A la profesión de traductor se llega de diferentes maneras, por ejemplo desde licenciaturas que no están directamente relacionadas con el idioma o idiomas en los que trabajamos. Yo cursé Filología Española y estudiaba y leía por mi cuenta francés, después de los renqueantes cursos de la Secundaria. Mientras trabajaba en televisión, en el Departamento de estudios y medición de la audiencia de radio y televisión [CCRTV], redactaba en catalán los informes para los jefes de los diferentes departamentos interesados en la materia. Me apunté por entonces a un curso de tarde-noche en el Instituto Francés en un nivel demasiado bajo –la profesora se disculpaba mientras un alumno japonés dormía y roncaba tranquilamente–. Terminé trabajando el idioma por mi cuenta, con pasión, lecturas, viajes e intercambios. Asistí al Curso de Traducción Francés-Español-Francés Nivel Superior en el IFB, muy entretenido, aunque el nivel de los compañeros era demasiado desigual para que no resultara a veces una pérdida de tiempo.
Cuando llevaba una década larga traduciendo de francés –y lanzando a la basura los folletos que anunciaban el carísimo máster de Traducción de la Universidad Pompeu Fabra (entre otros)–, caí en la cuenta de que disponer de un título oficial es una manera de completar el aval que supone la lista de títulos traducidos, de cara a posibles clientes, becas, empleos, etc. Me presenté entonces por libre al examen de la Escuela Oficial de Idiomas de Barcelona (en Atarazanas). Hay que sacar el nivel Intermedio antes de presentarse al C1. En medio de estos exámenes de francés, me presenté a los exámenes de catalán, también primero de C1 y luego de C2. En catalán existe un nivel superior, el D, que suelen buscar los licenciados de Filología Catalana y que equivale, si no ando equivocada, al C2 del Marco Europeo.
Italiano napolitano, variante para superexpertos
Italiano es otro idioma-pasión y como sabe todo el que se adentra en él, es engañosamente fácil. Cursé hasta B2 en el Istituto Italiano di Cultura di Barcellona, además de algún cursillo de verano de conversación. Luego seguí por mi cuenta y, por supuesto, traducir y leer ayuda a subir el nivel. Lo bueno del Instituto, además del edificio y de que los profesores son nativos, es que, aunque los cursos son caros –350 € por trimestre, es decir cuatro veces más que el curso completo en la Escuela Oficial de Idiomas–, como profesional autónomo puedes desgravarte el gasto. Lo mismo con los libros y cualquier otro material necesario para ejercer la profesión. Dicho de otro modo: si no siempre es una buena inversión (a veces, el/la profesor/a es insoportable), por lo menos no es una pérdida de dinero y el título es oficial. Ofrece también la posibilidad de presentarse a los exámenes oficiales italianos de nivel.
Este año pasado me interesaba profundizar en inglés. Al ser prácticamente autodidacta, –cursé solo un año en la Universidad Central de Barcelona durante la licenciatura y luego un trimestre o dos en el Instituto Norteamericano–, decidí que convenía un curso presencial. Antes de la matrícula, hay que someterse a un test en el que te adjudican un nivel. Me pusieron en 3º aunque me quedaba pequeño. Mi grupo era muy divertido, con muy buen rollo, diferentes edades y bagajes, y el profesor era estupendo. Mis resultados finales, estupendísimos. Ha servido para consolidar mi base, que era estrambótica, por decirlo claramente. El apoyo del Moodle facilita seguir el curso si no se puede asistir a clase.
Ahora bien, una vez más me ratifico en que no me gusta el sistema de enseñanza de idiomas llamado “comunicativo”. Es muy pueril y está pensado para que el profesor saque adelante dos horas y media en una clase de entre 10 y 30 personas –se matriculan 30 por clase; asisten unas 10-15 de media– sin morir de agotamiento al final de la jornada. Es del todo absurdo el sistema de “hablar en inglés” entre los compañeros en 3º curso, porque todos hablamos un inglés macarrónico; así no hay que fije la pronunciación, la sintaxis, las carencias de vocabulario o cualquier error sistemático que cada cual arrastre. Ejercicios de “composition se hacen menos de los que considero necesarios. Naturalmente, no se termina el programa porque hay más días de fiesta que imperdibles campeonatos de fútbol al año.
El inglés como lingua franca de nuestro mundo globalizado significa que las nociones de cultura se limitan a las que se puede encontrar en la televisión o revistas de divulgación. Por no hablar de que en España el nivel medio de la gente en gramática y cultura es cada vez más bajo. Dicho de otro modo: si te aburre el nivel y la sosería de los contenidos y lecturas recomendadas, tienes el océano de las bibliotecas e internet para respirar.
En definitiva, según el nivel de estudios y de experiencia profesional, recomiendo presentarse a exámenes por libre. El proceso de inscripción es un poco pesado. Pero la corrección a ciegas, es decir sin que el que corrige sepa nada del candidato, me parece una garantía de un juicio más objetivo. Para superar el examen, hay que obtener 65 puntos mínimo (sobre 100, of course).
Para preparar el examen la Escuela Oficial de Idiomas ofrece modelos de exámenes para descargar y la red es una mina inagotable en soluciones de todo tipo, tanto para practicar los “listenings” como la gramática. En el video, un auténtico star del mundo de las English Lessons.

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