Traducir narrativa para adolescentes, en El Trujamán

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Portada del original en francés El diablo en el cuerpo, de Raymond Radiguet

El Trujamán

Hace un par de veranos pasé unos días en un pueblecito lejos de Barcelona que contaba con pocos lugares donde conectarse a Internet. Uno de esos lugares era la biblioteca, que solo abría algunas tardes. Los ordenadores eran viejos y la conexión tan lenta que me dediqué a curiosear en el ambiente. El público lo componían sobre todo chiquillos de alrededor de diez o doce años: los niños competían entre sí con videojuegos y las niñas hacían sus pinitos como diseñadoras y estilistas. La segunda vez que fui a leer el correo, se colocaron a mi lado tres chavales, uno de ellos marroquí, trastearon en un ordenador con soltura y lo orientaron de modo que yo pudiera ver la pantalla: tres ancianos ¿suecos? desnudos dentro de una ducha con jacuzzi ejecutaban un porno casero con más intención que resultados. Sin subtítulos. Lo consideré un saludo de parte de los niños y conseguí no reírme. Si me planteo el tema de la traducción de narrativa para adolescentes, me acuerdo del descarado saludo de bienvenida de estos estudiantes de secundaria porque ponían en solfa los contenidos que la narrativa para jóvenes acostumbra a destinarles, desde sagas de vampiros o hadas, aventuras en lugares exóticos o complejas tramas conspiranoicas que solo un hacker menor de edad logrará desenredar.

Aunque podemos estar convencidos de que no hay diferencia entre traducir para un lector adulto y hacerlo para adolescentes porque el traductor se limita a reflejar con fidelidad el texto original, lo cierto es que los adolescentes conforman una franja de edad específica, pero no homogénea, y que hay varios aspectos a tomar en consideración para que el texto traducido suscite y mantenga su interés.

Es raro pensar que los adolescentes de épocas recientes leían a Jean-Paul Sartre o novelas como El diablo en el cuerpo, y a los quinceañeros de hoy se les destinan historietas blancas sobre sus avatares escolares o sentimentales. Al menos el lenguaje debería retarlos.

El tono y el nivel de lengua son dos aspectos clave. Si el argumento es interesante, con acción a raudales y héroes fornidos que reparten mandobles a diestro y siniestro, estupendo, pero si el original inglés puede funcionar en su expresión más llana, es casi seguro que habrá que adaptar el texto castellano a los usos narrativos a los que el lector español está acostumbrado. Años atrás tuve que reescribir una serie de acción y mamporros destinada a adolescentes y a jóvenes adultos y, mientras corregía página tras página, me di cuenta de que parte del dinamismo y de la «dignidad» de esas novelitas de acción derivaba de sustituir todos y cada uno de los «dijo» que el narrador inglés atribuía a los personajes por el correspondiente verbo con la carga afectiva que se derivaba de la frase, desde «replicó» y «respondió» a «protestó» o «vociferó», «susurró», etc. Algunos traductores son fieros partidarios de mantener intocado el verbo alegando que si Cheever ha escrito diecisiete veces seguidas «dijo», ellos no van a corregirle. Estoy de acuerdo cuando existe una presencia de autor, pero en las novelas de gran consumo —y rápido olvido— casi la única baza que las hace rentables y competitivas es la corrección gramatical.

A diferencia de la literatura para niños, que transmite conocimientos, moralejas, introduce vocabulario y entretiene, en la narrativa para adolescentes importa el factor de su identificación con el grupo. A veces asombra que se escriban y traduzcan edulcoradas historias protagonizadas por preciosas hadas de dieciséis años, destinadas a lectoras de entre diez y dieciséis años, pero resulta ser el tipo de fantasía que puede transmitirse desde sectores sociales acomodados donde la urgencia por enfrentarse a la «dura realidad» es menor que entre niños de clases medias y bajas.

Portada de una novelita destinada a adolescentes que traduje para el grupo Mondadori RH: historias edulcoradas e histéricas para jovencitas de clases medias aún muy apegadas a papá y mamá. Traducción del italiano que había sido traducido del original inglés.

Aquí importa que la sintaxis tenga una cierta complejidad sin ser embrollada —salvo si el original impone estrictamente lo contrario—. Los nombres propios no se traducen excepto si tienen algún significado simbólico. Los diálogos, o la narración que reproduce el típico diario íntimo en primera persona, tienden a buscar la mayor expresividad, con exclamaciones, expresiones hechas, argot, jergas de grupo, frases entrecortadas. Ninguno de estos ingredientes impone la infantilización del lector joven. Hacer fácil la lectura no significa achatar el vocabulario sino elegir el pertinente para esta franja de edad.

Considero importante que la narración se perciba como literatura, es decir, un acto de lengua determinado y, por lo tanto, un artificio. El escritor ha tomado decisiones no solo sobre el contenido sino también sobre el idioma. Los lectores jóvenes consideran gratificante superar obstáculos, y el desafío de un cierto nivel de vocabulario o dramático sirve para sancionar etapas superadas de la infancia o la adolescencia.


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Se ha adaptado en formato de serie televisiva la saga de las Winx. Traduje un volumen a partir del original italiano. Fue un buen ejercicio para cultivar el registro juvenil, aunque en ningún momento de mi adolescencia me pasó por la cabeza leer este tipo de pseudoliteratura. Supongo que cuando crías a una niña con los tópicos más caducos de la feminidad llenándole la cabeza con cuentos de hadas y princesas, con vestiditos para parecer una muñeca de plástico, luego necesitas arreglársela con ideas de “empoderamiento”, y así surge esta clase de productos.
La web de la Asociación cinematográfica La Dolce Vita, especializada en cine y tv, asegura que no es demasiado interesante, a quién puede extrañarle. El tema de los “superpoderes” tienen gran éxito entre los adolescentes porque encaja bien con la psicología de este periodo de crecimiento. Aseguran algunos psicológos que han estudiado el fenómeno que les resulta fácil identificarse con estos monstruos, raros pero dotados de los más curiosos poderes porque es así como se sienten, con las hormonas desatadas y los cambios físicos –en la estructura del cuerpo y mental, además del ultradesarrollo de ciertas capacidades– que se experimentan hasta los veintipocos años–.
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Ficha de Winx Club. Vacaciones mágicas
Colección:WINX CLUB
Editorial: Montena
EAN: 9788484412748
ISBN: 978-84-8441-274-8
Año de edición: 2005
Materia: LITERATURA INFANTIL: DE 0 A 12 AÑOS
Idioma:CASTELLANO
Ancho: 200 Alto: 300
Disponibilidad:Descatalogado

La traducción de crítica de arte contemporáneo, código secreto, en El Trujamán

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Jean Dubuffet – Portraits

La traducción de crítica de arte contemporáneo, código secreto“, El Trujamán del Instituto Cervantes

El arte contemporáneo posee un léxico específico, como la mayoría de disciplinas artísticas; puede que no esté establecido definitivamente, ya que con frecuencia se crean neologismos o se incorporan términos de otros idiomas tras haberse generalizado su uso en su ámbito de actuación, mientras otros términos caen en desuso y quedan para el archivo a la par que los objetos y las técnicas a los que designan quedan obsoletos. El traductor encuentra en los glosarios y diccionarios especializados ayuda para sacar adelante su texto. Sin embargo, la dificultad más llamativa no se refiere al léxico del arte, que en textos descriptivos puede afinar hasta el detalle indiferenciable a ojo del profano; la mayor dificultad está en la jerga y, muchas veces, en la sintaxis de la crítica del arte contemporáneo (que incluiría la pintura, el videoarte, el cine documental de última generación, la fotografía de desnudo…).

Si no se está familiarizado con la materia, es fácil creer que ciertos textos de presentación de exposiciones, de crítica o de reflexión universitaria son puros galimatías escritos por un petulante, o un texto en código secreto cuya clave ignoramos. En tales textos una cantidad no pequeña de palabras cultas aparece transformada mediante sufijos o prefijos en otra palabra que parece arcaica o extranjera, verbos muy usuales ven multiplicado el número de sílabas y hasta siguen complementos verbales que no mantienen la concordancia. Este mejunje va sazonado con adjetivos calificativos insólitos que invitan a creer que el arte contemporáneo está más cerca del esoterismo y del misticismo que de cualquier filosofía del arte accesible a un lector instruido medio.

Lo fácil ha sido atribuir a la escuela estructuralista y a semiólogos como Umberto Eco la invención de esa indigesta sopa de letras que un editor nos pide que traduzcamos. La teoría de la crítica de arte posee reglas definidas; «Prospettive di una semiotica delle arte visive», artículo de Eco recogido en Teorie e pratiche della critica d’arte, encontró un traductor que navegó con soltura por la terminología semiótica del italiano quien, razonando sus palabras dentro de la misma exposición, explica por qué el lenguaje del arte contemporáneo se hace complejo: es un «ejercicio metalingüístico», un «laboratorio semiótico», y por ello, en conclusión, elabora una gramática y unos códigos propios.

Artistas como David Hockney emplean para describir los resultados de su trabajo, sus motivaciones y su técnica, un lenguaje que combina la precisión terminológica con la inspiración poética. Algo similar hacían Jean Dubuffet o Zao Wou-ki, quien manejaba códigos de la cultura china y del expresionismo abstracto de principios del siglo xx, que cuentan con glosarios y diccionarios.

Vamos, que la culpa no la tiene Eco ni la inefabilidad del arte contemporáneo. Sin embargo, qué hacer cuando leemos, literalmente, esto: «Microespacios que manifiestan un extraño misterio con múltiples enigmas, en el sentido de qué hay detrás aunque sepamos su inexistencia en cada cuadro» (ilustrados con fotografías en blanco y negro de desnudo artístico). Cómo traducir «abordaje cognitivo de la obra de arte contemporánea» o «referencia demostrativa» (vemos un objeto horroroso elaborado con hilos y madera que cuelga del techo en una sala sin público). Cómo traducir una redacción contaminada, además, de catalanismos: «un condensado de respuestas desiguales a la contemplación de un vacío, que se le personaliza en la propia e inmensa Naturaleza, en la misma potencialidad de su hábitat materno». Intuimos, y verificamos al terminar la lectura, que el autor ha juntado palabras que estrictamente no significan nada pero evocan diversos códigos vigentes en el ámbito artístico. Ya que lo poco y mal que se entienda el texto parecerá responsabilidad de un traductor inútil o vago, procede corregir a fondo el estilo, tras plantear (dramáticamente) la necesidad a los editores, especialmente si el esoterismo abstracto del arte contemporáneo incluye errores gramaticales de diverso calibre.

Como resume el profesor Ovidi Carbonell, al referirse a La estandarización de la terminología especializada en el arte contemporáneo, el discurso artístico y de la crítica de arte «presenta los mismos problemas de sistematización que podemos encontrar, en mayor o menor grado, en cualquier otra área de especialidad: inexactitud terminológica, impropiedad léxica, sinonimia, etc. La traducción al castellano refleja tales problemas a la vez que añade la cuestión sociolingüística de la aceptación de extranjerismos». Teniendo presentes estas premisas y dificultades, el traductor debería ofrecer una versión lo más diáfana posible, discerniendo entre la mala redacción y la terminología especializada de público minoritario; debería asimismo buscar la coherencia del conjunto articulando el sentido más plausible, considerada la ambigüedad de los discursos de la crítica de arte comparados con los de otras disciplinas técnicas, pero sin renunciar al vocabulario consolidado ni simplificar el texto a un nivel meramente divulgativo.

© María José Furió

Nivel de lengua, registro lingüístico, idiosincrasia nacional en El Trujamán, del Instituto Cervantes

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Guía de casas embrujadas del mundo, Francesco Dimitri

Nivel de lengua, registro lingüístico, idiosincrasia nacional

© María José Furió

Como traductores tomamos determinadas decisiones que parecen más «trascendentes» según la calidad de la obra original. Los traductores de los grandes clásicos que han compartido aquí sus experiencias nos han detallado sus dudas, sus cavilaciones al comparar las versiones previas y las decisiones que finalmente han adoptado para componer una versión que pueda calificarse de moderna y que resista al tiempo.

En obras no literarias, como ensayos, crónicas periodísticas y obras de divulgación el registro de lengua parece marcado de antemano y entendemos que no cabe cambiar ni innovar mucho al traducir, por poco que el léxico esté establecido. Sin embargo, estamos cansados de comprobar que textos que han funcionado muy bien en sus países no calan en español. Más de una vez me han dado a traducir libros que yo sabía, al acabar de leer el original, que no funcionarían en el mercado hispano a menos que se organizara una —muy improbable— machacona campaña de publicidad decidida a destacar unas virtudes invisibles para nuestro gusto. Me refiero a novelas con fuerte contenido sexual o policíacas exóticas. Esto es así porque se ha acostumbrado al lector al modelo anglosajón, y especialmente norteamericano, modelo que no vale la pena describir aquí.

Hay otros géneros, como la literatura juvenil, la autoayuda-cool —luego explico en qué consiste—, la de viajes, el humor e incluso ciertas autobiografías que pueden interesar al lector español, al punto de conseguir que el libro sea un éxito, a condición de introducir algunos cambios, y no hablo solo de editar y suprimir párrafos o capítulos con información pertinente en el país de origen pero no aquí, donde el lector carece de suficientes referencias. El cambio que introducimos de manera intuitiva afecta al registro lingüístico. El lenguaje coloquial a veces puede considerarse un registro culto o literario, porque es un lenguaje elaborado, homogéneo a lo largo de todo el libro; registro que el autor mantiene para ganarse la complicidad del lector. Es frecuente en temas de autoayuda-cool con su combinación de marujeo (esoterismos, autoayuda, saberes exóticos, salud, divulgación de disciplinas especializadas como economía) y de guiños culturales (incluido el no traducir dummies, por ejemplo).

Pero, aparte de las veces en que el editor pide que rebajemos el nivel de lengua porque el público de destino de la versión traducida no es el mismo al que se dirigía el autor —i. e., para chavales que cursan la ESO un texto sobre filosofía originalmente publicado en las páginas de cultura de un diario francés—, podemos decidir por nuestra cuenta que, para que la versión española quede redonda, conviene enfatizar el tono si no humorístico, al menos risueño y desenfadado del original y rebajar las construcciones sintácticas más propias de un ensayo que de una guía de viajes novelada.

Y es que cada género tiene lo que llamaría unas «marcas de convicción», que son aquellas que el lector acepta, asumiendo que «es así como se habla» en tal género o así se dirige uno a una franja de edad concreta para tratar de tal tema. Romper estas reglas implícitas para ganarse a una franja distinta de lectores —aunque quizá de la misma edad— explica el éxito de la serie de títulos tipo Economía para dummies(estúpidos, idiotas), donde se da por seguro que hasta los más «estúpidos» saben inglés y cuándo son los destinatarios de un mensaje.

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El tiempo material, de Giorgio Vasta. Traductor César Palma

El traductor impasible: “Corazón tan blanco” de Javier Marías, en El Trujamán

Javier Marías en 1989. Foto de C. Vallvé

Ayer, día 9 de abril, El Trujamán publicaba este artículo dedicado a la gran novela de Javier Marías, Corazón tan blanco, dentro de la serie que dedico a la figura del traductor en distintas novelas y relatos. La de Marías, pude comprobarlo este verano pasado, gana con los años. El capítulo en que pone en escena una siniestra relación erótica por video le da mil vueltas en sagacidad a tantas reflexiones sobre la función de la cámara con que pretenden impresionarnos los posmodernos.
Hasta la fecha han publicado la dedicada a Justo Navarro, El espía, y al relato de Julio Cortázar Las babas del diablo. Espero que os interese:

Corazón tan blanco, de Javier Marías. El traductor impasible

Por María José Furió

En 1992 se publicó Corazón tan blanco, la novela que hizo famoso al escritor madrileño Javier Marías. Uno de sus elementos atractivos, además de la laberíntica narración de los hechos, es cómo la profesión de traductor de su protagonista, Juan, condiciona el desarrollo de la intriga.

Arranca con un impacto: una joven recién casada se suicida de un disparo en el corazón porque ha sabido algo que le lleva a preferir la muerte. Algo le ha dicho el hombre llamado Ranz, que tiempo después será padre del que narra para nosotros. En cierto momento Juan escribe:

Yo hablo y entiendo y leo cuatro lenguas incluyendo la mía, y por eso, supongo, me he dedicado parcialmente a ser traductor e intérprete […] Supongo que por eso tengo la tendencia a querer comprenderlo todo, cuanto se dice y llega a mis oídos.

La interpretación de los hechos resulta de la interpretación de las palabras, pero no solo, y así ocurre en una escena clave cuando, durante su viaje de luna de miel a La Habana, el protagonista es confundido por una mulata con su amante español, y él, el protagonista, inmerso en melancólicas cavilaciones sobre la hipótesis de futuro que es todo matrimonio —hipótesis de desastre incluido— se identifica, por esa confesión de la mujer, con la pareja adúltera, que casualmente ocupa el cuarto contiguo del hotel. La cubana insta a su amante a poner fin a su matrimonio y, ya desquiciada, a que mate a su rival, supuestamente enferma en Madrid.

Juan, «con el oído puesto», discurre sobre su compulsiva curiosidad, por la cual se siente inclinado a interpretar todos los signos:

A menudo traduzco hasta los gestos, las miradas y los movimientos, es un sucedáneo y una costumbre, y aun los objetos me parece que dicen algo cuando entran en contacto con esos movimientos, miradas y gestos.

Rellena los vacíos de palabras con imágenes, supone -o presupone- gestos y movimientos y en ellos unas intenciones concretas, aunque especialmente revelador es el tarareo de la mujer. Como intérprete, establece relaciones asociativas; una palabra es sinónimo de otra mientras el tarareo de la cubana es sinónimo del canturreo de su abuela, que cantaba por distraerse «con desgana y desentendimiento».

La escena en Cuba se convierte en gozne entre el pasado vivido por el padre del narrador y su novia suicida, y el futuro, fantaseado, en que el matrimonio que ahora celebra su luna de miel habrá de romperse. Su flamante esposa, Luisa, también traductora, finge dormir «en el convencimiento o superstición de que no existe lo que no se dice. Y es verdad que sólo lo que no se dice ni expresa es lo que no traducimos nunca».

La escena del hotel quizá sea real, pero ante todo es una escena sobreinterpretada. A lo largo de Corazón tan blanco, él afirma que preferiría «no saber» porque saber implica una responsabilidad. La profesión de traductor con su fantasía de objetividad parece la ocupación ideal para este hombre, que en el transcurso de la novela muestra que su no querer saber expreso se contradice a cada minuto por un estado de alerta en que él no deja de interpretarlo todo. La imposible objetividad ante el texto literario tiene su equivalente en la falsa pasividad ante el sentido y las consecuencias de los actos con que su padre labró su fortuna, que el protagonista aspira a heredar sin miramientos. Y ahí aparece la clave de Corazón tan blanco, una reflexión sobre las huellas de la culpa y la responsabilidad del que sabe de ella. El narrador refiere los negocios de su padre, no solo durante el franquismo sino también en la Latinoamérica de las dictaduras militares, y desvela de manera brillante por qué se mató la recién casada, en una confesión que Ranz hace a Luisa, mientras Juan escucha, como los intérpretes de conferencia, sin ser visto por quien habla.

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