Homenaje a Mari Pepa Palomero, traductora y editora de El Trujamán, del Instituto Cervantes

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Mari Pepa Palomero, esa sonrisa dibuja un carácter

Mis colegas han escrito algunas notas en recuerdo de nuestra querida Mari Pepa Palomero, editora de El Trujamán (Instituto Cervantes), que falleció el pasado 10 de enero, cuando creíamos que la tendríamos pronto reincorporada a la tarea.

No nos deja harto consuelo su memoria

Hay veces que solo regresando al pasado se puede seguir. La insufrible muerte de Mari Pepa Palomero me empuja hacia atrás en el tiempo. Y surge un presente donde ella, sin arrogancia, con claridad, casi anónima, guía los trujamanes. Los míos, por ejemplo. Escribirlos a su sombra me sirve para entender parte de lo que es traducir. Mari Pepa, cariñosa, discreta aunque tajante cuando es necesario, continuará figurando a pie de página, por mucho que no se mencione, en bastantes de las que traduzca. (Mariano Antolín Rato)

Había oído hablar de Mari Pepa mucho y muy bien, sabía que llevaba lo de El Trujamán del Instituto Cervantes y El atril del traductor, de la misma institución, pero a ella no la conocí hasta el estupendo primer encuentro de traductores en Salobreña. Fue una tarde noche, a la puerta del centro en el que se celebraba el encuentro, fumando las dos como desesperadas. Nos presentamos y acto seguido me propuso que escribiera tres artículos en torno a la traducción para El Trujamán. Casi me da algo. Jamás se me habría ocurrido escribir en El Trujamán, me imponía mucho respeto… Y no llegué a hacerlo, pero eso es otra historia. A lo que iba es a la impresión que me produjo Mari Pepa. Todo lo que se decía de ella era verdad: buen corazón y buena cabeza, convencida y convincente, fuerte y optimista, decidida y directa. No he tenido oportunidad de conocerla un poco más, pero esa primera impresión no pudo ser mejor y «no perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada». (Concha Cardeñoso)

Mujer de voz penetrante y mirada certera, Mari Pepa supo reconocer la oportunidad de crear un foro abierto a la Traducción en mayúsculas, donde todas sus vertientes confluyen y son igualmente necesarias, como los músicos de una orquesta. Los artículos de El Trujamán deberían figurar en cualquier bibliografía sobre traducción. Brava, maestra. (Belén Santana)

No he conocido personalmente a Mari Pepa Palomero, pero siento, extrañamente, que tal vez sí, porque formas de conocer hay muchas, y porque pasearse por esta revista, El Trujamán, de la que ella fue instigadora, es también conocerla un poco y sentir su pérdida. A través de los años, gracias a sus autores y gracias a ella, El Trujamán se ha convertido en una pequeña enciclopedia de pensamiento libre sobre la traducción. Sin consuelo, me uno aquí al dolor, a la rabia y al recuerdo de quienes la conocieron y la quisieron. (Antonio Fernández Lera)

Buscamos consuelo cuando perdemos a una persona hablando de la memoria que de ella queda, de la obra que deja, de su presencia en nuestro recuerdo. No me vale. Sobre todo porque de nada le vale a ella, que lo ha perdido todo al perder la vida y nada lo puede remediar. Son consuelos que se inventan los vivos. Y ¿dónde está mandado que haya que consolarse? (María Teresa Gallego Urrutia)

Mari Pepa, traducción, Mari Pepa, El Trujamán, Mari Pepa, Cervantes, un cigarro juntas en la puerta de la calle Barquillo en verano o Navidades, parece tan poco, y, sin embargo, el vacío que deja es enorme. No dejemos que su trabajo, su esfuerzo, su pasión, caiga en el olvido. (Luisa Fernanda Garrido)

De Mari Pepa Palomero supe en cuanto me inicié en la profesión, y desde ese momento empecé a aprender gracias a su trabajo en el Centro Virtual Cervantes. Años después la conocí personalmente y comprobé que era como ese trabajo: buena, valiente, divertida, comprometida con la profesión, inteligente y eficaz. La última vez nos vimos en Granada y hablamos apasionadamente de traducción. Los trujamanes no te podremos olvidar, Mari Pepa. (Carmen Montes Cano)

1999. Tarazona (cuando era Tarazona). En un bar, vermú de grifo, le contamos a Mari Pepa cómo trabajábamos las clases de traducción. «Me interesa —tajante—. Venid a verme el miércoles. Con un proyecto y un presupuesto». Y fuimos. Estaban dos responsables más del Centro Virtual Cervantes. Les explicamos con detalle, cuadros, colores… «Vamos a hacerlo. Cuánto queréis cobrar», habló el jefe. Contestamos. Silencio. Mari Pepa nos miró de arriba abajo, sin pestañear, resolutiva, inapelable: «Morti di fame…». Y nos multiplicaron las pretensiones. Aquello fue durante muchos años El atril del traductor, que ella hizo y cuidó como suyo. (Íñigo Sánchez Paños)

En memoria de Mari Pepa Palomero, este trujamán que podría ser infinito…

La intérprete de la Utopía Ku, en El Trujamán del Instituto Cervantes

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Dirigida por Sidney Pollack

© María José  Furió para El Trujamán 2015

La intérprete es un moroso thriller dirigido por Sydney Pollack en 2005. Silvia Broome (Nicole Kidman) es intérprete de conferencia en la sede central de la ONU. Entre las lenguas que domina está la lengua africana ku, hablada en Matobo, de donde es originario el dictador que va a pronunciar una conferencia ante los representantes de todos los países. Los neoyorquinos le dispensan una tumultuosa protesta de bienvenida por su condición de genocida. Por casualidad, Broome oye una conversación entre dos africanos en torno al plan de asesinar al invitado; al ser detectada su presencia, su vida corre peligro por lo que se le asigna un agente del FBI (Sean Penn) para protegerla. Ciertos datos de su biografía despiertan la suspicacia de las autoridades —nacida en África, mantiene inexplicadas relaciones con personas vinculadas a la guerrilla en el país del dictador africano—, y la convierten en dinamizadora de la intriga hasta su resolución.

La ciudad de Nueva York es aquí un conglomerado de culturas del mundo entero, donde se escenifica un concepto que hoy parece pasado de moda, el melting-pot. Gente de todos los países coincide en espacios públicos como Central Park mientras la sede de la ONU parece una suerte de torre de Babel, domesticada gracias a los intérpretes de conferencia.

La película plantea un asunto interesante: cuál es el segmento mínimo que se puede «interpretar». El límite estaría en el susurro de equis decibelios, que permita identificar y reconocer una voz. Otro tema sugestivo es el papel de la lengua ficticia del país de origen de la intérprete, la República Democrática de Matobo. Existen unas montañas Matobo en la zona central de Botswana, frontera con Zimbawue, países ambos limítrofes con Sudáfrica, que servirían de inspiración del film. Percibimos enseguida que en la lengua ku abunda el fonema «k»: el presidente y líder exiliado se llama Kuman-Kuman (el de la Sudáfrica actual se llama Jacob Zuma). El líder genocida es Edmon Zuwanie. La pronunciación de sus nombres trae ecos del de dictadores famosos por acusaciones de genocidio, como Robert Mugabe.

No es la primera vez que en una película los personajes principales hablan o conocen un idioma inventado para la ficción. Al margen del estridente popurrí que a lo largo de la historia del cine de los sábados por la tarde han hablado todas las tribus caníbales made in Hollywood, la invención de un idioma para fines artísticos delata el contexto sociopolítico en que emerge. Así, el famoso klingon de Star Trek, serie norteamericana que arranca en 1966, parece tener su inspiración en el mutsun, lengua indígena de California. En los años sesenta y durante el periodo de eclosión del movimiento hippie, con la ciudad de San Francisco como centro neurálgico de la nueva cultura, nacieron corrientes de defensa y reivindicación de las minorías raciales; entre ellas, muy especialmente, de las olvidadas tribus indias. Como en La intérprete, el dominio por parte del protagonista, personaje positivo, de una lengua pequeña vinculada a los ancestros —los indios en América o las tribus condenadas por genocidas africanos— pretendería evocar en el espectador una nostalgia por un origen más puro ligado a una tierra madre.

Por lo que respecta a la lengua ku, fue construida, por Said el-Gheithy, director del londinense Centro para el Aprendizaje de Lenguas Africanas, por encargo de Sydney Pollack. Adapta como base distintos aspectos de los idiomas shona y swahili, hablados en el sur y el este de África, y se añadieron otros aspectos inventados pero coherentes. Además de contar con un diccionario propio, se ideó una cultura con tradiciones ancestrales, que en la película se traen a colación como tema de discusión del ideario moral de los protagonistas.

La conexión de La intérprete con los idealismos de los años setenta, hoy de moda, se plasma en la descripción de las costumbres de Matobo: no existe distinción de género, el idioma posee una elegancia poética. Basa su cultura en la edad y el género y son los mayores quienes saludan a los más jóvenes mientras las mujeres tienen preferencia sobre los hombres a la hora de romper el silencio; se saludan con palabras pero en ocasiones tocándose la frente y a estas costumbres se suman otras que sugieren la idea de lo exótico. Por contraste con las costumbres occidentales, plantean el concepto de relativismo teórico, que está en la base de la creación de la ONU.

“Cláusulas de contrato enigmáticas”, en El Trujamán del Instituto Cervantes

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Enlace a El Trujamán

Cada editorial puede tener su propio modelo de contrato, por eso prestamos atención a su redacción para no descubrir, si surge alguna situación imprevista, que hemos firmado un contrato con cláusulas en las que no habíamos reparado y que podrían dejarnos sin poder de decisión o de negociación sobre el destino de nuestras traducciones. Algunas cláusulas están redactadas de modo tan enigmático, planteando supuestos no desarrollados, que despiertan la perplejidad o la intriga del profesional y se discuten en las listas de correos. En tales casos se trata de discernir a quién se pretende proteger y de qué, y las hipótesis dibujan el juego de fuerzas, de sospecha mutua, entre editor y traductor. Una de las cláusulas que recientemente presentaba un traductor francés —que es también profesor universitario— decía:

3. 5. En el caso de que el Editor debiera someter la traducción a la aprobación del autor de la obra original, y en el caso de que este último rechazara su publicación, por un motivo distinto de la calidad, las cantidades previstas en el contrato en concepto de anticipo le serán íntegramente abonadas al Traductor, y el Editor podrá utilizar libremente su trabajo en vista a la elaboración de una nueva traducción.

El desconcertado traductor se preguntaba qué cabía entender de esta cláusula, sospechando que el editor podría firmar (o hacer firmar) la traducción rechazada, haciéndola pasar como propia aun siendo él el autor de esa versión previa a cualquier reajuste. Veterano en el oficio, le costaba creer que un autor llegara a rechazar una traducción suya por «baja calidad», aunque, tal como andan las cosas, no podría ya asegurarlo.

Otro veterano traductor, muy aficionado a las historias de misterio, señalaba lo extraño que le parecía el texto, ya que se desprendía que el editor se reservaba un «derecho de plagio»; como dudaba que tal derecho exista, le sugería eliminar sin contemplaciones la frase «el editor podrá utilizar libremente su trabajo en vista a la elaboración de una nueva traducción». Se preguntaba qué otro motivo sino la mala calidad de una traducción justificaría que un autor llegue a vetar su publicación: quizá no quiera que se publique en tal país o, añadía irónicamente, porque al autor no le guste la cara del traductor. Entonces, la versión rechazada sería utilizada como base para una traducción en otro idioma.

Un tercero deducía de la frase «en el caso de que el Editor debiera someter la traducción a la aprobación del autor de la obra original» que el editor se planteaba publicar una versión abreviada. De modo que, si el autor rechazara tales recortes, podrían recuperar la primera traducción para contrastar.

Otra traductora intervenía para responder que el capricho del autor original poco tenía que hacer aquí, y que probablemente el editor buscaba protegerse de antemano después de haberse encontrado antes con este problema: un autor que lee la lengua de llegada y que, sin discutir la calidad de la traducción, se opone a su publicación porque el resultado no es fiel a su estilo; o el editor se las tiene con un autor quisquilloso o, simplemente, el autor o su agente han pedido que dicha cláusula se incluya por defecto en todos los contratos de traducción.

Según esta traductora, el editor estaba ofreciendo una solución de compromiso al pagar íntegramente el anticipo, pero reservándose la libertad de utilizar el texto traducido para reelaborarlo según los requerimientos del autor hasta la completa satisfacción de éste. Un anticipo íntegro más un trabajo de reescritura resulta más barato para la editorial que pagar solo un tercio al primer traductor (conviene señalar que el autor del original se reserva siempre el derecho por contrato de intervenir y de detener la publicación de la traducción) y encargar una nueva traducción; esta última opción implicaría sumar el tercio pagado y la nueva versión. En definitiva, el editor estaría ganando tiempo, pues tenía la garantía de publicar dentro de los plazos marcados por el contrato y, tal vez, obtener dinero para él; además, garantizaba al traductor cobrar la totalidad de su trabajo.

Otro motivo de rechazo podía ser de carácter político, acotado a países en contextos muy concretos, donde el autor puede pedir que se suavicen o adapten ciertos pasajes para no herir susceptibilidades de las minorías, costumbres, etc.

Teniendo encima de la mesa este conjunto de opciones para interpretar la enigmática cláusula, era buena idea hablar con el editor para aclarar definitivamente los términos del contrato y resolver la situación.

Crédito imagen: http://www.compracloud.com/noticias/5-clausulas-clave-de-un-contrato-de-cloud-computing

Nivel de lengua, registro lingüístico, idiosincrasia nacional en El Trujamán, del Instituto Cervantes

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Guía de casas embrujadas del mundo, Francesco Dimitri

Nivel de lengua, registro lingüístico, idiosincrasia nacional

© María José Furió

Como traductores tomamos determinadas decisiones que parecen más «trascendentes» según la calidad de la obra original. Los traductores de los grandes clásicos que han compartido aquí sus experiencias nos han detallado sus dudas, sus cavilaciones al comparar las versiones previas y las decisiones que finalmente han adoptado para componer una versión que pueda calificarse de moderna y que resista al tiempo.

En obras no literarias, como ensayos, crónicas periodísticas y obras de divulgación el registro de lengua parece marcado de antemano y entendemos que no cabe cambiar ni innovar mucho al traducir, por poco que el léxico esté establecido. Sin embargo, estamos cansados de comprobar que textos que han funcionado muy bien en sus países no calan en español. Más de una vez me han dado a traducir libros que yo sabía, al acabar de leer el original, que no funcionarían en el mercado hispano a menos que se organizara una —muy improbable— machacona campaña de publicidad decidida a destacar unas virtudes invisibles para nuestro gusto. Me refiero a novelas con fuerte contenido sexual o policíacas exóticas. Esto es así porque se ha acostumbrado al lector al modelo anglosajón, y especialmente norteamericano, modelo que no vale la pena describir aquí.

Hay otros géneros, como la literatura juvenil, la autoayuda-cool —luego explico en qué consiste—, la de viajes, el humor e incluso ciertas autobiografías que pueden interesar al lector español, al punto de conseguir que el libro sea un éxito, a condición de introducir algunos cambios, y no hablo solo de editar y suprimir párrafos o capítulos con información pertinente en el país de origen pero no aquí, donde el lector carece de suficientes referencias. El cambio que introducimos de manera intuitiva afecta al registro lingüístico. El lenguaje coloquial a veces puede considerarse un registro culto o literario, porque es un lenguaje elaborado, homogéneo a lo largo de todo el libro; registro que el autor mantiene para ganarse la complicidad del lector. Es frecuente en temas de autoayuda-cool con su combinación de marujeo (esoterismos, autoayuda, saberes exóticos, salud, divulgación de disciplinas especializadas como economía) y de guiños culturales (incluido el no traducir dummies, por ejemplo).

Pero, aparte de las veces en que el editor pide que rebajemos el nivel de lengua porque el público de destino de la versión traducida no es el mismo al que se dirigía el autor —i. e., para chavales que cursan la ESO un texto sobre filosofía originalmente publicado en las páginas de cultura de un diario francés—, podemos decidir por nuestra cuenta que, para que la versión española quede redonda, conviene enfatizar el tono si no humorístico, al menos risueño y desenfadado del original y rebajar las construcciones sintácticas más propias de un ensayo que de una guía de viajes novelada.

Y es que cada género tiene lo que llamaría unas «marcas de convicción», que son aquellas que el lector acepta, asumiendo que «es así como se habla» en tal género o así se dirige uno a una franja de edad concreta para tratar de tal tema. Romper estas reglas implícitas para ganarse a una franja distinta de lectores —aunque quizá de la misma edad— explica el éxito de la serie de títulos tipo Economía para dummies(estúpidos, idiotas), donde se da por seguro que hasta los más «estúpidos» saben inglés y cuándo son los destinatarios de un mensaje.

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El tiempo material, de Giorgio Vasta. Traductor César Palma

Yo (no) estuve en Varsovia, en El Trujamán del Instituto Cervantes

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polaco11 -Sello dedicado a Varsovia
2- Soldado polaco:  «Sublevado polaco durante el Levantamiento de Varsovia el 1 de Agosto de 1944. En el brazo porta un brazalete con la bandera nacional polaca y en las manos maneja una metralleta Sten británica.»
3 -«Mujeres sublevadas del Servicio Militar Femenino para la defensa de Varsovia.»

© María José Furió para El Trujamán

Fotos y texto de los pies de foto extraídos del Levantamiento de Varsovia en 1944 :
http://www.eurasia1945.com/batallas/contienda/levantamiento-de-varsovia/

Uno de los temas de discusión frecuentes en listas de correos de traductores es el grado de intervención que puede permitirse el traductor cuando detecta un error en el original. Suele debatirse bizantinamente qué se considera error; para algunos, se limita a las erratas obvias o datos subsanables relativos a fechas, direcciones, nombres actualizados de ciudades, apellidos —en francés, no es raro que los autores ignoren el uso de los dos apellidos españoles y alteren su orden o destaquen el más sonoro o inusual—, etc. En tales debates pronto queda claro que el uso ha consagrado algunas reglas: en traducción técnica o de prensa, se corrigen todos los errores y antes o después se advierte al autor. En la traducción literaria, lo ideal parece consultar al autor, siempre que sea posible. Se da por seguro que éste agradecerá la corrección salvo que su error sea intencionado y, por ello, significativo. Pero si es involuntario, traducir un error no significativo puede interpretarse, como señalaba recientemente una colega, como un comentario «sobre la ignorancia del autor» y sería una marca más de la presencia del traductor donde el escritor ignoraba haber cometido un fallo.

Ya entrados en faena, algunos discuten si un texto de mala calidad, típico en los subgéneros de fantasy y novela negra de kiosco —gramática y sintaxis dudosa, estilo desaliñado o falta de estilo, adjetivación lacia, etc.—, ha de traducirse fielmente o conviene embellecerlo. En este punto, entran en consideración los conceptos de traducción literal y oblicua, y la noción ya ampliamente establecida de «traducir como amigo». La principal ventaja de esta solución es preservar la imagen de solvencia del traductor profesional, a quien se le atribuirá sin dudar la autoría del resultado desastroso; esta decisión también explicaría por qué algunos títulos alcanzan un éxito sorprendente en sus versiones traducidas, tras pasar sin pena ni gloria la versión original.

A veces, el traductor opta por mostrarse discreto y señalar el error en nota a pie de página —lo cual puede considerarse una manera hipocritona de quedar bien con todo el mundo sin dejar de lucirse al señalar confidencialmente, como al oído, el traspié—. En la literatura española contemporánea quizá sea Ramón Buenaventura, excelente novelista y traductor, quien ha hecho un uso más irónico de esta «industria» de la nota a pie de página, corrigiendo y anotando su propia obra, haciendo decir y desdiciendo luego en nota al pie a sus personajes, poniendo así en solfa las nociones de autoría y de texto cerrado.

Por lo general, encontramos una u otra pauta de corrección de errores. Pero ¿qué ocurre cuando el traductor decide corregir al autor incluso en sus notas al pie? Que a la editorial se le presenta un formidable trabajo de editing. Sucedió años atrás, cuando un editor de No-Ficción de una gran editorial me encargó la corrección de estilo y el editing de un ensayo que, visiblemente, se le había ido de las manos al traductor. El original inglés era un voluminoso ensayo histórico —más de 700 páginas— dedicado al alzamiento de la ciudad de Varsovia, que arrancó en agosto de 1944 mientras se esperaba la llegada de los soviéticos. «Stalin se negó a ayudar a los polacos y permitió que los alemanes actuaran libremente», reza la solapa, que añade: «Hitler ordenó destruir la ciudad y acabar con sus habitantes». La copia impresa con las notas del traductor, incluidas las notas a las notas a pie de página del historiador, superaba, si no recuerdo mal, los mil folios.

La versión española del alzamiento de Varsovia contra los nazis era como un jardín que ha crecido desordenadamente y en todas direcciones, fruto no del abandono sino de algún fertilizante peculiar generosamente esparcido por el traductor: ¿Erudición escrupulosa? ¿Aburrimiento? ¿Locura?

(Continuará…)

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“El espía” Justo Navarro y sus heterónimos, en El Trujamán

El 7 de febrero, El Trujamán, la revista de Traducción del Instituto Cervantes publicó mi artículo dedicado a El espía, del novelista, traductor y poeta Justo Navarro (Anagrama, 2011).

Ilustración : Pablo García

Empieza así:

«La biografía del poeta norteamericano Ezra Pound está marcada por el estigma de su fascinación y apoyo al fascismo mussoliniano, de sus manifestaciones antisemitas y un aura de enloquecida genialidad, de tal modo que su figura es, en parte, tabú. Suele salvarse el escollo separando cuidadosamente su obra poética de sus extravíos políticos. Por qué, habiendo sido detenido y acusado de traicionar a su país, no fue Pound ejecutado es el detalle intrigante y detonador de El espía. Justo Navarro fabula con la posibilidad de que el poeta de Rapallo fuese un agente doble y que sus extravagantes alocuciones a través de la radio italiana en tiempo de guerra contuviesen mensajes cifrados para los aliados. Unos mensajes que traían de cabeza a los nazis, incapaces de obtener ninguna certeza tras aplicarles todas las claves de interpretación de códigos secretos disponibles. Las peroratas del poeta americano eran intraducibles al idioma convencional del contraespionaje.

Sin embargo, como no se trata de una típica novela de espías, Navarro rompe el hilo de la narración y, reconstruyéndola por fragmentos de fuerte densidad poética, presenta a Pound en facetas que confirman y refutan esa supuesta condición suya de espía, de loco, de traidor, de leal ciudadano.»

Justo Navarro

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