El encanto de las traducciones anticuadas: “Buenos días, tristeza”, de Françoise Sagan por Noel Clarasó en el Trujamán

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El pasado mes de julio, en el diario The Guardian Rachel Cooke firmaba un interesante reportaje, The subtle art of translating foreign fiction, donde se hacía eco de la eclosión del interés por la literatura traducida en el Reino Unido, presa de la «fiebre Elena Ferrante», moda que atribuye a un apetito de exotismo. El artículo arranca recordando su decepción al leer una nueva traducción de Buenos días, tristeza, el bombazo literario que en 1954 lanzó a la fama a una jovencísima francesa, Françoise Sagan (1935-2004). Cooke recordaba la musicalidad de las primeras líneas, grabadas aún en su memoria.

Con curiosidad por recordar cómo resolvió el emblemático inicio su primer traductor español –o de los primeros–, Noel Clarasó (1899-1985), busqué mi ejemplar, una edición de Plaza y Janés de 1976 cuya portada lleva en medallón una fotografía de la película, dirigida en 1958 por Otto Preminger, con el abrazo de los dos adolescentes, Cécile y Cyril, interpretados por Jean Seberg y Geoffrey Horne.

La primera frase del original francés reza:

«Sur ce sentiment inconnu dont l’ennui, la douceur m’obsèdent, j’hésite à apposer le nom, le beau nom grave de tristesse.»

Clarasó tradujo:

«Dudo al llamar con el nombre bello y serio de tristeza, a este sentimien-to desconocido cuya dulzura y cuyo dolor me tienen obsesionada».

La coma sobra, aunque marque una pausa en la respiración de la frase. Traduce ennui por «dolor», eligiendo sustantivos de un registro más estándar o neutro, porque la marca literaria la da la prosodia. Abatimiento o desazón o tedio, significados más precisos de ennui, quizá sonarían demasiado elevados de entrada, cuando la madurez de este texto juvenil radica en la coherencia de las reflexiones de su protagonista, de un lado, y de otro, en los distintos perfiles psicológicos que reflejan a una clase social, ociosa y hedonista, así como en el eco de la literatura francesa libertina y de introspección.
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Con la distancia que el tiempo impone, me ha parecido al releer la novela, con el texto francés cerca, que la versión castellana de Noel Clarasó tenía lo necesario para marcar el paso a traducciones posteriores. No me extrañó descubrir que en su versión, Javier Albiñana, de 1995, puso todo el empeño en distanciarse de la versión de Clarasó. Arranca con una traducción fidelísima al original en lo que hace a la estructura de la frase:

«A ese sentimiento desconocido cuyo tedio, cuya dulzura, me obsesionan, dudo en darle el nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza»,

Idéntica opción tomó la traductora inglesa de la versión de Penguin, que inspiró el artículo de Rachel Cooke:

«This strange new feeling of mine, obsessing me by its sweet languor, is such that I am reluctant to dignify it with the fine, solemn name of ‘sadness’».

Mientras la antigua y memorizada versión reza:

«A strange melancholy pervades me to which I hesitate to give the grave and beautiful name of sadness».

El tono y el ritmo de la frase de Clarasó pautan la recepción que espera del lector. Antepone el verbo indicando así que se trata de una narración en primera persona, mientras Sagan evitaba el omnipresente pronombre personal francés desplazando el sujeto a la segunda mitad de la frase.

Varias veces los traductores que realizan una versión moderna de títulos clásicos nos han informado de qué aspectos de su intervención mejoraban versiones previas. La pregunta también podría ser la contraria, según se lamentaba la periodista inglesa, subrayando lo fría que le pareció la versión moderna de Sagan en Penguin Classics.

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Raymon, Elsa y Cécile en la adaptación cinematográfica de Preminger

 

Buenos días, tristeza es, como sabe la mayoría, una novela que se inscribe en el subgénero llamado coming on age, o de iniciación a la vida adulta. Habitualmente protagonizada por un adolescente que experimenta una maduración de su planteamientos vitales que será determinante para su edad adulta, a tenor de los acontecimientos relatados en la acción, muchas ofrecen un contenido iniciático –El guardián entre el centeno, Las aventuras de Tom Sawyer, Retrato del artista adolescente…–, y una dosis variable de moralidad, como aquí sucede. La heroína, Cécile, descubre que la omnipotencia que caracteriza la infancia, definida por la relación simbiótica con su padre –Raymond, un viudo y seductor publicista cuarentón que, en el curso del veraneo en la Costa Azul, cambia a la joven modelo, Elsa, por la elegante diseñadora Anne, mejor amiga de la madre de la adolescente protagonista, con la que planea casarse—, no resulta, al cabo del tiempo, tan gratificante si excluye aceptar a personalidades distintas cuya experiencia aporta una fricción a la realidad, enriqueciéndola.

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El lienzo de Tintoretto, de Thierry Maugenest

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Sinopsis:

«Una atractiva intriga histórica ambientada en el Renacimiento, con dos investigaciones paralelas en el tiempo y un secreto de las cruzadas celosamente guardado por una secta que perdura a través de los siglos.»

La historia se narra a través de correos electrónicos, en un momento en que no era un medio de comunicación tan trivial como lo es ahora. Indudablemente el atractivo de la narración se apoyaba tanto en el género –una intriga “policiaca”– como en la ambientación histórica.
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Ocurrió algo curioso -y significativo– y es que recibí precisamente un mail del autor felicitándome por la traducción y en esos días, probablemente por una mala conexión, el ordenador se colgaba continuamente, así que respondí de manera muy parca y me quedó la duda de si le llegó la respuesta de agradecimiento a Maugenest. Chi lo sa!

Se ha hecho una edición en bolsillo, pese a las reticencias de la editora con el resultado del texto castellano. Lo curioso a lo que me refería es que en esa editorial dos veces me dijeron que no les había gustado mi traducción y en cambio en una me invitaron a hablar de ella en una universidad y la otra conoció más de una edición, y el autor, que lee español, quedó muy contento.
De cara a lo que pueda aprender de estos avatares un traductor literario en sus inicios de carrera: conviene tener comunicación directa con el editor, estar seguros de qué tipo de resultado quiere. Porque no hay un resultado “lógico” sino que a veces depende del público que el editor tenga en mente.

De todos modos, me temo que en esta novela la queja pudo tener más que ver con el afán de decir la última palabra de la editora, sin olvidar que el castellano que se habla en Barcelona puede llegar a ser demasiado líquido y soso y a mí me gusta que tenga ritmo y no hayan rimas internas. El lienzo de Tintoretto, es decir mi traducción al español, en la que vi pocas correcciones pese a todo, ha tenido más éxito de ventas que otros títulos del mismo autor que la editora ofreció a otra traductora. Es lo que damos en llamar justicia poética.

Ojalá surja la oportunidad de traducir otras novelas suyas.

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Sello: Grijalbo
Colección: Novela Histórica
Páginas: 208
PVP: $229
ISBN: 9685960631