dar con la dosis adecuada para que no resulte una simple curiosidad arqueológica.

 © María José Furió

La cité du livre avec Olivier Mannoni, traductor y presidente de la ATLF

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La entrevista a Olivier Mannoni, reconocido traductor de alemán al francés y presidente de la ATLF, arranca a partir del minuto 23. El programa es, por otro lado, de formato clásico y descansa sobre la habilidad de la presentadora, en tono de inteligente entusiasmo, para impulsar la conversación.

El traductor impasible: “Corazón tan blanco” de Javier Marías, en El Trujamán

Javier Marías en 1989. Foto de C. Vallvé

Ayer, día 9 de abril, El Trujamán publicaba este artículo dedicado a la gran novela de Javier Marías, Corazón tan blanco, dentro de la serie que dedico a la figura del traductor en distintas novelas y relatos. La de Marías, pude comprobarlo este verano pasado, gana con los años. El capítulo en que pone en escena una siniestra relación erótica por video le da mil vueltas en sagacidad a tantas reflexiones sobre la función de la cámara con que pretenden impresionarnos los posmodernos.
Hasta la fecha han publicado la dedicada a Justo Navarro, El espía, y al relato de Julio Cortázar Las babas del diablo. Espero que os interese:

Corazón tan blanco, de Javier Marías. El traductor impasible

Por María José Furió

En 1992 se publicó Corazón tan blanco, la novela que hizo famoso al escritor madrileño Javier Marías. Uno de sus elementos atractivos, además de la laberíntica narración de los hechos, es cómo la profesión de traductor de su protagonista, Juan, condiciona el desarrollo de la intriga.

Arranca con un impacto: una joven recién casada se suicida de un disparo en el corazón porque ha sabido algo que le lleva a preferir la muerte. Algo le ha dicho el hombre llamado Ranz, que tiempo después será padre del que narra para nosotros. En cierto momento Juan escribe:

Yo hablo y entiendo y leo cuatro lenguas incluyendo la mía, y por eso, supongo, me he dedicado parcialmente a ser traductor e intérprete […] Supongo que por eso tengo la tendencia a querer comprenderlo todo, cuanto se dice y llega a mis oídos.

La interpretación de los hechos resulta de la interpretación de las palabras, pero no solo, y así ocurre en una escena clave cuando, durante su viaje de luna de miel a La Habana, el protagonista es confundido por una mulata con su amante español, y él, el protagonista, inmerso en melancólicas cavilaciones sobre la hipótesis de futuro que es todo matrimonio —hipótesis de desastre incluido— se identifica, por esa confesión de la mujer, con la pareja adúltera, que casualmente ocupa el cuarto contiguo del hotel. La cubana insta a su amante a poner fin a su matrimonio y, ya desquiciada, a que mate a su rival, supuestamente enferma en Madrid.

Juan, «con el oído puesto», discurre sobre su compulsiva curiosidad, por la cual se siente inclinado a interpretar todos los signos:

A menudo traduzco hasta los gestos, las miradas y los movimientos, es un sucedáneo y una costumbre, y aun los objetos me parece que dicen algo cuando entran en contacto con esos movimientos, miradas y gestos.

Rellena los vacíos de palabras con imágenes, supone -o presupone- gestos y movimientos y en ellos unas intenciones concretas, aunque especialmente revelador es el tarareo de la mujer. Como intérprete, establece relaciones asociativas; una palabra es sinónimo de otra mientras el tarareo de la cubana es sinónimo del canturreo de su abuela, que cantaba por distraerse «con desgana y desentendimiento».

La escena en Cuba se convierte en gozne entre el pasado vivido por el padre del narrador y su novia suicida, y el futuro, fantaseado, en que el matrimonio que ahora celebra su luna de miel habrá de romperse. Su flamante esposa, Luisa, también traductora, finge dormir «en el convencimiento o superstición de que no existe lo que no se dice. Y es verdad que sólo lo que no se dice ni expresa es lo que no traducimos nunca».

La escena del hotel quizá sea real, pero ante todo es una escena sobreinterpretada. A lo largo de Corazón tan blanco, él afirma que preferiría «no saber» porque saber implica una responsabilidad. La profesión de traductor con su fantasía de objetividad parece la ocupación ideal para este hombre, que en el transcurso de la novela muestra que su no querer saber expreso se contradice a cada minuto por un estado de alerta en que él no deja de interpretarlo todo. La imposible objetividad ante el texto literario tiene su equivalente en la falsa pasividad ante el sentido y las consecuencias de los actos con que su padre labró su fortuna, que el protagonista aspira a heredar sin miramientos. Y ahí aparece la clave de Corazón tan blanco, una reflexión sobre las huellas de la culpa y la responsabilidad del que sabe de ella. El narrador refiere los negocios de su padre, no solo durante el franquismo sino también en la Latinoamérica de las dictaduras militares, y desvela de manera brillante por qué se mató la recién casada, en una confesión que Ranz hace a Luisa, mientras Juan escucha, como los intérpretes de conferencia, sin ser visto por quien habla.

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Interesante charla sobre traducción entre Alan Pauls y Jorge Fondebrider

Jorge Fondebrider y Alan Pauls

Se tocan varios palos y puntos controvertidos sobre la lengua de la traducción. Resulta interesante discrepar. Jorge Fondebrider gestiona el blog del Club de Traductores Literarios y Alan Pauls, novelista y ensayista, ejerció, afortunado él, por poco tiempo la traducción.

http://www.ustream.tv/recorded/16094135

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