Número imaginarios y liquidación de existencias, en Vasos Comunicantes

El misterio de las cantidades que editoriales y organismos de gestión de derechos de reproducción nos envían en forma de “liquidaciones” me inspiró este artículo que el pasado 16 de junio publicó Vasos Comunicantes.
Me avisaron las editoras de que una traductora les había señalado que consideraba incorrecto el dato donde digo que la edición digital debería por fuerza dar un número positivo, ya que a menudo las ventas de la edición digital -al firmarse los contratos papel/digital a la vez- se restan para amortizar el pago de la traducción. Obviamente, yo hablo de casos reales, y aunque particulares porque me ha sucedido a mí, también son extrapolables a otros traductores. Así, cuando firmábamos contratos a tanto alzado -impuestos por la corporación planetaria, antes de que la ley les obligara a someterse- no existía aún el ebook, por lo que un contrato para este tipo de edición no puede tener en cuenta si se amortizó o no el pago, ya que el traductor cobra una cantidad determinada y no recibe un céntimo en royalties (salvo si la obra es muy exitosa, en cuyo caso si no me equivoco, la ley obliga a  tomar en consideración al traductor y asignarle un porcentaje). La edición digital es entonces una edición nueva y por fuerza cualquier venta ya daría positivo para el traductor. Las triquiñuelas que encierran los contratos siempre leoninos explican que al final no recibamos ni un mísero céntimo. 

Por otro lado, el quid del artículo está en la falta de transparencia sobre las cifras que nos conciernen, de lo cual deriva que, si no recibimos la documentación que acredita oficialmente las cantidades por ejemplares publicados y vendidos o destruidos, los resultados en conjunto pueden calificarse de “imaginarios”.


Allá por mis dieciséis años viví un breve idilio con las matemáticas, en concreto con los números imaginarios y el número e. Entreví entonces la fascinación de la gente de ciencias por esta materia y, para lo que aquí nos interesa, el potencial metafórico de los números. Sabía que no tendría continuidad porque en el viejo BUP elegir letras suponía que, al pasar a tercero, los números y las cantidades solo recuperarían importancia ―no sé si trascendencia― al tratar de la métrica y de las fechas de acontecimientos históricos. Por eso, y al contrario de lo que ocurre en los romances trágicos que nutren la narrativa del siglo XIX y primera mitad del XX, quedé convencida de que mi desenfadado amorío con el número infinito y los números imaginarios empezaba y terminaba allí y que nunca volvería a saber de uno y otros.

Pero, como dijo Baudelaire, Hélas, non ! Resulta que los he encontrado por doquier en los momentos y lugares más inesperados.
(Sigue aquí → Vasos Comunicantes )

IA y traducción literaria: 5

El viernes la selección de traductores incluía a Mariana Dimópulos, de Argentina y afincada en Alemania,  a Enrique Winter, de Chile y afincado también en Alemania, y a mí misma, desde España.

Hay una respuesta común y es el pesimismo en torno al impacto de la IA en la profesión. Incluso los que utilizan cada vez con más frecuencia los programas de traducción automática -que debe entenderse como diferente de la traducción asistida, con las herramientas TAO, que hasta la fecha no he tenido tiempo ni demasiadas ganas de usar ni tampoco de matricularme en ninguno de los caros cursos para familiarizarse en su uso- están seguros de que la profesión sufrirá mayoritariamente en cuanto a ingresos.

Podéis leer aquí nuestras respuestas

Tribuna sobre traducción con IA en Le Monde de Jörn Cambreleng

El pasado 20 de octubre el diario Le Monde publicó una tribuna redactada por el director de ATLAS, donde tiene su sede la casa de los Traductores de Arles (Provenza, Francia), Jörn Cambreleng, en torno a los peligros que entraña el desarrollo velocísimo de los sistemas de traducción mediante inteligencia artificial. Como todo el mundo sabe, las empresas utilizan para entrenar a sus programas textos de diversa procedencia y de todo género, sin pagar los pertinentes derechos de autor.
He traducido al español la tribuna para acercarla a los lectores que no entiendan francés. Justamente esta semana he recibido una propuesta desde una agencia de traducción para trabajar como ayudante en el desarrollo de uno de esos programas. Las condiciones laborales son las de los obreros en cadena. Esperan que el obrero dedique por lo menos 40 horas semanales a revisar y corregir las traducciones generadas por las máquinas. Se me ocurre que sería divertido introducir deliberadamente errores para enloquecer al programa forzándola a producir un idioma ficticio y sin sentido y solo en parte comprensible. 😀

Evidentemente, no se trata de rechazar por completo el avance que puede suponer para la traducción de textos de gran envergadura de, por ejemplo, carácter legal, donde se repiten continuamente frases, términos o nombres de leyes, ordenamientos, y donde este tipo de programas pueden funcionar como enorme glosario. El fondo de la cuestión es abaratar desde todos lados el trabajo y la creatividad implícita en la traducción, sobre todo literaria.

Cambreleng denuncia que algunos formadores se brinden a colaborar con las empresas en lugar de defender lo esencial de la formación del traductor.
Evidentemente, mi traducción no está hecha con IA. Consulto diccionarios en línea pero aunque solo sea para mantener musculada mi mente, traduzco yo y me equivoco yo 😉


Tribuna de Jörn Cambreleng, publicada en Le Monde
20 de octubr
e 2024

TRADUCCIÓN Y SIMULACRO

En los puestos de avanzadilla del debate sobre los usos de la inteligencia artificial (IA) se encuentran las traductoras y los traductores. No solamente porque son sensibles a la lengua y porque se sienten concernidos al respecto, sino también porque su profesión, y en particular la de quienes traducen literatura, fue designada hace mucho tiempo como un horizonte inalcanzable para la automatización, mientras el espectáculo pasmoso de los resultados producidos por los algoritmos fragiliza a día de hoy los cimientos de su economía.

Varias voces universitarias expresaban recientemente su optimismo en cuanto al futuro de los oficios de la traducción, mediante ciertas adaptaciones a la irrupción de la IA en el sector: un alegato pro domo para luchar contra la anunciada deserción de las diferentes formaciones en traducción universitarias, en un contexto de preocupación entre estudiantes y familias por el porvenir de la profesión. «Adaptación» funciona como palabra clave, imperativo categórico que aquí se tiñe de darwinismo social.

En mi condición de profesional de la traducción dedicado también a la formación (profesional y continua), creo útil replantear cuáles son los fines de una formación en traducción. Mejor que preparar, en nombre de un supuesto pragmatismo, para esos oficios según están siendo redefinidos y precarizados por el mercado, me parece importante reafirmar:

  • que la traducción literaria es un factor de emancipación, en cuanto enseña al que la ejerce el manejo de la lengua; que esta es un potente instrumento en la formación del espíritu, del que todos los estudiantes, sea cual sea la profesión que vayan a ejercer, pueden beneficiarse;

  • que dicho beneficio resulta en gran medida amputado cuando la actividad de la traducción se ve privada de esa dimensión creativa, cuando queda restringida a la tarea de supervisión de una norma decidida según el criterio de la mayor probabilidad;

  • que las estadísticas que sustentan los cálculos de los algoritmos tienden a reducir lo posible a lo probable, y que esto entra en contradicción con la singularidad de la lengua, que es condición de todo pensamiento auténtico.

Lo real y su simulacro
Los traductores y las traductoras literarios manejan idiomas. Esto les confiere una responsabilidad social importante, ya que la ética del uso de un idioma no puede quedar restringida a corregir los sesgos sexistas y racistas de los algoritmos. La gran mayoría de traductores y traductoras se opone a que sus textos sean utilizados como combustible para la creación de un gran modelo de lenguaje. Lejos de oponerse por principio a las innovaciones tecnológicas, conocen bien la diferencia ontológica entre un idioma y un simulacro de idioma, entre una subjetividad nutrida por la experiencia humana y un texto, por correcto que sea, desprovisto de toda responsabilidad. Compartir dicho saber supone permitir a los lectores mantener la distinción entre lo real y su simulacro.

En los debates de los últimos meses sobre la IA y sus usos aparecen convocados dos órdenes, el jurídico y el ético, complementarios para lograr una regulación de los usos de la IA en beneficio de la sociedad.
El problema de limitarse al orden jurídico es que a menudo solo apunta a proporcionar a los creadores que han sufrido el rastrillado ilegal de datos de sus obras una compensación económica. Esta, por mínima y a tanto alzado que pueda ser, supone en la práctica aportar una garantía moral a los fabricantes de IA. Este combate es posterior a la cuestión de la legitimidad. Otro problema del orden jurídico es que evoluciona lentamente. Las moratorias y otros llamamientos al principio de precaución suelen ser despreciados con el argumento de la competencia internacional en la carrera por la innovación.

Un algoritmo es en esencia amoral
El problema de limitarse al orden ético es que puede distorsionarse con suma facilidad. La ética emerge hoy profusamente en el debate, sin dejar de ser considerada impotente para poner coto a la codicia y a la voluntad de poder de algunos: una fruslería que se agita ante las mentalidades infantiles para divertirlas. Como significante equívoco, la «ética de la inteligencia artificial» comprende dos acepciones diferentes y a veces opuestas.

Numerosas empresas de la tech, por su parte, reivindican una ética y una autorregulación, con el argumento de un conocimiento prospectivo de la evolución tecnológica y de las competencias necesarias para la implementación técnica de dispositivos reguladores, situándose así en una perspectiva tecno-solucionista. En este punto, podría ser interesante recuperar una definición de la ética como principio de la acción y de la conducta moral, y señalar que un algoritmo es en esencia amoral: una «ética de la inteligencia artificial» es, por lo tanto, un oxímoron, un atajo perezoso para hablar de una ética de los usos.

La confusión se crea y se mantiene en el núcleo del vocabulario utilizado: «inteligencia artificial», «traducción neuronal», «postedición» (una mala traducción de postediting)… Son muchas las mal llamadas analogías y expresiones antropomórficas que han allanado el camino a consentir la sustitución de lo humano en el campo semántico que nos ocupa. Pretenden así hacernos olvidar que los algoritmos generativos no producen lenguaje sino una simulación de lenguaje. Como los simuladores de vuelo para los pilotos, colocan al usuario en una situación que imita la realidad (la altitud o el pensamiento), pero que no es la realidad.

La inteligencia humana, según el lingüista norteamericano Noam Chomsky [en una tribuna en el New York Times de mayo de 2023], es capaz de decir no solamente lo que es, lo que ha sido y lo que será, de ser descriptiva y predictiva, sino además lo que no es: «Lo que podría ser y lo que no podría ser». Chomsky hace de esta última capacidad una competencia estrictamente humana de la que una máquina es incapaz, por muy potente que sea en descripción y en predicción. Muy pronto serán necesarios ojos y oídos ejercitados en distinguir una lengua de su simulacro. Va siendo hora de ayudar al lector a diferenciarlos mediante una etiqueta con aval jurídico impuesta a los escritos que no hayan sido producidos por la carne y el hueso de lo real.

© Imagen tomada de “pantoglot.com”.

IA y traducción literaria: las traductoras y los traductores exigen transparencia

Aún hay tiempo de actuar para proteger los oficios artísticos de los algoritmos generativos.

Ya os podéis descargar el pdf del llamamiento de los traductores profesionales a la transparencia en el uso de la Inteligencia artificial aplicada a la traducción. Es una iniciativa de la ATLF y de Atlas, dos asociaciones comprometidas con la defensa de los traductores.
Mía es la versión en español del original francés, hecha para su circulación entre asociaciones hispanohablantes y por la CEATL. Los franceses siempre se anticipan en la defensa de los derechos de nuestra profesión mientras los españoles cantan las gracias de las maquinitas. Veo la ventaja de programas como Trados para traducción pragmática y de grandes cantidades de documentos, de derecho por ejemplo, con terminología jurídica o especializada, que por fuerza se repite. Pero en traducción literaria, e incluso de no ficción, textos basados en plantillas como pueden ser los recetarios o los folletos e instrucciones, si el traductor físico no realiza la corrección o el “barrido de calidad final”, lo único que está haciendo es descargar sobre el corrector que venga después, y que todavía no puede ser un programa informático, una tarea que le corresponde.

Aquí se encuentra el texto en diferentes lenguas, incluido español
https://atlf.org/tribune/

El cebo (L’Arnaque), en El Trujamán del Instituto Cervantes

estafa nigeriana
copyright: de la web

Directorio de emails de estafadores / Adresses Mail d’arnaqueurs / Translators Scammers Directory

http://www.translator-scammers.com/translator-scammers-emails.htm


El Trujamán – © María José  Furió

En la pintura del cuadro de costumbres del mundo de la traducción del siglo xxi, los historiadores que en el futuro indaguen en las distintas razones que llevaron a la desaparición de tan hermoso oficio, y a la reconversión de sus entusiastas y eruditos practicantes en operarios al servicio de grandes maquinarias de producción de documentos, tendrán que estudiar un interesante fenómeno que en el sector se conoce como «el cebo», en su descripción más simple como «el fraude a traductores mediante cheques» y en su traducción castiza como «el timo de la estampita versión digital». El título francés de la película que alguien hará, L’Arnaque, evoca el potencial de intriga y picaresca que ayuda a la proliferación de este fraude; si la mayoría de veces queda en grado de tentativa es por la costumbre de los traductores de leer todos los textos sospechando, de entrada, de su redacción.

Un correo típico que huele a fraude a distancia contiene una presentación coloquial de un desconocido, sin ninguna concesión a la cortesía ni a la retórica empresarial. El nombre del sujeto en cuestión, que suele expresarse en un inglés o en un francés deficiente y con faltas de ortografía, es tan común —James Neel; Helen Smith— que el receptor del mail arrugará la nariz o el ceño y dará por seguro que los padres del susodicho se divorciaron tras decidir a lo Salomón el nombre de la criatura. En ciertos casos el nombre corresponde a una persona conocida o con algún prestigio profesional y fácil de localizar por Google, para inducir a creer en la seriedad de la oferta. Suelen obtener la dirección del traductor freelance a través de algún directorio profesional con acceso abierto a los datos de contacto y al currículum.

El contenido de la oferta de trabajo de traducción consiste en un artículo o en un extenso manuscrito de estilo periodístico. Si los estafadores son primerizos, mencionarán el documento para traducir pero olvidarán incluirlo en el correo. Solicitarán presupuesto y el tiempo aproximado en que el traductor calcula podrá entregar la versión traducida. Un ejemplo:

Hello,

I’m James. I got your email from the website that you are a competent translator.
I have this article i would like to translate from (Anglais to Espagnol).
I would appreciate if you could tell me how much and how long it would take to get it translated.

Best regards

James

Si el traductor, por llevar poco tiempo en el oficio o por estricta necesidad de trabajar y obtener ingresos, responde presentando un presupuesto y recibe, como no va a ser de otra manera, el visto bueno del interesado, en las etapas siguientes le pedirá señas personales y datos bancarios, recibirá un ingreso (en cheque a ingresar en su cuenta) por un importe muy superior a la factura emitida. El traductor despistado ingresará el cheque, de cuyo importe no puede disponer hasta que haya transcurrido un plazo fijado por ley. El pagador pedirá que le reintegre a la mayor brevedad la parte que excede el pago de la traducción, que envió «por error»; la diferencia puede ser de un par de miles de euros. Si el traductor continúa sin sospechar de una operación tan absurda y abona la diferencia, no tardará en descubrir que el cheque recibido carece de fondos y que ha regalado a James el pillastre una importante cantidad de dinero en moneda fuerte, además de haber perdido el tiempo traduciendo un texto que con seguridad han bajado por Internet de la web de algún organismo público u ONG. La solución al embrollo dependerá de los reflejos con que el banco responda a una operación que a estas alturas ya debe conocer bien.

Existen otras modalidades del fraude, como solicitar un intérprete para varios días, un asistente personal con idiomas para un grupo de ejecutivos, con gastos pagados, etc. Estos correos proceden a menudo de África y son una variante sofisticada de las cartas nigerianas que anuncian imprevistas herencias con cantidades de dinero inverosímiles.

Lo sorprendente no es que algún incauto pique sino, al contrario, cómo el ajetreo que conlleva el trabajo de traductor freelance, que requiere dedicar tiempo a trámites y gestiones vía Internet en idiomas que conocemos en diferente grado, y lo habituales que han llegado a ser para nosotros las comunicaciones intercontinentales, hace que no nos extrañe recibir mensajes desde Costa de Marfil, Singapur o, dentro de nada, de Marte.

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