un par de páginas con mis correcciones sobre el texto publicado y MAL REVISADO por el autor de El sueño de Bolívar
No puedo robarle el título a Volpi, La pesadilla de Bolívar, para titular este post y la experiencia que ha sido esta traducción de “El sueño de Bolívar”, para editorial Paidós.
Pero sí responder con él a la observación que hacen Carlos Maiques y Miette sobre los franceses en mi otro blog. El autor de este ensayo, que se atribuye un conocimiento del español superior al mío por haber vivido diez años en Latinoamérica, decidió, ni corto ni perezoso, que mi traducción de su libro no le gustaba. Saltándose las cláusulas de la ley de propiedad intelectual, por la que en la editorial están obligados a hacerme saber su posible (pero improbable) disconformidad con el resultado, y a consultarme las correcciones que decidan introducir, el señor se arremangó y se puso a la tarea de enmendarme la plana.
Cuando Elisabet Navarro, joven editora de Paidós desde que pasó a manos del Grupo Planeta, me hizo saber con retintín –con mucho retintín– que igual no merecía que aparecieran mis datos en los créditos del libro, me dejó extrañada, pues no recordaba haberlo traducido con prisas ni haber quedado demasiado dudosa del resultado final. Sí esperaba que quien se ocupara de la corrección se detuviera en resolver algunos datos de terminología económica. Demasiado fastidiada por lo sucedido, me guardé las ganas de hacerle saber al autor que en su país, Francia, un traductor habría cobrado por la misma tarea más del doble de lo que yo cobré.
No fue hasta septiembre –baja obligada por el médico– cuando decidí echarle un vistazo a las correcciones de monsieur Saint-Upéry. Os digo solo que, de las 50 páginas que llevo revisadas, ha cambiado a su antojo lo que estaba bien, sin escrúpulo en empeorar frases hasta volverlas incomprensibles. Cuando había varios párrafos seguidos en los que no encuentra dónde meter la cuchara, se limita a cambiar palabras correctas por sus sinónimos.
Si yo escribo “generalmente”, él me enmienda con un “en general”; si yo elijo “con frecuencia” o “a menudo”, él invierte mis decisiones, de modo que mi “con frecuencia” se convierte en “a menudo” y viceversa. Si opto por “sobreevaluación de la moneda”, él corrige: “sobrevaloración”, siendo ambas correctas. Sin embargo, porque no sabe tanto español como cree saber, comete con arrojo errores como éstos: un “se consigue” se convierte en “lo logro”; la “economía sumergida” es bajo su bolígrafo rojo “trabajo sumergido”, que no es exactamente lo mismo. Un “sin embargo” es para él un “no obstante”. Etc.
Hay frases que tras su paso avasallador resultan un puro galimatías. De modo que deduzco que solo entre un 5 y un 7% de sus correcciones están justificadas.
El lector está advertido. Me reservo mis derechos de reclamación a la editorial.
(Esto, que puede sonar como una rotunda amenaza, es lo contrario: aunque el abogado de la ACETT, Mario Sepúlveda, sugiere como cuando en estos casos el traductor puede ver lesionada moralmente la naturaleza de su trabajo, por mi parte prefiero esperar. La editorial a estas alturas solo puede haber entendido que no le conviene creer a pies juntillas lo que a un autor extranjero le dé por afirmar.)

