
La Atlf -Asociación de los Traductores Literarios de Francia– y Atlas – Asociación para la Promoción de la Traducción Literaria- han publicado una tribuna conjunta en la que alertan del peligro que representa ya el uso rampante de la llamada inteligencia artificial para la traducción literaria, tanto por el papel al que se pretende relegar al traductor físico como por los resultados muy deficientes del recurso a las máquinas, que empiezan ya a mostrarse en las mesas de novedades. Detecté en las últimas colaboraciones como correctora de estilo el uso de máquinas de traducir -no sé si conviene seguir llamando al método “traducción asistida” cuando el traductor se limita a pasar después y por encima de la versión que le da la máquina en lugar de mantener una posición dominante, de control y de dirección, sobre el texto en versión original– y cierto desaliño en el texto entregado como definitivo al abreviar el último paso de revisión, según parece se conoce como “control de calidad”. Advertí errores que difícilmente comete un hablante nativo. De manera que sí, que si las bajas tarifas empujan a los traductores a intentar concentrar al máximo la relación tiempo empleado /ingreso, se multiplican las posibilidades de que el resultado final sea deficiente.
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