Yo (no) estuve en Varsovia, en El Trujamán del Instituto Cervantes

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polaco11 -Sello dedicado a Varsovia
2- Soldado polaco:  «Sublevado polaco durante el Levantamiento de Varsovia el 1 de Agosto de 1944. En el brazo porta un brazalete con la bandera nacional polaca y en las manos maneja una metralleta Sten británica.»
3 -«Mujeres sublevadas del Servicio Militar Femenino para la defensa de Varsovia.»

© María José Furió para El Trujamán

Fotos y texto de los pies de foto extraídos del Levantamiento de Varsovia en 1944 :
http://www.eurasia1945.com/batallas/contienda/levantamiento-de-varsovia/

Uno de los temas de discusión frecuentes en listas de correos de traductores es el grado de intervención que puede permitirse el traductor cuando detecta un error en el original. Suele debatirse bizantinamente qué se considera error; para algunos, se limita a las erratas obvias o datos subsanables relativos a fechas, direcciones, nombres actualizados de ciudades, apellidos —en francés, no es raro que los autores ignoren el uso de los dos apellidos españoles y alteren su orden o destaquen el más sonoro o inusual—, etc. En tales debates pronto queda claro que el uso ha consagrado algunas reglas: en traducción técnica o de prensa, se corrigen todos los errores y antes o después se advierte al autor. En la traducción literaria, lo ideal parece consultar al autor, siempre que sea posible. Se da por seguro que éste agradecerá la corrección salvo que su error sea intencionado y, por ello, significativo. Pero si es involuntario, traducir un error no significativo puede interpretarse, como señalaba recientemente una colega, como un comentario «sobre la ignorancia del autor» y sería una marca más de la presencia del traductor donde el escritor ignoraba haber cometido un fallo.

Ya entrados en faena, algunos discuten si un texto de mala calidad, típico en los subgéneros de fantasy y novela negra de kiosco —gramática y sintaxis dudosa, estilo desaliñado o falta de estilo, adjetivación lacia, etc.—, ha de traducirse fielmente o conviene embellecerlo. En este punto, entran en consideración los conceptos de traducción literal y oblicua, y la noción ya ampliamente establecida de «traducir como amigo». La principal ventaja de esta solución es preservar la imagen de solvencia del traductor profesional, a quien se le atribuirá sin dudar la autoría del resultado desastroso; esta decisión también explicaría por qué algunos títulos alcanzan un éxito sorprendente en sus versiones traducidas, tras pasar sin pena ni gloria la versión original.

A veces, el traductor opta por mostrarse discreto y señalar el error en nota a pie de página —lo cual puede considerarse una manera hipocritona de quedar bien con todo el mundo sin dejar de lucirse al señalar confidencialmente, como al oído, el traspié—. En la literatura española contemporánea quizá sea Ramón Buenaventura, excelente novelista y traductor, quien ha hecho un uso más irónico de esta «industria» de la nota a pie de página, corrigiendo y anotando su propia obra, haciendo decir y desdiciendo luego en nota al pie a sus personajes, poniendo así en solfa las nociones de autoría y de texto cerrado.

Por lo general, encontramos una u otra pauta de corrección de errores. Pero ¿qué ocurre cuando el traductor decide corregir al autor incluso en sus notas al pie? Que a la editorial se le presenta un formidable trabajo de editing. Sucedió años atrás, cuando un editor de No-Ficción de una gran editorial me encargó la corrección de estilo y el editing de un ensayo que, visiblemente, se le había ido de las manos al traductor. El original inglés era un voluminoso ensayo histórico —más de 700 páginas— dedicado al alzamiento de la ciudad de Varsovia, que arrancó en agosto de 1944 mientras se esperaba la llegada de los soviéticos. «Stalin se negó a ayudar a los polacos y permitió que los alemanes actuaran libremente», reza la solapa, que añade: «Hitler ordenó destruir la ciudad y acabar con sus habitantes». La copia impresa con las notas del traductor, incluidas las notas a las notas a pie de página del historiador, superaba, si no recuerdo mal, los mil folios.

La versión española del alzamiento de Varsovia contra los nazis era como un jardín que ha crecido desordenadamente y en todas direcciones, fruto no del abandono sino de algún fertilizante peculiar generosamente esparcido por el traductor: ¿Erudición escrupulosa? ¿Aburrimiento? ¿Locura?

(Continuará…)

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Traducir el folletín, en El Trujamán, del Instituto Cervantes

TRADUCIR EL FOLLETÍN: emboscadas y puntos de fuga

 Cervantes – El Trujamán, 29/10/2013

Fantômas_-_Juan_Gris
“FANTOMAS”, Juan Gris, 1915

A finales del siglo pasado –ya que voy a hablar del folletín, creo adecuado recrear la atmósfera de intriga y exageración–, el editor que me había publicado una novela comentó que no tenía traductor para el primer Fantômas. Con una acuciante urgencia de ingresos, yo me sentía dispuesta a traducir cualquier cosa. Sobre la novela, el editor no dio más pistas que las obvias sobre el éxito que tuvo en las primeras décadas del siglo XX entre los surrealistas, tampoco apuntó, como más tarde han hecho otros editores, a qué tipo de lector quería captar ni el registro o nivel de lengua más recomendable para conseguirlo.

Apenas leídas las primeras páginas de Fantomas vi que el estilo era anticuado y desaliñado a la vez, pero me lancé a la tarea con la temeridad de los profesionales autónomos novatos. En esa misma época me contactaron desde Anagrama para ofrecerme una novela francesa de una autora punk y, creo, lesbiana que era el fenómeno del momento. La traductora que debía ocuparse en principio había rechazado el proyecto porque el texto, cargado de argot sexual, le pareció demasiado escabroso. Admiré que pudiera darse el lujo de rechazar un encargo de Anagrama y de nuevo me lancé a la tarea. Comprobé pronto, oh decepción, que la novela era un bodrio trash –el editor la calificó de “divertida”–. Suele decirse que la primera crítica literaria de una obra extranjera es obra del traductor. En esta novela punk, las protagonistas terminan como Thelma y Louise al cabo de 200 páginas de fatigosos avatares. Haciendo buena la premisa del traductor como primer crítico, si de mí dependiera las protagonistas se habrían estrellado en el primer capítulo. Y aquí paz y después gloria.

            La decepción era tal, para alguien que creía y cree en la gran tradición literaria francesa, que, contaminada del tono folletinesco de ambas novelas, vi ante mí un desolador e inacabable horizonte de novelas malas. Espantosas, horribles, terribles, insufribles (por mantener el vocabulario del género) malas novelas exitosas. En las Ramblas veía, igual que el detective Juve busca a Fantomas bajo todos sus disfraces, a los paseantes como cómplices necesarios de este atentado a la Literatura. Igual que su joven ayudante, Fandor, que en su desesperada urgencia de escapar del criminal Gurn, uno de los avatares de Fantomas, se reinventa como periodista y detective, me planteaba cómo salir de la emboscada.

            Naturalmente, ambos editores quedaron defraudados con mis traducciones y de nada habría servido que yo argumentase que tal vez esas novelas no se deberían haber escrito, luego no deberían haberse publicado y, por último, no deberían haberse traducido, pues para un editor no existen los malos libros sino las malas traducciones. Corregí meticulosamente Fantomas hasta que quedó apañada, pero el corrector de la novela punk metió la cuchara hasta borrar mi versión casi por entero… y diría que casi el original.

            Este verano me escribió una profesora universitaria de literatura francesa interesada en conseguir un ejemplar en español de ese Fantomas, ya descatalogado. Le comenté que esa versión no era muy lucida pero que tiempo después, por quitarme el mal sabor de boca, tomé la iniciativa de preparar una versión modernizada pensando en un lector de hoy. Por estas fechas, en Francia se está publicando la “integral” de Fantomas, de forma que los fans de Pierre Souvestre y Marcel Allain tienen a su alcance 32 títulos con un muy interesante prólogo que contextualiza el surgimiento y desarrollo del folletín francés. Gracias a internet, yo disponía ahora de una cantidad abrumadora de información sobre la gestación y éxito de este fenómeno, y también accedí a las opiniones de los fans, a la recreación de su figura por artistas como Magritte o los poetas Cendrars y Apollinaire, adaptaciones al cine o la radio, y, lo que resultó más importante, datos sobre la Belle Époque, periodo en que transcurre la acción.

Se dirá que son datos tangenciales pero no es cierto. El entusiasmo de los fans subraya los puntos fuertes del folletín que no conviene perder: la violencia inmotivada del villano Fantomas, el erotismo démodé, los ambientes urbanos y la velocidad de la acción. Llegué a la conclusión de que modernizar el folletín sin que pierda sabor de época es una labor de subrayar aquí y difuminar allá. El tono melodramático más un lenguaje pasado de moda con muchas redundancias resulta hoy indigesto, por lo que es mejor recortar adjetivos y matizar las exclamaciones, controlar el ritmo de los diálogos para que tengan la agilidad de una versión cinematográfica. Dado que el folletín resulta de la combinación de ingredientes como tono, léxico y ritmo, modernizarlo implica dar con la dosis adecuada para que no resulte una simple curiosidad arqueológica.

 © María José Furió