Traducir con máquinas, traducir como máquinas, en El Trujamán

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Alfabeto cirílico

Instituto Cervantes, El Trujamán, 29-05-2014

Decidida a encontrar una descripción cabal de las llamadas memorias de traducción y del término «localizar» cuando no significa ubicar o dar con el paradero de alguien, leí Les tecnologies de la traducció, de Antoni Oliver, J. Moré y S. Climent. Por esos días, recibí un par de mails que trataban justamente del peliagudo asunto de los programas de traducción asistida —Trados, etc.— y de las exigencias variopintas que pretenden imponer algunas agencias y grandes compañías en su intento de abaratar costes.

En el primer correo, una agencia italiana enviaba una circular en inglés señalando que, para pasar al fichero definitivo de sus colaboradores en activo, era requisito indispensable acreditar el conocimiento y experiencia en el uso de programas de traducción asistida. Su argumento apelaba a la modernidad, al trabajo en equipo y a la necesidad de tomar en consideración a los diferentes eslabones de la cadena para mantener bajo control el flujo de trabajo. En fotografía, el concepto «flujo de trabajo» alude a las rutinas que el profesional idea y establece para rentabilizar su tiempo ante la pantalla porque debe manejar un gran volumen de imágenes; los programas de retoque fotográfico han incorporado distintos menús que ofrecen métodos rápidos de archivo, clasificación, etc., de cientos de imágenes a la vez. No parece que los tratamientos de texto habituales ofrezcan similares prestaciones ni que las tecnologías de ¿apoyo? a la traducción tipo Trados o Wordfast sean gratuitas o baratas ni puedan aprenderse de forma intuitiva o baste un sencillo manual de instrucciones. Con todo, lo más destacable me pareció el énfasis en la idea del trabajo en serie; la circular recordaba que el traductor debía comprometerse a asumir que la fluidez de su trabajo condicionaría el ritmo de los otros miembros. Imaginé —¡adiós a la bohème y a la absenta para desayunar!— una cadena de producción en el mejor estilo fábrica de automóviles filmada por Chaplin… y como creo que no se pueden plantear estas exigencias sin la contrapartida de un volumen de ingresos garantizado, no respondí al mail.

Poco después, en respuesta a la consulta de una colega francesa tras recibir un correo de AmazonCrossing, la Asociación de Traductores Literarios de Francia emitía una circular definiendo su posición oficial frente a los movimientos de captación de traductores profesionales por parte de grandes compañías —aquí Amazon, tal vez pronto, Google, etc.— y de agencias de representación de traductores literarios.

La asociación francesa apelaba a la prudencia subrayando que AmazonCrossing pretende saltarse a la torera el código de usos establecido en países europeos como Italia, Alemania y la misma Francia —allá donde la compañía americana ha ido a pescar profesionales con el anzuelo nada apetitoso de renunciar a todos sus derechos y aceptar tarifas tres veces inferiores a las vigentes en el país—. Las llamadas agencias de representación de traductores, copiando el sistema de las agencias literarias, apunta la asociación, no van a la zaga en propuestas ruinosas.

En Por qué la traducción importa, la prestigiosa Edith Grossman, traductora al inglés de Cervantes, Neruda y otros clásicos, afirma que las agencias literarias nunca se han interesado por representar a traductores por los irrisorios beneficios que rinden sus libros. Si ahora surgen estas nuevas empresas no es porque crean que los traductores de best sellers caerán rendidos en sus brazos para que lleven la cuenta de sus ventas a cambio de un suculento porcentaje —hasta un 40 %—; a los traductores conocidos tampoco interesará que la agencia sea el único interlocutor con la editorial ni que les reclame exclusiva; surgen porque la globalización e internet les permite captar traductores en países con un bajo nivel de renta y ofrecerlos a agencias y empresas del primer mundo manteniendo las tarifas bajas que éste requiere pero que en países emergentes resultan fantásticas. El grado de implicación de las asociaciones de traductores literarios defendiendo activamente los logros alcanzados dibuja el perfil profesional de cada país. Me pregunto qué respuestas activas están dando las asociaciones en España.

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Del éxito y rentabilidad de las traducciones, en El Trujamán

Del éxito y rentabilidad de las traducciones

© María José Furió
El Trujamán. Instituto Cervantes

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En julio recibí un e-mail desde California firmado por una estudiante española de traducción interesándose por la recepción que había tenido desde su publicación en 2003 una novela que yo traduje, Un domingo en la piscina en Kigali, de autor quebequés, Gil Courtemanche. Me contaba que realiza un estudio en el que analiza en profundidad, desde una perspectiva sociológica, la narrativa quebequesa traducida en España en español y en catalán, entre 1975 y 2012, con especial interés por la circulación y recepción de estas traducciones en América Latina y Estados Unidos.

Aunque cuando se solicita un favor solemos mostrarnos aduladores queriendo asegurarnos la ayuda del interlocutor, me chocó que calificara mi trabajo de «magnífico». Es decir, si atribuía el 50% del aplauso en la cuenta de la captatio benevolentiae, el resto continuaba dando una traducción solvente. Bueno es saberlo. De esa traducción yo recordaba sobre todo el tira y afloja con las editoras a cuenta del conteo de palabras por el programa Word y, en consecuencia, la discusión sobre la cifra exacta que debería abonarme la editorial. El encargo me llegó como es habitual con nota de urgencia máxima y en la reunión con la editora, ésta presentó la novela como la última sensación en Canadá, donde tuvo ventas millonarias. La acción, como sabrán algunos lectores, tiene lugar en Ruanda en los momentos previos a la matanza de tutsis a manos de los hutus y sus protagonistas son un reportero canadiense ya maduro y una bella y muy joven hutu de rasgos tutsis. El terror durante la limpieza étnica y los estragos del sida son el marco de la historia amorosa y, como suele decirse, la historia alcanza a los personajes. La joven editora calificó la novela de «muy bonita», no habló de incremento de tarifa por entrega urgente, ni yo me arriesgué a exigirla, y empecé la traducción en tanto ellos preparaban el contrato.

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Gil Courtemanche

Al cabo de unos días, cuando la sangre de la matanza ruandesa desbordaba las páginas de la traducción, la llamé para preguntarle qué entendía exactamente por una «historia bonita», le puse al corriente del desarrollo argumental de la novela y acordamos día de entrega. El día D+1, con la traducción impresa y entregada, me sorprendió su nota con la ridícula cantidad para cobrar resultante, que podía resumirse en «lo comido por lo servido». Comprobé que había contabilizado con el programa Word «caracteres sin espacios», lo cual era una novedad. En páginas especializadas de traducción francesas, siempre más avanzados que las españolas en lo tocante a reivindicación y logros, ya habían realizado un estudio acerca de esta tendencia, nefasta para la profesión, que las editoriales trataban de imponer y que suponía una pérdida de ingresos en torno al 20%. Recomendaban a los traductores pedir entre un 20 y un 25% más sobre el total de contar «caracteres más espacios».

Dado que la editora no aceptaba la evidencia —el conteo hecho por un editor tradicional del mismo grupo editorial, la copia de las páginas francesas, etc.—, y como la urgencia era tanta que la traducción se entregó mientras llegaba el contrato, dije que me negaba a firmarlo si no se atendía mi reclamación. Encontramos un punto medio y firmé. A un amigo que me sugería dar mi brazo a torcer, pues no encontraría más trabajo, le expliqué que trabajar en esas condiciones equivale a hacerlo gratis pues no se cubren gastos, mientras los empleados de la editorial cuentan con todas las ventajas del convenio; la editora me aseguró al entregar el texto que no tenían buenos traductores de francés, y resultaba ya absurdo preguntarse por qué razón.

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Photo : Stéphane Najman, photoman.ca
Fatou N’Diaye (actriz) & Luc Picard

La recepción de la novela no alcanzó ni de lejos las cifras de Canadá. La estudiante de doctorado pareció sorprendida cuando atribuí su mitigado éxito a la abundante información que los medios españoles dieron de la matanza ruandesa, así que el recuerdo de la espeluznante tragedia no se compensaba con la presencia de la bella hutu-tutsi, pues en España el mito de la nynfette no ha cuajado como en la cultura francófona. Son estos detalles de cultura, creo, los que determinan la rentabilidad y el éxito de una traducción, más que chuparle al traductor unos cuantos euros.

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Interesante charla sobre traducción entre Alan Pauls y Jorge Fondebrider

Jorge Fondebrider y Alan Pauls

Se tocan varios palos y puntos controvertidos sobre la lengua de la traducción. Resulta interesante discrepar. Jorge Fondebrider gestiona el blog del Club de Traductores Literarios y Alan Pauls, novelista y ensayista, ejerció, afortunado él, por poco tiempo la traducción.

http://www.ustream.tv/recorded/16094135

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