Diario de traducción

 

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Traductor después de pelear con un texto imposible

¿Habéis llevado alguna vez un diario de traducción? Es decir, el proyecto de poner por escrito una serie de anotaciones –manteniendo un orden temporal más o menos continuado–, con los problemas, dudas, alternativas y soluciones que van surgiendo a la hora de traducir un texto concreto.
No lo he hecho nunca hasta ahora, confiando siempre en que, al repasar un determinado  texto traducido tiempo atrás, la memoria actualice los escollos, obstáculos más o menos insalvables que planteó el libro, el género o el idioma. Pero he estado leyendo el Diario de una traducción que el escritor y traductor Ramón Buenaventura publicó en la revista del Cervantes, El Trujamán, sobre Las correcciones, la voluminosa novela que lanzó a  la fama al norteamericano Jonathan Franzen,  y he pensado que no es mala idea ir tomando nota de las reflexiones que vaya planteando el proyecto en el que esté trabajando. Lo habitual, y me figuro que es algo que hacemos la mayoría, es escribir en notas al margen observaciones, incluir enlaces, subrayar dudas y proponer variantes o sinónimos por si en la lectura de revisión lo que ahora parece natural termine chirriando al oído o sea obviamente erróneo.

En el Diario de Ramón Buenaventura se ve que hasta el más experto conocedor de los recovecos del idioma de partida, el más curtido en el oficio de traducir, el más lanzado en la invención de neologismos llega a sudar la gota gorda por las diferentes restricciones que acompañan a la tarea. En su caso, el veto del autor a cualquier coletilla de explicación a la infinidad de información totalmente extraña al lector español.

Para el traductor que da clases o participa en seminarios, congresos, talleres, estas anotaciones han de ser un material muy útil. Y cuando pasan los años, estas notas ofrecen una imagen del método o rutinas empleados, también de los medios disponibles. En el diario que comento, dado que la traducción es de 2004, internet había avanzado pero no todos los traductores tenían el nivel -o la banda ancha– para acceder a los recursos más especializados.

Lo interesante de un diario de traducción como el de R.B. es, dada su extensión, los ejemplos de soluciones encontradas para expresiones, frases de sintaxis enrevesada, y, desde luego, la lista de diccionarios, glosarios, sitios especializados en diferentes temáticas y materias.

Es probable que cuando traducimos un libro a partir de un idioma en el que nos encontramos cómodos, o de una temática o género con los que estamos familiarizados, tendamos a relajarnos frente a algunos aspectos de la traducción y trabajemos en modo automático. Sería un ejercicio provechoso, teniendo algo de tiempo por delante, examinar cómo hemos resuelto tal aspecto: expresiones hechas, el uso característico de los tiempos verbales del autor, los diálogos cuando el original es anglosajón, o los cambios en el registro verbal cuando se dan. Puede ser interesante “auscultar” qué inercias hemos creado y si es necesario y factible rectificarlas.

©Foto: Jack Nicholson en Chinatown, de R. Polanski


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