“J’en avais assez”

«En 1922, Jean Lavigne, fils du physicien Étienne Lavigne, avait abattu, au cours d’une réception officielle, deux hautes personnalités. Au Président du tribunal qui lui demandait les raisons de son acte, il avait répondu: J’en avais assez.»

«En 1922, Jean Lavigne, hijo del físico Étiene Lavigne, abatió, en una recepción oficial, a dos altos cargos. Al presidente del tribunal que le preguntó sobre las razones de sus actos, él respondió: Ya tenía bastante.»


Trato de ponerme al día de clásicos del cine francés e italiano de los años ’60 y ’70 con mis actores favoritos de esa década -Piccoli, Romy Schneider, Delon- y los directores emblemáticos. Naturalmente, a veces me desvío del camino, del idioma o de la década y termino en Suecia (Bergman y De la vida de las marionetas, 1981) o en California (lo peor de Clint Eastwood siempre incluye paisajes fabulosos y excelente jazz: Play Misty for me, 1971).

Pero centrémonos.
En Filmin es posible organizar una programación personalizada y así he podido ver películas como Una vida de mujer (Une histoire simple, 1978), de Claude Sautet. Volví a ver Max y los chatarreros (1971), con mi adorado Piccoli; repetían él y Romy Schneider como pareja protagonista después de Las cosas de la vida (1970), películas que cosecharon un éxito enorme entonces y que hoy atraen a espectadores más jóvenes y a cinéfilos. Por cierto que en Las cosas de la vida el papel de la mujer de la que está divorciado lo interpreta Lea Massari, que murió con 91 años el pasado 23 de junio. Me faltaba por ver Mado (1976), que reúne de nuevo a Piccoli y a Schneider, esta vez como matrimonio distanciado por el comportamiento egoísta de él. Piccoli es aquí un empresario de altos vuelos con problemas debido a la crisis económica —la famosa primera crisis del petróleo y sus secuelas—, agarra el toro de la quiebra por los cuernos y utiliza a una joven prostituta, la Mado del título (una muy convincente Ottavia Piccolo), para sus fines, mientras el cantante y actor Jacques Dutronc presta su buena apariencia a un lacónico contable y mano derecha del empresario en apuros.
Animada por las alegrías que me habían procurado estas películas, interesantes en tantos aspectos —guion, intención de reflejar los cambios sociales y culturales, especialmente en el papel de la mujer tanto en las grandes ciudades como en capitales de provincia, diálogos elaborados, una fotografía atenta a las innovaciones formales del nuevo cine americano, por ejemplo—, quise ponerme al día con Delon en películas que no lo presentaran como policía, gángster o galán romántico.
Creyendo acertar, elegí La viuda Couderc, de la que había leído opiniones muy positivas a cuenta de la buena química entre dos grandes estrellas, Simone Signoret y Delon. La película es una adaptación de una novela del prolífico Georges Simenon y fue dirigida por otro director de culto para los franceses, Pierre Granier-Deferre. La acción transcurre en los años 30, dato importante para valorar la falta de medios de la policía a la  hora de detectar la presencia de un fugitivo de la justicia y la ambientación física de la granja y los campos, más que lo psicológico y las relaciones interpersonales, que reflejan mejor la década en que se rodó.

El argumento: De regreso a su granja en autobús, la señora Couderc, una mujer de unos 60 años, gruesa y de bellos ojos claros, conocida como la viuda Couderc, coincide en el camino con un desconocido de muy buena planta, de unos treinta y tantos años, que se ofrece a llevarle su pesado equipaje (incluido lo que resulta ser una incubadora para huevos). Ella acepta. Una vez en la casa le ofrece un vino y le pregunta si busca trabajo. Aunque su aspecto no es el de un vagabundo o un jornalero, o seguramente por eso, y además su documentación resulta más falsa que un billete de 4 euros, le propone contratarlo por 3 días. Tiempo que él aprovecha para hacerse valer como hombre de muchos recursos, además de calibrar el conflicto que enfrenta a la viuda con su familia política, a cuenta precisamente de la granja. Los otros personajes son el matrimonio que ambiciona quedarse la propiedad, el anciano padre de la mujer, que prefiere a la viuda, y la joven Felicie, hija de la pareja litigante, siempre con un bebé en brazos, fruto de un encuentro más o menos casual con algún marinero de los que atraviesan en barcazas el río que separa las dos propiedades. A modo de protección, Jean alarga su estancia y de noche complace a la madura dueña más que a sí mismo. Cuando le pregunta por su pasado, él explica apenas que dejó los estudios de medicina, y la viuda, que no se chupa el dedo,  deduce en voz alta que ha escapado de la cárcel. Tampoco tarda en darse cuenta de que su bonita, joven, casquivana y algo boba sobrina resulta un plato mucho más apetecible para el fugitivo, pese a los planes a cuenta del beneficio que puede procurarles la venta de huevos madurados en la incubadora. Los padres de Felicie encuentran la manera de perjudicar a la viuda y al improbable jornalero denunciándolo a la policía. Si el espectador piensa en lo que está viendo, parece claro que Jean hace mejor negocio al liarse con la joven madre, ya que de emplear su astucia como viene haciendo podría terminar como propietario tanto de la granja como de la finca de los potenciales suegros. La denuncia gafa cualquier ambición, pues si en el medio rural carecen de recursos para realizar las pesquisas pertinentes, en París enseguida identifican al tal Jean: un asesino con dos muertes en su haber. Advertido por la muchacha, Jean huye pero la batida policial no le da respiro y el emboscado busca refugio de nuevo en la granja, donde la viuda trata de ayudarle a escapar. Por supuesto, como tantas películas de los años 70, el final feliz se ha borrado del proyecto y la cosa acaba mal, ambos bajo el fuego de la policía. Él sale al encuentro de sus ejecutores. Su muerte presenta la inesperada originalidad de no sacar una gota de sangre de su cuerpo acribillado mientras la Signoret deja un rastro de sangre en la pared a medida que su cabeza, herida de mortal disparo, se desplaza hacia abajo hasta el suspiro final.
La cámara cierra con una plano en picado de Delon-Jean tendido en la hierba, el color se deshace en un sepia —que me recordó al Lucky Luciano de mi admirado Francesco Rosi, que es posterior, de 1973: así juega con nosotros la memoria—, mientras en pantalla aparece sobreimpreso el texto que abre este artículo.



La pareja protagonista al principio de la trama


La película me pareció decepcionante, sobre todo por la interpretación de Delon, escasamente creíble, como si no hubiese llegado a entrar en el personaje, limitándose a ofrecer una gestualidad sin profundidad. Por supuesto, que el guion guarde para el final revelar la naturaleza de su crimen, me parece una debilidad añadida al conjunto en una película tan elogiada. De revelarlo al principio, el público no iba a simpatizar con este Jean y el director, por poco hábil o experimentado en su arte que fuese, habría comprendido que debería jugar “la carta Ripley”, es decir exigir una actuación más sutil y sacar partido de lo que se conoce del sujeto con diálogos más intrigantes, en lugar de convertirlo en un romance a tres bandas en medio de un conflicto por la propiedad de la granja.

La traducción de los subtítulos finales contiene algunos errores importantes al ser excesivamente literal.
A lo largo del metraje se advierte que parece traducida por y para Hispanoamérica, pero no detecté errores de bulto, solo las omisiones que solemos atribuir a la falta de espacio. Traduce “physicien” por “físico”, cuando lo correcto es “médico”; el término se considera anticuado, pero por eso mismo aparece datado en diccionarios como el TLFi, como sinónimo de médecin y docteur. La pista se daba, por cierto, en un diálogo con la viuda, cuando Jean explica que abandonó la carrera de Medicina. “Abatió” por “abattu” simplifica en términos de espacio el trabajo de los subtituladores, pero lo más adecuado es “mató” e incluso “mató a tiros“. Es curioso que si las decisiones se basaban en simplificar el significado para llegar a la mayoría de espectadores —a una mayoría de espectadores con sordera, posiblemente, el tipo de público que en aquellos años prefería leer subtítulos en lugar de la  versión doblada en películas consideradas comerciales—, se opte por un verbo poco empleado en español antes de que los atentados del 2017 generalizaran el eufemismo cuando la policía ejecutó a terroristas y otros fugados y el uso de este verbo generó una notable polémica.
En cuanto a los “dos altos cargos” como traducción de “deux hautes personnalités” resulta más aproximado que preciso. Altos cargos en qué y en dónde. En cambio “dos notables”, “dos personalidades” o “dos altas personalidades” son opciones más cercanas al sentido original.

Tampoco es muy acertado traducir “son acte” por “sus actos”, cuando el presidente del tribunal en cuestión le pregunta por su crimen. Lo peor, incluso si en los minutos finales la mayoría de espectadores estaría rumiando la escena de la persecución y el sacrificio de la viuda, es traducir literalmente “j’en avais assez” por “tenía bastante”, en lugar del más expresivo “porque ya estaba harto”, que transmite la impresión de hartazgo o  hastío que cualquier francés comprende al oír o leer esta frase. A favor de esta última alternativa tenemos que permite sugerir la carga política del gesto, en el contexto del fascismo rampante en toda el mundo, y en Francia de manera particular precisamente entre la élite, mientras que “ya tenía bastante” o “ya tenía suficiente” era y es infrecuente en español y uno se pregunta “bastante qué o de qué”.
En todo caso, el acto de disparar sin motivo aparente y responder ante la ley con una frase que no explica nada entronca con la gran novela francesa de Albert Camus, L’étranger y su “acto absurdo”, que conviene recordar se integra en la corriente filosófica y literaria que siguió a la segunda guerra mundial. En cambio, si se sugiere un sentido político, el personaje enlaza con el presente de la década de los ’70 y el elogio del outsider, que es el núcleo sólido de lo mejor de su cine. Si simplemente se sugiere que el joven estudiante de medicina, hijo de un eminente médico que ofrecía recepciones a personas de alto rango, estaba harto de la comedia social y se cargó a dos invitados, su acto es fruto del mero capricho y lo convierte en candidato idóneo a la guillotina, más que a la ejecución al amanecer que finalmente obtiene. Me parece esta ambigüedad una de las varias —si no muchas— debilidades de un guion y de una película elogiada más allá de sus verdaderos méritos.


Acerca del uso eufemístico de “abatir”, en lugar de “ejecutar”, “asesinar” o “matar a quemarropa”, resulta interesante la polémica que provocó en su momento, que dio lugar a varios artículos, entre los más beligerantes se cuenta el que publicó Javier Lucas en Ctxt: (https://ctxt.es/es/20170830/Firmas/14656/Abatir-Javier-de-Lucas-terrorismo-Barcelona-CTXT.htm)