Homenaje del CETL a Bernard Hoepffner

La página de la ATLF reproduce el texto en homenaje al traductor Bernard Hoepffner, fallecido por accidente en el mar, firmado por Françoise Wilmar, directora del CETL. A la tristeza por las circunstancias del accidente, se suma la de perder a una personalidad tan carismática. Pude leer una de sus traducciones ya antes de “alistarme” en la ATLF: su versión al francés de My Grandmother’s Erotic Folktales, del norteamericano-caribeño Robert Antoni, que me regaló el autor (le hice los retratos que necesitaba para la promoción), sabiendo que yo no leía aún inglés con ese nivel de complejidad. La versión de Hoepffner era muy acertada, pues acertó con la voz para la narradora, la abuela del título, que habla para su nieto y se expresa con una retahíla de expresiones afectuosas, familiares y caribeñas –en esta novela, sin embargo, la profusión de caribeñimos y alardes expresivos à la Faulkner, es menor que en las anteriores de Antoni–.
Entre las obras que cimentaron su prestigio sobresale las de Mark Twain, junto a su tarea pedagógica en diferentes organismos de promoción de la traducción.

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Bernard Hoepffner, virtuoso

por Santiago Artozqui (En Attendant Nadeau)

Al tener noticia de su desaparición en el mar, cerca de la Punta de St David’s Head, en Gales, queremos recordar al hombre que fue Bernard Hoepffner, potente barquero de idiomas. Este virtuoso de las palabras, autodidacta genial revolucionó, traducción tras traducción, idiomas y culturas al servicio de una pasión, la literatura.

Es un hombre alto, cálido, de sonrisa fácil, en su mirada luce un brillo cómplice, una curiosidad que se adivina insaciable, una elocuencia que subrayan el movimiento de las manos, la inclinación del busto cuando quiere convencer o la manera de alzar la cabeza cuando busca una palabra, la palabra justa, la que expresa exactamente su pensamiento. ¿Y la voz? Cálida, apasionada, entusiasta, llena aún de una juventud que parece inoxidable.

A los veinte años, un barbudo Hoepffner, melenudo, anarquista y desertor, cambiaba Francia y su lastre de conservadurismos por la Inglaterra de los Swinging Sixties. Surge una vocación de pintor que no tarda en abandonar, siguen pequeños trabajos y luego una primera pasión: la restauración de objetos procedentes del Lejano Oriente, pero sobre todo el descubrimiento de un idioma, el inglés: «¡El más bello!». ¡Lo dice un experto! Bernard Hoepffner absorbe idiomas y culturas con una facilidad asombrosa.  La Alemania donde nació, la Francia de su adolescencia, Gran Bretaña… y más tarde España, en concreto una pequeña isla de las Canarias, donde se convirtió en aparcero, se codeó con el ostracismo terco de los lugareños, que lo apodaban El Loco y le vendieron un asno achacoso, un pobre animal de trágico destino. Como Mateo Falcone, Hoepffner se vio obligado a llevarlo al bosque para darle el tiro de gracia. En La mort de l’âne… [La muerte del asno] no nos cuesta entender La mort dans l’âme… [La muerte en el alma].

Portada de un libro traducido por Hoepffner

De regreso a Francia, Bernard Hoepffner cultiva otro terreno, la literatura. De libro en libro, presta su voz a los autores anglosajones contemporáneos, lucha por que sean conocidos y reconocidos. A tal fin todos los trucos son buenos: «Yo negociaba… Joëlle Losfeld, que es amiga mía, quería por todas que tradujese para ella una novela de Bolger. Yo le dije que de acuerdo, pero a cambio tú publicas a Joe Sabih Porter. ¡Y eso hicimos!». Con un amigo creó una revista literaria, La Main de Singe [La mano del mono], con objeto de publicar a autores que los editores pudiesen leer, y cada número incluía un texto de Guy Davenport. «¡Para mí, lo más importante es dar a conocer textos o autores!». La traducción entendida como cruzada.

Hace poco, Bernard Hœpffner se encontraba en Estados Unidos, invitado por dos universidades, la Brown y la Duke, a dar varias conferencias. El autodidacta sin otro diploma que el bachillerato se convirtió en un valor de referencia en un mundo donde la mayoría ha seguido la misma senda real, donde todos han leído y estudiado el mismo corpus de textos. Sin embargo, es precisamente esta trayectoria atípica –¿salvaje?— lo que le confiere esta voz suya, tan singular, menos analítica, más intuitiva que la de sus pares. «No hay explicación de texto, o en todo caso es mi explicación del texto, es mi traducción, mi lectura.» Su universidad, sus cursos en Humanidades, los hizo traduciendo a Davenport: «Es un verdadero erudito. Solía invitarme a su casa, tenía allí más de veinticinco mil libros, y yo diría que los había leído todos. Cuando lo traduces, estás obligado a averiguar quiénes son todas esas personas de las que él habla, ¡es muy instructivo!».

Sorrentino, Amis, Cooper, sí, pero también Robert Burton y las dos mil cuatrocientas páginas de su Anatomía de la melancolía, o las cuatro mil quinientas páginas de la biografía de Mark Twain, sin olvidar a Joyce ni los sonetos de Shakespeare. Hœpffner es un traductor prolífico, cuenta con alrededor de doscientos libros en treinta años de carrera, aunque sería más justo hablar de treinta años de pasión.

¿Un método? «Lo que cuenta es la relación que uno desarrolla con el texto. Esto me hace recordar la frase de Coleridge, “En tanto se desconoce la ignorancia de un escritor, preciso es considerarse ignorante de su comprensión”. Uno no es un autor, sino que tenemos un texto delante, nos metemos en la piel de un escritor, nos persuadimos de que escribimos… ¡y la cosa funciona! Cuando traduzco a Twain, a Burton o a Davenport, hay momentos en que soy Twain, Burton o Davenport.»

¿Una escuela? ¡Ni de lejos! Nos encontramos más bien en la evidencia que surge del flechazo, en la esquizofrenia constructiva que nimba el espacio entre-lenguas tan apreciado por el traductor. También en el humor: «Con Claro hicimos una especie de Acuerdo de Yalta. Una vez me dijo: “Gass soy yo. ¡Ni lo toques!”. A lo que respondí: “De acuerdo, ¡pero Sorrentino soy yo!”. El resto, el acto de escribir propiamente dicho, se identifica con el placer: el placer de jugar con las palabras, de inventarlas, de forzarlas para ponerlas al servicio de un texto que hay que defender, proteger, hacer que renazca y revivir con otras ropas.

Bernard Hœpffner traduce a escritores y desmiente la idea según la cual el traductor debe aspirar a la invisibilidad. Al contrario, él está muy presente, muy humano, con todo lo que esto comporta en cuanto a ocasión de cometer errores, alimentar remordimientos, dudas, pero también de alegrías, ¡de emociones! «Me gustaría insistir en la noción de placer, de juego. Para mí, es algo esencial. Por ejemplo, Rémy Lambrecht, un traductor amigo mío, inventó la palabra “retôt” [repronto ] como antónimo de “retard” [retraso]. Entonces, para rendirle homenaje decidí colar “retôt” en todas mis traducciones, y desde entonces nunca he dejado de hacerlo. En Mark Twain es fácil encajarla, pero, a veces, en algunos libros no hay modo de que pegue. En estos casos contacto al autor, le explico la historia y la mayoría de veces queda encantado con la idea, incluso cuando eso supone introducir una coquetería ausente del texto original. Así que en este caso ¿adónde ha ido a parar la invisibilidad del traductor?» Esta pasión por jugar con las palabras y alrededor de las palabras, Bernard la ha heredado de sus ilustres antepasados del Quattrocento, a semejanza de ellos él trata de dejar su marca en la lengua e insuflarle esa porción de extrañeza que, con el paso del tiempo, terminará por enriquecerla.

La primera vez que nos encontramos charlamos en una brasserie, cerca de la ENS, adonde había ido yo a escuchar una de sus conferencias. Los azares de la topografía parisina hicieron que, al alejarse, yo viera su alta silueta remontar la calle de Ulm, en dirección al Panteón. Varias veces le recordaría esta anécdota, para pincharle, porque sabía que este simbolismo con su nota kitsch no era de su estilo; él barría el comentario con una sonrisa y la mirada traviesa…

A veces, y espero, Bernard, que no te moleste, algunos símbolos cobran pleno sentido.

Traducido del artículo originalmente publicado por Santiago Artozqui en En attendant Nadeau.


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