Traducir a bofetadas

bofeton

Todo joven traductor debería saber que su éxito profesional no dependerá tanto de su buen hacer ni de sus especiales conocimientos como de tener suerte y mano izquierda para lidiar con situaciones del todo ajenas a la filología y a las teorías de la traducción. Insisto mucho en el marco legal porque me he dado cuenta de que es el único paraguas que guarece a los profesionales autónomos.

            Hice mis primeras traducciones cuando trabajaba en el Departamento de Estudios y de Prospectiva de la Televisión (TV3), eran de francés o italiano a catalán y versaban sobre la actualidad del mundo audiovisual. Soy de carácter muy independiente y alérgica a los jefes, y así decidí vivir de mi pasión literaria en español. Al terminar mi contrato y liquidar cuentas, lancé currículums a diestro y siniestro. Tras un año como lectora en Seix Barral, Gimferrer me dio una novela a traducir: arranqué nada menos que con 470 páginas, a una tarifa ofensivamente baja -la mitad de lo que cobraban los profesionales–, so pretexto de mi bisoñez. El argumento de esta novela narraba las andanzas de un tal Boro Borowicz, claramente inspirado en el fotógrafo de guerra Robert Capa, con sus amoríos y peripecias en «la convulsa Europa de los años de ascensión del nazismo en un telón de fondo colorista e insólito». Sudé lo mío para traducir algunos párrafos, sobre todo cuando no lograba resolver mis dudas con una colega experta, que se limitaba a aconsejarme: «¡Tienes que decir lo mismo, pero como lo dirías con naturalidad en español!».

Aunque ardía de ganas por que llegara ese momento en mi vida que me permitiera pronunciar con naturalidad frases del tipo: «empuñó la pistola con ademán feroz conminándolos a abandonar la lujosa estancia», me alegró que se presentara la ocasión de traducir una sofisticada nouvelle en homenaje al poeta cordobés Luis de Góngora. Por razones que no vienen el caso, el veterano editor francés–novelista y traductor muy prestigioso–, había dejado languidecer el libro y no podía recurrir al experto en quien pensaba al principio. El tipo estaba en bragas y yo sabía por el pintor que ilustraba la nouvelle a traducir que el escritor estaba impaciente por ver resultados. Acordamos que me ocuparía de traducir el texto a un español sin adornos para que luego adaptara él las evocaciones de poesía barroca española y los ecos de prosa vanguardista francesa a lo Mallarmé, y que contaría con mi excelente español para decidir entre matices, no incurrir en el pastiche, etc., en definitiva para evitar el ridículo. Por humillar a su mujer, con la que estaba en un tris de separarse, me pidió que repasara con ella una traducción de un narrador belga, Pierre Mertens, versión que me pareció impecable. El editor se encontraba en esos momentos peleado con media humanidad –la humanidad femenina— y trataba de captarse el favor de la otra mitad, que respondía a sus anhelos según la intensidad de los intereses literarios que les unían. Así fue que el escritor francés puso el grito en el cielo cuando el Gran Traductor –que aún no había puesto una sola coma en su texto– le envió parte de mi versión española, como él había pedido, es decir lacia pero fidelísima en significado, anunciándole que empezaba la tarea: el superhéroe salía al rescate de la belleza y el arte. Indignada por una vileza tan femenina de parte de este sujeto, luego me negué a aplaudirle los hallazgos de estilo de su traducción. Sin duda, ver cómo traducía en voz alta era un espectáculo, pues era creativo, audaz y tenía una larga experiencia y una reputación asentada con autores latinoamericanos del boom, algo que yo no sabía entonces pero no me extrañó cuando muchos años después me enteré por un prólogo dedicado a uno de esos celebérrimos autores.

Volviendo a la traducción del exquisito francés, debo añadir que al espectáculo de la lengua culta del barroco se añadía el muy  vulgar de las discusiones matrimoniales que interrumpían demasiado a menudo la tarea, cuando trabajaba en casa del traductor. Quienes no conocen el estilo francés de la pelea matrimonial tienen una versión precisa en la 5ª temporada de la serie de televisión Mad Men: irrupciones repentinas en la sala, frases trágicas como si estuviesen interpretando alguna obra de Racine, reproches por vejaciones y agravios ocurridos en la noche de los tiempos, mutis por el foro dando portazos y algo de argot. Igual en todo, sólo que los míos iban en ropa de cama. El gato de la casa, que perdía pelo a mechones por culpa del estrés reinante, acudía a refugiarse en mi regazo y desde allí presenciaba, me figuro que tan alucinado como yo, la grotesca representación.

            El traductor empezó a coger carrerilla y ya sólo aceptaba su versión, aunque se apartara del significado original y solo conservaba el ritmo de la frase. Pero había que mantener el famoso hipérbaton gongorino sin que sonara a francés y me correspondía defender el español. Aburrida de histrionismos verbales, indignada por la deslealtad y mala fe de este sujeto, al que yo había salvado de quedarse estancado y a solas  con la histérica de su mujer, presenté mi dimisión y en los quince días previos a mi propio mutis por el foro el traductor-editor, estupefacto hasta lo más hondo de su ser, pues al parecer nadie había tenido nunca una reacción de dignidad  semejante –según se decía, solían arrojarse por el balcón al poco de tratarlo, incluso literalmente–, estuvo sosegado y así se logró que el texto español llegara a buen puerto, es decir que hubiera una versión que pudiera darse por terminada.

Amenazó con borrarme de los créditos y atribuir la traducción a un «colectivo», pero no se dio bastante prisa y en portada quedó mi nombre. Os lo traduzco, para los que no tengáis aún experiencia suficiente en el sector: si vemos escrito «traducción colectiva», en lugar de los nombres y apellidos o alias de los traductores, podemos entender que hubo bofetadas.


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